El ciudadano y la organización política: diversidad y unidad
8. Intereses: los tuyos, los míos y los nuestros
Las personas normales se ocupan tanto de sí mismas como de los demás; cuidan sus intereses, pero también tienen en cuenta los intereses de los demás. Vale decir, a menudo hacen favores a los demás, participan en em- presas cooperativas y rara vez o nunca tienen comportamientos antiso- ciales. Únicamente los psicópatas son totalmente egoístas. Con todo, los defensores de las teorías de elección «racional» radicales sostienen que todo el mundo intenta maximizar sus utilidades esperadas con total in- diferencia respecto de los intereses de las demás personas.
En particular, la teoría económica de la política (o, mejor dicho, del comportamiento del votante) afirma que el ciudadano racional no se in- teresa por votar, porque sabe que un único voto difícilmente cambie algo (Downs, 1957; Olson, 1965). Además, esta teoría sostiene que, común- mente, los ciudadanos votan por sus intereses (percibidos): siempre vo- tan con el bolsillo. Sin lugar a dudas, semejante elección es descarnada- mente inmoral, según la definición sociológica «Inmoral = Antisocial».
Pero la pregunta acerca de si la gente actúa así o no es empírica, no mo- ral. Echemos un vistazo a las pruebas empíricas.
En las últimas décadas, numerosos psicólogos han realizado experi- mentos a fin de comprobar si realmente las personas son maximizado- ras. No revisaremos con detalle los estudios experimentales clásicos de Kahneman y sus colaboradores (Kahneman, Slovic y Tversky, 1982), porque ya son bastante bien conocidos. Uno de ellos es que tendemos a apegarnos a las cosas, por ejemplo a las corbatas, mucho tiempo des- pués de haber dejado de usarlas; de ahí el hábito de acumular trastos en el desván. Ofreceremos alguna información, en cambio, sobre algunos estudios recientes que confirman y amplían los descubrimientos previos.
1. Los niños humanos son empáticos y altruistas. Todos los padres saben que los niños en edad preescolar e incluso los niños de 18 meses de edad se preo- cupan por sus pares en apuros. Warneken y Tomasello (2006) han confir- mado este descubrimiento recientemente, al mostrar que los infantes tam- bién hacen algo para ayudar a los adultos que enfrentan un problema práctico que no pueden resolver.
2. Castigamos a los aprovechados. Fehr y Gächter (2000) descubrieron que, de ordinario, la gente castiga a los «aprovechados», aun a sabiendas de que co- rren un riesgo. Es decir, cuando se trata de defender la decencia de su co- munidad, las personas están dispuestas a soportar la venganza. ¿Tal vez por- que apreciamos los valores sociales? No lo sabemos.
3. Normalmente, los hombres castigan a sus oponentes que no juegan limpio,
pero empatizan con aquellos que sí lo hacen (Singer et al., 2006). O sea, las
consideraciones morales pueden tener más peso que los cálculos «raciona- les», aun en los casos en que juzgamos a personas que no nos gustan. ¿Será que nuestro sentido de la justicia no ha sido totalmente corrompido por la lucha por la vida? Todavía no lo sabemos.
4. Juzgamos la idoneidad de un candidato por la apariencia de su cara, instan- táneamente y sin molestarnos en examinar su currículum (Todorov et al., 2005). ¿Será porque somos hijos de la pantalla y esclavos de la publicidad? No lo sabemos.
5. Rara vez tomamos decisiones complejas sobre la base de una deliberación cui-
dadosa (Dijksterhuis et al., 2006). Por ejemplo, las decisiones difíciles, como
escoger una casa, son inconscientes con mayor frecuencia que aquellas elec- ciones en las que están involucrados elementos sencillos —tales como los za- patos—, las cuales no suponen un cálculo cuidadoso. Además, las decisio-
nes repentinas pueden llevar a buenas elecciones. ¿Será que la deliberación tiende a centrarse en características seleccionadas de la cosas en cuestión, per- diendo de vista la totalidad? ¿O será que la mayoría de nosotros somos de- masiado perezosos para aprender lo necesario a fin de tomar decisiones bien fundadas? ¿Podrá ser, acaso, que la emoción anule la razón en aquellos asun- tos que influyen en nuestro estilo de vida? Todavía no lo sabemos.
6. La mayoría de los votantes (estadounidenses) son abismalmente ignorantes
en lo que respecta a la política y los candidatos cuentan con ello (Hardin,
2002). Por ejemplo, los votantes californianos votaron por las llamadas le- yes de «tres strikes»,* que ordenan condenas de prisión para los reinciden- tes independientemente de la magnitud de su delito, el cual puede ser tan pe- queño como haber hurtado una porción de pizza.
Los primeros tres hallazgos debilitan la hipótesis pesimista de que todos somos básicamente malos (antisociales, inmorales). En realidad, tal como afirmaba convincentemente Robert Louis Stevenson, no somos ni completamente malos ni completamente buenos, sino mitad y mitad. En cambio, los otros tres descubrimientos sugieren que no somos tan ra- cionales (ni siquiera en lo económico) como quieren las teorías de elec- ción racional. Aunque esto es verdad, esos hallazgos no confirman el irracionalismo, es decir la opinión de que la irracionalidad es buena para nosotros. Depositar nuestra confianza en el temor y la codicia, la primera impresión o una buena imagen televisiva, la retórica exuberante o los pre- juicios de larga tradición puede ser catastrófico: puede llevar a la tiranía y la guerra. Tenemos que intentar superar la irracionalidad en lugar de permitirle regirnos. Así pues, es posible que los defensores de la racio- nalidad hayan estado equivocados en los descriptivo, aun cuando estén en lo correcto en lo normativo.
La racionalidad debe ser la norma moral y política precisamente porque no es la norma estadística. Dos ejemplos bastarán para dar una medida de los desastrosos resultados de la política irracional. Cuando las personas se sienten amenazadas, tienden a seguir a cualquier líder que magnifique la amenaza y prometa salvarlas del «enemigo», sea real, sea imaginario. Esta fue la respuesta de Marshall Göring a la pregunta:
* Nombre originado en la expresión propia del béisbol «Three strikes and out»: «A
¿cómo tuvieron éxito sus amigos en aglutinar al pueblo alemán en torno a Hitler? Segundo ejemplo: cuando las fuerzas armadas estadouniden- ses lanzaron su ataque sobre Irak, en 2003, no disponían de un plan para gobernar el país y así impedir la previsible insurgencia, así como la vio- lencia sectaria, o reconstruir lo que destruirían. La agresión estuvo mo- tivada, en gran medida, por la codicia por el petróleo y fue planeada por ideólogos entrenados o inspirados por el filósofo político Leo Strauss. Sin embargo, el rol político de los intelectuales merece una nueva sec- ción.