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REPUDIO DE LA HERENCIA COLONIAL

Frente a este orden surgirá una pléyade de reformistas hispanoamericanos. Su ideal será transformar tal mentalidad y acabar con sus hábitos y costumbres, para alcanzar así una auténtica independencia, lo que llamarán emancipación mental. “La sociedad —establecía Lastarria— tiene el deber de corregir la experiencia de sus antepasados para asegurar su porvenir”. Ahora bien, preguntaba: “¿Acaso no necesita corrección la civilización que nos ha legado España?”. Ésta, continuaba diciendo, “debe reformarse completamente, porque ella es el extremo opuesto de la democracia que nos hemos planteado” (Lastarria 1885). Y en la Argentina, el desterrado Esteban Echeverría afirmaba que la emancipación social americana sólo podría conseguirse repudiando la herencia que nos dejó España.

Por su parte, en México, José María Luis Mora (1794-1850) creía que era menester transformar los hábitos de los mexicanos, si se quería que las reformas fuesen permanentes. Era necesario que toda revolución, si había de realizarse, estuviese acompañada o preparada por una revolución mental. “Es preciso —decía textualmente—, para la estabilidad de una reforma, que sea gradual y caracterizada por revoluciones mentales, que se extiendan a la sociedad y modifiquen no sólo las opiniones de determinadas personas, sino las de toda la masa del pueblo” (Mora 1963).

Y Francisco Bilbao (1823-1865), romántico rebelde chileno en contra de las instituciones coloniales que habían continuado después de la independencia, decía: “Si los gobiernos hubieran comprendido que el desarrollo de la igualdad era el testamento sagrado de la revolución, que la igualdad es la fatalidad histórica en su desarrollo, no hubieran sucumbido. Afirmándose en la tierra y elevando la frente gloriosa de los héroes, el pueblo los hubiera sostenido asimismo. Y entonces con la autoridad legítima [...] hubieran podido cimentar por medio de la educación general la renovación completa del pueblo que había quedado antiguo en sus creencias” (Bilbao 1941: 99). Es, pues, necesario transformar la mentalidad de los hispanoamericanos, renovarlos completamente, revolucionar sus mentes. Hay que arrancar de éstos toda la herencia española. En ella se encontraban todos los males. El argentino Sarmiento (1811-1888) exclamaba con su acostumbrada violencia: “¡No os riáis, pueblos

hispanoamericanos, al ver tanta degradación! ¡Mirad que sois españoles y la Inquisición educó así a la España! Esta enfermedad la traemos en la sangre. ¡Cuidado, pues!” (Sarmiento 1989: 117). Quizá ninguno de estos reformistas intentó, como Sarmiento, acabar esto que consideraba una enfermedad.

Así, la nueva lucha que con esta generación se empieza es una lucha educativa, espiritual, la cual muchas veces había de servirse de las armas, del acero y el plomo. Pero ahora ya no preocupa el poder por el poder, sino el poder para cambiar a los pueblos de Hispanoamérica. La idea de la emancipación mental alienta a estos hombres. De ella hablaban en sus cátedras, en sus artículos periodísticos, en sus proclamas y en sus oraciones. Una generación de románticos, por sus ideales, inicia la lucha en pro de esta nueva emancipación. A esta generación pertenecen los argentinos Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi; el venezolano Andrés Bello; el ecuatoriano Juan Montalvo (1833-1889); el peruano Manuel González Prada; los chilenos Francisco Bilbao y José Victorino Lastarria; el cubano José de la Luz y Caballero; el mexicano José María Luis Mora y los paladines de la reforma y otros más en los diversos países hispanoamericanos.

Todos ellos se enfrentan al despotismo del pasado como otrora sus padres o sus abuelos se habían enfrentado al despotismo del gobierno español. Dice Lastarria (1817-1888): “Cayó el despotismo de los reyes, y quedó en pie y con todo su vigor el despotismo del pasado [...] estaba terminada la revolución de la independencia política y principiaba la guerra contra el poderoso espíritu que el sistema colonial inspiró a nuestra sociedad” (Lastarria 1909: 135). Y Andrés Bello, con ese equilibrio que lo caracteriza, comprende que si bien ha sido precipitado el movimiento político de independencia, no por eso ha sido innecesario. La segunda fase de la independencia, la de la emancipación mental, tendrá que ser ahora de los americanos. Estábamos en la alternativa de aprovechar la primera oportunidad o de prolongar nuestra servidumbre por siglos. De España no podíamos ya esperar “la educación que predispone para el goce de la libertad [...] debíamos educarnos a nosotros mismos, por costoso que fuese el ensayo” (Bello 1945: 200-201).

Esteban Echeverría (1805-1851) decía al mismo respecto: “La generación americana lleva inoculados en su sangre los hábitos y tendencias de otra generación. En su frente se notan, si no el abatimiento del esclavo, sí las cicatrices recientes de la pasada esclavitud” (“Dogma socialista” 146). Es esta esclavitud contra la cual hay que luchar; es menester desarraigarla de la mente de los hispanoamericanos; de otra manera la emancipación política habrá sido inútil. En esta generación, dice Echeverría, el “cuerpo se ha emancipado, pero su inteligencia no” (146). La América independiente sostiene aún “en signo de vasallaje, los cabos del ropaje imperial de la que fue su señora, y se adorna con sus apolilladas libreas” (146). Y “los brazos de España no nos oprimen; pero sus tradiciones nos abruman” (148). Es frente a este espíritu que hay que situarse; es de él que hay que emanciparse. “La revolución marcha —dice—, pero con grillos” (149). En toda auténtica revolución debe realizarse una “emancipación política, y una

emancipación social” (149). La segunda es para Echeverría la revolución que ha de alterar todo el status social y mental impuesto por España; ésta es precisamente la revolución que falta. ¿Cómo ha de lograrse? Echeverría contesta diciendo: “La emancipación social americana sólo podrá conseguirse repudiando la herencia que nos dejó España” (149). La revolución de Mayo, la de la Independencia argentina, dice, tuvo como fin “la emancipación política del dominio de España”, triunfo que logró por completo al vencer con las armas a España. Pero tuvo también una intención más: “Fundar la sociedad emancipada sobre un principio distinto del regulador colonial” (“Mayo y la enseñanza popular” 222). Esto fue lo que no logró. Ésta es entonces la tarea que se impone a la nueva generación. La misma tarea que otros grupos en otros países intentan realizar. La nueva generación trata de completar la obra realizada por los libertadores, considerando que ésta ha sido incompleta e insuficiente.

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