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Calendario y temario de las reuniones

4. Los sentimientos en el duelo

Los sentimientos constituyen un nudo crucial en la elaboración de las vivencias luctuosas. Todos experimentamos sentimientos, aunque algunos no sean conscientes de ello. En ocasiones, ciertos condicionamientos culturales, como «Los hombres no lloran», o «Debes ser fuerte por el bien de tus hijos», o «Tienes que aceptar lo que ha pasado», han llevado a muchos a reprimir sus propias emociones. En otras ocasiones, los condicionamientos son de tipo religioso y están relacionados con el valor positivo o negativo atribuido a los sentimientos («¡No debes enfurecerte!»; «Quien cree en Dios no llora») y apuestan por los valores, descuidando la esfera emocional.

Los sentimientos deben correr, como el agua: si esta fluye, es saludable; si se estanca forma una ciénaga donde se multiplican los insectos, los mosquitos, los sapos y las ranas.

Los sentimientos son «naturales», forman parte de la condición humana, como los pensamientos, los comportamientos, las motivaciones, las necesidades, los valores.

Representan el corazón de la persona, su núcleo más delicado y tierno, y el recurso a las máscaras sirve, con frecuencia, para proteger la propia vulnerabilidad.

Por otra parte, no se pueden clasificar en buenos (la alegría, por ejemplo) y malos (caso de la envidia y de la rabia); no somos responsables de su presencia, sino solo del modo en que los gestionamos.

El dolor, en sus diversas expresiones (por ejemplo, el miedo a un examen, el desaliento por un diagnóstico infausto, la amargura por una traición, la tristeza por la pérdida de una persona querida), desencadena infinidad de sentimientos que requieren acogida y una expresión apropiada.

En el calendario de nuestros encuentros hemos previsto una reflexión sobre algunos sentimientos fundamentales para elaborar el duelo.

Hoy vamos a hacer un viaje de reconocimiento general, con el fin de intentar comprender este complejo y abigarrado mosaico de colores que atraviesa la existencia humana, en particular en circunstancias luctuosas.

La separación de una persona querida desencadena multitud de estados de ánimo, y es preciso que nos eduquemos para canalizar esta energía emotiva de modo apropiado, a fin de que no se estanque y genere complicaciones psicológicas y daños a la salud física.

Khalil Gibran escribió: «Mirad en el fondo de vuestro corazón cuando estéis contentos; comprobaréis que solo lo que os produjo tristeza os devuelve alegría; y mirad de nuevo en vuestro corazón cuando estéis tristes: comprobaréis que estáis llorando por lo que fue vuestro deleite».

• El facilitador, tras haber distribuido, ilustrado la ficha e invitado a los presentes a rellenarla, forma subgrupos de 3-4 personas para el intercambio y la confrontación.

PUESTA EN COMÚN

Después de unos 45 minutos, se recompone el grupo y se estimula a compartir con una pregunta del tipo: «¿Puede hablar alguno de vosotros sobre algún sentimiento específico que, en el transcurso del duelo, le haya angustiado más y sobre el modo en que lo ha gestionado?». Después de escuchar algunos testimonios, sintetiza la reunión y anuncia la fecha y el contenido de la siguiente, antes de clausurar esta.

Los sentimientos en el duelo

1. Los sentimientos representan un aspecto fundamental en la elaboración del duelo. Cada uno experimenta una variedad de estados de ánimo ante la pérdida de una persona querida, como: shock, ansiedad, miedo, rabia, desconcierto, tristeza, soledad, resentimiento, vacío, depresión, hastío, sentido de culpa, angustia, envidia, sentido de inutilidad, etcétera.

¿Cuál de estos sentimientos has experimentado con mayor intensidad y frecuencia?

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2. ¿Cómo y cuando se manifiestan en ti algunos sentimientos? ¿Cómo influyen en tu vida familiar, social y laboral?

3. Detente a reflexionar sobre un sentimiento que te resulte particularmente doloroso e intenta analizarlo:

• cuándo lo experimentaste; • cómo lo gestionaste;

• las consecuencias que tuvo en tu vida cotidiana.

