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P OLO HUMANO Y POLO DIVINO

SÍMBOLOS CRISTIANOS Y MARIANOS

P OLO HUMANO Y POLO DIVINO

En la gama de actitudes de la población, con respecto a María, diversas formas están marcadas por la pastoral tradicional —y han sido reelaboradas en mayor o menor grado por comunidades creyentes—. Una piedra angular del catolicismo popular es querer y venerar a la Virgen. Esto no es simple. Por una parte, es representada como Soberana, Madre de Dios, fuente de perdón y de salvación. A través del culto ella es imaginada en una dimensión divina. Por otra parte, personas y multitudes —que se autoidentifican como católicas— tienen una selectiva participación en estructuras de iglesia, y reelaboran el significado de María según sus necesidades humanas y espirituales.

durante las últimas décadas. Los incontables programas de catequesis permiten a muchas familias asumir perspectivas bíblicas y devociones cristocéntricas. A nivel internacional, movimientos laicos de espiritualidad han redimensionado lo mariano en términos del sujeto moderno. Por otra parte, sectores dedicados a la justicia y la paz están redescubriendo la fuerza de María en el testimonio profético y socio-político.

Ahora bien, estas diversas realidades requieren el discernimiento de sus significados. Al respecto cabe la metáfora de podar. Quienes ejercen el oficio de cuidar flores, arbustos, árboles, explican la diferencia entre podar, que permite un mejor crecimiento, y talar, que solo elimina bienes de la naturaleza. Al podar se cortan ramas, pero se afianza el árbol o el arbusto para que sea frondoso y bello.

Las actitudes creyentes son discernidas a fin de ver qué dicen sobre la humanidad y qué dicen sobre Dios, a través del culto mariano. Humanización y divinización son como dos polos en un proceso con muchos matices. Tomo como ejemplo el canto a lo divino en el valle central de Chile7. Un polo es la representación plenamente humana. María organiza la fiesta celestial:

[…] la Virgen del Carmelo el banquete preparó cuando la fiesta empezó hubo un bochinche en el cielo. Dio el primer son la vihuela, tocando la sinjuriana cuando vide a Santa Ana bailando que se las pela. Entonces Santa Fidela preparó el ponche enseguida esto vio San Jeremías y convidó a la Rebeca para bailar una cueca a la hora de la comida.

Otro polo es la divinización de María, que suscita adoración: Sois la Madre del Señor

dueño del cielo y la tierra y sois la princesa bella que adorna la creación. Te hallai en esta ocasión en el reino de la gloria como Reina poderosa el Señor te ha coronado y en este tu altar sagrado no olvides a quien te adora.

Se trata de polos con sus matices, ya que en algunas circunstancias y asociaciones las representaciones tienen más o tienen menos rasgos humanos, o bien más o menos

características divinas. Ante esta gama de imágenes sagradas, se trata de podarlas, o mejor dicho, de discernir sus significados a favor de la humanización y a favor de la relación con el Dios Vivo. ¿Qué expresa y contribuye a una plenitud humana en la población creyente? ¿Qué apunta a mayor fidelidad a Dios y a Jesucristo —cuya madre es venerada?

Al examinar los versos citados, el primero suscita simpatía, pero también se le critica su respaldo al alcoholismo, ya que termina así: “San Agustín enojado//con San Pedro disputaban//y vio el arcángel que estaban//todos los santos curados”. En cuanto al segundo verso, muy marcado por la pastoral oficial, puede ser cuestionado por dejar al lado la historia de salvación en Cristo —salvo los versos finales: “la Virgen como se ve//es un precioso lucero//es madre del Verdadero// que un día nació en Belén”.

Por lo tanto, al discernir la creencia explicitada en palabras y ritos hay que ver si la humanidad carente de justicia y alegría puede, a través de la piedad mariana, resolver sus carencias. También hay que discernir la actitud expresada en lenguajes doctrinales y en acciones cotidianas. Por ejemplo, si a María le sobreponen títulos y adornos de la élite pudiente, o si es funcional a la emoción privada, o si es reducida a un objeto de consumo ritual, o si es un modo espiritualista de exaltar lo femenino.

