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Sin agua, sin justicia, sin progreso: lo que las regalías no pagan Las licencias ambientales exprés, la corrupción, la contaminación del agua y la falta

de garantías para una explotación de hidrocarburos menos lesiva tienen en una difícil situación a los habitantes de dos veredas en el Meta.

“Nosotros estamos acá huérfanos de autoridades, ellos vienen y todo está bien”. Así resume María Clemencia Díaz, propietaria de la finca la Bohemia y la empresa Aquapeces del Meta, lo que está sucediendo en el territorio donde vive por cuenta de la explotación petrolera y la lucha que los raizales han decidido emprender. Esta llanera de carácter fuerte y voz templada dice que en el pueblo donde ha vivido toda la vida, las entidades creadas para prevenir, proteger y conservar el medio ambiente y la salud de la población en Colombia, decidieron mirar a otro lado.

En la vereda La Esmeralda, a 6 kilómetros del municipio de Acacías, en el Meta, está La Bohemia, piscícola y hogar de Clemencia y su familia. En su propiedad hay 27 pozos de producción de pescado, que comercializa en los departamentos de Antioquia, Santander, Cundinamarca, Meta y Valle del Cauca. En ese mismo territorio, a 465 metros de su piscícola, está el clúster de explotación petrolera.

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El 15 de mayo de 2012, la ANLA (Autoridad Nacional de Licencias Ambientales) le otorgó a Ecopetrol la licencia ambiental para construir el bloque de perforación exploratorio CP0-9, que significa Crudo Pesado de Oriente. Como parte de ese bloque, también se dio licencia para la construcción del clúster 1. Este taladro cuenta con 3 pozos petroleros de dónde sacan aproximadamente 6 mil barriles diarios de crudo extra pesado. En el 2012, antes de que se pusiera en marcha el clúster 1, la comunidad rechazó las obras. Los habitantes de la vereda La Esmeralda hicieron un plantón por casi siete meses, retrasando así su apertura y trabajo exploratorio de la empresa Ecopetrol.

Adriana Rodríguez propietaria de la Finca los Naranjos, la cual está ubicada a 1 kilómetro del clúster 1, explica que retrasaron la actividad petrolera porque “ellos no socializaron con la comunidad, no nos mostraron el estudio ambiental. Nosotros les preguntamos ¿Qué va a pasar con nuestras fuentes hídricas? ¿Qué va a pasar con el medio ambiente? ¿Dónde está el estudio de fauna y flora? Ellos no supieron contestarnos eso”.

Para Adriana, los pozos se construyeron sin valorar profundamente los impactos “Nunca vinieron a preguntarnos, a informarnos o a decirnos oiga ustedes en qué se van a ver afectados o beneficiados. Porque todo proyecto por más bueno que sea trae su impacto, tanto positivo como negativo, pero lo trae”. Clemencia Díaz advirtió lo que sería una crónica de una muerte anunciada.

Gracias a un recurso de reposición interpuesto por la comunidad del Meta y en su persistencia de ser oída por la ANLA, se logró que se hicieran unas modificaciones en la licencia ambiental del bloque CPO-9, otorgado un año atrás. El 20 de febrero de 2013, hubo una variación en los artículos respecto al agua.

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Se extrae crudo, se comercializa y se respira.

Sin embargo, ya para diciembre de 2012 había empezado la pesadilla para Clemencia. Como consecuencia de la extracción, es decir de la actividad del clúster, se vio obligada a humedecer las toallas para ponerlas en las ventanas y puertas y así disminuir el fuerte olor a nafta. Solo de esa forma podían dormir con un poco más de tranquilidad.

El refinamiento del petróleo, como lo explica Ecopetrol en su página web, requiere la quema de exceso de gases que contienen altas cantidades de nafta o éter de petróleo.

Nafta está definida como una mezcla líquida de diversos compuestos volátiles muy inflamables. En efecto, un tipo de gasolina que puede disolver y diluir fácilmente el crudo. Los gases de estos compuestos químicos salen a través de una tea, o quemador de gases horizontal, es decir, una llamarada de candela, tipo chimenea, prendida todo el día y toda la noche. Clemencia y su familia,

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incluyendo su hija de 6 años, llevan respirando casi 30 meses este tipo de gases en la cabecera de su finca.

La ANLA, en respuesta a uno de los tantos derechos de petición interpuestos por Clemencia, y en los que les exige ayuda para mitigar los olores y vapores emitidos por el clúster 1, le explicaron que dentro del marco legal ambiental no se prevén

parámetros específicos sobre olores y que esa autoridad “no cuenta con la competencia para establecer condiciones, restricciones o medidas para pronunciarse respecto a ese caso”. Documento firmado por Mauricio Maldonado, subdirector de Evaluación y Seguimiento de la ANLA, el 6 de febrero de 2014. Después de que la máxima entidad en garantizar que la evaluación, seguimiento y

control de los proyectos que requieren licenciamiento se hagan con “calidad técnica y jurídica para contribuir al equilibrio entre la protección ambiental…” como reza la misión que tiene la ANLA, le respondió a Clemencia que no podía hacer nada, a ella no le quedó otro camino que la lucha solitaria y huérfana.

