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Procrastinación funcional y procrastinación disfuncional

II. LOS DISTINTOS TIPOS DE PROCRASTINACIÓN EN LA

2.2. Procrastinación funcional y procrastinación disfuncional

Una discusión vigente en la investigación sobre procrastinación es su posible naturaleza adaptativa o desadaptativa, a partir de la consideración de si sus consecuencias son positivas o negativas. La investigación se ha centrado tradicionalmente en los aspectos desadaptativos del fenómeno (Schouwenburg, 1995; Solomon y Rothblum, 1984; Tice y Baumeister, 1997) y, en conjunto, los resultados apoyan mayoritariamente que la procrastinación no es un tópico benigno. De hecho, con frecuencia (aunque no siempre) se constata que dificulta y perjudica el éxito académico y que constituye una importante fuente de estrés, ansiedad y malestar psicológico que puede llegar a comprometer la salud.

Sin embargo, algunos autores plantean que la procrastinación puede proporcionar en cierta medida beneficios al sujeto2 y que quizás es una conducta que podría considerarse de forma positiva o adaptativa (e.g., Bernstein, 1998; Cao, 2012; Farran, 2004; Ferrari, 1991b, 1994; Solferino, 2012). Dichos autores han defendido sus

2 Farran (2004) ejemplifica esta perspectiva a través del Procrastinator’s Club of America, que fue fundado en

1956 y cuya ideología básica es que la procrastinación tiene un carácter positivo que ayuda a la gente a incrementar su longevidad y a disfrutar más de su vida. Este enfoque, aunque irónico, supone un reflejo vestigial de la incertidumbre existente respecto a la naturaleza de la procrastinación.

II. Los distintos tipos de procrastinación en la investigación psicoeducativa

44 potenciales aspectos adaptativos señalando que no todas las formas de dilación conducen a consecuencias negativas. Así, Senécal et al. (1995) destacan que la procrastinación se relaciona con la motivación intrínseca. Fiore (1989) mantiene que la procrastinación puede resultar provechosa, afirmando que la razón principal por la cual la gente procrastina es que permite reducir la tensión y evitar el sufrimiento inherente a la dificultad de las tareas. Tice y Baumeister (1997) señalan potenciales beneficios para la salud -al menos a corto plazo, aunque contrarrestados por los costes a largo plazo- como pueden ser menor nivel de estrés y de sintomatología física asociada al inicio de un curso académico. Considerada la procrastinación de esta manera, podría llegar a convertirse incluso en un método adictivo para evitar la ansiedad, aunque sea provisionalmente. En esta misma línea, Vacha y McBride (1993) o Schraw et al. (2007)señalan que el retraso de las tareas alivia la monotonía y el aburrimiento, pudiendo desempeñar una especie de rebelión privada contra las demandas de la autoridad. Otros beneficios de la dilación incluyen disponer de tiempo para la planificación y otras actividades, el esfuerzo más concentrado y un mayor sentido de desafío y de experiencia cumbre inmediatamente antes de los exámenes (Knaus, 2000; Schraw et al., 2007).

En relación con esta polémica, Ferrari (1994) distingue entre procrastinación funcional y disfuncional. La primera consiste en el adecuado y ocasional aplazamiento de la acción para ayudar a maximizar la probabilidad del éxito en la tarea (e.g., la espera prudente hasta obtener información adicional relevante antes de emprender la acción). Se trata de una dilación programada y estratégicamente adecuada que se distingue de la procrastinación, sensu estricto, porque en ésta no existe planificación sino un aplazamiento irracional de la ejecución de lo planificado. La procrastinación funcional representaría una conducta ocasional y aceptable, orientada hacia una meta determinada y premeditada, que puede jugar a favor del propio interés y mejorar el rendimiento.

