PROSAÍSMO Y GÉNEROS ÍNTIMOS:
ENTRE EL DISCURSO ROMÁNTICO Y UNA IMAGEN DE NACIÓN UNA LECTURA DE CA R T A S C R U Z A D A S, DE DARÍO JARAMILLO AGUDELO
MELISSA SERRATO RAMÍREZ
Requisito parcial para optar al título de: Magíster en Literatura
Director de la investigación ÓSCAR TORRES DUQUE
Maestría en Literatura Facultad de Ciencias Sociales Pontificia Universidad Javeriana
No puedo dejar de manifestar mis más sinceros agradecimientos a Óscar Torres Duque, porque más que director de este trabajo o asesor de esporádicos, teóricos y académicos encuentros, fue un amigo en estos meses de conversaciones y discusiones, de muchos miércoles a las ocho de la mañana.
ÍNDICE
Introducción ... 4
Capítulo I - Inicios poéticos: un mundo, un país, una generación, varios nombres y un mismo desencanto ... 8
Capítulo II - Cartas cruzadas y su estructura epistolar: entre romanticismo y contemporaneidad ... 52
Capítulo III - El fracaso de un amor, una amistad y una nación ... 121
Conclusiones ... 163
Anexos ... 167
Obras citadas ... 174
INTRODUCCIÓN
La gente no perdía el tiempo, se aferraba a unas pocas casualidades y fundaba sobre ellas su existencia.
Paolo Giordano, L a so led a d d e lo s n ú m ero s p rim o s
¿Tierno el amor? Es harto duro, harto áspero y violento, y se clava como espina.
William Shakespeare, R o m ero y Ju lieta
Cuando trato de hacer memoria acerca del origen de mi interés por la novela Cartas cruzadas
(1995), del narrador y poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo se me aparece inevitablemente el recuerdo de una cierta emoción y fascinación por una historia que me sacudió no sólo la cabeza, sino también la piel. Y esa sensación, me lleva pronto a las páginas de Con la literatura en el cuerpo, del escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez, donde sostiene que todo lo que “uno sabe, aprende, olvida o crea, pasa por nuestro cuerpo. [Así] [n]o somos ideas sino cuerpos con ideas. Y por lo tanto no hay ideas que no vengan a nosotros cargadas de afectos” (17). Ese breve trayecto me lleva a concluir que la manera más precisa de describir la genealogía de las páginas que siguen es con el nombre de: “ideas cargadas de afectos”. Ideas que detonaron desde la primera lectura de la novela hace ya unos diez años, y que, confieso, sin pudor ni vergüenza, no me surgieron del análisis racional y concienzudo sino del goce entrañable y el feliz disfrute que me producía la lectura de la obra. Ideas que, intuyo, surgieron de una íntima y evidente sensación de afinidad y empatía con los temas de los que se ocupa el relato y de la forma en que su autor los aborda. Ideas que quedaron contaminadas de esa sensación de emoción que invade la piel ante la descripción de una imagen conmovedora o contundente que se fija en la mente. Ideas que revolotearon sin mayores pretensiones por mi cabeza de lectora entusiasmada.
páginas. Entonces, por tratarse de una obra extensa, decidí hacer durante la segunda lectura, lo que yo misma llamé, unos Rastreos de lectura; es decir, un compendio de los fragmentos más destacados de la novela y que clasifiqué por temas y voces, y que intuía que al momento de la escritura de la tesis, me resultarían muy útiles en términos de guía. Así, a medida que iba leyendo, iba creando categorías1 y transcribiendo apartes que fueran descriptivos de ellas; por ejemplo, hay una categoría denominada “Amor entre otros personajes”, que se refiere a otras visiones que proponen personajes diferentes de los protagónicos sobre el amor; entonces, allí se encuentra una cita de una mujer cuyo pseudónimo es Carlota, que según el relato del diario de Esteban, uno de los protagonistas, dice en la página 228: “Este abrazo —me dijo al llegar— es lo más parecido al amor que he sentido en muchos años”.
