I La crisis del subdesarrollo: El imperialismo y el mercado externo
III. La crisis capitalista
3. L A DEPRESIÓN Y SUS EFECTOS ECONÓMICO-SOCIALES
Como vimos, la depresión se origina básicamente por una baja en la tasa de lucro, que provoca una caída general del volumen de los negocios. La disminución del volumen de los negocios repercute sobre el proceso de la producción, al disminuir el número de empleados, al llevar a la falencia a las empresas menos sólidas
22 La revista Desenvolvimiento y Conjuntura constata una baja en la tasa de lucro, en el balance que realizó de la economía brasileña
y de menor productividad. Repercute también en el sistema financiero provocando una restricción en el volumen del crédito y de las transacciones monetarias; en general conduce al atesoramiento, disminuyendo las disponibilidades de dinero y aumentando la tasa de interés. En el proceso de ascenso de la economía, el aumento del volumen de negocios utiliza todo el dinero en circulación, excita el sistema bancario provocando un aumento del dinero existente (moneda y velocidad de moneda), esto es, la inflación. La inflación pasa a ser un estimulante del crecimiento en la medida en que aumenta el poder de compra de la población, a través de la ampliación del crédito, de la tendencia a estimular el aumento de salarios, facilitando la especulación de los más audaces y ofreciendo así los recursos para el crecimiento general de los negocios.
A partir de cierto nivel, sin embargo, la inflación comienza a invertir su sentido y pasa a ser un freno a la expansión del sistema:1°) al estimular los movimientos reivindicativos salariales, que provocan una inflación de los costos, o mejor, una baja en la tasa de lucro; 2°) al desorganizar la producción, que no puede planificar sus costos, y el capital necesario para la inversión; 3°) al favorecer la especulación a través de la formación de stocks con el objetivo de enriquecimiento utilizando las alzas sucesivas de precios; 4°) al desorganizar el aparato estatal y toda la vida social. A partir de cierto punto, los mecanismos inflacionarios se separan del aumento de la producción que los generó y pasan a tener independencia, llevando a una corriente alcista incontrolable; ésta es la hiperinflación, terror del sistema capitalista. En ella, la crisis asume una forma dramática, incontrolable; la ley de la selva del sistema capitalista, la competencia, pasa a regir en toda su plenitud, ¡sálvese quien pueda!
Una política antiinflacionista tiene por objeto restringir este mecanismo monetario independiente, y provoca, necesariamente, una baja en los negocios, antes de que esta caída se produzca anárquicamente, por culpa del ciclo económico. Reconocer la existencia del ciclo económico y desarrollar las técnicas de control fueron pasos decisivos de la teoría económica capitalista en el sentido de garantía provisoria de la supervivencia de este régimen económico. La primera fase de esta política es la deflación. En ella, el objetivo primordial es contener los mecanismos autopropulsores de la inflación. Invertir la tendencia psicológica a la inversión especulativa, al acaparamiento de los productos para ganar con el aumento de precios, a la expectativa de alza (a través de las compras a crédito y de distintas formas de financiamiento), a las reivindicaciones salariales. Se trata de lo que se llamó “inversión de expectativas”. La política de crédito es el mejor recurso con que el sistema capitalista cuenta para esto; a través de la restricción del crédito, desestimula la formación de stocks, los financiamientos abundantes, las expectativas de negocios fáciles. El otro instrumento que el régimen tiene que crear es la contención salarial. En este caso se trata básicamente de la capacidad política de la burguesía de desorganizar al movimiento sindical, o, por lo menos, contenerlo mediante su control. En esta primera fase, el estado capitalista tiene que cuidar el déficit del presupuesto provocado por los mecanismos
inflacionarios. Se trata de liquidar las formas de subvención al sector privado, que provocan déficit profundos. En el caso brasileño, se trata de las subvenciones cambiarias, que ya estaban siendo extinguidas a través de las “reformillas” cambiarias, al final del periodo del gobierno de Kubitschek y en el gobierno de Janio. Se trata de la reorganización de los servicios públicos deficitarios a través de una elevación de los precios de esos servicios, por un lado, y de su reorganización administrativa, por otro; se trata de la rebaja general de salarios del funcionalismo (cerca del 50% de los gastos de la Unión) y de los ingresos de los trabajadores no productivos, y, por último, del aumento de los impuestos. Como se ve, desde su primera fase la política de estabilización monetaria tiene un nítido contenido de clase. Se trata de detener el proceso inflacionario sin afectar las ganancias de la clase dominante, o por lo menos afectarlas en el mínimo posible. Le cabe a los asalariados y a los pequeños propietarios pagar el precio de la crisis del sistema de producción que vive explotándolos. En ese momento, dicha explotación se revela en toda su plenitud, se desnuda ante el pueblo. Es muy natural, por tanto, que ciertos sectores de la clase dominante y sus aliados traten de mistificar esta circunstancia, procurando hacerle creer al pueblo que la política de la estabilización no es una necesidad del sistema económico capitalista, sino que podría existir otra opción para el pueblo… a través del aumento de mercados, de los salarios y del desarrollo. Pese a su apariencia “izquierdista”, esas formulaciones no pasan de ser cortinas de humo para ocultarle al pueblo la esencia del régimen capitalista: la explotación del hombre por el hombre.