Para algunos autores (e.g., Grunschel, Patrzek, Fries, 2012) existe una diferencia clara entre el retraso a propósito y planificado (e.g., priorizar las tareas importantes cuando se tienen que completar muchas al mismo tiempo) y la procrastinación académica, retraso irracional, autodestructivo y perjudicial. Ferrari (1994) postula, además, que las demoras a propósito pueden representar un mecanismo de

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45 automotivación en aquellos sujetos que requieren niveles intensos de estimulación para estar suficientemente motivados hacia determinada acción y, por tanto, postergan sus tareas basándose en la creencia de que las realizarán mejor bajo la presión del tiempo.

Apoyando este planteamiento, Vacha y McBride (1993) informan que algunos procrastinadores experimentan un gran sentimiento de desafío inmediatamente antes de los exámenes, constatando que algunos estudiantes eran más propensos a prepararse en poco tiempo y a utilizar gran variedad de estrategias de estudio para conseguir la máxima eficiencia. Sommer (1990) argumenta que los estudiantes más perspicaces maximizan la eficiencia en la gestión del tiempo de estudio mediante cuidadosos ciclos de procrastinación y preparación de las pruebas en poco tiempo. Brinthaupt y Shin (2001), Csikszentmihalyi (1990), Sommer (1990) o Tullier (2000) señalan que la procrastinación entre estudiantes universitarios con éxito podría resultar adaptativa, o al menos tener poco impacto sobre su rendimiento, dado que les permite alcanzar un nivel sostenido de flujo de trabajo y un mejor uso de su tiempo de estudio.

De acuerdo con este punto de vista, algunos autores distinguen entre procrastinadores pasivos y activos (o positivos). Así, según Chu y Choi (2005) los pasivos no tienen intención de posponer las cosas, pero a menudo terminan haciéndolo a causa de su incapacidad para tomar decisiones y actuar de forma rápida (es decir, se vinculan en cierta medida, aunque no únicamente, con la procrastinación en la toma de decisiones). Los activos, en cambio, son significativamente diferentes de los pasivos descritos en sentido tradicional (Knaus, 2000; Steel, 2007) y se demoran porque prefieren trabajar bajo presión (o creen trabajar mejor en esas circunstancias), utilizando a menudo la procrastinación como una estrategia deliberada y consciente de automotivación. Estos sujetos afirman que, aunque con frecuencia comienzan sus tareas en el último momento, no suelen tener problemas para terminarlas. Debido a su intención de realizar la tarea y su capacidad para cumplir con los plazos con resultados satisfactorios, a los procrastinadores activos se les atribuye características similares a los no procrastinadores en la gestión de su aprendizaje (Choi y Moran, 2009; Chu y Choi, 2005).

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46 Algunos autores señalan que la dilación no afecta necesariamente a la calidad de la ejecución, aunque los resultados al respecto no están exentos de polémica. Por ejemplo, Solomon y Rothblum (1984) no obtienen relaciones significativas entre procrastinación académica y calificaciones. Ferrari (1992) informa que este fenómeno se relaciona positivamente con los retrasos académicos, pero no con los resultados de los exámenes. Pychyl, Morin y Salmon (2000) no encontraron diferencias significativas en el rendimiento en un examen entre los estudiantes con calificaciones altas versus bajas en dilación, a pesar de las diferencias en la cantidad de tiempo estudiado y el momento en que comenzaron a estudiar.

Por su parte, Corkin, Yu y Lindt (2011) estudiaron las formas adaptativas de retraso examinando si las relaciones entre los aspectos del aprendizaje autorregulado y la procrastinación activa pueden ser distintas de las relaciones de dichos aspectos respecto a la dilación tradicional. En su estudio los estudiantes que reportaron niveles más altos de dilación activa también recibían mejores calificaciones, proporcionando apoyo a este tipo de demora como una forma de retraso con asociaciones positivas con algunos procesos de autorregulación y con el rendimiento académico.

En cualquier caso, la inmensa mayoría de estudios consideran la procrastinación como un fenómeno inherentemente disfuncional y desadaptativo, con consecuencias perjudiciales para el funcionamiento y los resultados académicos. En este sentido, Ferrari (1994) caracteriza la procrastinación disfuncional como un patrón conductual generalizado y consistente, una tendencia crónica y desadaptativa a posponer habitualmente el inicio o conclusión de una tarea, que resulta inapropiada o supone un impedimento para alcanzar el éxito en la misma.