El primer filtro que me sirvió para el estudio de la novela fue la definición y delimitación de qué era lo que más me atraía de la historia, para que ese fuera el punto sobre el que gravitara el estudio. Encontrar la respuesta no me llevó mucho tiempo, pues siempre me ha interesado pensar en la importancia, el peso y la resonancia que tiene el terreno de los afectos en la vida cotidiana, un campo del que los estudios literarios se han nutrido no sólo por la muy fértil materia prima con la que cuentan, pues, sin duda, el tema del amor y el erotismo ha ocupado a filósofos, trovadores, escritores y poetas desde que tenemos noticia del hombre, sino también porque los teóricos y críticos se han interesado en estudiar el tema amoroso que resulta cada vez más marginal en la sociedad contemporánea. Esos elementoshacían de Cartas cruzadas una novela muy interesante para un estudio crítico, pues ella aborda los movimientos del corazón con una suerte de prosaísmo; es decir, en su
construcción diaria desde dos planos: la amistad y el amor de pareja sin elevadas sublimaciones y atados a un contexto específico: la Colombia de los años setenta y ochenta. Eso hacía posible elaborar una aproximación a la obra desde el contexto en el que había sido creada, asumiéndola no como un cúmulo de páginas surgidas por azar y huérfanas de identidad e historia, sino como una producción literaria que respondía a unos antecedentes tanto de su época como de su creador.
A ello se sumaba que su estructura estaba soportada sobre la base de dos géneros íntimos: la carta y el diario, que también han ocupado ampliamente a los críticos literarios, en la medida en que resultan particularmente atractivos por la significación que tiene el hecho de que al ser escritos en primera persona exploran las honduras del ser humano de una manera honesta y sin máscaras. Sin embargo, resultaba muy interesante y curioso que siendo una novela contemporánea, apelara a esos géneros que habían tenido su apogeo en el siglo XVIII, justo cuando el romanticismo se había impuesto con su renovadora visión del individualismo en un rescate de la subjetividad y el humanismo, y donde la poesía había tenido un lugar central, no sólo como producción, sino como valor vital. Todo ello también coincidía simétricamente con la configuración axiológica y emocional de los principales personajes de Cartas cruzadas, convirtiéndola así, a mis ojos, en un rica novela con tantos y tan significativos entrecruzamientos que era inevitable caer en la tentación de estudiarla.
entorno inmediato, terminan contaminados de toda la mácula que significó la irrupción del narcotráfico en la Colombia de finales de los años setenta y principios de los ochenta.
Por último y casi como una consecuencia de los lentes con los que desde el principio se leyó la novela, estas páginas terminaron identificando también la mirada crítica del entorno que lanza Cartas cruzadas, que fue finalista del Rómulo Gallegos en 1997, con un sentido sociohistórico que retrata el país en el que viven sus protagonistas y cuyas circunstancias explican en qué medida el desastre y el fracaso de las relaciones amorosas que aborda está estrechamente ligado con el derrumbamiento de una generación y con lo difícil que puede ser amar en un ambiente del todo hostil y que privilegia cualquier cosa antes que las relaciones afectivas.
CAPÍTULO I
INICIOS POÉTICOS: UN MUNDO, UN PAÍS, UNA GENERACIÓN, VARIOS NOMBRES Y UN MISMO DESENCANTO
Darío Jaramillo Agudelo no es un poeta al que se le da bien escribir novelas, sino que, al igual que Virginia Woolf, entiende que el único género literario es la poesía. Así lo confesó en Historia de una pasión, donde sostiene que “la poesía convierte en literatura a la novela o al texto para televisión, a la nota bibliográfica o a la crónica. La virtualidad de la palabra escrita para cortarnos la respiración, para hacernos parpadear de la sorpresa, para exorcizarnos, para sonreírnos hacia adentro, esa palabra que está en el poema, en el relato, en el anuncio publicitario o en el cine” (1999, 16).
Esa es la razón por la que a su prosa la anteceden y la invaden la experiencia y la disposición de contar la vida en los versos y de testimoniar o exorcizar en ellos los recuerdos, los desgarramientos, el vacío y la desesperanza que van dejando los años. Basta dar una mirada transversal a su obra, que combina la narrativa y la poesía, para darse cuenta de que una no excluye a la otra y que más bien la prosa está cargada de poesía, pues desde que se inició en la escritura de versos con el libro Historias, de 1974, y hasta Sólo el azar, del 2011, nunca la ha abandonado. Incluso, una buena parte de su obra poética ha tenido como tema y como objeto a la poesía misma y a él cuestionándose sobre su oficio de poeta.
