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F. A K IRK FA TRJC K tableció en Cuzco su cuartel general, esforzándose por res­

taurar la paz en el país. Consiguió algún adelanto en las provincias meridionales recientemente conquistadas o recon­ quistadas, visitando tanto las colonias españolas como los pueblos indios. Más apremiantes eran las correrlas del inca Manco, quien, según relatos españoles, empalaba a sus prisio­ neros blancos y cortaba las manoB y la nariz a cuantos auxi­ liares indígenas podía capturar. P iza rra trató de entablar negociaciones, bien recibidas, en apariencia, por Manco; pero dos criados negros, portadores de ricos presentes al inca de parte del Marqués, fueron asesinados, asi como sus acom­ pañantes indios, por los hombres de Manco. P izarra tomó una salvaje venganza. T en ia en su poder una esposa fa vo rita de Manco; la desnudaron, la ataron a un árbol y los guardia­ nes de Cañari la azotaran y la mataron a flechazos. Esta ve­ jación tiene un exacto paralelo, si exceptuamos los detalles crueles, en la gu erra carlista de 1833-1839, con la diferen­ cia de que en este último caso, la victim a fu e una señora española (la madre del je fe carlista Cabrera), matada por los españoles. P izarra mandó entonces a su hermano Gon­ zalo, que acababa de reconquistar Charcas, contra el inca. T ra s dos meses de indecisa lucha contra las fuerzas de Manco, entre rocas y despeñaderos, se acordó afirm ar la posesión del país fundando una ciudad en Guamanga (hoy Ayacucho), a la mitad del camino entre Cuzco y Lim a. Veinticuatro ve­ cinos se establecieron allí con una guarnición de 40 solda­ dos; pero, como en casos semejantes, esta pequeña comunidad recibió todos los privilegios de una Rep&Jblica, con jurisdicción sobre un extenso distrito que abarcaba desde Lim a, por un lado, hasta Cuzco, por el otro. H a y que añadir que el grado de autoridad ejercida por los cabildos en estas ciudades de­ pendía mucho del delegado del gobernador (llamado a veces por conveniencia gobernador), el cual poseía el mando m ili­ ta r en el distrito municipal y tenia derecho a presidir el cabildo. Por la misma época (fines de 1539 o principios de 1540), P izarra fundó o volvió a fundar la ciudad de Arequipa en una hermosa y fé r til comarca, que se elevaba unos 7.000 pies sobre el nivel del mar, a unas 60 leguas al suroeste de Cuzco y accesible desde un puerto de la costa pacífica. Confió a varios capitanes las provincias más remotas, con la tarea de am pliar las fronteras de lo ya conquistado y de fundar nuevas colonias, labor facilitada por la frecuente lle­ gada de reclutas de España, atraídos por la ambición de gloria y riquezas. Pedro de V aldivia, maestre de campo en la batalla de las Salinas, fu e emcargado de la conquista de Chile, prolongada empresa que requiere relato aparte. Los hermanos de P iza rra no fueron olvidados: Gonzalo fu e nom­

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gobernador de Quilo ; Hernando marchó a España con una misión que debemos contar aquf.

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Hernando, que habfa reunido suficientes riquezas en Cuzco y las había transportado por 125 leguas montañosas a Lim a y E l Callao, se embarcó para España. Antes de p a rtir ad­ virtió a su hermano que no se fiara de los hombres de Chile y que nunca perm itiera que se reunieran diez de ellos, consejo del que el Marqués hizo negligentemente caso omiso. H er­