Es evidente que existe otra salida para la inflación. Sería la contención de los precios, la restricción de los lucros, el control de los stocks de productos esenciales para la economía popular y la eliminación de las subvenciones estatales a las empresas privadas. Esta política de tipo popular sería, sin embargo, tan depresiva como la otra, si no se completase con medidas de nacionalización de las empresas y con la planificación global de la economía. Pues esta política popular llevaría a la baja de la tasa de lucro y, por tanto, a la baja de las inversiones, lo que sólo podría evitarse con la implantación de una economía que no estuviese basada en el lucro, por tanto, una economía socialista.
En 1971, el gobierno de la Unidad Popular en Chile viene a demostrar esas tesis. El ha logrado paralizar la inflación en dos meses de gobierno a través de la contención de alzas de precios junto a un aumento general de salarios igual a la tasa de inflación del año anterior (34.9%). Se revela así no sólo la eficacia, sino el contenido de clase nítido de las políticas antiinflacionarias. Al mismo tiempo, se plantea el segundo aspecto sobre el que llamamos la atención. Esta política antiinflacionista a través de la restricción de las ganancias provocará una depresión si el gobierno no logra poner en práctica la política de nacionalizaciones que forma parte de su programa y los proyectos que ha enviado al Congreso y de las otras nacionalizaciones que tiene en vista. Las leyes económicas son inflexibles y las circunstancias históricas muy claras.
En 1973 se cumplieron estas previsiones hechas en 1971. Desgraciadamente la dirección económica de la U.P. cambió de manos al sustituirse el equipo dirigido por Pedro Vuscovic. Los compañeros que asumieron la dirección económica no comprendieron que se habían dado ya pasos decisivos para desorganizar el sistema de mercado e intentaron restablecer un sistema de precios “reales”. Se disminuyó el proceso expropiatorio de las empresas monopólicas y se vaciló durante más de un año en aceptar la intervención masiva en la circulación económica a través de la distribución racional de los productos (racionamiento) y de la reforma monetaria que expropiase los inmensos recursos financieros en manos de los capitalistas y especuladores. La inflación alcanzó en consecuencia índices incontrolables y empezó la depresión de la economía. Por más que algunos sectores* llamasen la atención para la cuenta regresiva que planteaba la situación hiperinflacionaria no hubo conciencia de la gravedad de la situación por parte de nuestros economistas cuya formación neokeynesiana y estructuralista rechazaba sistemáticamente considerar el carácter decisivo del fenómeno inflacionario.
Volvamos sin embargo al Brasil de 1964-66.