La poesía en su sentido más amplio y desaforado, la ebriedad sin tiempo de una boca amada, el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de tu procesador de datos, un atardecer, un gol, un sorbete de curuba, una voz familiar; Mozart, entender una cosa nueva, una crema de ostras, el galope de un caballo, en fin, tantas cosas que son la poesía en su más amplio sentido. Y luego, […] la pasión por la poesía en su sentido más restringido, o sea la capacidad de alucinar con la palabra escrita. (1999, 15)
Así, sin mitificaciones, logra una mirada desacralizada que se aleja de pomposas construcciones verbales y artificios retóricos, que evade completamente los marcos, los hermetismos y los convencionalismos; con una postura que sugiere una desbordada pasión por la creación poética y por la prosa de la vida, con una actitud que revela el gozo otorgado por la saciedad en el verso, con el júbilo en el que se complace gracias a la música de las palabras, con el renovado éxtasis y la frescura que le brinda el descubrimiento y la visión de nuevas percepciones y el desarreglo de los sentidos ante la sorpresa de lo común. Son todas esas las resonancias que recuerdan la estética y las formas románticas, y que han hecho que Jaramillo Agudelo se ocupe más bien de los engranajes, los instantes, los preludios, los líos y los quiebres de la vida. Esos son en esencia los motivos por los que en sus versos se ve pasar la cotidianidad, ese trascurrir sin mayúsculas repleto de eventos triviales que podrían ser despreciados por su aparente vacuidad, pero que se redimen en la experiencia de la existencia, que para él mismo no está fragmentada en grandes y pequeños acontecimientos, sino que se va derogando… “Los días que uno tras otro son la vida” (en Serrato Ramírez, 2007, 109), dijo una vez citando a Aurelio Arturo. Tal vez por esa postura que tiene frente al mundo es que sabe encontrar para sus obras la hondura desde esos rescoldos que atañen entrañablemente al lector; por eso, comulga con ellos y los hace sentir partícipes, cómplices y protagonistas de lo que cuenta y lo que aborda.
anclados en las más desoladoras realidades. En otras palabras, se podría decir que lo prosaico de su poesía es el germen que lo lleva al prosista de sus novelas.
María Mercedes Carranza, la también poeta y miembro de la generación de Jaramillo Agudelo, explica que la raíz del prosaísmo de este poeta se encuentra en que su “lenguaje sugiere más que significa y [que] su empeño está en proponer sensaciones más que imágenes: dentro de este grupo de escritores [los posteriores al Nadaísmo] es el único que está consciente de que la imagen debe estar al servicio de la poesía y no en forma contraria” (1988, 258). Y añade que la manifestación más clara de ese sendero por el que Jaramillo transita deliberadamente en sus dos primeros libros2 de poesía:
Historias, de 1974, y Tratado de retórica –o de la necesidad de la poesía–, de 1978, es que se vale “de recursos linguísticos que corresponden a retóricas diferentes —un lugar común, una frase hecha, un verso ajeno, un aire de bolero—[…]. Esta ambigüedad entre lo ya dicho y el sentido decididamente poético que le confiere Jaramillo al insertarlo en el poema, propicia una suma de aperturas que permiten más de un nivel de lectura” (258).
Esos múltiples niveles de lectura que señala Carranza están dados además por el contexto en el que fueron escritos estos dos libros; es decir, por los procesos políticos, sociales y culturales que se gestaron desde la posguerra y que derivaron en una serie de acontecimientos definitivos en el mundo, en América Latina y, por supuesto, en Colombia. Eso significa que para la lectura y el estudio de los poemas y las novelas de Jaramillo Agudelo, no se puede considerar a la segunda mitad del siglo XX solamente como un telón de fondo aislado, porque ciertamente existe una estrecha relación entre el contexto y sus obras.
Ahora bien, eso no implica que sus libros de poemas y sus novelas sean marcos referenciales de los acontecimientos de la época ni tampoco lienzos en los que las imágenes de los versos la evocaran; en otras palabras, no le interesa al poeta hacer alusiones directas ni calcos de aquellos hechos de los que estaba siendo testigo por entonces, pero sí es
indudable que sus creaciones quedaron profundamente impregnadas del aire que se respiraba en ese mundo convulsionado y que no correspondía en ninguna medida con el proyecto de la modernidad, según el cual el ser humano confiaba de manera optimista en su propio progreso. En ese sentido, Jaramillo Agudelo escribía en su poema “Biografía imaginaria de Marcel Schowb”, del año 74: “[…]la pestilencia de nuestro propio aliento, ese opaco pasado lleno de buenas intenciones” (20083, 235). Es así, con desazón y tono amargo como se refiere a la pesadumbre que le producía para entonces hacer parte de un mundo que desde entonces sabía —o intuía— quebrado, fragmentado, sin rumbo y con un cierto tufo fétido.