• verbalmente (hablando, conversando...)

• no verbalmente (gestos, expresiones del rostro)

5. La tristeza

El sentimiento más común de todos los que se experimentan en el duelo es la tristeza. Uno se siente triste por el vacío dejado por una persona querida, por la falta de una presencia que antes llenaba la casa, por la imposibilidad de comunicarnos con ella, de darle y recibir abrazos, de discutir, de sonreír...

La tristeza, en sus grados más tenues, se vuelve melancolía, nostalgia, soledad; en sus manifestaciones más agudas, desconsuelo y desesperación. A veces, se transforma en actitudes de victimismo y de aislamiento. En sus expresiones más nobles se vuelve proximidad y solidaridad para con otras personas probadas por el dolor o se traduce en expresiones creativas (música, poesía u otras modalidades artísticas) que ayudan a sublimar el duelo.

Hay quienes sienten más la tristeza cuando se sientan a la mesa y ven la silla vacía ante ellos o perciben el silencio que acompaña a las comidas; otros la sienten por la noche, cuando no encuentran al cónyuge sobre cuyo hombro poner la mano; otros la sienten los fines de semana, cuando solían pasar más tiempo juntos...

En ocasiones, basta con una canción para que broten las lágrimas, o con volver a ver a uno de sus amigos para advertir la ausencia de su presencia, o con volver a visitar un lugar que él o ella estimaba para sentirse invadido por la melancolía.

A menudo, los padres que han perdido a un hijo no soportan la vista de los niños de otras parejas a las que antes habían frecuentado; la mujer que ha enviudado se encuentra a menudo incómoda con sus amigos casados. Algunos deciden cambiar de parroquia, a fin de huir de preguntas irritantes sobre el estado de salud en que se encuentran.

Sea como fuere, las huellas de la tristeza dan tono al resto de nuestros días, dado que nunca es posible colmar por completo el vacío que ha dejado en nosotros una persona querida.

Vittorio Andreoli describe así el dolor del duelo: «El duelo es una pérdida que comporta también el sentido de habernos perdido a nosotros mismos. Y se advierte un mal, un dolor enorme que lo ocupa todo, porque priva de significado, como si no murieran solo las células, sino la dimensión humana y también el mundo, que aparece privado de sentido, como si hubiera quedado desolado, incluso inútil, un desierto de sentimientos».

No estamos tristes porque seamos débiles; estamos tristes porque hemos amado, y las lágrimas son el espejo de nuestro afecto.

De todos modos, con el paso de los días, el dolor se va diluyendo por medio del descubrimiento de signos que hacen presente a la persona amada o por el consuelo de anécdotas referidas por personas que la conocieron y la apreciaron.

Con frecuencia, la tristeza se transforma en muchas personas en un incremento de su capacidad de amar, en su inserción en el voluntariado o en la cercanía a otras personas que han sufrido alguna pérdida.

En este caso, el sentimiento se convierte en recurso y en patrimonio de esperanza.

• El facilitador distribuye e ilustra la ficha e invita a los presentes a rellenarla, antes de distribuirlos en subgrupos de 3-4 personas para el intercambio y la confrontación.

PUESTA EN COMÚN

Después de unos 45 minutos, se recompone el grupo y se estimula a los miembros a compartir con una pregunta del tipo: «¿Cuáles son los momentos en que más advertís la tristeza y cómo la gestionáis?»; o «¿Qué estrategias consideráis constructivas o problemáticas en la gestión de este sentimiento?».

Tras escuchar algunos testimonios, hace una breve síntesis, anuncia la fecha y el contenido de la próxima reunión y clausura esta.

La tristeza

1. ¿Cuándo te sientes triste? ¿Qué momentos, circunstancias o eventos tienden a generar este sentimiento?

2. ¿Cómo gestionas los momentos de melancolía y tristeza? ¿Qué haces? ¿Cómo te comportas?

3. ¿Qué te ayuda a aliviar la tristeza?

4. ¿Qué modalidades consideras como no constructivas en tu modo de vivir este sentimiento?