Valores y moralidad: individuales y sociales
1. Intereses y valores
Las personas son impulsadas o motivadas por intereses. Todo interés es interés de alguien por algo. En términos estrictos, solo los individuos pueden tener intereses, porque se trata de impulsos biológicos o men- tales. Con todo, los intereses se pueden atribuir en sentido figurativo a entidades supraindividuales, tales como los grupos, empresas, partidos y naciones. Por ejemplo, es posible decir que deben satisfacerse tales y cuales condiciones en interés de un sistema concreto, porque son más fa- vorables a su persistencia. Es posible decir que una organización social
formal, tal como un sindicato, representa (de manera adecuada o no) los intereses compartidos de sus miembros. Y una organización política, tal como un partido, puede hacer progresar el interés común. En realidad, de tanto en tanto tiene que hacerlo o, por lo menos, aparentar que así lo hace si desea sumar o mantener el favor de sus partidarios.
A menudo se equiparan los intereses con los intereses económicos. Esto es comprensible, puesto que las luchas por la vida y el poder geo- político son, básicamente, luchas por recursos económicos, tales como la tierra, el agua, los bosques, las minas y el petróleo. Por ejemplo, Oriente Medio ha sido una región intensamente conflictiva desde la caída del Im- perio otomano, porque da la casualidad de que allí está el yacimiento pe- trolífero más rico de la Tierra. Presumiblemente, este conflicto no hubiese estallado si Palestina y la patria judía estuvieran ubicadas en una región escasa de recursos —por ejemplo la Patagonia o Uganda— tal como soñó por algún tiempo Theodor Herzl, el fundador del sionismo.
Sin embargo, hay intereses de diversas clases: no solo económicos, sino también ambientales, biológicos, políticos y culturales. Sugiero la verdad de Perogrullo de que todo adulto responsable posee intereses de las cinco clases, aunque en proporciones diferentes, tal como puede verse a partir del esfuerzo, los recursos o el tiempo que diversas perso- nas invierten en procurar los medios para satisfacerlos. Por ejemplo, en tanto que los políticos pasan la mayor parte de su tiempo buscando o manteniendo el poder, se supone que los politólogos invierten su tiempo en el intento de comprender la política. Veamos la tabla siguiente.
Tipo de interés Ejemplo
Ambiental Un entorno rico, diverso y seguro. Biológico Seguridad, buena salud y alimento. Económico Eficiencia, recompensa, seguridad laboral. Político Poder, buen gobierno, libertad.
Cultural Conocimiento, belleza, educación.
Ofrecer una lista de los intereses humanos está bien desde el punto de vista pedagógico, pero resulta insuficiente. También necesitamos una res- puesta general razonablemente clara a la pregunta ontológica: ¿qué es un interés? La siguiente convención puede ayudar a responder esa pregunta.
Definición. El elemento A es un interés de la unidad social B = Con-
seguir o conservar A es necesario para el bienestar de B.
A continuación viene la pregunta metodológica: ¿cómo sabemos que algo es realmente en interés de un individuo o una unidad social, in- dependientemente del interés o la falta de él que la unidad pueda admi- tir tener? Para averiguarlo, necesitamos algo así como el siguiente
Criterio. El elemento A es del interés de una unidad social dada B si
y solo si, cada vez que el acceso de B a A está amenazado, B utiliza una fracción significativa de sus recursos para conseguir o conservar A.
Si bien las personas comunes con intereses parecidos tienden a unirse para defenderlos, pueden engañarse a sí mismas en lo que respecta a sus intereses reales. Por ejemplo, en Estados Unidos, las asociaciones de fa- bricantes, así como sus «fábricas de ideas» [think tanks], predican el li- bre comercio global, aun cuando eso está perjudicando severamente las manufacturas estadounidenses. Y en décadas recientes, los sindicatos es- tadounidenses respaldaron al establishment e incluso las aventuras mi- litares. En resumen, los intereses percibidos no coinciden necesariamente con los intereses reales. Estos son ejemplos de lo que Marx llamaba «falsa conciencia».
Desde los tiempos de Maquiavelo se sabe que la política trata acerca de intereses. Y que todo interés es una necesidad o deseo de algún recurso limitado, ya sea físico como la tierra, el agua y la energía; social, como las rutas comerciales, el Estado y la amistad; o cultural, como el cono- cimiento, el mito y la belleza. No tenemos ningún interés por aquello que (tal vez erróneamente) damos por sentado y rara vez deseamos lo que no podemos conseguir. Por lo común, solo valoramos los recursos accesi- bles aunque escasos, vale decir ítems que se pueden disfrutar de manera directa, como el amor, o a los que se puede sacar provecho, como una parcela de tierra. Para bien o para mal, asignamos un valor escaso o nulo a todo aquello cuyo acceso parece no estar restringido, como el aire lim- pio o el consejo que no hemos pedido. Pero aquello que valoramos mu- cho, lo valoramos hasta el punto de separar el elemento valorado de su valor y hablar de los valores como si fueran cosas. Sin embargo, mediante la reflexión nos percatamos de que los valores son propiedades de las co- sas o los sucesos, no entidades. De ahí que sea incorrecto decir, por ejem- plo, la salud y la verdad son valores: son valiosas.