Cuando yo tenía veinte años, creía que en mi generación éramos como Adán —en ese momento en que fue como un vuelco en la historia reciente de la cultura, de esos años 60—; entonces, eso nos llevaba a pensar: “Vamos a poder inaugurar el mundo, que la gente de nuestra generación sean gobernantes honestos”. Y resulta que si yo hacía un balance en el año 2000 de la gente de mi generación que había gobernado países, era la generación más corrupta de todas las que había habido. Entonces uno miraba a Colombia y los presidentes de la edad mía y todo era podrido, si miraba para México o para Brasil o para Argentina, todos los tipos de la edad mía que han gobernado son unos ascos de tipos. En Estados Unidos, igual. Los niños de paz y amor y los desplazados de Vietnam, treinta años después, eran los empresarios de las guerras en Irak. Unos ascos de individuos. ¡No inventamos nada! Eso lo conduce a uno a un escepticismo sobre la consistencia de la moral humana. No es sólo por juzgar a los demás y sentarme en un pedestal a juzgarlos, sino que todo eso que yo observo es parte de la misma bosta de la que yo estoy hecho. El escepticismo termina siendo como una etiqueta que uno le pone a eso. (en Serrato Ramírez, 2007, 116)
Y es que cuando se tienen en cuenta las obras de Jaramillo Agudelo y su contexto, se adquieren unos lentes que amplían su sentido literario no sólo en términos de la dimensión espacio-temporal que abordan, sino que permiten ver cómo sus producciones no fueron surgiendo de modo desarticulado, sino que, a manera de eslabones, le dieron forma a una obra consistente y, sobre todo, con una gran coherencia entre los dos primeros libros de poemas y la novela Cartas cruzadas, que aquí se estudia. Precisamente, en ella no sólo aparece esa generación de hombres y mujeres que en la adolescencia quisieron liberarse del autoritarismo y las costumbres arcaicas con un tono vital de insurgencia o con la pasividad
de vivir en un mundo que a fuerza de la ola generalizada de transgresiones no requería muchos esfuerzos para hacer y deshacer al parecer propio, sino que esos mismos personajes también aparecen convertidos, veinte años después, en la encarnación misma de eso contra lo que tanto lucharon, porque, entre otras cosas, hipotecaron su vida a las más bajas ansias de poder y dinero; es decir, al deseo burgués más básico de tener para ostentar. Y en ese escenario, el surgimiento del narcotráfico en Colombia fue el concomitante propicio y perfecto para que muchos enfermaran y enloquecieran de codicia.
Por eso es que se hace fundamental comprender el clima de la época, más precisamente de las tres primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, que tuvo muchos y muy álgidos sucesos (ver Anexo Nº. 1) y que fueron dejando huellas profundas en las generaciones vivas, tanto en la forma de comprender el mundo como en la de relacionarse con él. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y las devastadoras bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, los conflictos bélicos, en vez de extinguirse, se agudizaron con la Guerra fría y la polarización del mundo generó guerras sangrientas como la de Corea y la de Vietnam. Y como si la lección no hubiera quedado bien aprendida, en 1962 se vive la crisis de los misiles en Cuba, con lo que se hizo evidente, una vez más, que independientemente de las justificaciones con las que los bloques o los países soportaran sus carreras armamentistas, el deseo de tener armas potentes, sofisticadas, precisas y de altísimo alcance era una demostración de la sevicia y la capacidad autodestructiva del hombre.
