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La Iglesia católica basa la fundación del papado y de ella misma en el pasaje de Mateo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra \petrus\ edificaré mi Iglesia [...]» (Mt, 16,18).

En enormes letras de mosaico dorado aparecen estas palabras, las más discutidas de la Biblia, en la cúpula de San Pedro construida por Miguel Ángel. Pero faltan en tres de los cuatro Evangelios, sobre todo en Mar- cos, el más antiguo de los evangelistas. De hecho. Jesús no las pronunció nunca, eso es hoy «resultado cierto de la exégesis bíblica» (Brox). Exis- ten al respecto toda una serie de motivos convincentes que ya he recopi- lado en otro lugar.9

A pesar de ello, la Iglesia católica sigue manteniendo su «fundación divina». Tiene que hacerlo; lo ha afirmado durante dos mil años. Sin em- bargo, no pocos de sus teólogos capitulan ahora. Muchos de ellos -si- guiendo con retraso a protestantes bastante conservadores- desarrollan un lenguaje que «científicamente» les hace conservar a medias la cara y les permite no perderlo todo ante sus superiores. Parafrasean la falta de autenticidad de las «palabras de fundación de la Iglesia» de la siguiente manera: Mateo no se refiere a ello históricamente sino que lo compone teológicamente. O bien dicen que la «piedra» es un encargo hecho des- pués de la «resurrección». Los que menos rodeos dan explican la «pro- mesa de Pedro» como una intercalación posterior, simplemente como un invento de los evangelistas.10

Sin embargo, quizás Pedro tuviese una especie de primacía, una cier- ta función directora. Pero tal vez sólo de manera temporal y en determi- nados campos, no, desde luego, después del «concilio de los apóstoles». Pablo, que se opone a Pedro «en su cara» en Antioquía, le insulta llamán- dole hipócrita y, de manera abierta, en diversas circunstancias pone en tela de juicio las exigencias directoras de Pedro. En otras partes de las «Santas Escrituras» aparecen asimismo tendencias «antipetrianas». Y que Pedro conservara su primacía, si es que la tuvo, aunque sólo fuera un in-

vento del «partido petrista», no aparece en ningún lugar del Nuevo Testa- mento. No se dice nada."

Sin embargo, incluso en el caso -que debe excluirse por muchas razo- nes- de que las «palabras de primacía» procedieran de Jesús, la Iglesia no podría explicar cómo se transmiten de Pedro a los «papas», pues no sólo rigen para el apóstol sino también para sus «sucesores en el cargo». Ni la Biblia ni ninguna otra fuente histórica indican que Pedro nombrara a su sucesor.

Más de un católico encuentra la «discusión exegética» «notablemente diferenciada», y a la vista de los hallazgos «se ve en apuros cuando in- tenta explicar desde un punto de vista histórico y crítico la fuerza de los fundamentos bíblicos para el papado» (Stockmeier). Los teólogos más ^animosos admiten que «no hay nada» de una sucesión de Pedro (De Vries), que «en el Nuevo Testamento no se la puede constatar en ningún sitio» (Schnackenburg). En efecto, JosefBlank cree que la función de ci- miento-roca de Pedro no sólo es única, intransferible, no intercambiable e irrepetible, sino que en la idea de unos cimientos en constante creci- miento ve, siquiera sea en sentido figurado, una imposibilidad interna. Por lo tanto, tampoco puede considerarse al papado como la roca de Pe- dro. Lo que este católico asegura con franqueza es: «Mirando hacia la historia de la Iglesia, podría más bien decirse: tampoco el papado [...1 ha podido destruir a la Iglesia». Y finalmente, el teólogo se pregunta cómo entendía esta sentencia la cristiandad primitiva. ¿Se refería a Roma o a la primacía del obispo romano como sucesor del apóstol Pedro? «La res- puesta es, simple y llanamente: ¡No!»12

La apologética se basa en más palabras e indicaciones de Jesús a Pe- dro: que pesque a los hombres, que tome las llaves del reino de los cie- los; que todo lo que él una o desuna en la tierra, será unido o desunido en el cielo; finalmente: «Fortalece a tus hermanos», «Apacienta mi rebaño». Sin embargo, otros muchos paralelismos evangélicos o del Nuevo Testa- mento demuestran que las cinco disposiciones de Jesús no iban ligadas en principio a Pedro. Y sobre todo, de un sucesor, incluso de un superior de la comunidad romana como director de una Iglesia global, no se habla en absoluto en ningún texto paleocristiano.13

No hay pruebas de la estancia y la muerte de Pedro en Roma

Como tampoco fue nunca obispo de Roma; se trata de una idea absur- da, pero que constituye la base de toda una doctrina que los papas y sus teólogos ponen literalmente por las nubes. No hay pruebas definitivas ni siquiera de que estuviera alguna vez en Roma.

