{ p con eleganzia
5.4 Textos sobre Aniceto Ortega
5.4.5 Juan de Dios Peza (1901) “Recuerdos del Dr Aniceto Ortega”
De tal manera se conserva el recuerdo amargo de la invasión francesa entre las familias de Córdoba, pues cual todas tuvieron que lamentar, en los aciagos días de la invasión, desgracias irreparables, que en la casa de la familia Fernández, donde estuve hospedado, pasó una escena que todavía me conmueve el traerla a cuento.
Una noche, hablamos en el estrado de las semejanzas que existen entre la manera de vivir y de hablar de los hispano-americanos, y sobre todo los mexicanos y los hijos de las provincias andaluzas, y luego se habló del valor con que allá y aquí se combatió la intervención francesa.
–Vea usted –me dijo el jefe de la familia–, aquel retrato es de mi abuelo, que murió alevosamente a manos de los franceses, cuando queriendo éstos satisfacer su sed de oro y de pillaje, asaltaron su casa que estaba frente a una de las alamedas del campo de la Victoria.
El pobre viejo, temeroso de que mis tías, que eran muy lindas, fueran a sufrir vejaciones, salió al patio, acompañado de dos antiguos criados, y la soldadesca se lanzó sobre ellos, acuchillándoles con tal presteza, que en pocos minutos los dejaron muertos y bañados en sangre. El espectáculo horrible, los gritos de mi abuela y de mis tías, la confusión del pueblo, que desde la calle presenció la escena, impidieron quizás mayores tropelías, y los verdugos se retiraron, dejando un eterno luto en mi casa.
–Aquí –continuó el viejo– seguimos paso a paso y con interés creciente, toda la historia de ustedes los mexicanos, durante la intervención de Napoleón III, y tanto nos alegramos de su victoria, que en recuerdo de ella, y en honor de su patria, va mi hija Fuensanta a tocar en el piano, algo que ha de gustarle.
Levantóse una encantadora joven, como de dieciocho años, abrió el piano, ocupó graciosamente el banquillo, puso sus blancas y diminutas manos sobre el teclado, y a las primeras notas se me humedecieron los ojos y sentí un escalofrío en todo mi cuerpo, una emoción tan extraña, que no puedo explicarla.
Estaba tocando la “Marcha Zaragoza”, que yo no había vuelto a oír desde muchos meses antes, y que en aquella tierra, tan distante de la mía, me habló de todo lo que yo amaba y de todo lo que me infundía ternura y regocijo en el alma.
–¿Conoce usted? ¿conoce usted eso? … me decía el señor Fernández.
No pude responderle, pero me vio tan conmovido y tan turbado, que comprendió el efecto que aquella hermosa marcha me produjo.
–¿Esa marcha la compusieron en México, pensando en la defensa de nuestra Zaragoza? –No, señor, le respondí, esa marcha la escribió mi compatriota el Doctor Don Aniceto Ortega, para honrar la memoria de General Ignacio Zaragoza, que ganó en Puebla, la batalla del 5 de Mayo.
396 Juan de Dios Peza, “Córdoba. Una velada en familia. La ‘marcha Zaragoza’. Recuerdos del Dr. Aniceto Ortega.
Sus composiciones musicales. Viaje a Sevilla”, El Imparcial, Diario ilustrado de la mañana, 4 de noviembre de 1901, pp. 2-3.
Yo ignoraba que aquel respetable jefe de familia, era un músico muy entendido, y me expresó su opinión, respecto de la obra de Aniceto Ortega, en los términos siguientes:
–La marcha “Zaragoza” es entre las que conozco del mismo estilo, una de las más inspiradas, más sencillas y mejor ritmadas: sus ideas melódicas están muy en consonancia con el carácter de la composición: el ritmo dominante de ella es verdaderamente marcial y en cuanto al procedimiento armónico está fuera de lo vulgar, sobre todo por la propiedad con que está escrita y armonizada esta parte de la pieza. Esa marcha –agregó– tiene para mí tres cualidades, “sencillez”, “verdad” y “una inspiración brillante”.
Conmovido todavía por las notas de la marcha que es para nosotros tan querida, procuré describirles a Aniceto Ortega, tal como lo recordaba y como lo había visto en mi patria. Hombre de educación exquisita, de maneras distinguidas, nervioso en sus movimientos, de palabra fácil, de trato lleno de atractivo, tan inteligente en su profesión de médico, como entendido y maestro en el divino arte de la música.
Preguntóme Fuensanta, cuales obras de Ortega conocía además de la “Marcha Zaragoza”, la “Marcha Potosina”, la “Invocación a Beethoven”, y el “Vals Jarabe”, que ella tenía y tocaba con predilección y gusto.
Recordé muy pocas, la “Viola Tricolor”, “El Canto de la Huilota” y “Elegía a mi madre”, pero a los pocos meses le envié de Madrid, noticia circunstanciada de todas, el “Vals de Enriqueta”, “Mazurca de Salón”, “Elegía a Jacobo”, “Un Pensamiento”, “Recuerdo de Amistad”, “Vals Brillante”, la Barcarola intitulada “La Luna de Miel”, “Las Auras del Valle” y “Rosalinda”. Muchas de esas piezas, según supe, alcanzaron gran popularidad entre los amantes de la buena música, y por más que se esforzaron en conseguir por mi conducto, fragmentos de la ópera “Cuauhtemoc”, no fue posible lograrlo.
Al inolvidable compositor mexicano, tan genial y tan querido, debí horas de verdadero solaz, en aquel hogar cordobés, que no olvidaré nunca.
La Semana Santa se aproximaba, y sabía que iría a pasar a Sevilla. Tenía yo para ello, permiso del Ministro, veintiséis años de edad y algunos reales sobrantes en el bolsillo. Al partir el tren, miré la ciudad con tristeza, y al perderla de vista, y contemplar el río por un lado, y por otro, las fragosidades de la Sierra, me dominó mayor melancolía, porque recordaba montañas y ríos de mi patria, y sabido es que la patria, es una madre, cuya imagen y cuya memoria nos acompañan a todas partes.