Simultáneamente tuvo lugar la Revolución cultural China, Latinoamérica fue quedando sometida a varias dictaduras militares, Cuba armó su propia revolución y logró un eco tan grande que no hubo rincón del mundo que no se enterara de que la isla se había declarado socialista. En Colombia se demostró con el Frente Nacional que la conquista del poder político no tenía ninguna relación con un propósito social sino que, más bien, era una forma de corrupción disfrazada de legitimidad y consenso para posicionar y mantener a los partidos políticos tradicionales.
un mundo equitativo y libre con la promulgación de leyes como las de la segregación racial en Sudáfrica. Adicionalmente, las ciudades empezaron a crecer exponencialmente porque los habitantes del campo encontraron mejores posibilidades allí por la tecnificación y creación de empresas; con ello, las oligarquías se beneficiaron del trabajo de las clases media y obrera, y así, las desigualdades se hicieron más tangibles, pues pocos tenían las posibilidades de acceder a la educación, a los servicios de salud y a condiciones de bienestar general.
Además, la mujer, de forma silenciosa, fue adquiriendo otro rol en la sociedad y dejó de ser un objeto pasivo para convertirse en un actor protagónico; no sólo por el reconocimiento legal de sus derechos como ciudadana sino también por la creación, por ejemplo, de la píldora anticonceptiva, que le permitió mandar y decidir sobre su propia sexualidad. Por esa misma vía, los obreros y jóvenes estudiantes parisinos que se identificaban con la ideología de la izquierda dejaron oír su voz durante Mayo del 68, cuando exigieron un modelo de sociedad más libre y protestaron, entre otras cosas, por el desempleo que vivía Francia, por la Guerra de Vietnam, por el consumismo y la cultura de masas —derivados estos dos últimos del modelo capitalista que se había impuesto en el globo—, y que desde entonces pretendió homogenizar con sus modelos cada detalle de la vida cotidiana, con la ayuda de los medios de comunicación, su alcance y penetración.
Y aunque los lugares donde se focalizaron la mayoría de esos procesos sociales tuvieron lugar a cientos de kilómetros de distancia de Colombia, es indudable que llegaron al país como una ola y también lo estremecieron. Jaramillo Agudelo recuerda así el final de los años sesenta y el comienzo de los setenta:
Cuando las modas son meter ácido, en la tercera metida de ácido ya quedas destechado. Entonces, yo no fui marxista, a pesar de que la mitad de mi generación fue marxista en algún momento, no me interesaba esa manera unilateral de ver la vida y como una forma religiosa, absurdamente religiosa, de abordar la creencia como una cosa dogmática y apostólica, como las religiones, yo no creo que la forma de acercarse a la vida social sea endiosando la historia. Entonces yo nunca fui partícipe activo de las cosas extremas que caracterizan a la gente de mi edad, fui testigo, pasé por ser un godo porque no era marxista, por ser un zanahorio porque no estaba en el mundo de la rumba pesada y yo veía pasar la rumba pesada. (En Serrato Ramírez, 2007, 48)
Y aunque Jaramillo declara que no participó de la época en sí misma, es evidente que la época sí fue digerida y procesada poéticamente en sus dos primeros libros de versos, que son los que anteceden a Cartas cruzadas. Sin embargo, la ola de influencias y consecuencias no se detuvo allí, pues la década posterior; es decir, los años ochenta, también quedaron plasmados en esta novela, ya no sólo a manera de ambiente y atmósfera, sino con el ancla encallada en una Colombia que había añadido el color blanco de la cocaína a su bandera; con lo cual, la axiología dio un giro significativo que marcó el rumbo de los personajes de la historia.
luego olvidarlo o recordarlo en el mañana. Lo que significa que de la memoria no se escapa nadie, así lo reafirma cuando escribe: “Puede usar la vieja fórmula de redecorar la casa/la también aconsejada de huir,/pero todo será en vano./Para el desesperado todas las cosas son un espejo” (253).
De ese modo, el tema de la memoria se le impone como una cuestión esencial por lo ineludible que resulta. “Sucede que por la noche,/cuando este tedio innombrable se petrifica en sueño,/comienza cada hombre a recordar, a inventarse un pasado” (247). Y es allí, anclado en ese territorio de evocaciones, olvidos, horror por lo presente y desasosiego ante lo pasado que Jaramillo se opone a la grandilocuencia y novedad de los discursos de moda que reinaban en los años setenta: “(¿Fue tarde cuando descubriste que no hay llaves del reino, que tal vez ni siquiera exista un reino?)” (232). Mas no lo hace con el propósito de defender o propender por lo que podría llamarse el establecimiento, sino más bien de subrayar precisamente el peso de las costumbres y la tradición, que era lo que los jóvenes
hippies e izquierdistas del momento pretendían derrumbar o, al menos, ignorar.
