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Interior V Luz y metales Juan Navarro Baldeweg

In document Poética arquitectónica (página 133-136)

Entrar y caer rendido ante el columpio y la ventana, ante el movimiento detenido y la luz sublimada, protagonizando aquel blanquísimo espacio del Palacio de Velázquez en el Retiro de Madrid, fue todo uno.

Porque el tiempo queda suspendido en esa obra que Juan Navarro Baldeweg hizo mañana, de tan eterna.

En mi memoria el misterioso columpio en la sala Vinçon cuando Juan Navarro Baldeweg expuso esta obra por vez primera, para siempre. “Considero la instalación de 1976 en la Sala Vinçon, en Barcelona, como un momento clave en mi obra”.

Debo confesar que Juan Navarro Baldeweg es el arquitecto español que más me interesa, el que más me cuestiona esta labor creadora que es la arquitectura.

La factura de la pintura ha sido siempre una garantía de calidad para los mejores arquitectos. Como la de la poesía o la escultura. Bien lo sabían Bernini y Le Corbusier. Y Juan Navarro Baldeweg es un gran arquitecto y un gran pintor, un creador rotundo.

Tuve la suerte de tener a JNB como profesor de Proyectos en mi primer año en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Como ayudante de Alejandro de la Sota. Todavía recuerdo el día en que me paró en un pasillo y me espetó: “Su padre es cirujano ¿verdad?” y añadió “se nota”. Aquello, tan escueto, sumado al cariño con que siempre me trató Sota, puso en mi vanidad un punto de rigor que creo conser- var e intento acrecentar, ¡como un cirujano!, con la precisión de un cirujano.

Porque la arquitectura y la pintura de JNB son así, precisas e incisivas cual bisturí de cirujano.

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Aprendí de JNB un día la pedagógica comparación que hacía del ar- tefacto arquitectónico como si de un instrumento musical se tratara. Donde de la misma manera que el aire al atravesar el instrumento musical produce el milagro de la música, la luz lo hace en el de la arquitectura. Siempre que lo traigo a colación cito a JNB a quien se debe esa imagen tan clara.

Y ahora aquí, presidiendo esta Pintura Fuerza con la que nos regala Armando Montesinos en el Palacio de Velázquez del Retiro, la obra pictórica de JNB.

He empujado a mis alumnos y a mis amigos a que vayan estos días al Museo el Prado a extasiarse ante el Expolio del Greco para el que casi no hay palabras. La gran mancha roja que preludia todo lo que vendrá después en la Pintura, Rothko incluido y un rostro capaz de hacernos zambullir en la luz de unos ojos divinos.

Mañana, en mi clase, les empujaré a ir al Palacio de Velázquez del Retiro a que se extasíen ante esa colección casi imposible de la pin- tura española contemporánea. Porque con Juan Navarro Baldeweg están otro maestros muy maestros, como Alfonso Albacete, que es pura luz y color tratados con el tempo con el que la miel se derrama por el borde del frasco, como describía bien Mandelstam en su bellísi- mo texto. Calma mediterránea dirían otros. Allí el paseante marcando la tierra que se diría sublimado por el tiempo.

Y Miguel Angel Campano y Manolo Quejido y Ferrán García Sevilla. Todos magnífi cos, todos de primera. ¡Cuánta potencia reunida!, ¡qué fuerza tan fuerte! La pintura como ensayo sobre la propia pintura, escribe Armando. Lo que hacían Velázquez y Rembrandt. Lo que yo intento con mi propia arquitectura: hacer un ensayo, una refl exión so- bre la propia arquitectura.

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Nada por aquí, nada por allá, y como por arte de birlibirloque, las preciosas encuadernaciones de las Colecciones Reales españolas se hicieron presentes ante nosotros, como fl otando en el aire, y nos parecieron a todos que eran lo más valioso que el mundo hubiera. Y todo ello por arte del arquitecto que con su montaje había hecho posible tamaño milagro. Más que un montaje, se diría que era una instalación, al modo de un artista, tan precioso era aquello.

¿Se imaginan ustedes que un arquitecto diseñara con aire? Yo cada día tengo más claro que los mejores arquitectos lo hacen así. Es más, son aquéllos que, como bien decía Fisac, son capaces de humanizar ese aire. “La arquitectura es un trozo de aire humanizado”, decía el maestro.

¿Se imaginan ustedes que un arquitecto, al diseñar una Exposición, consiguiera que las piezas expuestas se mostrasen en todo su es- plendor desapareciendo el diseño que las sustenta? Pues así, como hechas con aire, capaces de poner en valor los contenidos expues- tos, son las exposiciones maravillosas de Manuel Blanco.

¿Recuerdan ustedes el marco de las Meninas de Velázquez?, pues yo tampoco.

Nada por aquí, nada por allá, y como si de un juego de magia se trata- ra, Manuel Blanco colocó las piezas de la exposición sobre Roma en las salas del Canal de Madrid de tal manera que parecía que aquello era un museo romano en la mismísima Roma.

Nada por aquí, nada por allá, y las ciudades españolas, en la exposi- ción Nosotras las ciudades en Atenas, se nos mostraban en una inusi- tada visión con su más moderna y hermosa faz, la mejor arquitectura hecha en España en los últimos años. No se borra de mi memoria a una divina Irene Papas recorriendo encantada esta exposición de la mano de Manuel Blanco, pues son viejos amigos.

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