Antes de que la inflación alcance un nivel más violento, como sucedió en los últimos meses del gobierno de Goulart (cerca del 8% al mes), es posible controlarla sin provocar una aguda depresión; pero siempre ocurrirá alguna depresión, pues la inflación y expansión de los negocios están íntimamente ligados. Pretender, pues, que fuese posible controlar una inflación descontrolada (que estaba al borde de la hiperinflación) sin una caída general de los negocios, caída que la propia inflación ya no podía contener debido a los mecanismos que ya expusimos (en 1963, el crecimiento del PNB en Brasil fue del 2% ), es una afirmación vacía y demagógica. El hecho de que esta posición sea defendida por algunos sectores más perjudicados de la clase dominante y por sectores reformistas de izquierda muestra solamente que ellos pretenden mantener la crítica al actual gobierno y su política en un plano puramente aparente y superficial, sin atacar al propio régimen social que lo sustenta y sin buscar sus verdaderas explicaciones. Sólo hay, pues, dos opciones en la lucha antiinflacionaria:
* Véase mi artículo en Chile Hoy sobre “cómo detener la catástrofe que nos amenaza”, y el debate promovido por esta revista con el entonces Ministro de Finanzas, Orlando Millas.
estabilización monetaria con todos los efectos depresivos y la baja del nivel salarial, o política popular, que exige, para completarla, una planificación socialista.
Una segunda etapa de la política anticíclica es aquella en que se pasa a los mecanismos de depresión, esto es, la destrucción malthusiana de los sectores atrasados del sistema. Se precipitan las falencias de los sectores especulativos y de las firmas sin gran soporte financiero y de bajo nivel tecnológico. El poder del estado sobre la economía permite que, a través de la dosificación de créditos, financiamientos, etc., exista cierto control del nivel de la depresión. Este control es, sin embargo, relativo, pues cuanto menos intensa es la depresión, mayor es la duración de este periodo cíclico. La opción por un periodo corto de crisis aguda es bastante peligrosa, pues puede llevar a una pérdida del control de la economía y de la situación sociopolítica del país. Por otra parte, la opción por un periodo largo de depresión impide que sean extirpadas todas las trabas al desarrollo posterior (empresas atrasadas y especulativas) y desgasta el poder político de la clase dominante, minado por una crisis constante y por el descontento general. Cualquiera que sea el grado de desesperación social producido por la política de estabilización, ella lleva a una baja del nivel de precios de los bienes de capital y de las materias primas, a la concentración de capital, que se acumula en los bolsillos de los capitalistas y de los bancos, y crea condiciones para un nuevo ascenso económico basado en una concentración financiera y técnica superior.
La economía capitalista se vuelve a erguir así sobre las desilusiones, las desesperanzas, los crímenes, la prostitución y los cadáveres de los que mueren de hambre, para iniciar un nuevo periodo de desarrollo superior en el nivel tecnológico, financiero y empresarial. Durante esa segunda fase de la política de estabilización, que trata básicamente de reducir los costos y aumentar consecuentemente la tasa de lucro, es necesaria una rígida política de contención salarial -ya iniciada en la deflación- que se aprovecha especialmente de la baja del nivel reivindicativo de los trabajadores, pues muchos de ellos están cesantes y todos rodeados por el fantasma del desempleo y del hambre; su poder de negociación se hace bajo y favorece la disminución de los salarios. En Brasil, tal política cuenta con una desorganización sindical provocada por las intervenciones y por el control ministerial. El resultado general de la depresión es, pues, un aumento de la tasa de lucro y un estímulo a la reinversión: en el curso de este proceso serán eliminados los más débiles. Las restricciones del crédito favorecen relativamente a los grupos, que disponen de mayor base financiera, y eliminan a los pequeños y más débiles. El equilibrio del erario destruyó algunos privilegios estatales, como los de la Panair, Jafet, etc. (si bien creó otros, como la Consultec) y arruinó a gran parte de los pequeños especuladores, perjudicados también por la restricción del crédito. El mercado de capitales se fortalece con la gran cantidad de dinero líquido y la concentración financiera. Pero, como vimos, el desarrollo del capitalismo brasileño se realizó a través de la alianza con el capital extranjero, que pasó a dominar los sectores fundamentales de la
economía. Por otra parte, el desarrollo de la crisis, al fortalecer a los sectores financieramente más potentes, fortaleció al capital extranjero. Este obtiene, así, una concentración gigantesca de la actividad económica nacional en sus manos. Aunque sea falsa la afirmación de que la actual política económica es una imposición del imperialismo, pues está condicionada por las dificultades cíclicas del capitalismo brasileño, ella llevará inevitablemente al fortalecimiento del dominio imperialista sobre el capitalismo nacional.23 Esto ocasionará un mayorservilismo del capitalismo brasileño con respecto al norteamericano. Las contradicciones entre los intereses del desarrollo nacional y las limitaciones impuestas por el capital extranjero se expresarán, cada vez más, bajo la forma de una contradicción entre las clases trabajadoras (obreros, campesinos, asalariados urbanos, intelectuales, estudiantes, técnicos y científicos) y las clases dominantes en su conjunto (gran burguesía extranjera y nacional, y latifundistas). La lucha antiimperialista se expresará cada vez más como una lucha anticapitalista. Y la única opción que se podrá ofrecer al dominio imperialista será una economía socialista.
