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privacidad en nuestras redes digitales no está bloqueada

In document Investigacion y Ciencia enero 2014 (página 60-62)

del todo. Todavía tenemos

opciones para elegir lo que

queremos

VII.

incluso los reglamentos sobre secretos oficiales asumidos por la organización parecen fútiles. De este modo, los fun- cionarios de la NSA se han valido de sus privilegiados observatorios para espiar intereses amorosos. No obstante, intro- ducir nuevas normas y supervisarlas tal vez serviría de algo.

¿Qué decir de la idea contraria, facilitar el acceso a los datos? El incon- veniente de tal estrategia radica en que no solo importa el acceso a los datos. Importa más la potencia informática empleada para analizarlos. Siempre habrá alguien que posea el ordenador más eficaz, y probablemente no seremos nosotros. La apertura, en abstracto, no hace sino agudizar el problema, porque refuerza el incentivo para disponer del ordenador más potente.

Llevemos a un caso límite el ideal de apertura. Supongamos que mañana la NSA hiciera públicas todas las claves de sus servidores y cuentas, y que cualquie- ra pudiera examinar sus contenidos. Google y sus competidores procederían a extraer, indexar y analizar la inmen- sidad de datos almacenados por la NSA mucho antes y mejor que ninguno de nosotros; y estarían encantados de cobrarles fortunas a clientes prestos a valerse de ese trabajo para hallar un medio de manipular el mundo en su beneficio. El de ellos, no el nuestro. Recuérdese que los datos, en bruto, no dan poder. Lo confieren la suma de los macrodatos y los ordenadores más po- tentes y mejor programados, que no se hallan a nuestro alcance.

¿Cabe una tercera vía? Según una opinión defendida de forma casi univer- sal, la información debe ser gratuita, no debe pagarse por ella. Tal presunción ha permitido el raudo ascenso de las grandes compañías en línea, como las de Silicon Valley.

Vale la pena reconsiderar esta orto- doxia. Nuestra situación podría quedar más clara haciendo que la información poseyera valor comercial, lo que intro- duciría un elemento de individualidad, diversidad y sutileza a las cuestiones de privacidad.

Si se pagase a las personas por utilizar informaciones relativas a su existencia, se reduciría el deseo de crear sistemas masivos de recopilación de datos, que están condenados al fracaso. Un sistema basado en datos tendría que ganar dinero aportando valor a la infor- mación que los individuos poseen, en vez de utilizarla contra ellos.

Se trata de una idea delicada que he estado explorando en colaboración con el Centro de Investigación Palo Alto, con W. Brian Arthur, economista del Instituto Santa Fe, y Eric Huang, de la Universidad Stanford. Huang ha apli- cado los modelos más aceptados en el sector de seguros para ver qué ocurre si se pone precio a la información. Un resultado general es que, si las asegu- radoras tuvieran que pagar a los indi- viduos por sus datos, no podrían ser tan selectivos y tendrían que atender a personas que de otro modo quedarían sin asegurar.

Importa subrayar que no hablamos de redistribuir los beneficios de los peces gordos hacia los peces chicos; se trata, en cambio, de un juego de suma positiva, en el que todos salen ganando al aumentar la estabilidad y creci- miento económicos. Además, resulta inconcebible que una inspección oficial pueda garantizar la observancia de las normas sobre privacidad; pero quizás el mismo ejército de auditores privados que en nuestros días hacen viables los mercados pudiera asumir tal papel.

Tratada la información como un bien con valor comercial, los mismos principios que inspiran los códigos de comercio podrían resolver los dilemas relativos a la privacidad, de otro modo imponderables. En el mundo en que vivimos, si no se poseen importantes destrezas técnicas es muy difícil crear para sí mismo un grado intermedio de privacidad. A una persona no técnica que ingrese en una red social puede resultarle complicado gestionar sus ajustes de privacidad. Sin embargo, en un mundo de información pagada, esta persona podría subir o bajar el precio de sus datos y hallar un valor adecuado. No se requiere más que el ajuste de un único número, un precio.

¿Que alguien quiere tomar una foto nuestra mediante una cámara monta- da en la cabeza? En abstracto, podría hacerlo, pero mirar realmente la foto, hacer algo con ella, podría suponerle un coste prohibitivo. Los individuos

podrían perder ciertas ventajas si exi- gen precios demasiado altos por su información, pero este sería uno de los medios en que podría manifestarse la diversidad cultural, incluso aunque por todas partes haya sensores conectados a las grandes compañías.

Existe también una faceta política: cuando la información es gratuita, el Gobierno resulta financiado de sobra como espía de sus ciudadanos, porque estos pierden poder monetario como medio de controlar al Gobierno. Pón- gase precio a la información, y la po- blación podrá decidir cuánto espionaje puede permitirse el Gobierno sin más que un ajuste en la tasa impositiva.

Esta exposición sucinta solo apunta a la idea de la información pagada, y muchas serían las cuestiones que acla- rar incluso si dispusiera de más páginas. Pero lo mismo vale para las alternativas. Por ahora no existe, en la era de la gran informática, ninguna idea madura para resolver el problema de la privacidad, ni la propuesta de una apertura radical ni la de una nueva legislación.

Es de suma importancia analizar todas las ideas puestas sobre la mesa. Los ingenieros de redes deberemos también construir en cualquier sistema de software tantos «ganchos» (hooks) como sea posible, lleguen a utilizarse o no, para que los programas de red puedan acoger futuras ideas, bien sea la información pagada, una regulación más estricta o la apertura universal. No debemos descartar nada si podemos.

Los que construimos sistemas de ma- crodatos y los dispositivos que los conec- tan nos encaramos a una situación deli- cada, que irá en aumento al progresar la tecnología. La informática masiva puede hacer que nuestro mundo resulte más sano, eficiente y sostenible. Pero hemos de tener presente que no sabemos lo bas- tante para acertar a la primera. Debemos aprender a obrar como si nuestro tra- bajo fuera siempre un primer borrador; esforzarnos al máximo por sentar unos cimientos que puedan ser modificados o, incluso, construidos de nuevo.

The nature of technology: What it is and how it evolves. W. Brian arthur. Free Press, 2009. You are not a gadget. Jaron lanier. Knopf, 2010.

Who owns the future? Jaron lanier. simon & schuster, 2013. Privacidad. Por VV.aa. en IyC, noviembre de 2008 (número monográfico).

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Por expe-

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