nando evitó el camino recto por el istmo, no fuera que la Audiencia de Panamá, que se arrogaba autoridad judicial sobre todas las regiones recién conquistadas, le detuviera para investigar sobre la muerte de Alm agro. P o r tanto, hizo un largo y tortuoso viaje por Tehuantepec y Nueva España, donde el v irre y Mendoza, diciendo tras corta deliberación, que no tenía autoridad para detener al viajero y su rico con­ voy, le permitió pasar a través del país v embarcar para España. Pero los amigos de A lm agro se le nabian anticipado en la corte, acusándole no sólo de la muerte del adelantado, sino también de haber sido causante de largas guerras, in­ surrecciones fatales y de la muerte de muchos españoles al poner en libertad al inca Manco (pág. 127). Uno de los alma- gristas le provocó a un duelo a muerte, pero murió repenti­ namente el día en que éste iba a tener lugar. Hernando, por­ tador de un magnífico tesoro, fu e al principio cordialmente recibido, pero pronto lo arrestaron en su propia casa de Madrid. Luego lo encerraron en el macizo castillo de L a Mota, en Medina del Campo, tratado a veces con dureza, “ no viendo el sol ni la luna” ; otras veces con una considerable benevolencia, puesto que se le permitió contraer matrimonio con su sobrina, hija de su hermano Francisco, y una princesa india, cuyo padre era Huayna Capac. Veintidós años perma­ neció encarcelado. Obtuvo la libertad y vivió hasta una edad muy avanzada — se decía que cien años— , uno de los pocos supervivientes de escenas tan extraordinarias y sensaciona­ les como no pueden encontrarse en la historia universal. Su participación en aquellos hechos no fu e olvidada, puesto que su nieto, que unía en su sangre la de los conquistadores es­ pañoles con el linaje imperial de los monarcas incas, fue en­ noblecido con el titulo de marqués de la Conquista,

VACA DE CASTRO

Pero las rebeliones del Perú y la muerte de A lm agro nece­ sitaban, sin duda, que se tomaran otras medidas, además de la detención del culpable. De aquí que el emperador desig-

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nara a Vaca de Castro, abogado que desempeñaba en Es-

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aña un alto cargo, como presidente de la Audiencia de

anamá, con órdenes de pasar desde_ a lli al Perú e investigar sobre los recientes sucesos. También llevó allá una orden secreta del emperador, que le nombraba gobernador del Perú, caso de m orir Pizarra. Vaca de Castro llegó a Panamá en enero de 1541, y, después de presidir allí la Audiencia du­ rante tres meses, se embarcó en m arzo para e l Perú. Si hubiera desembarcado en E l Callao, su llegada podría haber provocado grandes desastres; pero, arrastrado en el Pacífico por violentas tempestades y por la im pericia de_ los pilotos, decidió atolondradamente, sólo realizado un tercio del viaje, anclar fren te a Buenaventura, colonia costanera, consistente en unas cuantas cabañas, y emprender desde a llí el via je por tierra. Caminando por senderos indios fu e desde el des­ embarcadero de Buenaventura hasta la región andina más inhospitalaria y peligrosa, en la que murieron varios de sus compañeros; no llegó a Popayán hasta agosto de 1541, cinco meses cumplidos desde su salida de Panam á y dos años después de la muerte de Alm agro. Hom bre de estudios, ha­ bituado a la vida sedentaria, llegó enferm o y exhausto por fa tig a s que hubieran vencido al más fu erte, para encontrar­ se luego con mayores pruebas, pues habían ocurrido en aque­ llos dos años cosas muy extrañas. Podemos notar que Vaca de Castra se mostró muy español en no lleva r los asuntos de prisa; pero, por otra parte, la cauta astucia y la penetra­ ción en los caracteres que guiaron su posterior manejo de los asuntos le señalan como un letrado de experiencia.

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CAPITULO XVIII

Q U I T O Y P O P A Y Á N

Los conquistadores del imperio incaico nunca descansaron, pues cualquier capitán emprendedor con algunas veintenas de hombres se creía capaz de ganar otro Perú.

Antes de que sus primeras conquistas se hubieran asegu­ rado con el eslablecimiento de pequeños grupos de colonos en pueblos muy espaciados, estaban pasando el Ecuador con sus armas, penetrando en la zona templada por el litoral pa­ cífico de Chile al Sur y, a través de las llanuras de] R ío de la Plata, al Sureste, mientras que sucesivas entradas iban agotándolos en la travesía de las montañas orientales y es­ forzándose en penetrar los secretos de las selvas situadas más allá.

