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LA INDUSTRIA COMO BASE PARA UN NUEVO ORDEN SOCIAL

La riqueza obtenida de la industria será vista como el mejor instrumento para acabar con la anarquía que castigaba a los países hispanoamericanos. Por esta razón era menester orientar los esfuerzos del hispanoamericano hacia este campo. “El trabajo —decía Mora—, la industria y la riqueza son los que hacen a los hombres verdadera y sólidamente virtuosos” (26). La anarquía, tanto como el despotismo, tenían su origen en la incapacidad del hispanoamericano para independizarse del Estado, para no ser ya más un burócrata atenido a las contingencias de éste. Son el trabajo, la industria y la riqueza los que, poniendo a los individuos “en absoluta independencia de los demás, forman aquella firmeza y noble valor de los caracteres, que resisten al opresor y hacen ilusorios todos los conatos de seducción. El que está acostumbrado a vivir y sostenerse sin necesidad de abatirse ante el poder, ni mendigar de él su subsistencia, es seguro que jamás se prestará a secundar sus miras torcidas, ni proyectos de desorganización ni tiranía” (26). Entonces el Estado será lo que es en todos los pueblos donde el progreso anima sus pasos: un fiel guardián de los intereses del individuo; el protector de los frutos alcanzados por estos medios lícitos de enriquecimiento. Tal es el orden que debe sustituir al despótico orden colonial y a la anarquía de los cuerpos en lucha por el derecho a imponer este despotismo. Por su lado, Alberdi ve en “la industria el único medio de encaminar la juventud al orden” (Alberdi 1944: 64). El orden que conduce al progreso se da en aquellos pueblos en los que la industria es la fuente de su riqueza. “Cuando la Inglaterra ha visto arder la Europa en la guerra civil —dice—, no ha entregado su juventud al misticismo para salvarse; ha levantado un templo a la industria y le ha rendido culto, lo que ha obligado a los demagogos a avergonzarse de su locura. La industria es el calmante por excelencia. Ella conduce por el bienestar y por la riqueza al orden, por el orden a la libertad: ejemplos de ello la Inglaterra y los Estados Unidos” (64). De aquí, concluye: “La instrucción en América debe encaminar sus propósitos a la industria” (64).

En páginas anteriores habíamos visto cómo Alberdi, al comparar a Hispanoamérica con los países sajones, ha encontrado que éstos han hecho del egoísmo un instrumento al servicio de la grandeza de la nación. En la medida en que los individuos progresan alcanzando el máximo provecho de sus esfuerzos, el máximo confort, la nación va expresando el progreso y bienestar de sus ciudadanos. La industria es además, dice Alberdi, un gran medio de moralización. “Facilitando los medios de vivir, previene el delito, hijo las más [de las] veces de la miseria y del ocio. En vano llenaréis la inteligencia de la juventud de nociones abstractas sobre religión; si la dejáis ociosa y pobre, a menos que no la entreguéis a la mendicidad monacal, será arrastrada a la corrupción por el gusto de las comodidades que no puede obtener por su falta de medios” (64). Tal juventud será corrompida sin dejar por esto de ser al mismo tiempo fanática. Y aquí sigue nuevamente el ejemplo de los países sajones: “La Inglaterra y los Estados Unidos han llegado a la moralidad religiosa por la industria; y la España no ha podido llegar a la industria y a la libertad por la simple devoción. La España no ha pecado nunca por impía; pero no le ha bastado eso para escapar de la pobreza, de la corrupción y del despotismo” (64-65). La riqueza originada con el trabajo industrial viene a ser el mejor instrumento para el establecimiento de un nuevo orden moral y social.

Sin embargo, en Chile, José Victorino Lastarria, fiel al espíritu liberal que habrá de caracterizar al pensamiento chileno, no verá en la riqueza industrial una solución al problema de la emancipación mental de los pueblos hispanoamericanos. Sabe que esto no es suficiente. No cree que ésta basta para alcanzar un verdadero orden liberal ni una auténtica moralidad. No cree en el egoísmo como resorte del progreso de los pueblos. No basta la labor individual por el propio bienestar; es menester ayudar a los demás: ilustrarlos. “Teníamos que rechazar — dice— la perversa doctrina que hacía constituir el progreso material y el predominio de la riqueza como únicos elementos de orden político” (Lastarria 1885).

“Todos conciben —dice el pensador chileno— que necesitan promover sus intereses personales, acometer la empresa que los ha de engrandecer y que ha de dar a la nación el apoyo que en su concepto necesita, el de la riqueza: se improvisan soberbias asociaciones para ensanchar el comercio, para desentrañar los tesoros que esconde la naturaleza, en las venas de los Andes, sociedades filantrópicas para proteger la agricultura y anonadar los obstáculos que embarazan su marcha. Pero la riqueza, señores, nos dará poder y fuerza, mas no libertad individual; hará respetable a Chile y llevará su nombre al orbe entero, pero su gobierno estará bamboleándose, y se verá reducido a apoyarse por un lado en bayonetas, por el otro en montones de oro, y no será el padre de la gran familia social, sino su señor; sus siervos esperarán sólo una ocasión para sacudir la servidumbre, cuando si fueran sus hijos, las buscarían para amparar a su padre” (Lastarria 1944: 4-5). No es suficiente la riqueza y la industria. “Otro apoyo más requiere la democracia, el de la ilustración” (5).

Lastarria ve en el puro progreso material un peligro si éste no va acompañado de la educación del pueblo. El puro progreso material no dará necesariamente origen a pueblos liberales y demócratas como los sajones. Sin la ilustración sólo dará origen a una nueva forma de despotismo. El despotismo teocrático será sustituido por el despotismo plutocrático. A un coloniaje sucederá otro coloniaje: la cruz y la espada serán sustituidas por el oro y las bayonetas. Bien claro veía Lastarria en lo que se convertiría con el tiempo el puro progreso material de Hispanoamérica si no se atendía también a su educación. Desentenderse de la

ilustración del pueblo era lo que España había hecho con sus hijas en América. En la ignorancia había encontrado los mejores grilletes para mantenerlas sumisas. “La democracia, que es la libertad —dice Lastarria—, no es legítima, no es útil ni bienhechora sino cuando el pueblo ha llegado a su edad madura, y nosotros no somos todavía adultos. La fuerza que debiéramos haber empleado en llegar a esa madurez, que es la ilustración, estuvo sometida tres siglos a satisfacer la codicia de una metrópoli atrasada y más tarde ocupada en destrozar cadenas, y en constituir un gobierno independiente. A nosotros toca volver atrás para llenar el vacío que dejaron nuestros padres y hacer más consistente su obra, para no dejar enemigos para vencer, y seguir con planta firme la senda que nos traza el siglo [...] Hemos tenido la fortuna de recibir una mediana ilustración; pues bien, sirvamos al pueblo, alumbrémosle en su marcha social” (6).

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