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24 «¿Quiénes son mis hermanos?»

28. El signo de Jonás

«¡Una generación malvada y adúltera quiere un signo! No se le dará ningún signo, sino el de Jonás».

– Mateo 16,4

Es la segunda vez, en el Evangelio de Mateo, que Jesús recurre a este profeta extraño cuya aventura se nos narra en delicioso opúsculo dedicado a él, análogo a una parábola ejemplar. En esa obra el protagonista, Jonás, «paloma» en hebreo, se revela como un buitre, es decir, como el representante de un judaísmo integrista que no admite posibilidad alguna de salvación para los demás pueblos. Y, sin embargo, es enviado por Dios a predicar la conversión precisamente a la tradicional enemiga de Israel, Nínive, la capital de los asirios. El relato, veteado de ironía, está lleno de cambios y tiene una concentración dramática en la mezquina caída del profeta en las fauces de un enorme cetáceo.

Precisamente de esta escena, que llegó ser célebre en el arte cristiano y quizá retomada también en el Pinocho de Collodi, Jesús había sacado un símbolo autobiográfico, la «señal de Jonás», que se había explicado en un pasaje del anterior capítulo 12 de Mateo del siguiente modo: «Como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre del pez, así el Hijo del hombre permanecerá tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (12,40). La «señal», por consiguiente, no procede del repertorio de los milagros que, no obstante, realiza Cristo, como se esperarían las muchedumbres, sino de la Biblia.

Tras el velo del símbolo, Jesús alude al desenlace final de su existencia terrenal, que incluirá una caída en el seno oscuro de la muerte, pero, después –como le sucedió a Jonás, que fue «vomitado» por el enorme pez sobre la playa– se abrirá para Cristo la luz de la Pascua y del triunfo sobre la muerte. La indicación «tres días y tres noches» es más simbólica que cronológica: se trata, en efecto, de una fórmula estereotipada que se usa en el libro de Jonás (2,1) para referirse a la permanencia del profeta en el vientre del pez, y que denota un lapso de tiempo determinado y condensado.

Esa fórmula llegará a ser común para indicar la resurrección de Jesús acontecida «al tercer día» (1 Cor 15,4), un modo más o menos cronológico para definir el intervalo entre la muerte y la resurrección, aun cuando es cierto que, en el uso semítico, las porciones limitadas de un día son computadas como una unidad. Jesús concluye

explícitamente aplicándose la «señal de Jonás» a sí mismo: «En el día del juicio, los ninivitas se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y hay aquí uno mayor que Jonás» (Mt 12,41).

Con amargo asombro, en efecto, el profeta había presenciado la conversión de los ninivitas, «grandes y pequeños» (cf. Jon 3,5-10; 4,1-11), conmovidos por su palabra. Jesús argumenta a fortiori: si un pueblo pagano y cruel se arrepintió escuchando la voz de un predicador reacio y poco convencido, ¿por qué la generación presente, formada por judíos, herederos de la elección divina, no se convierte al escuchar una voz tan alta como la voz mesiánica de Cristo?

29. La levadura

«Prestad atención: ¡Absteneos de la levadura de los fariseos y de los saduceos!»

– Mateo 16,6

Jesús está en la barca en el lago de Tiberíades con sus discípulos, y estos caen en la cuenta de no tener pan a bordo. Cristo resuelve su preocupación recordando las dos previas multiplicaciones de panes (Mt 16,5-12), pero traslada el discurso de la dimensión material a la más espiritual recurriendo al símbolo de la levadura. La frase es polémica con respecto a dos grupos religiosos y políticos tradicionales del judaísmo. Por un lado, los «fariseos», «los separados» en arameo o quizá «los separadores», es decir, aquellos que sabían distinguir los preceptos de la Ley bíblica según su mayor o menor importancia. Encarnaban una ideología abierta, espiritual y «laica». Los Evangelios los critican por la hipocresía y la incoherencia de sus actitudes, no por los contenidos de su doctrina, que estaba bastante cerca de algunas enseñanzas de Jesús.

Por otro lado, encontramos a los saduceos, un grupo sacerdotal aristocrático y conservador, cuyo nombre derivaba de Sadoc, el sumo sacerdote en tiempos de David (1 Re 1,26), o bien del hebreo saddiqîm, «justos». Para denunciar la corrupción de los dos movimientos, Jesús recurre a un símbolo que no es del todo comprensible en nuestra cultura. Este producto contiene, en efecto, dos características antitéticas. La primera, el valor positivo de la levadura que hace crecer la masa y la transforma en pan crujiente. En esta línea, Jesús aplica el símbolo al Reino de Dios, «semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló en tres medidas de harina [sáton en griego indica una medida equivalente a la se’ah hebrea, es decir, a unos 12,3 litros] hasta que fermentó toda» (Mt 13,33).

Sin embargo, predomina más la acepción negativa, porque la levadura, al hacer fermentar la masa, provoca también su corrupción. Por esta razón, era obligatorio en Pascua usar pan «ázimo», un término de origen griego que significa «no fermentado» (mazzôt en hebreo). El origen se remonta al uso de los nómadas, que hacían el pan sobre lastras de piedra calentadas. De hecho, la fiesta judía de la Pascua tenía una ascendencia pastoril-nómada. Pero el aspecto práctico se había transformado en un elemento ritual: en el seder pascual judío, es decir, en el orden de los ritos de la cena, se incluye también la búsqueda y la eliminación de todo fragmento de pan fermentado presente en la casa,

para que no contaminara la pureza incorruptible del pan ázimo. La liturgia eucarística ha asumido también esta práctica usando el pan ázimo.

Resulta fácil comprender ahora el significado de las palabras de Jesús: la enseñanza y el comportamiento de los fariseos y de los saduceos son principio de perversión para la comunidad que le sigue, y los discípulos deben tener sumo cuidado para evitar contaminarse con ella. Sin recurrir a metáforas, Jesús ya había advertido: «¡Dejadlos! Son ciegos y guías de ciegos. Y cuando un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo» (Mt 15,14). San Pablo, evocando la celebración pascual, explicitará el simbolismo en su aspecto moral y existencial: «¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Eliminad la levadura vieja para ser masa nueva, pues sois ázimos. En efecto, Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado. Celebremos, pues, la fiesta, no con la levadura vieja, ni con levadura de malicia y perversión, sino con ázimos de sinceridad y verdad» (1 Cor 5,6-8).