Fantasmas del pasado
«Si pudiera cambiar algo de mí, sería mi reputación», se ha lamentado Oliver Stone con su habitual tono victimista. Las buenas intenciones del director, famoso por lo mal que se lleva con la prensa, no han ido más allá de las palabras y se han visto desmentidas con frecuencia por los hechos. De todos los escándalos en los que ha estado envuelto, y no son
pocos, el que más conmovió a la opinión pública fue la revelación de que había tenido relaciones incestuosas con su madre.
Dio a conocer su pecadillo, sin escatimar detalles, en su primera novela, A Child’s Night Dream (St. Martin, 1997), de la que pretende hacer una película. En el relato, claramente autobiográfico, narraba cómo su madre le inició en el sexo, de niño. «Me observaba fijamente. —Escribió—, mientras me hacía eso a mí y yo a ella, ambos entrelazados como serpientes de deseo.» Más adelante, concluía complaciente, «qué situación más electrizante, violar todas las reglas y banderas».
A su madre, Jacqueline Goddet, ya septuagenaria, no le hizo ninguna gracia ese último capítulo del libro, titulado «La cosa final. —Y trató de explicar los motivos de su hijo para incluirlo—. Está lleno de rabia, me quiere herir», se quejó en una entrevista publicada por el diario The Washington Post, aunque acababa reconociendo: «Estaba enamorado de mí.» Elizabeth, la segunda esposa de Stone, que se divorció de él en 1994, corroboró, en cambio, la versión de su ex marido.
Jacqueline, francesa y católica, se enamoró en París de Lou Stone, agente de Bolsa judío-norteamericano (su apellido original era Silverstein), dieciséis años mayor que ella, que había llegado a Francia en la Segunda Guerra Mundial, como oficial del ejército. La infancia de Oliver, su hijo único, estuvo marcada por dos mundos opuestos. Lou, taciturno y conservador, vivía para los negocios; Jacqueline, de carácter abierto, se hizo famosa por sus fiestas, en las que todo estaba permitido.
James Riordan describió en Stone (Hyperion, 1995), su documentada biografía del director, autorizada por el propio interesado, el ambiente desinhibido que reinaba en aquellas reuniones sociales organizadas por Jacqueline: «Drogas y cuerpos desnudos. La estrafalaria tribu del arte. Gente de aspecto extraño. Sexo en grupo. Hombres echándole los tejos a él. Mujeres persiguiendo a su madre.» Unas situaciones que no resultan las más apropiadas para educar a un adolescente.
«Se liberaba por completo en las fiestas —confió Oliver a su biógrafo—. Se pasaban la noche despiertos, de marcha. Había mucho sexo fuerte, pero yo me mantenía alejado de eso. Todo me parecía misterioso y no me sentía cómodo porque aquella gente me asustaba de verdad. Era como en Drugstore Cowboy o algo por el estilo… Había tantos tipos raros, normales u homosexuales, en Nueva York. Unos eran agradables y otros horribles, pero todos venían al apartamento de mamá.»
Más o menos por entonces, hacia 1962, recién divorciada de su marido, Jacqueline inició en el sexo a su retoño. «Tenía quince años, durante unas vacaciones en Francia, y mamá me preguntó si había probado la masturbación», ha recordado Stone. Su padre hizo también sus aportaciones a la educación de su retoño. Trató de ponerle remedio al
retraimiento social que veía en él regalándole los servicios de una de las hermosas prostitutas de lujo a las que él mismo era muy aficionado.
El encuentro funcionó. «Fue genial, era una profesional, un encanto», respondió a un periodista muchos años más tarde. Tanto debió gustarle que, a pesar de haberse casado dos veces, toda su vida ha seguido recurriendo a prostitutas, algo que nunca ha negado. Si hay que buscar experiencias traumáticas que le hayan marcado, la principal no fue su iniciación sexual, sino el repentino, al menos para él, divorcio de sus padres; el resto no han sido más que su consecuencia.
Su padre le fue continuamente infiel a su madre, pero la primera vez que ésta le pagó con la misma moneda, él la echó de casa, se fue a vivir a un hotel, puso el inmueble en alquiler e inició el divorcio. Ella no tenía dónde ir y regresó a Francia. Para colmo de
males, su padre se arruinó. Lo peor de todo es que nadie le contó a Oliver, interno en un colegio elegante, lo que estaba pasando. El mundo se desmoronaba a su alrededor sin que él tuviera la menor pista.
«Un día tenía una familia, y al siguiente, no. —Rememoraba con amargura—. Ni siquiera vinieron a verme al internado. Me llamó mi madrina para decirme que se estaban divorciando. Mi madre asegura que me telefoneó, pero yo no me acuerdo.» Acabó el colegio e ingresó en la Universidad de Yale. La dejó para correr aventuras, como en los libros de Hemingway y Conrad. Intentó luchar de mercenario en el ex Congo Belga, pero terminó enseñando inglés en Vietnam. Fue marinero y regresó a Yale.
Le tentó la idea del suicidio, pero prefirió escribir una novela que reflejase su estado de ánimo. Así surgió, en 1966, A Child’s Night Dream, que no interesó a ninguna editorial entonces y que se publicó, al fin, treinta años después. El protagonista es un muchacho llamado Oliver Stone, igual que su autor, al que su madre inicia en el sexo y que huye de un hogar acomodado y una pacífica existencia universitaria para sumirse en un mundo de prostitutas, drogas y violencia.