La historia de Adriana Rodríguez, enamorada del Llano hace 20 años, es muy parecida a la de Clemencia. Compró la finca los Naranjos en la vereda La Esmeralda, le puso así porque tenía una gran producción de naranjas y mandarinas. “Yo tengo 90 árboles frutales que durante 19 años produjeron naranjas y mandarinas. Con eso pagábamos los impuestos, los gastos de la finca y nuestro alimento. De un tiempo para acá dejaron de producir y nosotros no entendíamos por qué”, dice la mujer oriunda de Bogotá.

La finca los Naranjos está a 1 kilómetro del clúster 1. En ella vive la mamá de Adriana, quien motivada por alejarse del estrés y la contaminación de Bogotá decidió vivir en la finca sin saber que años después tendría que regresar por una temporada a la capital, debido a su delicado estado de salud. ¿Qué le sucedió? Sus ojos permanecían siempre rojos, le pica la garganta y la nariz. El olor fuerte de los químicos acabó con la tranquilidad. Recurrieron al encerramiento de la finca para contrarrestar ruidos y olores, pero ello no sirvió de nada.

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Las cosas se comenzaron a poner peor. Adriana contrató un agrónomo y a un biólogo para que evaluaran por qué la producción de frutales prácticamente había cesado. Los profesionales dijeron que la llama del quemador que había en el clúster, más los olores fuertes de nafta eran los responsables. “Todas las abejas que polinizaban mis árboles se fueron, por eso yo no volví a tener frutos”, afirma Adriana.

Hace 6 meses sostuvo una reunión con Édgar Paternina, superintendente de activos de Ecopetrol, quién acordó bajarle a la llama de la tea al más bajo nivel. “El olor a nafta bajó muchísimo y mis árboles otra vez están cargados, pero ayer me enteré que eso va a cambiar, entonces no sé qué va a pasar con mis naranjas y mandarinas que todavía están chiquitas”, explica Adriana Rodríguez.

La profesora Ángela Moncaleano, quien dicta la asignatura Problemática ambiental en la Universidad Javeriana, nos explicó la importancia de las abejas, pues “la producción de alimentos a nivel mundial y la biodiversidad terrestre dependen en gran medida de la polinización, ya que es un proceso natural que permite que se fertilicen las flores y den así frutos y semillas. Los impactos ambientales en el cambio climático, pueden alterar estos procesos y hacer que desparezcan”, tal cual desparecieron las abejas de la finca los Naranjos.

Ecopetrol también le respondió a Clemencia, el 21 de enero de este año, el derecho de petición en el que ella denunciaba la contaminación al medio ambiente, producto de la quema de gases. En el documento se explica que los

olores en el área no son provenientes de la tea instalada sino de la “emanación” de vapores de los tanques de almacenamiento de fluidos. En el comunicado también se comprometieron a “optimizar un poco más la inyección de diluyente en el set de prueba hasta cuando la viabilidad del proceso lo permita” además de hacer mejoras en el sistema de venteo, facilitando así la circulación de los vapores emitidos por la tea. Sin embargo, se pudo verificar con una visita en la zona, que los fuertes olores y las nefastas consecuencias al ambiente, persisten.

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A mediados de este año y gracias a las quejas interpuestas por Adriana, Clemencia y la comunidad, Ecopetrol instaló la Unidad Recuperadora de Vapores (UVR), que permite disminuir el tamaño de la flama. Clemencia asegura que “ese aparato UVR iba a hacer lo último en guaracha, que eso no íbamos a tener olores. Pero los olores han persistido, no tan intensos como hace un año, que uno se ahogaba, pero siguen. Este mes, por ejemplo, la unidad de vapores se dañó y se incrementó el humo negro y la llamarada de candela”, afirmó Clemencia en octubre de 2014.

Para finalizar el 2013 Aquapeces perdió 1821 reproductores de mojarra roja, es decir, 14 millones y medio de pesos. También murieron 11 desoves de cachamas, cerca de 130 mil animales, que eran para la venta y dejaban una ganancia cercana a los 12 millones de pesos. Sus reportes demuestran que las mortalidades de peces eran de 5 a 10 mensuales, antes de que funcionara el clúster 1. Clemencia asegura que el Yamu es una especie nativa muy susceptible al ruido y al estrés. “Nosotros en el 2013 no vendimos un solo yamu, no se reprodujo. El clúster tenía una torre de luz prendida toda la noche. Mi esposo fue y puso un derecho de petición en la oficina de Participación Ciudadana y les pidió que apagaran o reubicaran esa luz, a los peces se les alteró el ciclo de la noche, por tanto en el desove, tuvimos muertes súbitas”.