La conquista española del reino de Quito fue el primero de esos movimientos, conquista que se emprendió inmediata­

LOS CONQUISTADORES ESPAÑ O LES U 9 mente después de los primeros éxitos obtenidos en el Perú y, por tanto, simultánea casi con la empresa peruana; de ella hemos hablado incidentalmente en los capítulos IX y X I I I , pero es necesario que nos volvamos a ocupar, siquiera sea brevemente, de estos sucesos. E l reino ecuatorial de Quito (ahora Ecuador) difiere en su carácter de las tierras perua­ nas del Sur. L a gran carretera montañosa de los incas pa­ saba al norte de Cajamarca, por Tumebamba, hasta Quito (ciudad colocada casi sobre el Ecuador), atravesando en su parte septentrional una meseta o más bien un valle de unas 30 m illas de ancho, cercado por la famosa “ Avenida de Vol­ canes” , más de 20 picos enfrentándose unos a otros en dos filas, muchos de ellos elevándose mucho más arriba del nivel de las nieves, el gigantesco Chimborazo (20.500 pies) y la cumbre cónica del Cotopaxi (19.600 pies), irguiéndose entre los otros picos más bajos. E l contraste entre el clima tem­ plado de las altiplanicies, las glaciales montañas y el lito­ ral es más acusado que en el Perú, pues la estrecha y seca tira costeña del Perú se convierte aquí en una vasta región litoral cubierta en gran parte (con algunos trozos áridos) de vaporosas selvas tropicales con numerosos pantanos y rios tortuosos. A sí, el v ia je desde las zonas templadas y el rarifi- cado aire de Quito al aire más denso y los pantanosos alre­ dedores de Guayaquil — higienizados sólo en nuestros días— constituían para el v ia jero m ayor peligro que en el Perú y era fa ta l para casi todos los indígenas que se veían fo r­ zados a hacer aquel viaje.

En octubre de 1533, un mes después de en trar P iza rro en Cuzco, Belalcázar, comandante de San M iguel, fu e invitado por emisarios de la tribu cañan a libertarlos de la tiranía de Rumiñavi, y viendo sus gentes aumentadas por refuer­ zos llegados de Panamá y Nicaragua, partió para la con­ quista de Quito con 200 de infantería y 80 de caballería, ade­ más de la acostumbrada multitud de servidores indios. Su empresa difiere de las otras en que desde el principio se en­ contró fren te a la resistencia organizada de un experto ge­ neral, Rum iñavi, je fe de un ejército de soldados regulares indígenas; y aunque Rumiñavi no tuvo nunca más de 12.000 hombres (según el exagerado cálculo español) a su dispo­ sición, eran más temibles que las incontables hordas que salieron al enceuntro de los españoles en las demás partes. Los invasores españoles recibieron mucha ayuda de algunos de los habitantes, no sólo de los cañarls, sino también de un cacique llamado Cachuliraa, señor de un grupo de pueblos alrededor de Riobamba, que se levantó contra Rumiñavi y ayudó a los españoles. Cachulima se bautizó, tomó nombre español y, habiendo sido atendida una petición de Belalcázar a Carlos V , se le eximió de pagar tributos y fu e confirmado

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en sa señorío, en el que él y sus descendientes dominaron durante siglo y medio.

Rumiñavi demostró ser hábil en estrategia, pero sus pla­ nes se frustraban por la cantidad de los espías y guías ca- ñaris, quienes condujeron a los españoles por atajos, bur­ lando las trampas tendidas para los caballos. Sin embargo, los españoles tuvieron que padecer mucho en tres batallas, en la tercera de las cuales no quedaron, por cierto, vence­ dores, y después de la lucha quedaron en inminente peligro, esperando un nuevo ataque al amanecer. Una terroriñca erup­