“En el fondo, la poesía es una crítica de la vida”, sentenciaba el poeta inglés Matthew Arnold. De ahí, podría decirse que los de Jaramillo Agudelo son poemas que entrañan una crítica de la vida y del entorno, que sin llegar a ser iconoclastas, subrayan que el pasado no sólo funda el presente, sino que también lo condiciona, en la medida en que se instala en la memoria, de tal modo que nos hace reconocer algo o mucho de lo propio en aquello que nos precedió. También hay una crítica al sugerir que la tradición deja sus legados tan enraizados que terminan perpetuándose y condenando a ese anquilosamiento y ese tedio ineludible al que conduce la evocación del pasado y las ya aprendidas, invariables e incuestionables formas de proceder.
La lectura de autores poco conocidos, y distantes, tiene varias ventajas. La primera: alterar lo que ya no existe. La tradición, dijo Rémy de Gourmont, no es un hecho; es una elección. Si elegí a Sanín Cano o a Hernando Téllez fue porque, en un primer momento, me interesaron. Porque, en definitiva, me resultaban infinitamente más atractivos que Luis María Mora o Nicolás Bayona Posada. La segunda, comprobar la incurable monotonía de ser colombianos. Lo que los Nuevos gritaron en los 20 es exactamente lo mismo que lo que los nadaístas vociferaron en los 60, sólo que ningún nadaísta llegó a ser presidente de Colombia. Con lo cual podríamos comprobar que el prestigio literario se ha ido deteriorando. (13)
Descrita de ese modo, se puede ver que esa tradición sosa, uniforme y liviana, pero, al fin y al cabo, colombiana no podía ser pasada por alto entre quienes ejercían el oficio de la escritura para esa época, pues resultaba “mucho más honrado asumir dicha tradición que falsificar otras ‘Atenas Suramericanas’” (Cobo Borda, 14).
Así, mediante varios modos, escenarios y tonos, Jaramillo Agudelo le da a la memoria personal el lugar preponderante que ocupa, al tiempo que va introduciendo con una especie de estupor lo que significa para el hombre común y contemporáneo habitar en un mundo que a veces se le presenta ajeno, extraño e inasible: “me encuentro en ese maravilloso infierno donde todo/es nuevo y hasta el aire que respiras es parte de un silencio/todavía más grande que la felicidad” (228). Es decir, un lugar que ocasionalmente asombra, pero que al estar abocado a girar sobre su propio eje, condena a los propios a la más temida repetición: “el horror del mundo circular,/hacer algo que ya hicimos o soñamos” (249). Lo que equivale a la rutina y, con ella al vacío de lo ya conocido, de la memoria en sí: “comienza a sobrecogernos un agrio desarraigo,/comenzamos a hacer blanco en la nada” (249).
Ignacio, “hijo de una familia muy católica, muy ortodoxamente católica, de padres, además, hondamente católicos; es decir, el catolicismo es así en mi familia, no solamente en lo cultual sino en el comportamiento” (en Bonnett, 2003, 122). Era también la cuna del nadaísmo, que para Jaramillo “fue, en términos sociales, independientemente de la literatura, un movimiento oxigenador de Antioquia y de Medellín y de este país, y fue parte de toda una renovación que vino en los sesenta, que es la de la píldora y los Beatles y Woodstock y el nadaísmo ahí, en esa enumeración que es infinita”(en Bonnett, 2003, 130).
Por otro lado, se encuentra Bogotá, que le permite romper “con lo religioso, básicamente por saturación y hastío, ni siquiera por críticas. Once años yendo a misas todos los días… Creo que ya oí todas las misas de la vida, pensaba en esa época” (en Bonnett, 2003, 122). Sin embargo, no se puede negar que la capital del país era por entonces un territorio estrecho y limitado, donde regían pesados valores conservadores preservados por los representantes y seguidores de Roma en el país del Sagrado Corazón; en otras palabras, un lugar en el que reinaba una godarria hipócrita que se traducía en doble moral.
