Un primer paso para elucidar un tema complejo o escurridizo consiste en cen- trarse en los hechos. En el caso de la privacidad, estos nos están vedados. Quienes han menguado nuestro ámbito privado, trátese de empresas o de organismos estatales, están decididos a que no restrinjamos el suyo. Por ejemplo, la Agencia de Seguridad Nacio- nal de EE.UU. (NSA) lleva largo tiempo ocultando sus extensas operaciones de vigilancia electrónica. Ni siquiera tras las recientes filtraciones de Edward J. Snowden, el excontra- tista de la NSA, podemos hacernos sino una idea aproximada de lo que está ocurriendo.
No existe en el mundo actual ni un solo observador que posea una imagen completa de quién ha estado recopilando datos de quién. Ciertas organizaciones, como la NSA, sa- ben sin duda mucho más que nadie, pero ni siquiera ella conoce toda la panoplia de al- goritmos que entidades empresariales o gubernativas han aplicado a datos personales, ni para qué uso o finalidad.
Nuevas
concepciones
de la privacidad
C I E N C I A Y S O C I E D A D
Un poco de luz sobre uno de los temas
más espinosos de la era informática
Jaron Lanier
I. L O S L A E R A D E L O S M A C R O D A T O S I N F O R M E E S P E C I A L I N F O R M E E S P E C I A L L A E R A D E L O S M A C R O D A T O S I N F O R M E E S P E C I A L L A E R A D E L O S M A C R O D A T O S I N F O R M E E S P E C I A L L D A E E R A M T A O C S R O D Ato d as l as i lu st ra ci o n es : n o M a B ar
La privacidad, por el momento, cons- tituye un asunto tenebroso que solo es posible investigar de manera precien- tífica. Nos vemos obligados a depender de teorías, filosofías, introspecciones y anécdotas. Pero ello no impide que po- damos pensar.
¿QUÉ ES LA PRIVACIDAD? Cada forma de entender la vida privada constituye un distintivo cultu- ral. Al criarme en Nuevo México, tuve la oportunidad de pasar un verano con nativos de la tribu pueblo. Se quejaban de que los antropólogos, al revelar sus secretos, hubieran causado más destro- zos en su cultura que los misioneros. Al propio tiempo, los estudiantes chinos ve- nidos a EE.UU. irrumpían sin llamar en las habitaciones, y no podían entender que su comportamiento nos pareciera inadmisible. Eso ha cambiado, y tam- bién China.
En nuestros días, se oye decir que jóvenes e «infofrikis» cuidan menos su intimidad que sus mayores. Es probable que un adulto de cierta edad, criado y educado en un mundo sin ordenadores llevables, se sienta molesto si quien está frente a él lleva una cámara montada en la cabeza. Compañías como Facebook han recibido críticas —y también elo- gios— porque socializan a los jóvenes de modo que no les incomoden las ac- tividades de la NSA u otras agencias de inteligencia. El grupo que más vigorosa y radicalmente promueve y defiende el respeto a la vida privada es tal vez el de poseedores de armas de fuego, quienes temen que su inclusión en una lista del Gobierno desemboque en la confiscación de sus armas.
Pese a la diversidad de actitudes so- bre la privacidad, al debatir sus aspectos políticos se suele acabar hablando de soluciones de compromiso. Si el Estado, para detener a terroristas antes de que actúen, necesita analizar información personal de todos los ciudadanos, estos no tienen derecho a exigir a la vez se- guridad y privacidad. O al menos, así es como suele plantearse la transacción.
En esta forma de razonar sobre la privacidad hay sesgo. Considerada en términos transaccionales, la privacidad acaba siendo tenida por un fetiche cultural aceptado, un refugio, un cubre- lotodo para adultos. ¿En qué medida es- tamos dispuestos a «sacrificar» nuestra vida privada a cambio de ciertos benefi- cios? Implícita en esta formulación está la idea de que el respeto a la privacidad se haya convertido en un anacronismo, como el punto ciego de la retina del ojo humano. Viene a ser como preguntar cuán mal puede saber un medicamento para que un paciente acepte tragarlo para curarse de una enfermedad grave. Se sobreentiende que el enfermo tendría que dejarse de remilgos. Una opinión pareja sostiene que si nos inclináramos a compartir más datos podríamos dispo- ner de más servicios o crear más valor en las redes en línea.
Resulta tentador desestimar los re- paros individuales ante la pérdida de privacidad debido a la inconsistencia de estos. Pero podría tratarse de un error. ¿Y si fueran valiosas otras culturas o personas con una actitud distinta hacia la privacidad? La diversidad cultural, después de todo, debiera considerarse un bien intrínseco. Pensar de otro modo sería dar por supuesto que la cultura, las formas de pensar y los hábitos de información actuales resultan inme- jorables, que cierta forma de tratar la privacidad es la única correcta. Ningún biólogo daría en pensar que la evolu- ción ha tocado fin. Tal vez no haya que aplicar la misma ética de información a todo el mundo. Quizá debamos disponer de libertad para optar entre diversos grados de privacidad.
LA PRIVACIDAD ES PODER En la era de la información, la pri- vacidad se ha convertido, de manera os- tensible, en datos disponibles para algu- nos e inaccesibles para otros. Poseerlos determinará en gran parte quiénes van a tomar los mandos.