Desesperado por el fracaso, el Oliver Stone real siguió los pasos de su personaje. Abandonó por segunda vez sus estudios en la Universidad de Yale en un momento en el que los jóvenes estadounidenses se matriculaban como estudiantes para librarse de ir a la guerra de Vietnam. Él hizo lo contrario. Se presentó voluntario para combatir en primera línea de fuego y pasó su vigésimo primer cumpleaños, el 15 de septiembre de 1967, a bordo del avión que le trasladaba al frente desde Estados Unidos.
Él mismo ha relatado hasta la saciedad lo que fue aquel infierno, en su trilogía de películas Platoon, Nacido el 4 de julio y El cielo y la tierra; y como premio ganó con las dos primeras sendos Oscar como mejor director. Antes, ya había sido recompensado con un par de condecoraciones por su arrojo en el campo de batalla (fue herido dos veces). Al regresar de Asia, además de medallas en su macuto, volvió con una afición al consumo de drogas que fue su calvario durante años.
Diez días después de licenciarse, le arrestaron en la frontera de México con
marihuana y fue acusado de contrabando de estupefacientes, para el que se prevé una pena de cinco a veinte años de prisión. Se asustó y telefoneó a su padre: «Papá, la buena noticia es que he vuelto de Vietnam —le dijo—. ¿La mala noticia?: estoy en la cárcel, en San Diego.» Lou Stone aún tenía influencias y dinero suficientes para lograr que su hijo saliera del apuro sin cargos, a las dos semanas.
Reflejó vagamente su mala experiencia con la justicia en el guión de El expreso de medianoche, por el que ganó su primer Oscar, éste como escritor, y que dirigió Alan Parker. «Fui a Vietnam siendo de derechas y volví hecho un anarquista —ha aclarado—. Un radical. Muy parecido al Travis Brickle de Taxi Driver. Alienado. Convertido en una bomba de relojería que andaba.» Marihuana, LSD, cocaína… pasó por todas las drogas,
combinadas con alcohol y prostitutas, casi hasta la autodestrucción. La relación con su padre había sido tensa antes de irse a la guerra y no mejoró a su regreso. Una vez hizo la gracia de echarle un narcótico en la bebida a su progenitor. «Una noche le puse LSD — resumió el cineasta—. Quería darle un vuelco a su cabeza y se lo camuflé en la copa. Después de un rato, dijo que se sentía extraño, “como si hubiera algo en él”. Yo me reía.» Para Oliver fue algo positivo: «Puede que le cambiara la vida. Quizá fue la razón de que se hiciera mucho más liberal.»
En 1981, según él, se despidió de la cocaína con el guión de El precio del poder. No está claro si renunció también a sus otros hábitos. Su segunda esposa, Elizabeth Cox, con la
que se casó ese año, se divorció de él trece años después, a causa de su «promiscuidad incurable y su infidelidad». Fue ella la que confirmó que su suegra introdujo a su marido en el sexo e incluso sugirió que Jacqueline realizó tocamientos a uno de sus nietos, hijo de la pareja, impropios de una abuela.
La confesión de Stone en su novela ha recordado que entre las estrellas también hay víctimas del incesto. Las primeras denuncias públicas las hicieron Oprah Winfrey, la presentadora de televisión mejor pagada del país, que fue nominada al Oscar por El color púrpura, y Roseanne Barr, la gordita de la serie Roseanne. Esta última conmocionó a la opinión pública al reconocer en 1991, en el semanario People (equivalente al ¡Hola! en Estados Unidos): «Soy una superviviente del incesto.»
No obstante, se ha dado siempre. Rita Hayworth fue explotada profesional y
sexualmente por su padre, el bailarín español Eduardo Cansino. Cheryl Crane, hija de Lana Turner, famosa por apuñalar a los catorce años al amante de su madre, el gángster Johnny Stompanato, había sido violada a los diez años por Lex Barker, el actor que interpretó a Tarzán en los años cincuenta, cuarto de los siete maridos de esta actriz, que se casó en los años sesenta con la española Carmen Cervera.
El cambio que le dio Oliver Stone a su vida en 1981 no fue tan radical como él pretende. Ni con las mujeres ni con la droga. Jane Hamsher, productora de Asesinos natos (1994), recogió en el libro Killer Instinct (Broadway, 1997) la experiencia traumática que le supuso trabajar con él. Entre otras monstruosidades, menciona los excesos del cineasta con las drogas, incluidas setas psicodélicas, y cómo repercutían estas alegrías en el trabajo.
El interesado acusó a Hamsher de ofrecer una versión deformada de lo que ocurrió. Si bien sigue opinando que «se puede usar cualquier droga que mejore tu vida». Una filosofía que respalda con la larga tradición que existe en la humanidad de fumar opio, una sustancia que, al parecer, figura entre sus preferidas. «Creo que las drogas son parte muy importante de mi generación —precisó a la revista Playboy—. No sólo fuimos la
generación de la guerra fría: fuimos la generación de la droga.»
Tras dos divorcios (el primero de la libanesa Najwa Sarkis), tres hijos (dos niños con Elizabeth Cox y una niña con la coreana Chong Son Chong) y tres Oscar, intenta vender una nueva imagen de hombre tranquilo (estudia budismo y medita a diario), con la que contrarrestar su bien ganada reputación de ser la figura más intratable de Hollywood. Los escépticos mencionan la violencia de su película Giro al infierno y recuerdan que, de nuevo, los hechos desmienten sus palabras.