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Joel Silver / Don Simpson

Mentes peligrosas

El rumor es el deporte más practicado en la meca del cine, y los campeones locales de la especialidad, los mejores del mundo, tuvieron que emplearse a fondo en 1993. En enero, la revista Los Angeles publicó en su sección de anuncios por palabras la primera de varias misivas tan misteriosas como provocadoras que se calcula le costaron a su autor unos nada despreciables miles de dólares y que despertaron, de inmediato, la curiosidad morbosa de toda la comunidad cinematográfica.

El personaje anónimo se presentaba como un «chico malo y rico de Hollywood» que odia «la idea de que los humanos sean monógamos por naturaleza» y busca a «una mujer exótica y especial para ser la estrella de mi película personal». En el segundo anuncio daba pistas sobre él («en los cuarenta, de 1,75 metros y 75 kilos»), su carrera («cineasta con numerosos taquillazos») y sus objetivos («busca cómplice en el crimen socio-psico-

sexual… una artista con el corazón de una fuera de la ley»).

El suspense sobre la identidad del anunciante alcanzó niveles de interés

insospechados y todos en la ciudad tenían su propio candidato para resolver el enigma. Olvídense de cuestiones nimias como «¿Atrapará el Dr. Kimble al manco en El fugitivo?», «¿Quién disparó a J. R. en Dallas?» o «¿Quién asesinó a Laura Palmer en Twin Peaks?». Ésas eran preguntas de ficción y esto era la vida, con personajes de carne y hueso

proclamando que iban a transgredir las reglas.

Como en los mejores enigmas, jamás se llegó a descubrir quién insertó aquellos textos en las páginas del mensual Los Angeles. Los indicios, no obstante, colocaron en cabeza de los candidatos a los dos productores de más éxito, a la par que más odiados, del momento: Joel Silver y Don Simpson. Ambos negaron la imputación, pero nadie les creyó. Lógico, con las reputaciones que se habían forjado después de llevar años campando por

sus fueros en el universo del celuloide.

Sus nombres pueden no resultar familiares al público, pero no ocurre otro tanto con sus filmes. Joel Silver fue el artífice de Depredador, Límite: 48 horas, Arma letal, La jungla de cristal y de todas sus lucrativas secuelas. Don Simpson hizo otro tanto con Flashdance, Top Gun/ídolos del aire y Superdetective en Hollywood con sus

continuaciones. Lo malo es que no sólo se les conocía por sus obras en la pantalla. Sus vidas privadas eran tan desmedidas como sus trabajos.

Ambos blancos, judíos, solteros, mujeriegos y, con tales éxitos de taquilla, miembros de «El Club»; ese grupo selecto que controla las industrias del cine y la televisión, descrito magistralmente por Paul Rosenfield, el veterano cronista de

espectáculos del diario Los Angeles Times, en The Club Rules (Warner/Dove, 1992). Sus componentes son esos privilegiados a los que les basta con el nombre para conseguir las mejores mesas en los locales de moda y, mucho más difícil, para lograr que cualquier jefe de estudio o estrella respondan a sus llamadas de inmediato.

«El Club es atractivo. —Aclara Rosenfield—, porque no se basa sólo en los contactos, el poder o el estilo, sino en una mezcla de todo eso, y prefiere mantenerse en la sombra. No es un inframundo, sino un supramundo, misterioso e inexplorado. Lo integran personas que al salir por la puerta cada mañana no ven el mundo como el resto de los mortales.» Entre otras cosas, porque gozan de inmunidad para actos que a cualquier semejante le acarrearía muchos problemas o incluso la cárcel.

El único pecado imperdonable en «El Club» es el fracaso. El resto, incluidos comportamientos aberrantes en público y en privado, no se consideran más que faltas veniales. Los casos de Silver y Simpson, que sacaron provecho a fondo de todos los privilegios de su condición, han sido buenos ejemplos de ello. Sus conductas eran tan notorias que hubo pocas dudas a la hora de asignarles la autoría de los famosos anuncios. Sin desechar buenas dosis de envidia e inquina en los que les señalaban.