En ese escenario fue que Jaramillo vivió los años de universidad, que se le vienen a la memoria con el recuerdo de conversaciones, también de…
[…]tardes libres hasta las seis, las noches desde las ocho, leyendo y emborrachándome por cuenta de Richie Ray, de Pete Rodríguez y de la guitarra de mi compañero Dionisio Araújo, fiestas para probarlo todo: quién lo da, quién no lo da, ¡oh! sutil mecánica sexual de los sesenta, sorprender, con los ojos brillando, el complicado set de pastillas anticonceptivas en la cartera de la amiga de la universidad, dar el paso siguiente, o sea decirle a ella, luego, ¡plán!, se vino abajo toda barrera y estrenamos revolución sexual, y están también el alcohol, y 8½ de Fellini y querer
saber las cosas al tiempo con el corazón y la cabeza, intercambiando información y opinando, con los amigos que son los amigos de siempre: Juan Manuel Ospina, Juan Gustavo Cobo, María Mercedes Carranza. (Jaramillo Agudelo, 1999, 23)
través de la cual el hombre se sitúa en el mundo y se acopla a él. Por eso mismo, sugiere que la pregunta por la existencia pertenece a la más íntima necesidad de saber o conocer en el día a día quién es que habita la propia piel: “Se trata –siempre se ha tratado–/de indagar morbosamente lo que fuimos, los que somos:/aterido corazón,/ámbito oscuro donde habita el fracaso,/el innombrable fantasma que nos vive y que huele a tinta de poema” (266).
Esa indagación, que señala en ese poema y que se vale de los mecanismos de constitución y escape de la memoria, es el espacio propicio en que Jaramillo va mencionando aquellas cosas que atañen y le dan piso al hombre. Arranca por la felicidad: “No olvides el día que descubriste/que la felicidad es tan frágil/que la puede romper una palabra” (237). Sigue con la infancia: “Aquella noche/todos habíamos estado deseando regresar a la infancia;/en el fondo era cuestión de volver el corazón más pequeño/y echarse a llorar de contento” (257). Hace una parada en el amor: “Digamos de la guitarra que lo dice todo:/la penumbra, el beso tímido,/el insomnio deshojando margaritas,/la pobre y estúpida pena de amor, digamos,/en fin, digamos/que todo esto es apenas la certeza/de que alguna vez fuimos felices” (260). Continúa con la muerte: “La medio adivinada melodía/que nos dice lo que somos y nos dicta/un epitafio compuesto por secretas palabras” (256) y termina con las más desencantadas certezas, la vacuidad de la vida: “Poseías el único secreto que te era dado poseer, estabas vivo y nunca serías feliz” (233) y, cómo no, el sinsentido de la existencia: “esa rutina de sabernos cadáveres de una batalla perdida desde antes” (235).
Yo creo que la principal virtud que puede tener ese libro es que se refiere a circunstancias concretas, a realidades concretas, que es un intento de hacer poesía a partir de mi mundo. No hay en él grandes construcciones, ni yo quiero ser el poeta universal, sino que soy el poeta de un pueblo, de una ciudad, de una circunstancia y eso es lo que está ahí. (En Bonnett, 2003, 136)
Todo un territorio verbal en el que, según Carranza, habitan los fracasos de Jaramillo, sus perplejidades, la desconfianza, el dilema entre plegarse o huir, la negación y el desprecio constante de sí mismo, la culpa, la mala conciencia, la aniquilación, el hecho de no ceder ni claudicar, la pugna entre su propia debilidad y la posibilidad latente de escapar, porque se encuentra en una permanente “lucha contra el recuerdo, contra la nostalgia como vivencias que corrompen, en el sentido de que le ponen siempre ante los ojos ese mundo plano y pueril construido con base en las buenas intenciones y mejores propósitos” (Carranza, 1988, 259).
Se hace evidente entonces que el poeta dedica un lugar preponderante a la memoria con el fin de subrayar que el legado del pasado, no sólo en términos históricos sino de la existencia individual del hombre, no puede ser eludido circunstancialmente por una moda imperante que dicta quiebres y borrones y cuentas nuevas. Por el contrario, pone de relieve que a pesar de todos los esfuerzos por oponérsele, ella cuenta con un peso aplastante. Es como si Jaramillo se situara en la otra orilla del entorno y, desde allí, como un testigo presencial de los acontecimientos, estableciera una reflexión personal que muestra además las implicaciones que tiene para el hombre vivir en un mundo que sugiere una innumerable serie de cambios.