La información siempre ha sido im- portante en las disputas por la riqueza y el poder, pero en nuestra era nada lo es tanto. La supremacía en ese ámbito re- sulta cada vez menos distinguible del dinero, la influencia política o cualquier otra medida de poder. Los más grandes proyectos financieros son computacio- nales: lo atestigua la marea de transac- ciones bursátiles de alta frecuencia. La informática a gran escala no solo ha be- neficiado a alguna que otra empresa; también ha tenido efectos macroeconó- micos al multiplicar el peso del sector fi- nanciero. Compañías como Google o Fa- cebook no venden sino informática, di- señada para mejorar la eficacia de lo que seguimos llamando «publicidad», aunque esta voz tenga cada vez menos relación con la persuasión elegante o re- tórica. Ha dado, en cambio, en signifi- car manipulación de la información que se presenta a la gente según convenga. Análogamente, las elecciones políticas actuales se basan en la computación a gran escala, que busca electores a quie- nes motivar para orientar su voto. La privacidad está en el meollo del equili- brio de poder entre el individuo y el Es- tado, y entre los intereses empresariales o políticos.
Tal situación implica que, a menos que los individuos logren proteger la es- fera que les es propia, perderán poder. La defensa de ese espacio se ha convertido
E N S Í N T E S I S
La privacidad aún no ha desa-
parecido por completo. Pero las decisiones que hoy se tomen so- bre su papel en nuestro mundo interconectado tendrán conse- cuencias durante decenios.
Debiéramos dejar de hablar de la privaci-
dad en términos transaccionales, que sos- tienen que cuanta más privacidad sacrifi- quemos más beneficios vamos a obtener (en seguridad, por ejemplo). Tales beneficios suelen exagerarse.
En lugar de imponer una
única ética de privacidad para todo el mundo, debería permitirse que cada cual op- tase entre grados de privaci- dad variables.
Si la información personal fuese monetizada,
cada uno tendría el control sobre sus propios datos y podría elegir su grado de privacidad. los datos resultarían así demasiado caros para que empresas o Gobiernos los atesora- sen de forma indiscriminada.
Jaron Lanier, informático de Microsoft Research, es conocido por sus aportaciones en el campo de la realidad virtual. Ha recibido numerosos doctorados honoris causa y otros títulos, entre ellos el Premio VGTC por la Trayectoria Profesional en Realidad Virtual del Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos. La revista Time le contó entre las 100 personas más influyentes del mundo. En los años ochenta, con veintitantos años de edad, sus trabajos fueron dos veces tema de portada en esa revista.
II.
en tarea personal y esencial, para la que la mayoría carece de preparación. Quie- nes saben de qué va, logran mantenerse un poco más a salvo (por ejemplo, evi- tando la suplantación de identidad). En consecuencia, la sociedad se ha sesgado a favor de cierta clase de personas de ten- dencias técnicas, no solo en el mercado laboral, sino también en la vida personal.
Algunos ciberactivistas abogan por la supresión de todos los secretos. Pero los
jóvenes tecnólogos que cantan las ex- celencias de la compartición a menudo se obsesionan por desactivar los robots espía que pululan por la mayoría de los sitios web, o se valen de mensajes cifra- dos para comunicarse. En este aspecto, los jóvenes tecnólogos y las más grandes compañías de informática son parejos. Facebook y sus competidoras promue- ven entre los usuarios la transparencia y la apertura, pero ocultan los modelos
predictivos de esos mismos usuarios en sótanos profundos y tenebrosos.
LA AMENAZA ZOMBI
Estamos amenazados por una élite técnica de inusitada benevolencia. Quie- nes dirigen esas gigantescas compañías de informática en la nube, que propor- cionan servicios modernos como las re- des sociales o las búsquedas en la Red, son, en su mayoría, personas jóvenes y bienintencionadas. Y lo mismo vale para sus homólogos en los servicios de inte- ligencia. Podemos hacernos una idea de cómo podrían torcerse las cosas si ima- ginamos a estos amables tecnólogos tro- cados en viejos amargados, o vemos sus compañías en manos de futuros herede- ros, legítimos pero ignorantes. No hay que esforzarse mucho, porque tales su- puestos han sido la regla a lo largo de la historia. Resulta descorazonador tener que considerar esta posibilidad cuando uno conoce a varios de esos afables ex- pertos que medran en el huerto informá- tico. Pero hemos de obligarnos a oscuros pensamientos si aspiramos a prever los posibles usos de esta tecnología.
Un observador que, provisto de un ordenador de potencia adecuada, logra- se obtener suficiente información sobre una persona podría, al menos en teoría, anticipar y manipular los pensamientos y actos del sujeto observado. Tal vez los dispositivos conectados actuales no alcancen a tanto, pero los del mañana sí lo harán. Supongamos, pues, que una futura generación de electrónica de con- sumo toma la forma de un parche en la nuca conectado con el cerebro, el cual identifica, antes de percatarnos de ello, que estamos a punto de decidir a qué cafetería iremos.
Muchos de los componentes reque- ridos para crear ese tipo de servicios ya existen. En laboratorios como el de Jack Gallant, neurocientífico de la Universi- dad de California en Berkeley, se infiere lo que uno está viendo, imaginando o disponiéndose a decir mediante el análi- sis estadístico de macrodatos, en el que se correlacionan ciertas mediciones cere- brales actuales, obtenidas por resonan- cia magnética funcional, y las efectuadas en situaciones anteriores. Por así decirlo, la estadística ya permite una especie de «lectura de la mente».
Imaginemos ahora que llevamos puesto este dispositivo tan cómodo y estamos a punto de decidir ir a un café, aunque todavía no seamos conscientes de ello. Y supongamos que una entidad