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ROBLEMÁTICA DEL MARIANISMO

En América Latina, y aquí en Chile, el imaginario mariano ha sido un eje de la identidad psico-social, de formas religiosas del pueblo, de expresiones hegemónicas del catolicismo, y también de contacto con la trascendencia. Esto último es muy importante y lo son también los modos eclesiales de promover la piedad mariana. El generalizado culto a imágenes de María —en hogares, centros de trabajo, templos, etc.— pone en primer plano su contenido creyente. Dicho de otro modo, la Virgen principalmente es amada y festejada. No es un comportamiento explícitamente doctrinal y moral. Ni es una ideología espiritual.

Sin embargo, las creencias del pueblo y las acciones eclesiales se entremezclan con el “marianismo”, un factor importantísimo en la realidad latinoamericana. Deseo recalcar que la reflexión de fe esté atenta a pistas ofrecidas por las ciencias humanas8. Sonia Montecino ha explorado los significados culturales e históricos y también las dimensiones de género. El marianismo es símbolo del mestizaje y sincretismo latinoamericano. Es además un modo de encubrir nuestro origen histórico, de madre india y padre español, mediante la “identidad inequívoca en una Madre Común… Es preciso reactualizar permanentemente ese vínculo a través del rito —las peregrinaciones, los cultos a María, los festejos en su honor—”. Además, la identidad de la mujer latinoamericana se concentra en ser madre y la identidad del varón en ser hijo9. Por otra parte, Zaira Ary describe el marianismo como “derivado del culto católico a la Virgen María (que) aparece

en Brasil como la otra cara del machismo”10. Evelyn Stevens, precursora de esta reflexión, acentuó la temática cultural: “el marianismo es el culto de la superioridad espiritual femenina, que considera a las mujeres semidivinas, moralmente superiores y espiritualmente más fuertes que los hombres. Esta fuerza espiritual engendra la abnegación, es decir, la capacidad infinita de humildad y sacrificio”11.

En base a los aportes de Stevens, Montecino y Ary comento dos puntos. En primer lugar, el fenómeno mariano ciertamente tiene que ver con la religión católica, pero sobre todo es un factor cultural —mestizo, sincrético— que afirma la superioridad espiritual femenina, en un contexto machista que perjudica a mujeres y varones. Deshumaniza a la mujer, ya que en ella misma y en la sociedad patriarcal se imponen actitudes de humillación y sacrificio. Eso no es todo. Hay otro lado de la moneda. Al imaginar la fuerza moral y espiritual de la mujer, el fenómeno mariano en parte impugna el androcentrismo. Pero, a fin de cuentas, el marianismo no es humanizador, ya que no plantea una justa correlación entre poder femenino y poder masculino.

El segundo punto. Del aporte dado por las ciencias humanas hay que pasar al discernimiento teológico. No solo vale la crítica al marianismo con su gran tendencia deshumanizante. También hay aspectos positivos en la espiritualidad mariana. Al valorar a María, Madre de Jesucristo, puede ser reafirmada la mujer concreta de cada época. También es promovida una comprensión más holística de Dios, desde la sabiduría tanto femenina como masculina. Esto apunta a superar una representación androcéntrica de Dios.

Este proceso de discernimiento tiene —como dinámica de fondo— la fe comunitaria en el Dios Vivo. Su paradigma es la inculturación y liberación anhelada y forjada por los pueblos de América Latina y sus comunidades eclesiales. Los pastores del continente han puesto “la salvación y liberación integral” como “meta de la evangelización inculturada” (Santo Domingo # 243). Juan Pablo II decía: “el cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a la exigencia de inculturación… (y luego anotaba) la belleza del rostro pluriforme de la Iglesia” (NMI, # 40).

Una mirada teológica hacia el marianismo —fenómeno sociocultural y espiritual— conlleva dialogar con una gran corriente de religión popular. En esta hay inculturaciones del Evangelio; por ejemplo, la fe del pobre hoy en sintonía con la actitud del Magnificat. Pero también hay formas que no concuerdan con el mensaje bíblico y la comunidad eclesial; por ejemplo, que la humildad de María sea traducida como subordinación de la mujer al varón y como imperativo de ser sacrificada. A menudo la mujer creyente siente que “como sufrió la Virgen así yo acepto mi vida sufrida”. Ya que la humillación y la actitud sacrificial forman parte del marianismo, cabe un diálogo interreligioso entre esa “religión mariana” y la fe cristiana en la Vida.