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LA VISITACIÓN 129 labios tal declaración, así como los motivos que

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la justificaban.

La perfecta separación entre Creador y criatura, entre Dios y Ella, está patente. La llamarían bien­ aventurada todas las generaciones «porque ha he­ cho en mí cosas grandes el que es Todopoderoso•; no encuentra, por tanto, que exista en sí misma razón alguna por la que merezca alabanza, ni ser recordada a través de los tiempos, nada que pue­ da llamarse grande, ni siquiera el título por el cual Dios ha hecho esas cosas grandes en Ella, pues si las ha hecho ha sido «porque ha puesto sus ojos en la bajeza de su sierva•. Hay un reco­ nocimiento, por una parte, de su propio ser: Ella no es más que la esclava del Señor, la ancilla Do­ mini, cuyo único título ante el Creador es . . . su ba­ jeza, lo poca cosa que es, su nada y su desamparo, su incapacidad, el ser criatura dependiente de Dios, sin nada que no sea dado. Por otra, un reco­ nocimiento de la gracia: Ella no ha hecho nada, pero Dios ha hecho en Ella cosas grandes, porque ha puesto los ojos en su insignificancia.

Es muy difícil expresar adecuadamente y en un lenguaje corriente toda la densidad que tiene esta rotunda delimitación de campos. Hay una como sorpresa, un anonadamiento ante el misterio de la libre elección de Dios, una clara conciencia, esca­ lofriante, de la absoluta e inmensa desproporción entre los prodigios que Dios obra en Ella y lo que Ella misma es, una abrumadora sensación de pe­ queñez ante el poder y la bondad del Padre. Como un torrente que no puede ser contenido, el agra­ decimiento brota de lo más hondo del alma de

Nuestra Señora, vertiéndose en expresiones que acuden a sus labios espontáneamente, hilvanando su cántico con versos de la Escritura que, ya en otras ocasiones, habían servido para manifestar a Dios la alabanza y agradecimiento de su pueblo. Sugiere una especial impresión de deberlo todo, de ser todo gratuito,. regalado, resultado de un don graciosamente concedido, porque sí.

Isabel habló de fe, pero Maria hizo un cántico a la humildad. La primera impresión que produce la lectura del Magnificar es la de que tiene razón. Tiene razón y no es necesario esforzarse para ver­ lo. Es justo que diera gracias a Dios porque había hecho en Ella cosas grandes. ¿Qué había tenido la Virgen que ver en ser Madre del Mesías, en es­ tar llena de gracia, en haber sido elegida entre todos los millones de mujeres? Ni siquiera se le había ocurrido pensar que llegara a figurar entre los ascendientes del Dios hecho hombre, ni era ca­

paz de llegar al fondo del misterio a pesar de co­ nocerlo. Tampoco se había dado la vida a sí mis­ ma, ni había nacido mujer por su voluntad, ni escogido su propio pueblo. Dios lo había dispues­ to todo conforme a su beneplácito, y Ella, perci­ biéndolo claramente así, le daba gracias sin ape­ nas encontrar palabras -teniéndolas que buscar en la Escritura- para manifestar la magnitud de su agradecimiento. Era una cosa de justicia. Era verdad que Dios había obrado grandes cosas; era un deber reconocerlo y agradecerlo.

Es muy difícil definir la humildad, pero quizá con un poco de atención en las palabras de Nues-

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tra Señora y en todo su profundo contenido (en cuanto nos sea posible alcanzar) se pueden dedu­ cir algunas notas fundamentales. Por de pronto, y como dos grandes coordenadas, dos grandes tra­ zos que se nos ofrecen en el Magníficat: recono­ cimiento de una verdad, de un hecho (Dios ha obrado en Ella cosas grandes), y agradecimiento por el favor -por la gracia- que ello implica. Hay, pues, en primer lugar, una actitud de la men­ te, y luego la expresión en la voluntad de esta actitud. La voluntad se mueve por la inteligencia: de aquí que, en lo que respecta a la humildad, lo primero y lo más importante, lo que podemos definir como esencia de la humildad, es el estar en la verdad. Fue justamente la definición que,

en lAs Moradas, dio Santa Teresa: «Una vez es­

taba yo considerando por qué razón era Nuestro Señor tan amigo de esa virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es Suma Verdad y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino miseria y ser nada: y quien esto no entiende anda en mentira. Quien más lo entiende agrada más a la Suma Verdad, porque anda en ella.» Hay, sin embargo, una autoridad más fuerte que Santa Teresa. Jesucristo se definió a sí mismo en cierta ocasión diciendo que era «el Camino, la VERDAD y la Vida» (Ioh

14, 6);

y en otra hizo la siguiente ma­ nifestación: «Aprended de Mí, que soy manso y HUMILDE de corazón» (Mt 1 1 , 29). Así, el Señor es

humilde; hay, por tanto, una relación esencial -de esencia- entre la verdad y la humildad. Cabe, in-

cluso, hacer una comprobación. Si la relación esencial que queda establecida entre la humildad y la verdad es cierta, cierta tiene que ser la de los términos contrarios correspondientes, es decir, entre soberbia y mentira. Si decimos -y ello es cierto- que humildad es la verdad, la afirmación de que la soberbia es la mentira debe ser tamb�én cierta, y sin duda lo es. Sabemos -nos lo enseña la teología- que lo que caracteriza al demonio es, sobre cualquiera otra nota distintiva, la sober­ bia: fue la soberbia lo que le dio su contextura demoníaca, lo que le transformó de ángel lleno de gracia en ángel lleno de pecado. Y nos encontra­ mos con un pasaje de San Juan en el que se nos describe una discusión del Señor con los fariseos, discusión enconada y violenta como pocas, en cuyo transcurso Jesús dice estas palabras: « Vosotros

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