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F. A KIRKPATRICK esto, cortando con las hachas abrían el camino y con aza
dones hacían los pasos para que los caballos pudiesen pasar;
y los ríos que hallaban rodeados de grandes céspedes los alla naban de tal manera que los caballos pudiesen pasar. L a gente que llevaban de servicio no podían ya sustentarse y muchos de ellos se quedaban por los caminos muertos... y como la hambre creciese, los vivos comían a los muertos... muy gran dolor era de ver m orir a tanta gente y entre ellos muchas hijas de señores principales de Cuzco y muchas se ñoras nobles incas” . Algunos de los indígenas capturados en la selva les contaron — sin duda, deseando verlos perecer a todos ellos— que existía un magnífico país, muy rico y de fá cil terreno, a una distancia de veinticinco días de marcha al Este. P ero era imposible dar un paso más hacia adelan te, y Peranzures emprendió la retirada, hallando otro camino de regreso lo m ejor que pudo. “ E l ruido que el agua hacia entre aquellos espesos bosques era tanto, que unos a otros no se podían entender; el sol p o r ellos nunca jam ás era visto, y había una oscuridad tan triste que verdaderamente parecía aquella tierra ser más para tormento de demonios que no para habitarla la gente humana... y como la hambre creciese... ma taban para comer los caballos.... las tripas e inmundicias no se fatigaban por mucho las lavar... algunos cristianos a rri mados a aquellos árboles diciendo: ¿hay, por ventura, quien un poco de maíz me quiera dar?, se quedaban muertos. Otros decían: ¿no fuéramos nosotros dignos... que nos viéramos hartos de pan que en España a los perros se acostumbra a dar?, diciendo esto se morían también.”
Cuando los supervivientes lograron arribar, unos seis me ses después de su partida, al lugar de donde salieron, en el que les salió al encuentro un hermano de Peranzures con socorros y alimentos, “ salieron tan desfigurados y descolo ridos que aína no se conocieron... habíanse muerto 143 espa ñoles y más de 4.000 indios e indias; y habíanse muerto y comido 220 caballos” .
N o tan desastrosa fue la expedición al N o rte por Alonso de Alvarado, el cual, a pesar de su derrota en Abancay, fue empleado como el m ejor de los capitanes de Pizarra. A l varado hizo cumplir el buen trato a los indios, y en una ocasión dio una tunda a dos soldados que robaron provisio nes; con esta estricta disciplina fu e afirmando su caudillaje. Cuando más tarde algunos de sus hombres se quejaron de marchar pos bosques y ríos interminables, “ lo que proveyó fue mandar pregonar públicamente que los soldados que qui siesen seguir e ir con él a una noticia cierta que tenía, que lo hiciesen; y a los que no, que él les daba licencia para que se pudiesen quedar... todos a una voz dijeron que le querían seguir” .
tjaa c o n q u i s t a d o r e s b s p a r o e e s
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Alonso de Alvarado fundó la ciudad de Chachapoyas, aho ra capital de una provincia peruana, en el lím ite extremo del imperio incaico, SO leguas al noroeste de Cajamarca. T e niendo noticias de ricos países más allá del rio de Moyo- bamba, se internó por las montañas y envió 40 de infantería a explorar “ una muy grandísima montaña muy áspera y por donde los caballos por ninguna manera podrían entrar” ; esta partida marchó durante cuarenta días “ sin comer carne ni pan, ni otra cosa que yuca y agua, que de ésta tenían tanta que les pesaba, así de la caída del d é lo como de los muchos ríos que de continuo pasaban; y hallaban cosa ninguna que fuese buena, ni salían de montes, ni de ríos, ni de quebradas llenas de grandes céspedes y m atorrales” . Una noche tuvo un rio una crecida tan grande, a causa de la lluvia, “ que si allí nuestro Señor no hubiera criado unos árboles muy cre cidos y espesos, en los cuales subieron, todos fueran aho gados” . Sin acobardarse por estas noticias, el mismo A lv a ra do condujo 70 soldados por la selva y arribó al gran río Huallaga, que corre hacia el N o rte para desembocar en el Marañón (el Amazonas superior). “ Ten ia gran noticia que de la otra parte del río, andadas quince jornadas y pasada una gran montaña que había, se allegaba a una tierra llana, a donde decían estar un gran lago, a las riberas del cual afir maban que estaba un orejón del linaje de los Incas, llamado Ancallas, y que, sin este Señor, había otros muy grandes y ricos” , fábula que parece ser una versión de la leyenda, más elaborada, de El Dorado. A lvarado sólo encontró bos ques y ríos, pero “ tenía por cierto, pasada la montaña que tenía por delante, daría en buena tierra con que todos fue sen remediados. Viéndose obligado a regresar por un levan tamiento indio en su ciudad recién fundada de Chachapoyas, dejó A lvarad o a su hermano el encargo de construir una lancha y atravesar el r ío ; esto hicieron y probaron por mu chas partes atravesar laB montañas y sierras tan grandes que había por delante, y no podían ni hallaban camino ni manera para pasar... E s aquella tierra de Moyobamba m al sana y que en ella llueve lo más del año y llena de grandes boscosidades, de grandes sierras y de montañas, muchos ríos grandes y pequeños” . Fue abandonado el proyecto de pe netrar la montaña, pero quedó la ciudad de Chachapoyas, y el poder español avanzó tan lejos como el dominio incaico había prevalecido.