ción del Cotopaxi aquella misma noche, salvó a los invaso­ res, sembrando el pánico en el enemigo, el cual tomó la erup­ ción por el cumplimiento de una de las profecías de desastres que resultaban tan útiles para los españoles, tanto en Nueva España como en los Andes. Finalmente, en una campaña de unos tres o cuatro meses, los caballos, arcabuces y facultades bélicas de los invasores eran demasiado para Rumiñavi, que huyó a un distante refu gio en la montaña, incendiando la capital en su retirada y, según informes españoles, se llevó consigo muchas riquezas luego de haber enterrado el resto. Belalcázar entró en la arruinada ciudad a fines de 1533, pero instaló provisionalmente el gobierno en Riobaraba, lu gar ro­ deado de indios amigos. E l Domingo de Pentecostés de 1634, ocho meses después de su llegada al país, hizo su entrada triu n fal en Quito, que habia sido rápidamente restaurada — en parte, por lo menos— a la manera española por tra ­ bajadores indios. Dos meses más tarde, habiéndose colocado con sus tropas bajo el mando de Alm agro, tomó parte en el dramático episodio referido en el capítulo IV , por el cual vio frustrado el gobernador de Guatemala su designio sobre Qui­ to. A lm agro y Alvarado salieron juntos al encuentro de P i- zarro en Pachacamac, y Belalcázar permaneció de goberna­ dor delegado bajo la autoridad de Pizarro para completar la conquista del reino de Quito.

Como había entrado en el país en plan de libertador, Be­ lalcázar se portó al principio moderadamente, pero demostró

ser un libertador muy especial, pues su segundo, Ampudia, se empeñó en una desesperada búsqueda de un indescubrible y quizá inexistente tesoro de Atahualpa, empleando para ello la tortura, quemando vivos a los nativos y forzándolos al trabajo anormal de destruir sepulturas y palacios para averiguar dónde se hallaban posibles escondrijos. Luego fue­ ron obligados por Rumiñavi y el propio Ampudia a recons­ tru ir lo que habían destruido. Además, la moderación de Be­ lalcázar fue de corta duración. “ Mató a muchos en Quito", dice el historiador con significativa brevedad. Un fra ile que acompañó a Belalcázar, fr a y Marcos de N iza, después de haber protestado en vano contra aquellas atrocidades, aban­

LOS CONQVISTADORES ESPA Ñ O LES 151 donó Quito asqueado, regresó a Nueva Espafia y luego es* cribió una H istoria de la conquista de Quito, en la que de* nunció los excesos cometidos o permitidos por Belalcázar; su libro puede ser hoy conocido solamente por las citas que hace de él Velasco en su H istoria de Quito, publicada en 1789.

Es evidente que la organización incaica no era aún com­ pleta o uniforme en el reino de Quito, pues hubo que emplear varios meses en la sumisión fragm entaria de tribus muy di­ versas en sus costumbres y carácter antes de que la salida al mar estuviera asegurada con la fundación de la ciudad y el puerto de Guayaquil, con el nombramiento de alcaldes y regidores y de un delegado del gobernador, un individuo de media edad, y no muy activo, llamado Daza. O tra ciudad m arítima más septentrional, Puerto Viejo, quedó establecida tras una disputa entre los fundadores rivales, que fu e cor­ tada por Pizarro, cuya autoridad superior, a pesar de lo remota que estaba, era reconocida en todo el territorio de Quito. L a historia de Guayaquil ilustra las vicisitudes de la conquista y en parte también las causas de estas vicisitudes: los nativos se sublevaron y exterminaron a estos ciudadanos, que les tomaban sus mujeres y sus bienes, logrando escapar tan sólo el je fe Daza y cinco más. Mucho trabajo costó a Belalcázar restablecer la colonia, y sólo pudo conseguirlo, según un probable inform e, haciendo que los nuevos colonos fueran acompañados por mujeres cristianas. P o r segunda vez se vio desierto el lugar, debido a que todos los hombres disponibles en el Sur tuvieron que acudir a sofocar la rebe­ lión del inca Manco. Cuando pasó aquella perturbación, el mismo Pizarro envió a Francisco de Orellana — cuyo nombre había de hacerse famoso— para que fu era el tercer fundador de Guayaquil, en 1537.

