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Ya se ha visto cómo Jaramillo Agudelo configura a varios de los personajes de Cartas cruzadas con rasgos que se desprenden del arquetipo del héroe de las novelas románticas del siglo XVIII; sin embargo, llega un momento del relato en el que Luis rompe con todo ello y, de paso, genera un quiebre neurálgico en las relaciones, también románticas, que se habían tejido a su alrededor. Entonces, la intimidad —que es el blanco donde impacta el golpe que él produce con sus acciones y que era el pilar de su amor con Raquel y de su amistad con Esteban— se desmorona y deja a todos a su alrededor completamente descolocados de su propia vida, de su día a día, de su cotidianidad y sus relaciones quedan abocadas a un fin en el que “todas las pasiones acaban como una tragedia” (en Rougemont, 224), como bien lo había sentenciado el poeta romántico Novalis.

Tragedia es una palabra que para este caso adquiere la connotación de aquello irreparable, de lo que no tiene marcha atrás una vez se ha iniciado, y en Cartas cruzadas sí que es tangible, puesto que las grietas que se abren a partir de la coincidencia de dos momentos críticos en la vida de Luis, a saber, el florecimiento en él de una espina de celos y codicia, y los coqueteos con el dinero fácil del narcotráfico, van surcando toda la estructura sobre la que estaba cimentada su vida, hasta que logran romper todo definitivamente. Por eso es que la pregunta que va abriéndose espacio en la mente del lector no puede ser otra que: “¿Qué le pasó a Luis?”, puesto que desde el primer fragmento de la carta de Raquel ella anuncia que llegó un momento en el que ya no se amaban, pero, claro, las claves de la respuesta se van encontrando a medida que se avanza en el desarrollo de la trama y del conflicto, que no sucede linealmente, sino por medio de puntos de suspenso y acontecimientos que permiten establecer una simultaneidad entre el “fracaso” de la época en la que se desarrolla la vida de los actores de esta historia y el fracaso del proyecto existencial que habían ido trazado para sí mismos. En otras palabras, es posible afirmar que el fracaso del amor de Luis y Raquel y de la amistad de Luis y Esteban está asociado al fracaso del tiempo en el que vivieron.

Es ahí donde la destreza narrativa de Jaramillo Agudelo sale a relucir para incorporar de a poco el mundo exterior y el de lo público a ese vasto mundo interior que Luis y Esteban, las dos voces centrales de esta novela, habían construido, y a ese otro privilegiadamente privado que habían salvaguardado Luis y Raquel. Para lograrlo, se basa en el panorama y en el ambiente general que se respiraba en la Colombia de los años setenta y ochenta, pero con la clara intención de no convertirse en una novela histórica que refiera a fechas, nombres y acontecimientos reales y precisos, sino que conserva un pie anclado en el siglo XVIII y el que reposa sobre el XX permanece firme en la ficción a pesar de estar pisando el terreno de la realidad.

Una amalgama de vicios y apetitos

El primer momento en que brota en Luis un rescoldo de codicia tiene lugar en Nueva York, durante la temporada en que cursa sus estudios de doctorado en literatura, gracias a una beca por cuatro años que le da la universidad bogotana en la que trabaja, a condición de que a su regreso siga vinculado laboralmente y por ocho años con ella. Allá, Raquel y Luis pasan una temporada feliz, amándose e inmersos en la tranquilidad de la intimidad que continúan construyendo como pareja, tranquilidad que también estaba dada por el cheque mensual que les enviaba la universidad desde Colombia y que complementaba la ayuda, la compañía y el afecto de Claudia, Boris y Juana, que vivían allá desde mucho antes. Sin embargo, será con la segunda22 visita que les hace Esteban, el 5 de agosto del 76, cuando comienzan a cambiar las prioridades de Luis, pues Esteban llega a la Gran Manzana a firmar un contrato con unos empresarios estadounidenses por encargo de sus hermanos, que eran quienes realmente manejaban los negocios de la familia, a pesar de que él era el presidente de la junta y el mayor accionista23. Por eso, sus hermanos le aseguran el hospedaje en el Hotel

22 Ese viaje contrasta significativamente con el primero que había hecho Esteban, en el invierno del 75, y que se caracterizó por una estancia sosegada en la que sus amigos habitantes de Nueva York le entregan todo el afecto del que son capaces porque él ha llegado casi acabado por el desamor de Carlota.

