EL VEHÍCULO
2.7.2 La interacción social durante la conducción Las conductas de imitación
Muchas conductas de conducción, prudentes o arriesgadas, se aprenden mediante la mera observación de la conducta realizada por otros conductores, incluyendo los padres y compañeros. La imitación de la conducta de otros conductores puede influir en nuestras elecciones sobre la distancia de seguridad que mantenemos, señalizar o no los
giros, llevar abrochado o no el cinturón de seguridad, la velocidad y el nivel de riesgo que aceptamos, entre otras.
Diversas investigaciones han demostrado la influencia de los padres en la conducta de conducción de los hijos. En este sentido, como pusimos de manifiesto en las Jornadas
Attitudes dedicadas al estudio los jóvenes (Alonso et al., 2004), la conducción prudente o
arriesgada, las infracciones y los accidentes de tráfico que sufren los jóvenes se
encuentran estrechamente relacionados con la conducción de los padres. Repetimos los errores y fallos de nuestros padres.
2 . 8 L a s h a b i l i d a d e s c o m p o r t a m e n t a l e s .
E l a f r o n t a m i e n t o a d e c u a d o
Diversas investigaciones han evidenciado que el estrés experimentado durante la conducción es resultado de la valoración negativa de diferentes situaciones de tráfico, tales como: la congestión del tráfico, el mal tiempo, el mal estado de las vías, las situaciones en las que debemos conducir despacio, durante los trayectos largos, en las incorporaciones al tráfico, cuando experimentamos dificultad para adelantar a un vehículo lento, entre otras, son claramente situaciones que frecuentemente generan estrés en los conductores. El estrés experimentado por el conductor de forma repetida puede, en ocasiones, producir una tendencia general a interpretar la conducción como estresante (Glendon et al, 1993). Asimismo, aquellos que con frecuencia experimentan la
conducción como estresante pueden desarrollar un punto de vista negativo generalizado sobre la conducción lo que a su vez incrementa la tendencia a experimentar un amplio rango de situaciones y tareas de conducción como estresantes (Hennessy y Wiesenthal, 1997). Existe evidencia de que estas personas presentan elevados niveles de tensión, activación y estados de humor desagradables que pueden comprometer su competencia en la conducción.
Asimismo, se ha demostrado que las personas que experimentan la conducción como una tarea muy estresante se ven implicadas en un mayor número de accidentes de tráfico (Legree, Heffner, Psotka, Martinb y Medsker, 2003), cometen más errores e infracciones
(Westerman y Haigney, 2000) entre las que se incluyen el exceso de velocidad (Matthews et al., 1991) y conducen de forma más agresiva, (Lowenstein, 1997).
El estrés también puede ser provocado por un exceso de estimulación (como es el caso de vías con muchas curvas, una autopista muy transitada por vehículos que conducen a alta velocidad o cuando nos encontramos con conductores agresivos); o por escasez en la misma (cuando viajamos por una vía muy conocida como es el caso de los trayectos habituales que utilizamos para ir o venir del trabajo) (Hancock y Warm, 1989). Esta falta de estimulación lleva al adormecimiento y a una disminución del estado de vigilancia frecuentemente experimentado cuando viajamos durante períodos prolongados de tiempo, por largas vías rectas, condiciones que, no debemos olvidar, son muy frecuentes y caracterizan la conducción actual. En ambos casos, la atención del conductor se desvía desde la tarea fundamental hacia tareas secundarias dando lugar a las distracciones estrechamente relacionadas con la siniestralidad vial.
Otra fuente de estrés del conductor es la enorme cantidad de eventos vitales que se encuentran más allá de la situación de conducción (Glendon, Dorn, Mathews, Gulian, Davies y Debney, 1993). Entre ellos, se encuentra toda una serie de estresores profesionales, familiares y personales que viajan siempre con nosotros.
Diversas investigaciones han encontrado que existe una clara relación entre alteraciones de la vida personal del conductor e implicación en accidentes de tráfico (Norris et al., 2000). Entre los estresores previos al accidente se encuentran: problemas económicos, personales, matrimoniales así como la pérdida del trabajo o de la pareja (Mizell, 1997). Además, se ha encontrado que las tasas de colisiones se duplican durante los siete años anteriores y se incrementan de forma significativa durante el año en que se produce el divorcio.
Incluso las pequeñas molestias que experimentamos a diario y que no somos capaces de solucionar de modo efectivo pueden generar estrés en el conductor. Estos conflictos no resueltos pueden activarnos, deprimirnos, distraernos o fatigarnos incluso en ausencia de la fuente original del conflicto (Taylor, 1991).
También las emociones como el enfado, de las que en ocasiones no somos totalmente conscientes o no podemos manejar de modo eficaz, constituyen una fuente frecuente de estrés, que contribuye a la conducción imprudente y arriesgada.