P o r entonces, Belalcázar, dejando un sustituto en Quito y llevando consigo muchos españoles, que a duras penas pu­ dieron salvarse, y miles de indios, de los que ninguno regresó jamás, había partido en una expedición conquistadora inde­ pendiente para más allá de los límites septentrionales del imperio inca, al país de Popayán, que ahora form a la parte meridional de la República de Colombia. Aquí los Andes se extienden al N orte en tres grandes cadenas montañosas, en­ tre las cuales corren, separadas por la cadena que está entre las otras dos, las corrientes paralelas de dos grandes ríos, el Cauca y el Magdalena, para unirse finalmente en su curso septentrional y desembocar en el m ar Caribe. L a dificultad de los viajes en esta región era extraordinaria; lo d ifícil del acceso, desde la costa del Pacífico, puede deducirse de una fra se de Andogoya, que tomó esa ruta un año después: "E l país es tan abrupto, que muchos perros hay que no pueden seguir con los hombres y se vuelven al m ar.” P o r un mo­

158 F, A . K IRK PA TR ÍCR vimiento que pareció desafiar las leyes geográficas, el ímpetu asombroso de la empresa peruana, que había marchado al re­ moto y desconocido Sur, volvía, por decirlo así, por sus mis­ mas huellas y Be habría paso al N o rte por tierras que hu­ bieran parecido más accesibles desde las playas hacía tiempo

descubiertas por Colón y sus sucesores.

L a región conocida por el nombre del cacique Popayán, que rig ió un territorio más dilatado que sus vecinos, fu e respetada por el poder incaico y carecía de organización, ciudades y carreteras, pero contenia oro. L a s tribus, muy adictas al canibalismo y a las luchas civiles, viviendo inde­ pendientes en valles aislados, bajo jefezuelos, no podían o fre ­ cer resistencia a los jinetes, arcabuceros, arqueros y jau ­ rías de perros salvajes. Cuando los intrusos, sus caballos y sus cerdos consumieron los cereales, desperdiciando y echan­ do a perder lo que no usaban, los espantados habitantes de­ jaban de labrar la tierra, y el resultado era el hambre, el canibalismo de la peor especie y la peste destructora. E l avance conquistador o devastador de Belalcázar al N orte que­ da marcado con la fundación de la ciudad de Popayán en 1536, y algo después (en 1537) la ciudad de Cali, situada a 22 leguas aún más al N orte, en una fé r til y hermosa parte del valle de Cauca. Dejando representantes en estos lugares, el propio Belalcázar, con 200 de a pie, 100 de a caballo y una multitud de indios de ambos sexos, se dirigió al Nordeste, pues había recibido noticias — auténticas esta vez— de que podría asi llegar a la ciudad de un gran rey rico en metales preciosos, gobernante de un pueblo organizado.

Y a antes de marchar para su nueva empresa dejó Belal­ cázar de mandar informes a Lim a o se lim itó a enviar des­ orientadoras apologías. Evidentemente, se estaba aprovechan­ do de las guerras civiles y con los indios, que estallaban en el Perú, para desligarse de la fidelidad a P iza rro

y

conse­ gu ir un gobierno independiente para sí. Pizarro, ocupado por completo por su disputa con A lm agro — era a fines de 1537— , encargó a Lorenzo de Aldana, el hidalgo que hemos citado anteriormente, confiando en su antigua lealtad y celo, que fuera a Quito, procurase remediar la tiranía allí ejercida y la despoblación creciente,

y

trajese a Belalcázar detenido a Lim a. Aldana cumplió fielmente el encargo y con notable éxi­ to además. L a autoridad que le había sido conferida por el Marqués fu e reconocida por los delegados que había dejado Belalcázar en su lugar, y éstos fueron confirmados en sus puestos. Puso un poco de orden en los asuntos administra­ tivos de Quito y tomó las medidas necesarias para la pro­ tección de los nativos. Luego avanzó despacio, en dirección N orte, hacia la provincia de Popayán, reduciendo I03 caciques a la obediencia, pues se habian sublevado, consiguiendo esta

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sumisión principalmente por medios pacíficos e inculcando la idea de lo insensato que seria intentar resistir. Hizo que car­