1. SITUACIÓN ACTUAL DEL SECTOR VACUNO
2.3. INFLUENCIA SOBRE LOS ÍNDICES PRODUCTIVOS DE LOS
Actualmente la utilización de grasas de origen vegetal en la alimentación de los rumiantes tiene un gran interés porque además de aumentar la densidad energética de la ración, sin necesidad de utilizar grasas de origen animal (sebo, manteca o mezclas de distinto origen), ayudan a prevenir la acidosis ruminal, facilitan la absorción de nutrientes liposolubles y permiten modificar la composición de la carne para obtener productos que se adapten a las demandas del consumidor.
La inclusión de grasas en las raciones de los rumiantes puede reducir la digestión de los hidratos de carbono estructurales. Este efecto será mayor cuanto más insaturada sea la grasa. (Doreau y Chilliard, 1997, Sauvant y Bas, 2001). Sin embargo, Doreau et al., (1991), señalan que incrementar el contenido de forraje en la dieta permite reducir los efectos perjudiciales que los ácidos grasos insaturados producen sobre los microorganismos ruminales.
Otros estudios indican también el efecto negativo en la digestión estructural de los carbohidratos en el rumen por la inclusión de grasas en la dieta, aconsejando la protección de lípidos para evitar la biohidrogenación del rumen (Palmquist y Jenkins, 1980; Coppock y Wilks, 1991; Jenkins, 1993).
Otro aspecto negativo de adicionar aceites derivados de plantas en la alimentación de los rumiantes es que suponen un gasto alto en la dieta de los rumiantes y son más susceptibles a la oxidación (Schmid et al., 2006). Ciertos autores señalan que las dietas que contienen un alto porcentaje de ácidos grasos insaturados son tóxicas para las bacterias ruminales encargadas de la digestibilidad de la fibra, afectando a la primera biohidrogenación de microorganismos en el rumen y provocando una isomerización inicial de los ácidos linoleico y linolénico (Harfoot y Hazlewood, 1997).
Según los estudios realizados por Taminga y Doreau, (1991), y Stern et al., (1994), afirman que la suplementación con grasa generalmente no modifica el flujo del nitrógeno microbial a duodeno. Sin embargo, Zebrowska y Kowalczyk, (1991), sostienen que la suplementación con grasa reduce el crecimiento y la actividad microbiana. Otros estudios señalan que la suplementación con lípidos normalmente provoca un descenso de la concentración de amonio en el rumen (Robertson y Hawke, 1964). Lawson et al., (2001), y Raes et al., (2004), afirman que no se incluyen en la dieta de los ruminantes aceites de plantas vegetales ricos en PUFA porque altos niveles de grasa en la dieta pueden perjudicar el ambiente ruminal e inhibir la actividad microbiana.
Existen diversos experimentos in vitro que señalan el efecto negativo que tiene la incorporación de grasa en el crecimiento de las bacterias. Esta acción es mas fuerte con los PUFA (Demeyer y Hendericks, 1967; Galbraigth et al., 1971; Henderson, 1973) y mayor con la forma cis que con la trans (el oleico frente al vaccénico) (Maczulak et al., 1981). Este efecto de los ácidos grasos sobre el crecimiento bacteriano podría ser debido a la absorción en la pared celular del sustrato, lo que daría como resultado una menor captación de aminoácidos y producción de ATP por parte de las bacterias (Galbraith y Miller, 1973).
Algunos autores sostienen que existe un incremento en la concentración bacteriana en el rumen con la adicción de lípidos en la dieta (Czerkawski et al., 1975). Sin embargo, otros autores señalan que el introducir un suplemento de lípidos en la ración no modifica la concentración y la cantidad total de bacterias sólidos adherentes y de bacterias líquidas (Bauchart et al., 1986).
Doreau et al., (1995), demuestran que con la adicción de lípidos desciende la concentración de protozoos. Algunos autores señalan que añadiendo en la dieta aceite de lino, el efecto que produce es peor que con la utilización de otras fuentes de lípidos, por hacer descender más la concentración de protozoos (Czerkawski et al., 1975; Sutton et al., 1983).
Según algunos autores existen limitaciones en el uso de la grasa observando en ciertos estudios una tendencia de la grasa a disminuir el contenido de proteína de la leche y alterar la función ruminal (Wu y Huber, 1994). Engle et al., (2000), demuestran que los microorganismos ruminales solo toleran como máximo un 5% de grasa en la dieta.
Antes de iniciar el experimento Zinn, (1988), administró a los animales un 4% de grasa para que se adaptaran, porque señala que es necesario suplementar la grasa en la ración de una forma progresiva para evitar problemas de digestibilidad.