El estrés requiere la utilización de una serie de estrategias adecuadas para hacerle frente de modo que se minimice su efecto sobre la actividad que estamos realizando. En este
sentido, diversas investigaciones han puesto de manifiesto que los conductores que se han visto implicados en accidentes de tráfico, aquellos caracterizados por cometer infracciones, utilizan estrategias inadecuadas para hacer frente al estrés.
En algunas ocasiones, la conducción arriesgada, agresiva e incluso antisocial son, en ocasiones, las estrategias preferidas o tal vez la única para afrontar el estrés. Para ello, con frecuencia se realizan conductas como: hacer sonar el claxon repetidamente, insultar, gritar, hacer ráfagas de luces, no mantener la distancia de seguridad, hacer gestos obscenos o incluso “soñar despiertos” (Hennessy y Wiesenthal, 1997).
La investigación también ha demostrado que el control emocional y el afrontamiento adaptado puede aprenderse mediante estrategias cognitivo-conductuales (Deffenbacher, Filetti, Lynch y Dahlen, 2002) y constituye un requisito para la conducción segura (Wells y Matthews, 1994).
Los conductores debemos ser capaces de controlar tanto nuestros vehículos, como nuestras emociones. Los conductores debemos tener el suficiente control emocional para prevenir niveles de enfado, irritabilidad, inestabilidad o activación que perjudican la conducción.
2 . 9 A c t i t u d e s y v a l o r e s s o c i a l e s .
R e s p o n s a b i l i d a d y c o n c i e n c i a s o c i a l
Ya que la conducción es una actividad social, es razonable esperar que los propios sentimientos, creencias, actitudes y valores hacia otras personas y hacia las normas y convenciones sociales influyan en la propia ejecución.
Diversas investigaciones han puesto de manifiesto que los conductores que se caracterizan por una historia de conducción adecuada afirman que se consideran personas responsables, que respetan la ley y que además se identifican con los valores
sociales; mientras que la frecuencia de infracciones y accidentes viales en diferentes grupos de edad aparecen relacionadas con el hedonismo y egocentrismo, ausencia de empatía, actitudes antisociales, carencia de valores convencionales, falta de atención moral social y desafío a la autoridad, es decir, con déficits en la conciencia social. Asimismo, la actitud del conductor para vulnerar las leyes aparece estrechamente relacionada con la historia de multas en la conducción.
La concienciación constituye un aspecto relacionado con los valores y estudiado con frecuencia. Así, las personas con elevada conciencia social suelen ser conformistas, auto-disciplinadas y responsables, se ven implicadas en un menor número de accidentes, afirman que respetan la ley y que en raras ocasiones asumen riesgos (Tomlinson-Keasey y Little, 1990). Es decir, es más probable que estas personas respeten las reglas y leyes sociales (Graciano y Ward, 1992).
En definitiva, la conducción al igual que cualquier otra actividad social, requiere la aplicación y ejercicio de actitudes, valores y creencias prosociales que, bien interiorizadas, facilitan la ejecución prudente y adecuada en diferentes situaciones de tráfico.
Como síntesis, no debemos olvidar que existe una estrecha relación entre las habilidades operacionales (capacidad de manejo del vehículo), las habilidades cognitivas
(intelectuales, sociales y emocionales) y el estilo de conducción (forma en que decidimos conducir).
Desde esta perspectiva, la conducción (entendida como manejo del vehículo) es una actividad compleja que requiere mucho más que habilidades psicomotoras o precisión perceptual. La conducción requiere el funcionamiento adecuado y coordinado de una serie de habilidades cognitivas que posibilitan: registrar la información procedente de diferentes sentidos, pero fundamentalmente el visual y el auditivo; seleccionar y mantener la atención centrada en los aspectos importantes para la realización de la tarea que en un momento estamos realizando; procesar la información (lo que implica reconocer, interpretar y evaluar el peligro de modo correcto, valorar las posibles consecuencias de los diferentes cursos de acción) y responder de modo adecuado y eficaz en el contexto vial.
Pero, la conducción también requiere habilidades interpersonales necesarias para ser competentes en cualquier actividad social. En este sentido, el tráfico requiere la comunicación eficaz con otros usuarios de la vía. Es decir, por un lado, debemos ser capaces de registrar, reconocer y evaluar de modo adecuado el significado, intenciones,
expectativas y valores de otros usuarios del tráfico; por otro lado, debemos ser capaces de expresar nuestras intenciones, expectativas y valores con claridad a la vez que debemos ser capaces de afrontar con equilibrio emocional diversas situaciones problemáticas o conflictivas que pueden aparecer en el contexto vial. Todo ello, caracteriza nuestro estilo de conducción que debe orientarse en una actitud vial de responsabilidad, colaboración y cooperación social. La consideración correcta de todo ello, posibilita tomar la solución adecuada ante cualquier problema o conflicto que pueda aparecer durante la conducción y, en consecuencia, emitir una respuesta efectiva. Analizadas las capacidades psicofísicas necesarias para una conducción segura, a partir de ahora abordaremos todas aquellas condiciones biológicas y psicológicas, cuya alteración es susceptible de modificar los siguientes aspectos de una forma u otra: