CONTROVERSIAS Y SABIDURÍA MARGINAL
E JES DE UNA REFLEXIÓN Y SU ACTUAL REPERCUSIÓN
En primer lugar, hay que ubicarse en el contexto y el punto de vista con que Don Raúl propuso la temática del alma de Chile3. Lo hizo primero en el Te Deum Ecuménico de 1974, en medio de las tensas relaciones entre el gobierno militar y la jerarquía católica. Lo hizo luego durante la segunda fase de la dictadura militar, en el año 1986 en Cieplan, con su famosa reflexión “Alma de Chile”, en un curso sobre las bases de una democracia estable en Chile4. La reflexión aborda la responsabilidad social de la Iglesia, que muchos han estado llamando la “cuestión social”. En estas circunstancias es confrontado lo que algunos calificaron como “socialismo ateo” y también es cuestionado el “liberalismo sin freno”. Además ha sido reinterpretada la historia de la conquista española, la concepción portaliana, el acontecer republicano y el valor del dolor fecundo —que habla entre líneas del drama dictatorial de los años 80— en la gestación de un nuevo Chile.
La propuesta tiene el siguiente núcleo: “leer nuestra historia con los ojos de la fe” (Cieplan, 27). En esta lectura sobresale la comprensión de tres rasgos de la “fisonomía espiritual” chilena. ¿Cuáles son los ejes de la reflexión?
1. En primer lugar, los tres rasgos de nuestra fisonomía chilena: 1. “primado de la libertad sobre todas las formas de opresión” (Cieplan, 29), 2. “primado del orden jurídico sobre todas las formas de anarquía y arbitrariedad” (Cieplan,. 34), y 3. “primado de la fe sobre todas las formas de idolatría” (Cieplan, 46).
2. El segundo eje es la misión de la Iglesia, que es resumida en términos de la “positiva predilección por el más pobre y el menos defendido”, y así una “fidelidad a Cristo” y un aporte “leal a los gobernantes” (Cieplan, 55). La fe, mediante la esperanza, es el “motor de la historia” (Cieplan, 57).
3. El tercer eje tiene el carácter de conclusión: Chile crece en el dolor (lo que retoma un pensamiento del historiador J. Eyzaguirre). Como a una hija la hemos “vuelto a engendrar con nuestro dolor” (Cieplan, 63); y a fin de cuentas se trata de “ser padres de un nuevo Chile” (Cieplan, 67).
Pues bien, al releer este mensaje de Don Raúl hay que tomar en cuenta toda su obra y muy en especial su aporte eclesiológico durante el concilio Vaticano II. Allí intervino en el afianzamiento de la visión de la Iglesia como pueblo de Dios, intervino en la polémica sobre la devoción a María y tuvo un brillante discurso sobre la libertad religiosa5. Esto es relevante hoy, en un escenario en que muchos devalúan la perspectiva del Vaticano II y pretenden reconstruir neocristiandades desde el poder social. La doctrina conciliar implica reafirmar el ser Iglesia humilde, como la inició Jesucristo, su conducción por el Espíritu a lo largo de los siglos y el profético discernimiento de los signos de los tiempos.
Al retomar el documento El Alma de Chile se detectan algunas limitaciones: interpretaciones de procesos históricos en Chile, el llamado a sobrellevar el injusto dolor,
la exaltación de nación y Patria sin una adecuada fundamentación bíblico-teológica. Por otra parte, el documento tiene valiosas propuestas de trabajo. Ayer se nos invitaba —y hoy también nos urge— leer la historia con ojos de la fe. La población chilena, ¿cómo encara la bonanza? ¿Vale seguir deslumbrada por el unilateral desarrollo que indican las estadísticas y encuestas de opinión?
¿Cuáles son los signos de los tiempos, según los principios reiterados en el Concilio Vaticano II? Las señales del Evangelio son —ayer y hoy— que la población adolorida y consumidora no es complaciente, sino que más bien se apasiona por la justicia del Reino de Dios. Debido a esto, hoy es replanteada la misión de la Iglesia. Ella no se aplaude a sí misma, sino que convoca a la sociedad chilena a ser mesa para todos, sin exclusiones. Como decía don Raúl, en estos compromisos se verifica el ser fieles a Cristo. Es una fe esperanzadora, motor de la historia. Además, el Evangelio está —ayer y hoy— encarnado en el encuentro en el pobre.
Me parece que habría que repotenciar el “alma de Chile”, en muchos sentidos, y también en su dimensión teológica-práctica. Habría que escuchar y consignar voces de hoy, en el sentido de mensajes provenientes del Espíritu que habla a la Iglesia. En el caso de la UCSH, habría que consignar voces de la juventud, del personal administrativo y de servicios, y del profesorado en diversas facultades. Siguiendo los pasos del Cardenal Silva Henríquez y de San Alberto Hurtado, habría que —una vez más— hacerse la pregunta: ¿cómo es Chile católico, una mesa para todos y todas, sin exclusiones y sin acomodarse a un desarrollo unidimensional?
Este interrogante merece respuestas interdisciplinarias. Hay que abordar el proceso histórico, en el hoy, y hacia el porvenir. También hay que continuar incentivando el diálogo sobre el mestizaje cultural y el encuentro entre diversas espiritualidades, con aportes teológicos atentos a la polifónica realidad nacional y al diálogo entre religiones/espiritualidades. Todo esto conviene hacerlo como chilenos/as en solidaridad e interacción con latinoamericanos/as. Con esta mirada amplia cabe luego la reflexión desde la teología de la cruz y la resurrección. Los ojos de la fe no sacralizan lo que existe, más bien tenemos una comprensión pascual de la historia humana.
Vale decir, se trata de pensar y actuar como creyentes corresponsables con todo ser humano en Chile y en el contexto latinoamericano. Contribuimos a repotenciar la mística —el “alma”— de la equidad y la justicia. Esto es llevado a cabo sin caer en los dualismos de alma/cuerpo, de creencias/ secularismos, y sin sobreponer Iglesia/mundo.
Más bien, la mística es regenerada con la humildad y la audacia del Evangelio. Siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret, hoy la comunidad es enviada a anunciar la Buena Nueva a los pobres (Lc 4, 17-21), a señalar quiénes son felices y quiénes son infelices (Lc 6, 20-26), y a ser libres sin dejarnos oprimir, obrando según el Espíritu (Gal 5, 1-6, 22-26). En este sentido hoy resalta el mensaje dado por los Obispos de Chile — ¡la mesa para todos!— según las orientaciones de la Conferencia en Aparecida.