La comunidad cristiana de Roma no la fundaron ni Pedro ni Pablo, los «bienaventurados apóstoles fundadores» (en el siglo vi el arzobispo Doroteo de Tesalónica les atribuyó un doble obispado), sino unos desco- nocidos judeocristianos. Ya entonces, entre éstos y los judíos se producían disturbios tan graves que el emperador Claudio, a mediados del siglo i, ordenó la expulsión de judíos y cristianos, entre los que entonces no se hacían diferencias: «Judaeos impulsare Chresto assidue tumultuantes Roma

expulit» (Sueton). El matrimonio Aquila y Priscila, que habían sido expul-

sados, encontraron a Pedro en su segundo viaje misionero en Corinto. Se- gún Tácito, los cristianos romanos eran criminales procedentes de Judea.14

La estancia de Pedro en Roma no ha sido nunca demostrada, aunque hoy, en la época del ecumenismo, de la aproximación de las Iglesias cris- tianas, incluso muchos eruditos protestantes lo suponen. Pero las suposi- ciones no son ninguna demostración. Aun cuando según leyendas llenas de fantasía Pedro sufriera el martirio en Roma, crucificado, como su Se- ñor y Salvador, si bien, por un deseo de humildad, con la cabeza hacia abajo... Incluso aunque un cierto Gaius -¡casi siglo y medio después!- ya conociera el lugar, a saber, en el Vaticano, es decir, en los jardines de Ne- rón, de lo que informa por primera vez en el siglo iv el obispo Eusebio. De hecho, quien, como Daniel 0'Connor, quiere demostrar con grandes esfuerzos una visita de Pedro a Roma, afirmándolo incluso de manera de- finitiva en el título: Peter in Rome: the Literary, Liturgical and Archaeo-

logical Evidence, llega a la pobre conclusión de que esta estancia es «more plausible than not».15

En realidad, no existe ni una única prueba sólida al respecto. Ni si- quiera Pablo -que sería quien habría fundado con Pedro la comunidad romana, y que escribe desde Roma sus últimas epístolas, aunque no cita nunca en ellas a su adversario, Pedro- sabe nada del asunto. Tampoco fi- gura dato alguno en la historia de los apóstoles, los Evangelios sinópti- cos. Igualmente, la importante primera epístola de Clemente, de finales del siglo i, no sabe nada de la historia del «Tú eres Pedro» ni de otro nombramiento suyo por parte de Jesús, como tampoco de ningún papel decisivo de este apóstol. Se limita a informar con palabras poco precisas de su martirio. En resumidas cuentas, en todo el siglo i reina el silencio a este respecto, lo mismo que hasta bien entrado el siglo n.16

El testigo seguro más antiguo de la estancia de Pedro en Roma, Dio- nisio de Corinto, resulta sospechoso. En primer lugar, porque sus testi- monios proceden del año 170, aproximadamente. En segundo lugar, porque este obispo se encuentra muy lejos de Roma. Y en tercer lugar, porque afir- ma que Pedro y Pablo no sólo fundan conjuntamente la Iglesia de Roma sino también la de Corinto, aspecto este último que contradice el propio testimonio de Pablo. ¿Merece más confianza acerca de la tradición roma- na un garante de este tipo?17

Pero quien duda esto, o incluso lo desmiente, «únicamente levanta un monumento infame a su ignorancia y su fanatismo» (Gróner, católico). ¿Y no sucede precisamente al revés? ¿No es más frecuente el fanatismo entre los fieles que entre los escépticos? ¿Y por lo general también la ig- norancia? ¿No viven de ello precisamente las religiones, el catolicismo y el papado? ¿No se desbordan sus dogmas en lo irracional y supranatural, en los absurdos lógicos? ¿No temen más que a nada a la explicación real, a la crítica auténtica? ¿No han instaurado una censura estricta, el índice, la autorización eclesiástica para poder imprimir, el juramento antimoder- nista y la hoguera?18

Los católicos necesitan la visita de Pedro, necesitan la correspondiente actividad de este hombre en Roma, que encabece como «apóstol funda- dor» la lista de los obispos romanos, la cadena de sus «sucesores». En esta teoría se basa en buena medida la tradición «apostólica» y la primacía del papa. Afirman por tanto, especialmente en los escritos populares, que la presencia de Pedro en Roma «ha sido demostrada por la investigación his- tórica por encima de toda duda» (F. J. Koch); «es un resultado de la inves- tigación confirmado de modo general» (Kósters, jesuíta); es «totalmente incontestable» (Franzen); lo atestigua «todo el mundo cristiano antiguo» (Schuck); no hay «ninguna» noticia de la Antigüedad «tan segura como ésta» (Kuhn), lo que no hace empero más cierta la imagen de que Pedro ha «montado su silla episcopal, su sede, en Roma» (Specht/Bauer).19

En 1982, para el católico Pesch «ya no hay duda» de que Pedro murió martirizado en Roma bajo Nerón. (Sin embargo, el obispo mártir Ignacio no dice en el siglo u nada al respecto.) Incluso para toda la «investiga- ción» actual, Pesch (a quien tanto gustan las muletillas: «como bien veo») lo considera incuestionable. Pero ni él ni ningún otro aportan demostra-

ción alguna. Para él sólo es «una idea atractiva suponer que Pedro partió

hacia Roma [...]».20

Es también una idea atractiva para muchos católicos el poseer la tum- ba de san Pedro. ¿Qué tal vamos de pruebas al respecto?

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