Efectivamente, la procrastinación presenta un amplio espectro de consecuencias negativas que van de lo meramente trivial a lo realmente trágico. Así, se aplazan compromisos laborales, tareas domésticas, llamadas telefónicas, afrontar situaciones problemáticas, iniciar proyectos o tomar decisiones que pueden tener consecuencias muy diversas. No enviar una felicitación navideña puede afectar a las relaciones con amigos o familiares, mientras que un retraso al presentar la declaración de la renta puede

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47 dar lugar a un sustancioso recargo económico. Considérese la importancia que puede suponer posponer una visita al médico ante un cuadro de palpitaciones. En situaciones como esta última, postergar las actuaciones necesarias no sólo puede dar lugar a consecuencias negativas, sino fatales. En el ámbito académico, la entrega de un trabajo fuera de plazo por un estudiante puede conllevar la obtención de peores calificaciones, el suspenso de una asignatura o incluso la repetición de curso.

La investigación ha asociado frecuentemente la procrastinación con la baja autoestima y autoconfianza, el perfeccionismo, la impulsividad, la depresión, la ansiedad (Ferrari y Díaz-Morales, 2007a; Ferrari y Emmons, 1995; Flett, Hewitt y Martin, 1995; van Eerde, 2003) y el estrés (Delongis, Coyne, Dakof, Folkman y Lazarus, 1982; Senécal et al., 1995; Tice y Baumeister, 1997). Ferrari et al. (1995) destacan la relación positiva entre procrastinación y las autolimitaciones que se generan algunos sujetos, la evitación de la tarea, las creencias irracionales y la depresión, mientras que señalan una relación inversa con la autoestima, el locus de control interno y la autorregulación.

También la salud puede verse comprometida o resentirse a causa de la procrastinación académica. Rothblum et al. (1986) constatan que los grandes procrastinadores (y en particular las mujeres) frente a los no procrastinadores, informan de mayor volumen de síntomas físicos relacionados con la salud. Tice y Baumeister (1997), en esta misma línea, destacan que los/as estudiantes procrastinadores/as no sólo informaron de más síntomas físicos que los no procrastinadores/as, sino que también realizaron más visitas al final del semestre a los centros de salud.

En general, las conclusiones de la investigación señalan que la procrastinación se asocia a un estilo de vida desadaptativo con graves efectos personales y sociales, que refuerzan los sentimientos de falta de competencia personal (Burka y Yuen, 1983; Ferrari y Emmons, 1995) mientras que en el caso de la procrastinación académica supone un problema de moderado a grave que interfiere negativamente no sólo en el rendimiento académico de los estudiantes, sino también en su calidad de vida (Moon y Illingworth, 2005). Así pues, aunque la procrastinación pueda proporcionar beneficios a corto plazo - en la medida en que los sujetos que posponen sus tareas podrían sentirse mejor cuando

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48 perciben la fecha límite todavía muy lejana-, estos se ven ampliamente superados por el coste que ocasiona la ansiedad, el estrés y la indisposición que supone en los últimos momentos cuando se aproximan los plazos de entrega de trabajos o la fecha de los exámenes (Tice y Baumeister, 1997). Por tanto, la procrastinación puede ser considerada globalmente como una conducta disfuncional. Pese a sus apologistas, dista mucho de ser adaptativa o inocua. En la mayoría de los estudios revisados se constata que los sujetos que demoran terminan sufriendo más y, por regla general, muestran una tendencia a rendir peor que el resto de las personas o no son capaces de alcanzar un nivel óptimo de éxito en las tareas. Todo ello convierte a la procrastinación en un fenómeno disfuncional y de consecuencias perjudiciales.

2.3. PROCRASTINACIÓN DECISIONAL Y PROCRASTINACIÓN