Orientaciones para la evaluación
6. Itinerarios bíblicos y duelo
Algunos grupos de ayuda mutua se reúnen ocasionalmente en la parroquia a instancias de un sacerdote o de alguna figura religiosa, o bien se caracterizan por una fuerte impronta espiritual o religiosa.
Algunos comienzan las reuniones con una meditación o una oración en común, o ponen una vela en el centro del grupo, o conjugan la celebración eucarística en recuerdo de sus propios difuntos con un tiempo social o de intercambio.
En algunos grupos, el sacerdote comienza la reunión con una reflexión de unos diez minutos sobre un fragmento bíblico relacionado con el duelo, con la lectura y el comentario del episodio.
A continuación, presentamos algunos fragmentos que tratan el tema de la pérdida en la Sagrada Escritura.
• Job (Job 1,13-22 y 2,11-13)
Job es un símbolo universal del sufrimiento, y el pasaje ilustra la variedad de pérdidas que se cernieron sobre él: desde la casa hasta los animales, los hijos, la salud...
Tres amigos, venidos de lejos, le expresan su solidaridad al principio, pero después asumen actitudes moralizantes. Su comportamiento recuerda las actitudes constructivas o nocivas que se pueden manifestar respecto de quienes atraviesan momentos difíciles.
El libro de Job está cargado de humanidad, de lecturas teológicas sobre los porqués del sufrimiento, de relaciones desgarradas entre antiguos amigos, de crisis de fe del protagonista, que, amargado tras los exasperantes debates, se dirige a Dios para que intervenga y aclare todas sus dudas.
• Noemí y las dos nueras (Rut 1,1-22).
Se trata de una delicada historia familiar trenzada de sentimientos, valores y opciones de los protagonistas.
El diálogo entre Noemí que ha perdido a sus dos hijos) y sus dos nueras, Orfá y Rut, pone de relieve las diferentes pérdidas vividas por la protagonista (pérdida de las tierras, del futuro, de la juventud) y su llamada a sus puertas para que continúen su camino de manera autónoma. Orfá besa a su suegra y decide emprender su camino de manera independiente. Rut opta por quedarse con su suegra, y sus palabras son conmovedoras. Ambas opciones merecen respeto.
En el corazón del relato habitan valores y dinámicas familiares ante la muerte de los dos hijos de Noemí, esposos respectivamente de Orfá y de Rut.
• David y la muerte de su hijo Absalón (2 Sm 19,1-9)
En el transcurso de una lucha familiar por el poder, muere Absalón, el tercer hijo de David.
El capítulo narra la tristeza del padre ante el anuncio de la muerte del hijo rebelde: «¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti!».
El episodio vuelve a plantear el drama de las familias en guerra, pero también la conciencia de que la identidad paterna y los vínculos de sangre van más allá de las luchas fratricidas.
• La viuda de Naín (Lc 7,11-15)
La viuda de Naín lleva dentro de sí una doble herida: no tiene marido ni hijos. En cierto sentido, se ve privada de su presente y de su futuro.
El autor del pasaje no registra sus sentimientos, aunque la imaginamos descompuesta por lo sucedido y por tener su casa vacía. La prioridad del evangelista es poner de relieve los sentimientos de Jesús ante esta dramática escena.
Jesús se convierte en el «Consolador» de la madre en medio de su indescriptible dolor.
Muchos padres, como la viuda de Naín, se quedan atónitos e incrédulos ante un acontecimiento que les priva de tantos sueños.
El desafío ante lo que no se puede cambiar consiste en hacer que el propio corazón se convierta en el tabernáculo donde se mantenga viva la memoria del propio ser querido.
• La muerte de Lázaro (Jn 11,1-73)
Probablemente sea este el milagro más singular de los realizados por Jesús. El acontecimiento tiene lugar en un pequeño pueblo, Betania, que significa «Casa de los pobres». Lo que llama de inmediato la atención es el afecto que siente Jesús por esta familia, compuesta por dos hermanas y su hermano Lázaro.
El duelo de Marta y María vuelve a proponer a nuestra atención la experiencia de quienes viven la separación de un hermano o una hermana.
Jesús, por una parte, manifiesta su tristeza por la muerte de su amigo («y lloró»); por otra, su imperiosa orden –«Lázaro, sal afuera»– exalta el triunfo de la vida sobre la muerte, de la fe sobre la incredulidad.
La resurrección de Lázaro es anticipación de la resurrección de Cristo.
La solemne declaración «Yo soy la resurrección y la vida» constituye un mensaje de esperanza y un anticipo de la inmortalidad para todos cuantos creen en él.
• La muerte de Jesús (Mc 14,32-42)
El drama del Gólgota resume el dolor de todos los que se encuentran soportando el peso de una cruz o están a punto de morir.
Jesús sintetiza, en su sufrimiento físico, psíquico y espiritual, la inmensidad de los padecimientos humanos. Su drama tiene muchos rostros: desde la flagelación hasta las tres caídas camino del Calvario, la soledad producida por la traición de sus amigos, y los dolorosos interrogantes: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Las palabras de Jesús sobre quienes lo crucifican («Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen») y su abandono en manos del Padre («En tus manos encomiendo mi espíritu») confirman que el perdón y el abandono son las vías maestras para curar las heridas de la vida.
• El suicidio de Judas
«Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió los treinta denarios a los sumos sacerdotes y senadores, diciendo:
– He pecado entregando a un inocente a la muerte. Le contestaron:
– ¿Y a nosotros, qué? Allá tú...
Arrojó el dinero en el templo, se fue y se ahorcó» (Mt 27,3-5).
Este es el único episodio de suicidio registrado en el Nuevo Testamento. En el caso de Judas, la decisión de quitarse la vida nace de su sentimiento de culpa por haber traicionado y vendido al amigo y maestro.
Lamentablemente, el suicidio se ha convertido en nuestros días en un fenómeno alarmante que afecta a los ancianos, a los jóvenes, a las personas que no
tienen trabajo, que han sufrido fracasos a nivel económico, académico, relacional, que han padecido abandonos, traiciones o separaciones...
Nunca se sabe lo que pasa por la mente y el corazón de quienes deciden poner fin a su existencia: a menudo se llevan a la tumba las razones de su renuncia a vivir y a luchar.
La actitud de la Iglesia es confiarlos a la misericordia de Dios y ofrecer proximidad y apoyo a sus seres queridos.
• Los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35)
Este fragmento, referido por el evangelista Lucas, es una narración extraordinaria sobre la relación de ayuda con quien está de duelo.
Los dos peregrinos realizan un viaje exterior, de Jerusalén a Emaús, y otro interior, que refieren al desconocido, a quien revelan su historia de expectativas y decepciones, el fracaso de sus esperanzas, el desconsuelo que les ha producido una muerte ignominiosa, la perplejidad en que les han dejado las noticias filtradas por las mujeres que habían ido al sepulcro...
El desconocido peregrino concede un amplio espacio a la escucha, pues sabe que muchas personas en duelo necesitan contar su historia y sentirse escuchadas.
Pero, a continuación, Jesús les abre la mente ofreciéndoles una lectura nueva de lo acontecido; una lectura a la que ellos no habían prestado atención y que transforma su perspectiva.
El relato concluye con un profundo cambio interior en los discípulos, de la tristeza a la alegría, al descubrir que el desconocido es Jesús resucitado. La invitación dirigida a todos es a descubrir la acción misteriosa de la gracia, a la sombra de las adversidades y pruebas de la existencia.