23 Podría parecer contradictorio el hecho de que sea Esteban quien cargue con la responsabilidad de los principales negocios de su familia, cuando era a quien menos le importaban por su forma de vida. Pues bien, este hecho se deriva del momento en que mueren sus padres, un episodio del todo doloroso y que le da pie para devolverse en el tiempo y recordar que en su infancia y adolescencia careció de todo el afecto que necesitaba.

Esteban se refiere a sus padres como “esos seres que tanto quise querer. Es posible que la voluntad de amar sin conseguirlo no sea otra cosa que el rencor. De no poderlos querer, los detesto, me exasperan” (118).

Plaza, con todos los lujos dignos de un magnate, aunque él consagra su viaje al “Club de esperadores de Esteban” (252), como denominó Claudia a ese círculo familiar y de amigos —conformado por Luis, Raquel, Juana, Boris y ella misma— que vivía en Nueva York y esperaba siempre con ansias su regreso.

Por esa visita, Luis tiene la oportunidad de asomarse a un mundo de lujos que le era del todo desconocido. Amanece con Raquel un día en uno de los cuartos de la habitación de Esteban, con un mesero que les lleva un suculento desayuno a la cama y un gran ventanal con la luz del verano sobre el Central Park. Acompaña a Esteban al edifico Pan Am, en el que sobresale “un tapete donde se te hunde el zapato, paredes enchapadas en madera con cuadros donde lo primero que ves es la firma del pintor. En la sala a donde Luis acompañó a Esteban a su diligencia colgaba un Van Gogh” (255). Después, se van todos de paseo en una limusina que los socios del nuevo negocio de la familia de Esteban le facilitan y “que se desplazaba majestuosa, todos abriéndole paso como a un dios. Y lo era, como símbolo del dinero y del poder” (256). Van a un restaurante francés ubicado sobre la Quinta Avenida,

Esto se debía a que Esteban tenía tres hermanos mayores; uno de ellos ya estaba casado y los otros dos estudiaban en Estados Unidos y el que le seguía en edad era dieciocho años mayor; lo cual le siembra la duda de si nació por las convicciones católicas de sus padres o si fue por la dificultad de conseguir un aborto en Medellín, en el año de 1946. Lo cierto es que fue abandonado a las sirvientas de la mansión en la que vivía, pues ellos eran unos millonarios que mientras viajaban no le dejaban ni siquiera con qué comer. Esteban nunca contaba para ellos ni ellos con él, lo que lo llevó a “desconfiar del mundo y a no creer en los valores que representaba públicamente un triunfador en los negocios como mi padre, ese patricio que detesta a su hijo menor en los escasos momentos de su vida en que se le ha cruzado en el camino” (85).

Los sentimientos por su madre no eran ni un ápice mejores, pues cuando ella muere, él mismo confiesa derramar un “miserable llanto de lástima por mí, por haber perdido para siempre la esperanza de establecer una relación de cercanía que esa mujer engreída y elegante impidió toda la vida, desde cuando yo tenía la precaria memoria de un niño con pesadillas, con miedo a la oscuridad, que no puede recurrir a nadie porque la madre está de viaje o ahí, pero remota, aunque habite en la misma casa” (121).

Es en ese contexto en el que surge su amistad con Luis, de quien “muy niños todavía, —cuenta— llegué a heredar sus pantalones y sus camisas porque mi madre se olvidaba de renovar mi vestuario y yo no tenía qué ponerme. Y esto no ocurrió más tarde por la simple razón de que yo crecí y él se quedó enano y su ropa no me servía”(290). Entonces, doña Gabriela, la madre de Luis, suple con su cariño y sus deliciosas comidas algunos de los vacíos de él.

Y es ese escenario en el que se forma Esteban y que lo lleva a subrayar que el único motivo por el que no odia del todo a sus padres es porque le dejaban la casa sola, con todo y servidumbre, para oír su música a todo volumen.

Así, se hace evidente que él resulta ser el más favorecido en el testamento no por ser el hijo menor y consentido, sino porque tras caer enfermo su padre, la madre, presintiendo que él va a morir, amanece muerta un buen día, y es Esteban quien, en la clínica, le cuenta a su padre que ella ha muerto primero. De ahí, él asegura tener “la certeza de que esta preferencia se debía a que yo le había dado la noticia de la muerte de mi madre. Era su agradecimiento póstumo y yo debí haber sonreído” (125). Esteban también cree haber salido privilegiado en el testamento porque su padre habría admitido “en un último gesto, que mi independencia era una actitud más digna que el servilismo de mis hermanos” (125).

por invitación de Esteban, que intenta pagar la cuenta con una tarjeta de color dorado que le entregaron en la oficina de sus hermanos, pero que pronto le devuelven porque, como la limusina, era una invitación de los gestores del negocio.