Engle et al., (2000), utilizaron aceite de soja como fuente de linoleico y obtuvieron un aumento de CLA aunque la GMD (Ganancia Media Diaria) de los animales fue menor. Ngidi et al., (1990), afirman que los jabones cálcicos no aumentan los rendimientos de los terneros que se alimentan con el sistema “feedlot”. En el mismo trabajo observaron que aumentando la inclusión de jabón cálcico hasta el 6% no mejoran los índices productivos de los animales. Igualmente, Fluharty y Loersch, (1997), no encuentran beneficios a nivel de rendimientos productivos si incrementan la densidad energética de la dieta de terneros en un sistema “feedlot” por la adicción de jabón cálcico.
Zinn, (1989), no observa diferencias significativas en la GMD, la ingesta de alimentos y el índice de conversión (IC) entre dos fuentes de grasa administrada a los animales: grasa de freiduría y una mezcla de grasas animales y vegetales. Lofgreen, (1965), observaron que animales alimentados con grasa de freiduría y algodón aumentan su peso y la ingesta de alimento, pero si la grasa suplementada es sebo disminuye su GMD. Por el contrario, Brandt (1988), señala un aumento en el crecimiento de los terneros suplementados en su parte final de cebo con sebo o una mezcla de grasas (aceite de soja y 30% de sebo) comparada con dietas que contenían grasa de freiduría. En una segunda investigación se observó que los terneros que consumían grasa de freiduría tenían mejor crecimiento que los animales alimentados con sebo.
Zinn, (1989), al suplementar grasa con lecitina de soja no encuentra diferencias significativas en los índices zootécnicos entre los animales que recibieron el suplemento y los que no se alimentaron con grasa incorporada en la dieta. Igualmente Griswold et al., (2003), señalan que añadiendo aceite de soja a la dieta no observan variaciones ni en la digestibilidad ni en la GMD. De la misma manera, otros autores observaron que alimentar a los terneros con diferentes fuentes de PUFA n-3 (aceite de lino, aceite de pescado) no va a influir en sus índices productivos (Mandell et al., 1997; Scollan et al., 1997).
Beaulieu et al., (2002), no encontraron cambios en la ingestión de MS y la GMD de hembras Angus-Waygu alimentadas en su periodo final de cebo con un suplemento de un 5% de aceite de soja respecto a los animales que no lo consumieron. De la misma manera, Madron et al., (2002), no observaron diferencias significativas entre animales a los que se les administraron diferentes niveles de soja extrusionada (0, 12,7, 25,6%) para el peso final de 417 ± 6 kg y GMD de 1,7 ±0,1 kg.
López et al., (1994), señalan que no se encuentran diferencias en los índices zootécnicos entre animales que han recibido en su dieta jabón cálcico de sebo y los que no se han alimentado con grasa en su dieta. Igualmente, Hill et al., (1991), no observan mejores rendimientos en los terneros alimentados con maíz, o dietas basadas en maíz- cebada suplementadas con 4,5% de jabón cálcico comparados con animales que no fueron suplementados con este tipo de grasa.
Salinas et al., (2004), en dietas con diferentes niveles de jabón cálcico de sebo (0%, 1,5%, 3%, 4.5%), no observaron diferencias significativas entre los tratamientos para la GMD, la Ingesta diaria de alimento y la digestibilidad de la MS.
En un trabajo realizado por Raes et al., (2002) no observaron diferencias significativas en cuanto al peso vivo en el sacrificio, rendimiento de la canal (68-69%) y consumo diario de pienso, en terneros suplementados con semilla de lino molida o extrusionada y los animales que no recibieron suplemento. Igualmente Scollan et al.,
los animales que recibieron diferentes suplementos de grasa en su dieta: jabón cálcico, aceite de pescado y aceite de lino.
Sirohi et al., (2001), señalan que las sales de calcio de aceites vegetales no tienen efectos negativos ni en la digestibilidad ni en la síntesis de proteína microbiana en el rumen, por esta razón se puede incorporar con seguridad un 7,5% de grasa en la dieta sin provocar efectos adversos en la fermentación del rumen. Por el contrario, Scollan et al., (2006), recomiendan una restricción en la inclusión de los ácidos grasos (a 60 g/kg de materia seca) en la dieta de los rumiantes para evitar que la función ruminal se vea afectada por ellos.
Zinn et al., (1996), observaron que la adicción de grasa de freiduría en las dieta con bajo nivel de forraje (10%), no afectó a la GMD, aunque en dietas con alto nivel de forraje (30%) si que tuvo efecto aumentando la GMD un 13,3 %. Los mismos resultados fueron observados por Bartle et al., (1994), que no encontraron ningún efecto en la incorporación de sebo en dietas con bajo contenido de heno de alfalfa (10%) para el parámetro de la GMD mientras que en dietas con alta proporción de heno de alfalfa (30%) si observaron una mayor GMD de los animales.
Zinn, (1989), señala que incrementar la suplementación de grasa (0%, 4%, 8%), produce un aumento en el peso del animal final, la GMD y la composición de grasa, proteína y energía del animal.