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Sobre una pequeña gran obra de Elisa Valero en Granada

In document Poética arquitectónica (página 146-149)

Como si de las notas de un pentagrama colocadas convenientemente, aparecen en la blanca fachada de una calle de Granada muy próxima a la nueva Escuela de Arquitectura del Campo del Príncipe, 64 huecos, pequeñas ventanas que son más que solo ventanas. Son 64 sajaduras de luz que se adecúan muy bien a la arquitectura de este barrio. Mucho más y mejor que muchas de las arquitecturas colindantes. Es más, yo creo que es la fachada mejor colocada del lugar, pues parece hecha ayer u hoy o mañana, tan bien encaja.

Las sajaduras, por su menor tamaño, hacen que cambie la percep- ción, la escala de tal manera que la fachada que es pequeña, parece grande. Y es tal el número de rajas, 64, que aún parece mayor esa pequeña obra. Un acierto.

Hay un algo, nada literal, que trae a mi memoria la espléndida casa que Melnikov levanta para sí mismo en Moscú en 1929. No solo por la estrategia de la múltiple fenestración sino por la radicalidad de los planteamientos y la belleza del resultado.

Hoy día muchos arquitectos parece que hubieran tomado lecciones de corte y confección. Cortan, pegan, doblan, giran, cosen. En fi n, que se vuelven locos con tal de, para estar a la última moda, hacer lo que sea. Y, en la otra orilla como decía Sota, otros arquitectos hacen la arquitectura con capacidad de resistir al tiempo. Son las arquitec- turas que, como ésta que nos ocupa, trabajan con mecanismos más profundos, como la escala o la proporción. Con el número. Como lo hace también la poesía.

En planta baja, a nivel de calle, una urna que contiene el coche con la lógica más aplastante.En vez de avergonzarse y ocultar el objeto más sofi sticado y caro de la casa, que es el coche, lo luce desafi ante. Como en un escaparate.

a través de la escalera metálica que, como núcleo resistente, se erige en verdadera columna vertebral del proyecto. Esta escalera y el as- censor ponen en comunicación todas las plantas.

Las dos primeras plantas son espacios únicos de trabajo. Además de ser muy luminosos, la escala y número de las pequeñas ventanas, también aquí hacen que todo nos parezca mayor de lo que es. Son es- pacios bien ajustados y muy luminosos. A uno le gustaría trabajar allí.

Y arriba, en lo más alto, la piéce de resistence. Un espacio de doble altura de gran verticalidad, muy hermoso. En la parte baja del interior de la fachada, todavía aparecen las sajaduras. Para no perder la refe- rencia. Pero, contrastando con ellas y presidiendo el espacio, un gran vidrio transparente en todo lo alto, rompe acertadamente la escala, y concede a ese espacio una luminosidad y calidad muy especiales. Para apaciguar el sol del sureste se ha colocado una tela exterior muy sencilla que provee de sombra a la estancia de manera muy efi caz cuando conviene.

A ese espacio grande y alto se abren, a modo de balconcillos, peque- ños habitáculos de pequeña dimensión y gran interés. De tal manera que cuando están abiertos, otra vez el dominio de la escala, el espa- cio principal parece todavía más grande.

Y si seguimos subiendo por la escalera que, llegados a este punto, se reduce de tamaño, para acceder una blanquísima azotea que es como un belvedere sobre la hermosísima ciudad de Granada. Un pla- no horizontal frente al paisaje.

Y para completar la operación, en el espacio más hondo, en el sóta- no, se ha creado, dejando las paredes de hormigón desnudas, una estancia maravillosa, muy bien desproporcionada, muy vertical y con más sombra que luz, lo que le otorga un cierto aire sacro. Con la sóla luz del techo a través de pequeños lucernarios que son aquí como sajaduras en el plano horizontal.

Se hacen también algunas interesantes incursiones tecnológicas como lo es el cerramiento de cal armada. Una solución que aúna materiales tradicionales y técnicas en punta.

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En defi nitiva, esta obra es una pieza magistral, que vuelve a mostrar a las claras cuánto la arquitectura moderna en manos de un muy buen arquitecto es capaz de continuar de la mejor manera la construcción de la ciudad histórica. Como siempre lo ha hecho a lo largo de la historia la arquitectura. Más de la mano de Mnemosine que de Mimesis. Una continuidad que no necesita para nada recurrir al pastiche ni obedecer los preceptos de las nefandas comisiones de Patrimonio de turno.

Y así, seguir construyendo la ciudad histórica. De Granada, nada más y nada menos.

Tomaba hace poco una copa con Massimo Vignelli en Nueva York cuando me soltó de repente: “La mejor casa que he visto en los últi- mos tiempos es de un arquitecto español: una caja de hormigón visto, solo hormigón, toda hormigón. Radical, sencilla, hermosa”. Se refería a la Casa Kessler de Alberto Morell, su obra más conocida.

Alberto Morell es profesor Titular de la Escuela de Arquitectura de Madrid, de la UPM, desde hace años. Imparte clases de Proyectos en la ETSAM donde tiene un gran predicamento entre los alumnos a los que fascina en sus clases. A uno siempre le quedan ganas de ser alumno suyo. Y a los que han sido sus alumnos de seguirlo siendo. Domina el arte de la seducción, con su enseñanza y con sus obras.

Una vez más la caja. Aquella caja defendida por Lubetkin en sus escritos como súmmum de la mejor arquitectura. En este caso, en esta caja, en esta casa, atravesada por unos cuantos muros con la limpieza con que las fl echas atraviesan al San Sebastián de Mantegna. Los muros entran y salen a la miesiana manera logrando una tensión espacial que no es fácil conseguir y a la que aquí se llega con la mayor naturalidad.

El plano del suelo, fuera y dentro de la casa, es todo de madera. Parece que Alberto Morell hubiera puesto en pie el poema de Robert Frost:

“Whose Woods these are I think I know/ His house is in the village though/ He will not see me stopping here/ To watch his words fi ll up with snow”.

La tremenda plataforma del suelo exterior de madera se mete en la caja y la remonta a través de escaleras y estanterías hasta alcanzar el techo. O todo lo contrario. Parece que todo el interior de madera se de- rramara hacia el exterior en una impresionante plataforma lígnea que nuestro arquitecto no se resiste a excavar para plantar árboles y agua.

In document Poética arquitectónica (página 146-149)

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