Entonces, Esteban empieza a satisfacer los deseos de todos y a compartir con sus amigos esas excentricidades a las que ni siquiera él mismo estaba acostumbrado por su vida de comentarista deportivo radial en Medellín. Además, les hace a todos costosos regalos acordes con los gustos y necesidades de cada uno y tiene atenciones que incluso había anticipado en su carta a Luis del 10 de julio del 76, en la que unos días antes de viajar le confiesa que está feliz de embarcarse rumbo a Nueva York, donde gastaría solamente la mañana del viernes en los trámites de la firma del contrato, pero que dispondría del resto del fin de semana para ellos: “[…]todo mi tiempo es tuyo. Toma el que puedas para nosotros y compártelo con Claudia” (278). Es más, en un legítimo gesto de afecto y añoranza por compartir de nuevo con Luis, le cuenta que les aceptó a sus hermanos esas circunstancias tan hoteleras y tan jet set pensando en “la caminada que nos vamos a dar en la mañana del sábado. Ojalá la extravagancia que inventé para la noche del jueves se pueda cumplir. Depende de los compromisos que tengan los miembros de la colonia que mi corazón instaló en Nueva York” (278). Y es que ese tipo de vida era tan ajena a todos que él mismo la señala como “una extravagancia” en la que ejerce como “Papá Noel de verano”, como ellos mismos lo denominan.

La primera en recibir regalos es Raquel. Después de la comida francesa, van todos en limusina a un almacén especializado en productos fotográficos, con la excusa de comprar un flash que le han solicitado desde Medellín, pero en realidad él, que era precisamente quien le había dado la idea de dedicarse a la fotografía, empieza a tomar nota mental de cada uno de los implementos y lentes que llaman la atención de Raquel, descarta rápidamente el supuesto encargo y paga con su tarjeta dorada la pequeña fortuna de los deseos de Raquel. Al otro día sigue con Luis, a quien le regala ropa y libros, a Juana le obsequia un reloj pues el que tenía había sufrido una avería y a Claudia le da discos y la manera de comprar la bicicleta que Boris llevaba varios meses soñando.

produce de un modo ambiguo, aparentemente gradual e inexplicable, una profunda fractura en el temperamento de Luis y en su relación con él. Justamente la primera evidencia de que se ha abierto una fisura entre ellos sucede después de la travesía en limusina por las calles de Manhattan y del final de la comida, cuando Luis ve, por primera vez, que Esteban tiene la capacidad de darse gustos y lujos con los que él ni siquiera había soñado; por eso, se le oye lanzar al aire una pregunta que resulta del todo significativa: “¿Es este Esteban?” (257). El sentido de la pregunta era, sin duda, subrayar y hacer evidente el aparente desconocimiento de Luis frente a un ser que no se parecía del todo a su amigo de toda la vida, pero que, en realidad, según el relato, es exactamente la misma persona jovial, amorosa y espontánea de siempre, tanto con Luis como con los demás, sólo que en esa oportunidad y justamente por el motivo del viaje se da a sí mismo y a sus amigos una excursión de millonario que no pasa de ser una aventura completamente ocasional, pero que, inesperadamente, hace que se abra una grieta entre ellos y nazca en Luis una repentina preocupación y un deseo por tener dinero. Raquel recuerda en su carta los días posteriores así:

[…]despertó en Luis una actitud que yo desconocía, que aún hoy creo que él mismo ignoraba de sí mismo. […] A partir de esa noche te quedará un rictus en la boca, empezarás a amar el dinero o la gimnasia, anclarás de una manera imperceptiblemente distinta en la realidad. […] Luis se volvió codicioso. El dinero se convirtió en algo suma e inesperadamente esencial en la vida. Y en la medida en que el asunto tomó importancia para él, también cobró más frecuencia como tema de nuestras conversaciones o de esas divagaciones en voz alta que hace un enamorado en presencia del otro. El dinero. (259)

