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12 ¿Endemoniado o epiléptico?

17. El joven de la sábana

«Seguía a Jesús un joven que tenía encima solo una sábana. Lo apresaron, pero él dejó caer la sábana y huyó».

– Marcos 14,51-52

Es la noche del arresto de Jesús. Judas se ha presentado en el huerto de Getsemaní, entre los olivos, acompañado por «una muchedumbre con espadas y palos». El ambiente se tensa: tras el beso de la traición y el corte de la oreja realizado por «uno de los presentes a un siervo del sumo sacerdote», Jesús es arrestado y apenas tiene el tiempo para hacer una declaración amarga: «Como si fuera un ladrón habéis venido a prenderme con espadas y palos...», a la que añade una nota teológica que es también una señal de aceptación: «¡Que se cumplan, pues, las Escrituras!». Al final, los discípulos huyen cobardemente.

Un joven que, quizá por el calor o por mera y simple comodidad, se encuentra en aquel campo vestido con un lienzo, se ve envuelto en el tumulto de aquel arresto que quizá había seguido solo por curiosidad. Intentan detenerlo para averiguar quién era, pero logra deshacerse del paño que le envolvía y alejarse. Desde siempre se ha preguntado por qué en una escena tan dramática quiso introducir Marcos un elemento tan marginal e incluso extravagante. La respuesta común es sencilla: se trataría de una pincelada autobiográfica, semejante a lo que ocurría en el pasado cuando a los pintores de una escena evangélica les gustaba representarse a sí mismos en el fondo o entre la gente.

Así pues, el protagonista del episodio sería el joven evangelista Marcos, que habría asistido al arresto de Jesús. No obstante, muchos han llamado la atención sobre el término con el que se define el lienzo vestido por el joven, y que nosotros hemos dejado como en el original griego sindón, «sábana» [el título de este capítulo en italiano es «Il ragazzo della sindone»]. Sabemos que también el cuerpo desnudo de Cristo bajado de la cruz había sido envuelto en una «sábana». «José de Arimatea, compró una sábana, hizo bajar a Jesús de la cruz, lo envolvió con la sábana y lo colocó en una tumba excavada en la roca» (Mc 15,46). Sabemos también que Cristo saldrá de esta sábana, abandonándola en la tumba, según al menos el testimonio de Juan, que, sin embargo, no usa el término «sábana», sino el más genérico de «telas» depuestas allí en el sepulcro con el sudario que había cubierto el rostro de Cristo muerto (Jn 20,5-7).

Numerosos especialistas están convencidos de que esta pequeña escena, aun siendo real, adquirió un significado simbólico precisamente mediante la evocación de la «sábana», transformándose en una especie de compendio codificado y anticipado de la resurrección. Cristo, en efecto, dejó en la tierra la señal de su muerte, el lienzo funerario, para recordarnos que aquel final fue real y no ficticio, verificación de su humanidad auténtica. Pero el hecho de que sea ya solamente un paño vacío, hace de la sábana un símbolo viviente de la resurrección, y, por consiguiente, de la gloria y de la divinidad de Cristo, Hijo de Dios.

18. ¿Dios o Elías?

«Jesús gritó fuertemente: “Elōi, Elōi, lema sabachthani”... Algunos de los presentes decían: “Mirad, ¡llama a Elías!”»

– Marcos 15,34-35

Sorprende un tanto esta confusión que se genera en los espectadores durante aquel momento trágico de la vida terrena de Jesús. Está en lo alto, en la colina llamada Gólgota, «calavera» en arameo, que en latín se denominará «calvario»; están llegando los últimos instantes de su existencia en medio de nosotros. Ha experimentado la oscura gama del sufrimiento: del miedo a la muerte («“¡Abba!” ¡Padre! Todo te es posible. ¡Aleja de mí esta copa!», Mc 14,36), al abandono y a la traición de sus amigos, bajo el peso de la soledad; de las torturas de los militares romanos a la burla y al obsceno gusto por lo macabro, propio de la muchedumbre que asiste a las ejecuciones.

Ahora está a punto Jesús de hundirse en dos abismos extremos, el silencio de Dios, que no responde a sus invocaciones, y la muerte, un final terrible según Marcos: «Lanzando un fuerte grito, expiró» (15,37). Las últimas palabras que pronuncia son un grito angustiado que el evangelista nos transmite en la lengua popular de entonces, el arameo. Como sabemos, se trata del comienzo de la versión del Salmo hebreo 22: «Elōi, Elōi, lema sabachthani», traducido inmediatamente después en griego: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Hacemos una breve observación filológica. La invocación Elōi no es aramea, como sí lo es, en cambio, el resto de la cita, porque debería ser entonces ’Elahî. Quizá Marcos se ha dejado llevar en su transcripción por la influencia del hebreo ’Elohîm, «Dios». Pero en este punto introducimos nuestra pregunta: ¿cómo pudieron los presentes confundir aquellas palabras gritadas por Jesús como si fueran una imploración dirigida a Elías? Este obstáculo puede tener su explicación, es más, puede parecer la huella de un recuerdo histórico de aquellos momentos convulsos.

En efecto, el profeta Elías, además de ser considerado el precursor redivivo del Mesías (Mt 17,10-13), según la tradición judía, como hemos comentado ya, era también venerado como el protector de los agonizantes y de las personas en peligro de muerte. Los presentes, al oír aquel grito desgarrador de Jesús, en la confusión de aquellos momentos, pudieron efectivamente confundir la primera palabra (Elōì o ’Elahî, o, en hebreo, ’Elî) con una invocación del nombre del profeta en los labios de Jesús

moribundo. Bien es verdad que este equívoco, como, con mayor razón, el versículo del salmo, revelan la profunda y auténtica «encarnación» de Jesús, verdadero hermano nuestro también en la tragedia de la ausencia de Dios, mudo ante la voz del sufriente.

Sin embargo, no puede clasificarse este grito como una señal de desesperación y casi de incredulidad, porque –según el uso judío– citar el comienzo de un texto sagrado implica asumir su totalidad. Y, curiosamente, el Salmo 22 comienza con una lamentación angustiada, semejante a un De profundis, pero termina con un himno de acción de gracias, de gloria y de alabanza al Señor rey, una especie de Magnificat o Te Deum. Por consiguiente, no se rompe en el corazón de Jesús moribundo el hilo extremo de la confianza. Este será explicitado por Lucas, que, en cambio, recoge esta invocación extrema de Cristo, también procedente de los salmos, con las palabras: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lc 23,46; cf. Sal 31,6).