Según las afirmaciones de Joan Dunayer, escritora y defensora de los animales, publicadas en la revista The Animals, Agenda en el 2001, los peces son sensibles a la luz de una forma superior a la nuestra, incluso muchos de ellos pueden “ver a grandes profundidades mejor que un gato en la noche”. Cuando un pez está adaptado a la noche, un repentino resplandor como, por ejemplo un flash, puede llegar a desorientarlos de tal manera que se inmovilizan o se pueden hundir, además de destruir sus células fotorreceptoras. Así mismo, son fuertes receptores de olores y ruidos.

Ni el Yamu, ni los bagres rayados, hembras y machos, se lograron salvar de la contaminación ambiental generada por la actividad petrolera. Las fotos que tiene Clemencia desde el 10 de octubre de 2013 así lo evidencian.

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El artículo 65 de la Constitución Política de Colombia asegura protección especial para la producción de alimentos, además de otorgarle prioridad al desarrollo integral de las actividades agrícolas, pecuarias y pesqueras. Sin embargo, la ANLA no tuvo en cuenta la Constitución Política del país, al otorgarle la licencia ambiental al bloque CPO-9 y permitirle la actividad al clúster 1 cerca de Aquapeces y de la Finca La Daniela, que también es una pesquera productora. Clemencia ha recibido en varias ocasiones a los representantes ambientales y sociales de Ecopetrol en su finca. Tiene los registros de sus visitas y copias de documentos que le entregan para verificar anomalías presentadas en su propiedad. Después de eso, no tiene nada más, no existe ningún otro documento que solucione y ponga fin a los impactos generados por el clúster 1. Ecopetrol nunca se ha hecho responsable por los efectos negativos presentados en el medio ambiente, su respuesta es siempre la misma: “Nuestra actividad está sujeta a una resolución que emite la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales”.

Ante el peor de los panoramas ambientales. Clemencia ya tiene tres carpetas llenas de cartas, quejas, derechos de petición y reclamos a Ecopetrol, a la ANLA y a Cormacarena. A pesar de que el decreto de protección al medio ambiente 2811, del 18 de diciembre de 1974, asegura en su primer artículo, que los recursos naturales son patrimonio común y es deber de los particulares preservarlo y protegerlo, no ha sido posible que estos llamados sean escuchados y que por ley deberían ser atendidos por el gobierno de una manera eficaz.

La ANLA, le ha hecho llegar dos respuestas a Clemencia. La primera fue en noviembre de 2012 y la segunda en enero de 2013. Las dos afirman que gracias a las visitas de seguimiento al clúster 1, pudieron verificar “el cumplimiento de las obligaciones establecidas en el Plan de Manejo Ambiental.”

Clemencia Díaz, en mayo de 2013, desesperada, tomó un calendario grande y empezó a marcar cada día con una o varias “x”, dependiendo del grado del olor a nafta que se presenta por la tea a cielo abierto. Cuando hay olores tan fuertes

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los números de sus celulares. Si el olor a químicos se aumenta en la madrugada, noche o día, ella los llama y les pide que le bajen a la intensidad de la llama. Además, deja como registro en su calendario, el nombre del trabajador de Ecopetrol que le contestó la llamada. Clemencia también sabe cuándo la apagan

para hacer arreglos, y escribe en su calendario “apagada”. Su registro es tan amplio, que ya está terminando su segundo calendario marcado. Abril y mayo de

2014 estuvieron llenos de “x” y varios “SOS”, pero no solo tiene ese. Igualmente tiene uno en el que marca la mortalidad de sus peces, escribe la cantidad y las especies que amanecieron muertas. Es el registro del fin de la vida.

“Este año hubo una intoxicación masiva en el clúster 1 por el olor a nafta. Se intoxicaron 12 trabajadores. Vinieron los bomberos y apagaron por unos días ese clúster y en ese mes murieron 80 yamus, 15 bagres y reproductores de roja, por el olor tan fuerte de esos gases”. Asegura Clemencia, a quien Ecopetrol le exige que le demuestre de una manera científica que son ellos los que generan esas muertes.

En una entrevista con Martha Janeth Cárdenas, jefe de entorno de Ecopetrol, le preguntamos por la situación que vive desde hace varios años Clemencia Díaz y las acciones que esta llanera podría tomar para mitigar los daños ambientales y económicos. La jefe explicó que se debe instaurar una demanda y tomar las acciones legales pertinentes, en las cuales la justicia dé su veredicto y aplique o no las sanciones pertinentes, porque por ahora Ecopetrol no puede hacer nada más que disminuir la flama del clúster.