Otra expedición bajo el mando de Mercadillo trató de pe netrar en las selvas orientales, al sur del camino seguido por Alvarado. Pero el je fe mostró en este caso ser desagradable y obstinado. Como insistiera, contra la opinión de toda la compañía, en avanzar en la selva, SU3 propios capitanes le
Uk t . A. KIRKPATR1CK
detuvieron y lo encadenaron. "H icieron contra él un pro ceso de los juramentos que habla hecho, y de otras cosas tocantes a la Santa Inquisición, y se volvieron a Jauja.”
De este modo los bosques, montañas, ríos y pantanos, que se habían resistido a la constante presión expansiva del im perio incaico, frustraron también el empuje de los españoles para descubrir los supuestos secretos de la mayor selva del mundo y encontrar riqueza, fertilidad y poderío en el cora zón del Continente. En el siglo siguiente, misioneros cristia nos de las órdenes religiosas, principalmente jesuítas, atra vesaron los bosques y se embarcaron en las corrientes para ganar las tribus de la selva y el rio por medios distintos y con otros fines. Estas primeras expediciones no se han con tado aquí brevemente por ningún importante motivo histórico, sino porque caen dentro del período que abarca este libro, y ya que se conservan de ellas evocadores relatos, pueden servir como ejemplos de laB innumerables expediciones espa ñolas que cruzaron en todas direcciones las tierras descono cidas de ambos Continentes americanos.
Estos viajes por los Andes orientales no pueden compa rarse en extensión con la marcha de Cortés a través del Yucatán o la expedición de A lm agro a Chile, o la de Gon zalo P iza rro al V alle de la Canela, o con la que realizó De Soto por las selvas del Misisipi, pero no es desacertado bos quejar que las andanzas de estos caballeros preisabelinos, que nada sabían acerca de los pertrechos adecuados para andar por los trópicos, y con invencible intrepidez marcha ron igualmente por heladas alturas que por espesísimas sel vas tórridas, conduciendo sus caballos y cubiertos, algunos de ellos al menos, con cotas de malla.
CAPITULO XVII
COLONIZACIÓN
Pizarro salió de Lima para Cuzco en cuanto tuvo noticias de la victoria de las Salinas, pero se detuvo dos meses en Jauja por las perturbaciones que habían surgido en el pais, aunque quizá también le hiciera permanecer allí su deseo de quitarse de encima toda directa responsabilidad en la suerte de Alm agro. L e visitó en Jauja el joven hijo mestizo de A l magro, Diego, que se d irigía a Lim a con una escolta, des crito por uno que le conoció como un muchacho alto y de buena presencia, hábil jin ete y bien educado, pareciéndose más a su padre que a su madre india, pero de tez tan oscura
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y casi imberbe. Pizarro acogió afectuosamente al Joven Alm a gro, le aseguró que a su padre no le pasaría nada, y pro metió recibir al muchacho como a hijo propio en su casa de Lim a. De camino para Cuzco, en ju lio de 1538, supo Pizarro que A lm agro había muerto. Se mostró convenien temente emocionado; pero en un país en que los corredo res indios llevaban las noticias con pasmosa rapidez y donde los rumores se transmitían como por arte de m agia (lo que 1 os españoles atribuyeron a veces a satánicos oráculos), su previa ignorancia del hecho debió de ser calculada, y el no haber consultado Hernando con su hermano fue, segura mente, alguna maniobra política. Está claro que el deber del gobernador era estar informado de cuanto ocurriera en la capital de sus dominios. Sin embargo, es justo que añada mos que Hernando dejó ver abiertamente un desagradecido desprecio por su iletrado hermanastro de cuna humilde, y el Marqués no parece haberse hallado a gusto cuando tenía que tra ta r a Hernando, al cual mandó por dos veces a Es paña con misiones.E l Marqués hizo un v ia je oficial a Cuzco, vestido con el rico tra je que le había enviado el conquistador de Nueva España. Sus hermanos estaban ausentes; habían marchado al Sur, pues todos los hombres eran pocos para sofocar las insu rrecciones en la región que rodeaba el lago T iticaca y en la provincia de Charcas, más meridional, regiones que habían permanecido en paz durante el dominio inca y habían sido cruzadas tranquilamente por la expedición chilena de A lm a g ro y que ahora se habían levantado en armas. Un país tan amplio e intransitable, gran parte de él a 12.000 pies sobre el nivel del m ar, daba mucho que hacer, y Hernando, que siguió a su hermano Gonzalo para lograr oro y plata que po der transportar a España, tuvo primero que ayudarle a re conquistar el territorio. Pero el trabajo ya estaba hecho, y Gonzalo, gobernador de Charcas por espacio de algunos me ses, recibió una importante encomienda de esclavos indios y dejó al mando a Diego de Rojas, el cual había de hacerse famoso luego en la conquista del Sur. Con objeto de asegurar el dominio español, se fundó la ciudad de L a P la ta (1) (ahora Sucre), llamada así por las ricas minas de plata de los alre dedores (1539). Dicho nombre no tiene nada que v e r con el Río de la Plata.
P o r espacio de casi dos años (1538-1540) el Marqués es-
(1) En este ponto eetd confuso la nomenclatura, El nombre Indígena de la ciudad, usado a menudo por los españoles, era Chuuuisaca. La Audiencia <iue se estableció en la ciudad veinticinco años más tarde se conocía habi tualmente como la Audiencia de CharcaB. En los siguientes capítulos de este libro llamaremos a esta ciudad Chuuuisaca. para evitar confusiones.
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