Además, los valores son propiedades relacionales, no intrínsecas. Vale decir, todo valor es el valor de algo para alguien. Por ejemplo, el alimento es valioso para todos los organismos y el conocimiento de la política es valioso para cualquier humano adulto. (En términos lógicos, los valores son predicados n-arios, donde n≥ 2.) Y en tanto que algunos ítems son valiosos en sí mismos, otros lo son como medios y otros, aun, son valio- sos tanto intrínseca como instrumentalmente. Por ejemplo, en principio, es bueno conocer todas las verdades, siempre que no sean perjudiciales; y algunas verdades son valiosas como medios para lograr fines prácticos. Todo conjunto de valores puede dividirse de diferentes modos. Nos interesan especialmente dos particiones diferentes: subjetivos/objeti- vos e individuales/sociales. Los valores subjetivos o personales depen- den de la constitución biológica, la experiencia, la personalidad y el es- tatus social de los individuos. Así pues, mientras que a algunas personas les gusta la música comercial, otras la desprecian. En cambio, los valo- res objetivos son aquellos cuya consecución es objetivamente necesaria para el bienestar de alguna o de todas las personas. Por ejemplo, el aire limpio y la amabilidad benefician a todo el mundo. Una vez más, los va- lores individuales, tales como el bienestar, se procuran en bien propio, en tanto que los valores sociales, tales como la justicia, derivan de la so- ciedad o contribuyen al bienestar social. Aquí estamos especialmente in- teresados en los valores sociales de tipo político, aquellos que emergen o se extinguen (o sumergen) como consecuencia de la acción o inacción política. Sostengo que un orden social es mejor cuanto mayor sea el nú- mero de valores políticos que sostiene.
Hay pocas tareas tan exigentes como la de evitar los conflictos de va- lores. Por ejemplo, los cristianos no deberían exaltar los «valores fami- liares», puesto que, si hemos de creer a Mateo (10: 34, 19: 29), Cristo ex- hortó a sus discípulos a abandonar a sus familias. Y los marxistas no deberían procurar la paz, dado que valoran intensamente el cambio y, a la vez, creen en el materialismo dialéctico, según el cual todo cambio pro- viene del conflicto. Y, finalmente, los liberales no deberían ser demo- cráticos, porque la democracia supone limitaciones a la libertades, en par- ticular a aquellas de poseer, explotar y engañar a la gente.
Con todo, los tres conflictos de valores que acabamos de señalar son insignificantes en comparación con los conflictos que suscita la ideolo-
* «My country right or wrong» [N. del T.]
gía «Dios, patria y familia», compartida por los católicos fascistas de pre- guerra y por los evangélicos de derechas contemporáneos. En efecto, Dios puede prevalecer solamente si el país y la familia vienen después de- trás de Él; «mi país, con razón o sin ella»,* únicamente si traiciono a Dios o a la familia; y la familia puede mantenerse en la cima de la escala de va- lores solo si Dios o el país son abandonados. Para bien o para mal, es- tos conflictos se presentan con poca frecuencia, porque de ordinario un cuarto valor, a saber el interés privado, es el que prevalece por encima de todos los demás.
Se podría pensar que lograr la consistencia entre los valores no debe ser más difícil que evitar la contradicción en matemática o cualquier otra disciplina. Pero sí lo es, porque los conflictos de valores pueden invo- lucrar las emociones, así como los derechos de otras personas y, por ello, es posible que exijan o bien la violación de esos derechos o bien algún sacrificio propio. Con todo, los conflictos de valores se pueden resolver, por lo menos de manera conceptual, con ayuda de una moralidad hu- manista que nos mande tanto disfrutar la vida como ayudar a los demás a disfrutarla. Por ejemplo, al ser reclutado para pelear en un conflicto mi- litar a favor de la parte injusta (agresora), el amante de la paz honrará tanto a su hermano como a su país haciéndose objetor de conciencia y ofreciéndose como voluntario para trabajar en un servicio auxiliar, tal como la cocina o la enfermería.
En resumen, los conflictos de valores son inevitables y no se resuel- ven a través de la investigación axiológica, sino mediante el estudio de las situaciones concretas en las que surgen y la recomendación o la adopción del curso de acción que mejor se ajuste al código moral que haga progresar los intereses tanto del Ego como del Alter.
Además, los valores no existen en un mundo platónico de las ideas puras. Son las personas reales las que tienen o rechazan valores y la ac- ción política es la que los transforma en derechos. Estos, a su vez, otor- gan a la gente la capacidad de realizar acciones orientadas a encarnar esos valores en cosas tales como barras de pan y procesos tales como cono- cer a otras personas. En pocas palabras, los valores (o, mejor dicho, las valoraciones) desencadenan procesos del siguiente tipo:
Valores→ Políticas → Derechos → Acciones → Bienes
Sostengo que el uso de la política para transformar los valores en dere- chos y la utilización de los derechos y las acciones como intermediarios entre los valores y los bienes son típicos de la modernidad, desde la Ilus- tración en adelante. Antes de ese período, hablar de valores era raro y, por lo común, inane, ya que no estaban consagrados por la ley funda- mental de la nación. En efecto, todo comenzó con la Revolución esta- dounidense de 1776, que proclamó los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La Revolución francesa de 1789 consagró una terna algo diferente: libertad, igualdad, fraternidad (o solidaridad). Ad- viértase la modernidad de cuatro de los valores exaltados por aquellas re- voluciones: libertad, igualdad, fraternidad y búsqueda de la felicidad, nin- guno de los cuales aparece en las Escrituras de ninguna de las llamadas grandes religiones. Adviértase, también, que solo el tercero, la solidari- dad, jamás ha inspirado asesinatos en masa.
Estudiaremos tres de estos cuatro valores: la vida (o seguridad), la igualdad y la solidaridad. Más tarde, añadiremos la justicia, la libertad y la idoneidad (o competencia).