La famosa visita, muy popularizada entre nosotros, de mu- chos años atrás, y que siempre se publica sin nombre, en el más bello anonimato.... Es sencilla. Afectiva. Encantadora. Enseña a conversar con el Señor del Sagrario. Es Jesús quien
habla. Y se le escucha. Y se le contesta. Se dialoga con El...
Hay que hacer pausa y entretenerse en cada punto lo que sea necesario. Si no se acaba la visita en un día, ya se continuará en otro. Que el alma quede satisfecha. A lo mejor, con un solo punto se van los quince minutos y más...
Ya se ve, que esta visita no es para una Hora Santa Eucu- rística de grupo, aunque puede ser, y muy útil, para una Hora Santa individual, tranquila, serena... Son muchas las personas que la esperan en un libro como éste. Así, siempre la tienen a mano.
Te escucho, Jesús.
No es preciso saber mucho para hablarme y agradarme mucho;
basta que me ames mucho. Habíame, pues, aquí, sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, a tu hermano....
¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica cualquiera?
Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos. Dime en seguida qué quisieras hiciese yo actualmente por ellos. Pide mucho. No vaciles en pedir. Si pides por otros, sabe que me gustan los corazones generosos, que se olvidan de sí mis- mos para atender a las necesidades ajenas.
Repasar nombres. Pedir por todos.
Habíame, pues, con sencillez, con llaneza: de los pobres a quie-
nes quisieras consolar...; de los enfermos a quienes ves padecer...; de los extraviados que anhelas volver al buen camino...; de los ami- gos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una palabra siquiera; pero palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa.
Rogar por los conocidos más necesitados.
Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga
del corazón. ¿Y no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos a quienes tu corazón ama muy especialmente?
Y para ti, ¿no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una
como lista de tus necesidades, y ven, y léela en mi presencia
Llevarla. O repasar todo mentalmente.
Dime francamente que sientes soberbia, vanidad, orgullo,
amor a la sensualidad y al regalo, que eres tal vez egoísta, incons- tante, negligente... Y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.
Examinar el estado de la propia alma.
No te avergüences de tu poca virtud. En el Cielo hay muchos
santos y santas de primer orden que tuvieron esos mismos defectos tuyos. Pero rogaron con humildad, lucharon con valentía, los ven- cieron poco a poco hasta verse libres de ellos... y alcanzaron una santidad grande.
Hacer actos de humildad, tan agradable a Dios.
No dudes en pedirme bienes tanto espirituales como corpora-
les, todo cuanto te ha de perfeccionar a ti: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios... Todo eso puedo dar, y lo doy, y deseo que me lo pidas. Te daré todo lo que no se oponga a tu santificación y esté conforme a la voluntad del Padre.
¡Pedir sin miedo!
Y hoy, ahora, ¿qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras los de-
seos que tengo de favorecerte!... ¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te preo- cupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres que haga por tus padres, por tus hermanos, por tus hijos, por tus amigos, por tus su- periores, por tu ser más querido? ¿Qué desearías hacer por ellos?...
Exponerle asuntos y contarle cosas. Para Jesús todo es importante.
¿Y por mí? ¿No sientes deseos de mi gloria? ¿No quisieras hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a quienes amas mucho, y que viven quizá olvidados de mí? ¿No llevas, no quieres llevar algún apostolado entre tus manos?...
Sí, Jesús; hablemos de ti y de tus intereses.
Dime qué cosa te llama hoy particularmente la atención, qué
anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal lo que emprendes, y yo te diré las causas del mal éxito. ¿Quieres interesarte algo en tu favor? Piensa que yo soy el dueño de los corazones, y suavemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, adonde me place a mí.
Exponerle todo a Jesús.
¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame tus
tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lasti- mó tu amor propio? ¿Quién te ha menospreciado? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas..., y en pago recibirás mi más amplia bendición.
Desahogarse con el Señor.
¿Tienes algún temor? ¿Sientes en tu alma algo de melancolía,
que, justificada o injustificada, no deja de ser desgarradora? Écha- te en brazos de mi providencia. Contigo estoy: aquí, a tu lado me tienes. Todo lo veo, todo lo oigo, y no te desamparo ni un momento.
¡Decirle que se confía en Él!
¿Sientes la frialdad de personas que antes te quisieron bien, y
ahora, olvidadizas, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu trato, si no han de ser obstáculo a tu santificación.
Tú, Jesús, no me vas a fallar nunca.
¿No tienes tal vez alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué
no me haces participante de ella como a tu mejor amigo que soy? Cuéntame lo que desde ayer, o desde la última visita que me hicis- te, más ha consolado o alegrado tu corazón. Quizá has tenido agra- dables sorpresas. Quizá has visto disipados turbios recelos. Quizá has recibido faustas noticias, una carta, una muestra de cariño... Tal vez has vencido alguna dificultad, o salido de algún trance apura- do. Todo eso es obra mía, y yo te lo he procurado. ¿Por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud? Dime, pues, sencillamente, como hace cualquier persona educada y fina: ¡Gracias, muchas gra- cias!... El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le gusta verse correspondido.
Hablar alegremente con Jesús.
¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Ya sabes que
yo leo en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácil- mente; a Dios, no. Habíame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no ponerte más en aquella ocasión de pecado..., de privarte de aquel objeto que te dañó..., de no leer más aquel libro ni volver a ver aquella película o video que exaltó tu imaginación..., de no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma?... ¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra, a quien, por haberte faltado, has mirado hasta ahora como enemiga?...
Ahora, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu taller, a tu
familia, a tu estudio... Pero no olvides estos quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos ante mi Sagrario, en la soledad del templo. Guarda en lo que puedas una actitud recogida. Y ama a María mi Madre, que lo es también tuya. Vuelve otra vez pronto, con el corazón siempre cargado de amor y entregado a mí. En el mío hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.
Aquí te espero.
Si se conservan en las portadas las dos solapas, podrían ponerse en ellas los dos siguientes textos. Lo dejo al gusto del editor.
(En la solapa primera)
Con sesenta y cinco Horas Santas diferentes, para cada sema- na la suya particular y acomodadas a los diversos tiempos del Año Litúrgico, se ha querido evitar la rutina que causa la repeti- ción de cada semana lo mismo... Además, aprovechando cuan- do convenga algunas partes de la sección titulada "Comple-
mentos", se puede llenar bien el tiempo destinado a una Hora
Santa, con una variedad devocional tan agradable a muchas per- sonas.
Todo el libro se ha dispuesto en orden a su utilización lo mismo en forma individual que de grupo. En el "nosotros" está muy incluido el "yo", y en el "yo" se lleva muy metidos a todos los hermanos, conforme al himno tan acertado: "Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón, y dice siempre NOSOTROS, incluso si dice YO".
(En la solapa segunda)
Los Padres Sinodales presentaron al Papa Benedicto XVI esta jugosa proposición:
"El Sínodo de los Obispos, reconociendo los múltiples frutos de la adoración eucarística en la vida del pueblo de Dios en gran parte del mundo, anima con fuerza a que esta forma de oración, tan frecuentemente recomendada por el venerable siervo de Dios Juan Pablo II, sea mantenida y promovida, según las tradiciones, tanto de la Iglesia latina como de las Iglesias orientales. Reconoce que esta práctica brota de la acción eucarística la cual, en sí misma, es el mayor acto de adoración de la Iglesia, que habilita a los fíeles a participar plena, consciente, activa y fructí- feramente, en el sacrificio de Cristo, según el deseo del Concilio Vaticano II, y a la misma remite. Concebida así, la adoración eucarística mantiene a los fieles en su amor y servicio cristiano hacia los demás, y promueve una mayor santidad personal y de las comunidades cristianas. En este sentido, el reflorecimiento de la adoración eucarística, incluso entre los jóvenes, se manifiesta hoy como característica prometedora de muchas comunidades".
Si se hiciera otra edición, salido ya el documento sinodal, serían sustituidas por las palabras del Papa.
El texto que va en la portada posterior, dice:
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J U A N P A B L O I I :
"La bendición del Santísimo Sacramento, las Horas Santas y las Procesiones cucarísticas son otros tantos elementos preciosos de vuestra herencia. Así, todo acto que hacéis delante del Santísimo Sacramento es importante porque es un acto de fe en Cristo, un acto de amor por Cristo" (En Irlanda, 29-9-79). "En vuestras horas ante la Hostia Santa habéis advertido que la pie- dad eucarística, centrada ante todo en la celebración de la Cena del Señor, tiene una lógica prolongación en la adoración a Cristo en este divino Sacramento, además de otros ejercicios de devo- ción personales y colectivos, privados y públicos, que habéis practicado durante siglos" (En España, 31-10-82). "La devoción al Corazón de Jesús, que ha producido frutos espirituales abun- dantes, ampliamente reconocidos, tiene como expresión concre- ta la Hora Santa" (En Francia, 5-10-86).