El punto de quiebre que produce ese nuevo e inusitado deseo de riqueza en Luis parece quedar extrañamente latente y de un cierto modo adormilado por unos cuatro años completos, pues es hasta finales de mayo del 80 cuando verdaderamente encuentra el modo de cosechar una fortuna, que ha empezado a anhelar desde el momento en que contempla las posibilidades que da el dinero en nada más y nada menos que Esteban, que era su igual, su referente, aquel con quien compartía su intimidad, su vida, su humor, sus intereses literarios, su necesidad de poesía. Y al notar esa única diferencia entre ambos, parece como si en la mente de Luis los platillos de la balanza en los que se encontraba la vida de cada uno quedaran repentinamente a desnivel, pues ese dinero que le sobra a Esteban, y que ni siquiera hacía parte de los puntos de referencia con los que Luis lo miraba y se miraba, se convierte en una carencia enorme para él. Es como si brotara un sentido de inferioridad que

le hiciera preguntarse silenciosamente qué estaba haciendo con su vida. Sin embargo, pasarán cuatro años, un remolino de acontecimientos y cartas virulentas entre ellos para que el mismo Luis reconozca durante una conversación con Raquel, el martes 19 de diciembre de 1980, que fue precisamente durante esa temporada neoyorquina cuando se dio cuenta de que era “miserablemente pobre” (419). Ella recuerda en su carta del 83 el episodio así:

Nosotros éramos dos seres anodinos del tercer mundo que llegaban y, por una especie de capricho, una universidad nos prestaba un espacio donde vivir y otra universidad nos enviaba un cheque mensual. Dependíamos de la nada, mientras alrededor mandaba el dinero. Un poder explícito. A unos minutos estaban los apartamentos más lujosos que cupiera imaginar, las obras de arte, la ropa, un mundo inaccesible donde yo no existía. Ni siquiera existíamos para integrar esa modesta clase media de Nueva York, que ahorra para el gran espectáculo, o para una temporada en Puerto Rico, o para comprarse un abrigo costoso. Ni siquiera éramos eso. Y al regresar aquí, por razón de vivir adentro —pero en la orilla— de la capital del mundo, yo debía varios años de mi vida o un rescate millonario. Y miraba a mi alrededor a la gente de 35 años que conozco. Esteban nació rico y es mucho más rico de lo que él mismo admite. Moisés, el marido de mi hermana, ya hizo plata. Los más cercanos con dinero y yo con mi vida hipotecada, pagando un arrendamiento y sin más perspectivas de viajes que congresos académicos en pueblos del medio oeste o en pequeñas ciudades de México. (419)

Su descripción y su manera de asumir esa condición de pobreza empieza a adquirir la forma de un defecto tan supuestamente notorio y problemático para sí mismo, que, aunque en principio lo vive más bien calladamente, se va tornando poco a poco en algo humillante, vergonzoso y a tal punto inaceptable, que pierde la objetividad sobre ese único punto de su vida que le hacía sentirse inferior. Luego, el relato, tanto del diario de Esteban, como de la carta de Raquel, muestra cómo esa semilla de codicia que se había sembrado en él trastoca su sistema de valores de una manera tan radical que empieza a otorgarle al dinero el sentido de un valor fundamental por el que se va olvidando de los ejes esenciales sobre los que había orbitado verdaderamente toda su vida, a saber: la poesía, el amor y la amistad, pilares que también compartía con Esteban y que no se entiende cómo es que la contemplación del dinero le hace perderlos de vista y tomar ese aspecto tan marginal en la vida real de su amigo como un referente, según lo revela ese diálogo con Raquel y, además, incluir a Pelusa, un ser tan ajeno a sí y a su círculo de lealtades, como un nuevo espejo de su propia existencia.

Por eso mismo es que la nueva sed de dinero de Luis afectará en principio solamente su amistad con Esteban, aunque de manera momentánea, pues la espina que había empezado a brotar en Luis desde la noche en que pregunta “¿Es este Esteban?” (257) necesariamente detona su afilada punta en él, quien a su regreso de Nueva York recibe una carta de Luis cargada de un veneno tan letal que bien habría podido acabar con el afecto de Esteban. Sin embargo, esa misiva del martes 2 de noviembre de 1976 —dos días después del cumpleaños de Esteban— no se abre con una lista de reclamos o improperios para Esteban, sino que, curiosamente, se inaugura con la mención por primera y única vez en las acostumbradas epístolas íntimas de un acontecimiento del mundo exterior; es decir, de la vida pública y, además, salido de la realidad: la matanza de Munich24, a la que se refiere como un “acontecimiento aislado de brutalidad humana. Sin interpretaciones, que todas caben. Como

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