Joel Silver, nacido en 1956, en Nueva Jersey, no ha tenido prácticamente

competidor como la persona más aborrecida de la actual meca del cine, un lugar lleno de gente cargada de enemigos. «Sus filmes han hecho más de mil millones de dólares — observaba la revista Premiere en diciembre de 1990—. ¿Por qué es, entonces, el tipo al que Hollywood prefiere odiar?» En sus trece años de profesión le habían vetado en Paramount, despedido de Universal y duró un mes como vicepresidente de PolyGram.

¿No parece suficiente? Además, le llamó «peluquero estúpido» a la cara a Jon Peters, porque fue propietario de una cadena de salones de belleza antes de ser copresidente de Columbia. Su arrogancia le ha dado enemigos a su medida. Un magnate resentido acuñó una frase, ya clásica, que es como un mantra para sus detractores: «Si Joel Silver hubiera estado por aquí durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler no hubiera parecido tan malvado.» Otro ejecutivo se quejaba de que siempre: «Miente, miente, miente.»

Su relación de amor-odio con la industria se refleja en las veces que le han ridiculizado en la pantalla. Por ejemplo, el productor al que hieren en Grand Canyon, el alma de la ciudad y el que compra la cocaína en Amor a quemarropa se inspiraron en él. La trama de El factor sorpresa (1994) recuerda su vida y el protagonista, esclavo de un productor, parece un retrato de Alan Schechter, antiguo ayudante de Silver, que contó en Premiere (diciembre de 1992) su propia experiencia como su esclavo laboral.

El mismo no se ha resistido a autoparodiarse. Puede vérsele al principio de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, dando vida a un cineasta gritón y megalomaníaco que podría haberse generado en la peor de las pesadillas. Los que le conocen comentaron al verle que

el retrato era aún muy suave comparado con el original. Por ejemplo, una de sus historias para divertir a sus amigos es que al fallecer su madre, ante su cadáver, miró la hora y exclamó: «Mi reloj se ha parado o estás muerta.»

Con todo, sus logros durante la década de los ochenta y, en menor medida, los noventa fueron impresionantes. Al menos, desde el punto de vista comercial. Fue uno de los primeros que incorporó la violencia tipo tebeo al cine de acción. —Con su humor irónico— y que diseñó sus películas no sólo para hacer buenas recaudaciones, sino para ser

taquillazos. Les dio, además, el espaldarazo estelar a Mel Gibson, con Arma letal y sus secuelas, y a Arnold Schwarzenegger, con Depredador.

Hombres así van acompañados por mujeres explosivas. En eso no tiene nada de excepcional. Julia Phillips, productora de El golpe, lo corroboró en sus memorias You’ll Never Eat Lunch in this Town Again (Mandarín, 1992): «Joel era un patán gordo al que le gustaba decorar su mesa en Morton’s con chicas que parecían busconas de medio pelo», haciendo la apostilla de que «les hacía ganarse el dinero. —Su actitud con las damas se resume en su frase—: En cuanto me corro, se van.»

Le han acusado de todo, incluso de inflar los gastos de sus cintas cargando sueldos de empleados ficticios para sacar dinero extra. En cambio, a nadie le ha importado cómo trata a las mujeres en la pantalla: «Sólo las uso desnudas o muertas.» Lo que lleva a la duda inicial. ¿Puso el controvertido anuncio? «Llevo dos años saliendo con la misma chica — respondió a la prensa— y no tengo intención de que eso cambie. La verdad, la gente me ha llamado para preguntarme si no sería Don Simpson.»