En el campo, los efectos de la crisis serán bastante particulares. Por el hecho de ya existir un vasto sector capitalista en el campo, y porque el sector precapitalista produce en gran parte, para el mercado, estando dominado por éste, la crisis afectará agudamente la economía rural. El primer efecto importante es la destrucción de gran parte de la economía capitalista atrasada, debido a la baja del consumo, que empequeñece el mercado y sólo permitirá sobrevivir a los productores con elevado nivel técnico. Esto significa el resurgimiento de las hordas emigrantes que caracterizaron los años de “éxodo rural”, por falta de perspectivas de empleo en el campo.”Una parte recurrirá a la economía de subsistencia, sobre todo donde las tierras fueron más abandonadas; otra parte luchará por obtener tierras por la fuerza25; otra parte se dedicará al bandolerismo; otra irá a constituir las “favelas” urbanas, otra parte (sobre todo los niños y viejos) perecerá, simplemente.26
23 En su testimonio a la Comisión Parlamentaria de inquisición destinada a investigar las transacciones efectuadas entre empresas
nacionales y extranjeras, que analizó en 1968 estos problemas, Roberto Campos, el responsable de la política de estabilización del gobierno de Castelo Branco (justamente el periodo más rígido de la política), casi ha repetido las palabras que usamos en este libro, pero dentro de otro contexto valorativo. Con el cinismo que le es peculiar, él ha declarado a los diputados que idealísticamente querían defender las empresas nacionales frente al capital internacional; “Obviamente el mundo [el declarante no ha explicado que se trata de su mundo: el capitalista] es desigual. Hay quien nace inteligente y hay quien nace tonto, hay quien nace atleta y hay quien nace cojo. El mundo se compone de pequeñas y grandes empresas. Unas mueren temprano, en el primer año de su vida, otras se arrastran criminalmente por una larga existencia inútil. Hay una desigualdad básica fundamental en la naturaleza humana, en la condición de las cosas. De eso no se excluye el mecanismo de crédito. Postular que las empresas nacionales deben tener el mismo acceso que las empresas extranjeras al crédito extranjero es simplemente desconocer las realidades básicas de la economía”.
El efecto general de esta devastación será el abaratamiento aún mayor de la mano de obra agrícola, el desmantelamiento de gran parte del sector capitalista atrasado y la aparición de condiciones favorables a la ampliación del sector capitalista en el campo. Pero la propiedad latifundista continuara existiendo. Ella limitará nuevamente la expansión de la producción capitalista, atenuará gran parte de los efectos de las crisis favorables para el desarrollo capitalista, manteniendo mano de obra en actividades de subsistencia. En realidad, la propiedad latifundista se volverá un impedimento mayor aún en la solución del problema agrario brasileño; la cuestión de la revolución agraria volverá con mayor fuerza aún.
El análisis que realizamos en 1966 se cumplió en Brasil: entre 1968 y 1973 se realizó un “milagro económico” que parecía una arrancada incontenible para la afirmación del capitalismo. Sin embargo, en 1974 ya se presentaban las señales de una nueva crisis que demostraban los límites del capitalismo dependiente. La aplicación de políticas estabilizadoras similares a la brasileña en otros países bajo dictadura en Latinoamérica ha provocado otra vez las mismas confusiones entre nuestros economistas de izquierda con formación estructuralista y no marxista. En el caso de Chile se produce hoy día una reacción a estas interpretaciones equivocadas de la política de estabilización monetaria.*