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JESt1S EN EL TEMPLO 157 tan íntimamente vinculado, tan inevitable, que es

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imposible escapar de él. A lo largo de lo que va escrito quedó suficientemente aclarada la indepen­ dencia del plan de Dios y del destino humano, su­ perior a lo simplemente biológico, de toda perso­ nal intervención del hombre; la actuación de éste, de su inteligencia y de su voluntad, el mismo ejer­ cicio de su libertad, están contenidos dentro de unos límites que no le es posible rebasar sin po­ ner de manifiesto su ignorancia o su rebeldía, y sin que ni una ni otra impidan mostrar su impo­ tencia respecto del mundo superior.

Dentro del plano de la existencia humana hay una multiplicidad de relaciones que vienen condi­ cionadas por muy diversos factores y cuya inten­ sidad depende de la fuerza que las crea. Hay rela­ ciones de vecindad o de negocios, relaciones surgidas por profesar unas ideas políticas deter­ minadas (partidos políticos) o nacidas de la in­ fluencia intelectual (el profesor respecto de sus discípulos y viceversa), relaciones biológicas (pa­ ternidad y filiación) o relaciones de amistad, sim­ patía o amor. Una gradación jerárquica entre los distintos tipos de relaciones humanas plantearía, sin duda, problemas de no fácil solución. Es cier­ to, y no precisa, por lo evidente, una demostra­ ción, que hay relaciones que son naturales, que están en la naturaleza de las cosas, y que, por tanto, son necesarias, como la relación paterno­ filial, y otras que no lo son: el pertenecer a un partido político o a una asociación de golf. Parece que las relaciones necesarias, cuya fuerza está en la misma naturaleza de las cosas, debieran ser

más intensas y ocupar, en una jerarquía de va­ lores, el primer puesto, por encima de otras rela­ ciones artificiosas; sin embargo, es muy corriente que sea mucho más intensa la fuerza que liga en­ tre sí a los miembros de un partido político, por ejemplo, que la que une a los de una familia, como si fuera más importante la asociación volun­ taria que la necesaria, al menos en cuanto a la intensidad de la relación. Por otra parte, un con­ junto de relaciones que nacen de principios cor­ diales -simpatía, amistad, amor- demuestran, a su vez, ser éstos factores de fuerza unitiva mu­ cho mayor que los simplemente biológicos o inte­ lectuales. Cabría, pues, que una clasificación vala­ rativa, que tomase en consideración la fuerza del vínculo que une a los individuos en la vida de la relación, pusiera en primer término esos fac­ tores cordiales, luego los intelectuales y, por últi­ mo, los biológicos. Traducido esto a un lenguaje vulgar, diríamos que, en orden a la unión, pesa sobre todo el corazón, luego la cabeza, por último, la sangre.

Esto, naturalmente, sorprende, sobre todo por­ que las relaciones paterno-filiales, la fuerza de la sangre, es un vínculo tan fuerte que no se puede destruir; nadie puede dejar de ser hijo de sus pa­ dres o padre de sus hijos. Ahora bien, la unión no está en el vínculo, sino en la calidad del víncu­ lo. Dos hombres esposados y metidos en la misma celda pueden estar absolutamente alejados, pese a la proximidad física, mientras que una sólida y profunda amistad puede mantener unidos a dos amigos que vivan en continentes distintos. No es,

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pues, una mera fuerza física la que garantiza y es­

trecha una relación. Ni tampoco una fuerza bioló­

gica. El amor de los padres a los hijos -el más

fuerte de todos- no es simplemente un amor bio­ lógico o instintivo, aunque el instinto juegue un papel importante, en la madre sobre todo; es algo que nace del corazón, pues los hijos son el fruto del amor de los padres, la concreción de ese amor

que se tienen marido y mujer; el amor del hom­

bre y la mujer se prolonga en los hijos, en quie.­

nes se continúan queriendo. Cuando no es el amor profundo del corazón lo que une a los padres, sino el mero instinto animal del sexo, a los hijos no se les quiere. De aquí que los hijos que nacen fuera del matrimonio estén generalmente condenados por sus mismos padres al hospicio, al abandono en manos mercenarias o a la vergüenza de no ser

reconocidos, y aun, a veces, a no nacer. El hecho

de que lleven la misma sangre no dice absoluta­ mente nada. Quizá aquí pudiera ponerse como ejemplo el personaje de una novela relativamente reciente de ambiente chino: una mujer del campo a quienes los japoneses fuerzan después de haber matado a su marido a los tres meses de su ma­

trimonio, y que da muerte a su hijo, a los pocos

dias de nacer, porque sospecha que es japonés. Que la fuerza del amor esté en primer término cae de lleno en el orden previsto por Dios. El amor se sitúa por encima de la misma relación natural de filiación, pues por la mujer «dejará el hombre

a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,

y serán dos en una sola carne» (Mt

19, 5

y

6).

Más

ligencia, el lazo de unión entre los miembros de una comunidad (sea del orden que fuere) es, sin

duda, el amor, que sólo cede -o, si se quiere, que

sólo debe ceder- ante el deber. Pero no hay aquí contradicción, pues el deber no es sino la mani­ festación de un amor más alto, aunque con fre­ cuencia sea menos sensible.

Si se van examinando los distintos modos de las relaciones humanas se llega a la conclusión de que, sin duda, esa fuerza cordial que es el amor es la que en último extremo se impone, incluso por encima e independientemente de los factores necesarios. El amor es más fuerte que la muerte. Es lo único que perdura en el más allá, pues los otros determinantes de las relaciones entre los . hombres se detienen en la muerte . . . , si es que lle·

gan hasta allí.

Ahora bien, el amor humano, lo más noble y fuerte que existe en el mundo; el amor humano, no el instinto o la mera atracción física -esto es el lado animal-, en cuanto nace de lo que en el hombre hay más elevado y puro, no es sino el pálido reflejo de Dios. Dios -nos enseña San Juan- es amor

( 1

Ioh 4, 8); si la esencia de Dios es el amor y nosotros estamos hechos a su ima­ gen y semejanza, el amor sólo será auténtico, y no una desviación o una deformación, cuando sea reflejo de Dios, o, en otras palabras, cuando lleve a unirnos con :1!1. Cuando en la literatura -nove­ las, sobre todo- o en la realidad se habla de la fuerza del amor para justificar el rompimiento de deberes, se miente; no es amor, sino la degrada­ ción o la falsificación del amor. El nexo que en

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