64 La disputa por el agua

Otro capítulo de la tragedia ambiental que vive la zona está relacionado con la disputa por el agua potable. Por la finca de Clemencia Díaz pasa el Caño Lejía, que suministra a la pesquera. En verano según ella, nunca se secaba, pero desde que pusieron el taladro la fuerza hídrica disminuyó y se contaminó.

En las siete hectáreas que tiene la Bohemia, cuatro son de reserva natural. Clemencia hace parte del grupo de buenas prácticas ambientales de la vereda La Esmeralda, y lo que ha aprendido en los talleres lo aplica en su finca. Se ha encargado de cuidar y conservar la vegetación y la fauna. Su piscícola no arroja aguas a Caño Lejía, ya que cuenta con una laguna de oxidación que tiene un sistema de recirculación por bombeo para volver a utilizar el agua y no verterla. Sin embargo, todo el fruto de sus esfuerzos se desapareció, así como desapareció el agua en enero de este año.

Algunos de sus estanques duraron 8 meses secos, en septiembre se volvieron a

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mostré. Mire no tenemos agua. Casi se sientan a llorar conmigo. Ellas se llevaron las fotos y los estudios”. Ecopetrol, ante la crisis y después de los análisis, realizados con el laboratorio Antek, además de los informes de monitoreo y fotografías, el 21 de enero le respondió a Clemencia que los vecinos tenían obstruido el caño y que su finca y la finca La Daniela

“Ese día yo sentí que el mundo se me iba a los pies. Se me contaminó el agua,

qué podía esperar. Se me acabó todo”. Estas son entre lágrimas las palabras de

Gladys Rey. El 31 de diciembre de 2012, su nacedero de agua, el cual está en su pequeña finca desde hace 20 años, y que brotó como un milagro de la naturaleza, amaneció anaranjado. Con su electrobomba intentó sacar por varias horas el agua del nacedero, con la esperanza de que germinara nuevamente cristalina, como siempre salía, pero no lo logró. Entre el mes de octubre y noviembre de 2012, dos meses antes de la desventura del nacedero, la empresa Global Geophysical Services, contratada por Ecopetrol, practicó sísmica en la vereda La Esmeralda. La sísmica es determinante en la fase de exploración petrolera. Según la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), esto permite conocer con mayor exactitud la presencia de trampas de crudo ya que se generan ondas sonoras artificiales. Una línea roja es la encargada de transportar y generar la explosión gracias al sismigel, es decir, dinamita líquida, la cual es ubicada en pequeños pozos a una profundidad entre cinco y diez metros de la tierra. Después de la descarga se propagan las ondas en el subsuelo y chocan con las capas de la tierra. En la superficie se siente y se escucha el estallido.

Al hacer esa actividad, se emite unas ondas sísmicas y esa información es recibida por otra línea de color verde, la cual contiene unos geófonos, que son un tipo de trompos que dibujan el interior de la tierra y le permite a los geólogos saber qué capas perforar y a qué profundidad del suelo pueden encontrar el crudo. Adriana Rodríguez, vecina de Gladys y compañera de batalla contra Ecopetrol, recuerda como el último día del 2012 fue el inicio de un viacrucis por el agua en toda la vereda. “Yo fui y eso olía espantoso. Quería vomitar cuando estaban

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sacando el agua, es increíble que un agua interna oliera a podrido, yo no entendía cómo podía oler así. Ese día dejamos a Gladys tristísima en la casa llorando, no podía tomar, ni usar el agua. Al día siguiente, el agua tenía un olor a huevo podrido y al tercer día ya era una nata negra y ahí si mejor dicho ¡Se dañó el nacedero!”.

La comunidad grabó un video de la situación y lo mostró en todas las reuniones ambientales del municipio. En enero de 2013, Gladys desesperada por la pérdida de su única fuente de agua potable, llamó a los noticieros nacionales para ser escuchada y lanzar una voz de alerta.

Este tipo de tecnología exploratoria ha sido cuestionada por varias entidades ambientales y comunidades afectadas. El ingeniero de petróleos Óscar Vanegas, quien investiga desde hace varios años los impactos socio ambientales generados por la sísmica, asegura que este tipo de tecnología al fracturar la roca con explosivos, obliga a las aguas a cambiar su curso y tienden a irse por las fracturas,

lo que hace que sean permeables y desparezcan los nacederos. “Aparecen aguas donde no habían y desaparecen de donde sí existían. Se está afectando el curso normal de las aguas”, afirmó.

En zonas planas, como Acacías, la sísmica genera además otros efectos. Los suelos son una esponja y tiene un nivel freático de las aguas entre uno y dos

metros de profundidad. Después de la sísmica el nivel freático disminuye, “ya que

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