Le pasó la patata caliente a su colega, y lo mejor es que éste era uno de los pocos individuos de la industria que tenía una buena opinión suya. «Vivimos en una ciudad en la que la mayoría de la gente va llena de mierda, bailando a través de la nada. —Había diagnosticado Simpson—; pero Joel, siendo muy extremo, es honesto emocionalmente, y yo valoro eso en un ser humano.» No se puede decir que Joel le decepcionara. Le apuñaló, pero de frente; ¿puede pedirse más en Hollywood?

Silver era competidor de Simpson y de su socio Jerry Bruckheimer, uno de los raros tándems de producción que se han dado, con triunfos del calibre de Flashdance. —Que marcó un estilo en los ochenta—, Top Gun/ídolos del aire. —Que elevó al estrellato a Tom Cruise—, Superdetective en Hollywood — que dio el espaldarazo a Eddie Murphy— con sus dos secuelas, Dos policías rebeldes, Mentes peligrosas y La Roca. Se calcula que sus filmes han dado. —Con vídeos y bandas sonoras— una cifra próxima a 3000 millones de dólares.

«Parece como si alguien quisiera tomarme el pelo», fue la respuesta del orgulloso Simpson sobre si era el autor del texto publicado en Los Angeles. La incertidumbre sobre si lo hizo realmente no se resolverá jamás, porque el productor con peor fama del Hollywood de hoy apareció muerto, sentado en el retrete de su mansión, el 19 de enero de 1996, a los cincuenta y dos años. No se suicidó, como se pensó al principio. La autopsia reveló que había sufrido un ataque cardiaco por sobredosis de drogas.

Su cadáver parecía un depósito de estupefacientes. Junto a la habitual cocaína, había distintas cantidades de Unisom, Atarax, Vistaril, Librium, Valium, Compazine, Xanax, Desyrel y Tiran, entre otros productos. Ironías del destino, murió con un ejemplar en las manos de You’ll Never Make Love in this Town Again (Dove, 1995), libro cuyo título. — Nunca volverás a hacer el amor en esta ciudad— parafraseaba el de las memorias de Julia Phillips. —Nunca volverás a comer en esta ciudad.

recuerdos de prostitutas que trabajaron para ella. Una, que usa el seudónimo de Tiffany, le atribuía prácticas sádicas de gran brutalidad a Simpson. Fue su lectura, según los siempre caritativos chismorreos de Hollywood, lo que le provocó la muerte, ante la impresión de verse descubierto en público. Otros sostienen que lo que leía al morir era una no menos peligrosa biografía de Oliver Stone.

«Yo no hago el amor: follo», había puntualizado una vez. Es obvio que hacía mucho más. Cliente habitual de las dos grandes alcahuetas de la meca del cine, Madame Alex y Heidi Fleiss, que le apodaba cariñosamente «mi esquimal», porque era natural de Alaska. Ellas le proveían de chicas. A Tiffany le puso unas cintas de vídeo con entrevistas a

actrices, que se acababan acostando con él para conseguir un hipotético papel que les había prometido. «Estoy segura. —Escribe Tiffany— que ninguna sabía que la estaban

grabando.»

Le enseñó otra cinta en la que se veía a una prostituta torturando a otra, bajo sus órdenes. Por ejemplo, describe, entre cosas peores, cómo le metieron la cabeza en un retrete orinando sobre ella. «Lo que Don y la dominatrix le hicieron a aquella muchacha debería haberlos llevado directos a prisión —se lamentaba la autora—; en cambio, acabó en su colección de vídeos.» Vicios que sólo puede permitirse alguien que como él murió con una herencia de unos 50 millones de dólares.

Sus amigos ignoraron las imputaciones, que alguna de sus secretarias habría

suscrito. Mónica Harmon, una de ellas, le llegó a demandar, sin éxito, por cinco millones de dólares, acusándole de abusos verbales —la llamaba «mierda estúpida» y «cerebro de basura»—; de obligarla a limpiar los restos de cocaína de su oficina; de mostrarle vídeos porno, y de tener que buscarle prostitutas. Don Simpson había dicho: «El éxito es la peor de las drogas.» El tiempo acabó dándole la razón.