Luego da un paso hacia adelante en la medida en que expresa más específicamente a qué se debe la desconfianza que le genera el entorno en el que se encuentra inmerso y del que él mismo escribe en su siguiente libro de versos, de 1978, Tratado de retórica –o de la necesidad de la poesía–:
El presente Tratado de Retórica General al día y actualizado
sirve para salvar el alma –de los que todavía la tienen, se entiende–,
para investigar los más hondos secretos
del bien decir –“embelleciendo la expresión de los conceptos”–, del maldecir –que es otra cosa–,
y pura y simplemente del callarse,
que es donde radica la necesidad de la poesía. (207)
perplejidad a sabiendas de que “nunca habrá respuestas suficientes ni preguntas necesarias” (202).
Y es aquí cuando Jaramillo se sumerge en una reflexión sobre la poesía —su lectura y escritura— y sobre el ejercicio mismo del oficio del poeta, y “elabora a partir de la poesía misma una retórica del arte poético; se trata pues, simultáneamente, de una obra poética y de una obra crítica, crítica en el sentido de que es una reflexión sobre el acto de crear a partir de la creación misma. Aquí son elementos importantes el humor y el sarcasmo como medios transgresores de los estereotipos y esquemas que acartonan nuestro idioma” (Carranza, 1988, 260). En este punto, vale la pena recordar que el quiebre frente a dichos estereotipos y esquemas lo había dado Jorge Zalamea (1905-1969), que perteneció al grupo de Los Nuevos, pues este poeta bogotano asimiló elementos de su propio tiempo para plasmarlos en su obra, como “la política esterilizando el discurso literario, la rebeldía encauzándose en la convivencia; la frustración asomando detrás de cada nuevo proyecto, ante la Asamblea” (Cobo Borda, 1980, 78). Todo ello a través del uso de recursos retóricos que incorporaba a sus poemas abundantemente para burlarse con muy poca sutileza del tema de la patria y también para ironizar sobre la política y la sociedad, y, por supuesto, con la creación de la figura de este dictador al que le dio vida en El gran Burundún Burundá ha muerto, en 1952. Al respecto, Cobo Borda asegura que gracias a la intelectualidad de Zalamea no era de extrañar su capacidad para tomar distancia y referirse a los diversos aspectos de la realidad en sus escritos, no sólo acerca de lo que pasaba en el contexto inmediato, sino también con miras al porvenir: “Están llenos de dolor y fuego; de preocupación sincera por la suerte de un país que día a día se precipitaba en una guerra sangrienta. Ese censo implacable de muertes y matanzas; lo acre de la denuncia, a los jefes conservadores; y la lucidez con que reclamaba el concurso de los jefes liberales”. (Cobo Borda, 79).
Y todo lo mismo
tanto poeta suelto por ahí
nombres en manuales o antologías y en la calle listas de palabras
necrofilia nuevos códigos
la poesía como fórmula de salvación eterna mucha neurosis convertida en versos la norma de la nueva sensibilidad los que sí y los que tampoco y la religión literaria
aunque todo de muy buena fe
a mí me dijeron que con la intención basta que se trata de esto o de lo otro
y yo miro alrededor despacio
y descubro que el aburrimiento engendra el olvido de todo esto mientras la imaginación llega al aforismo
(por algo se escribe, ¿no creen ustedes? la poesía:
agonía y éxtasis fatalidad y futilidad
amor y desprecio de sí mismo instinto del humor […](216)
Es tal vez al abordar esta temática donde se llega al centro de lo que se podría considerar el desengaño en Jaramillo, pues el hastío, la apelación a unos “ustedes” del todo genéricos que bien podrían referirse a la cultura, a la patria, “al país de juguete” (184) contrastan con la creación poética misma en la que se soportan esas quejas, pues la poesía, que constituye lo más admirado y amado sirve, si es que de algo sirve, tan sólo para llenar o compensar los vacíos íntimos de la vida: “La poesía: este consuelo de bobos sin amor ni esperanza” (220). Entonces, se teje lo que se podría considerar como una infinita contradicción porque si Jaramillo Agudelo se refiere a la poesía tan sólo como un consuelo, resulta difícil comprender cómo es que encarna el ejercicio de poeta desde la certeza de que cree en ella no como algo impalpable y volátil, sino como la más tangible realidad.
de un vacío; es decir, de un marco autorreferencial que le permite preguntarse si la poesía sirve para algo: “despiadado el asombro impotente del poema” (208). Luego apuntará: “Y tengo una inmensa curiosidad de saber/si la poesía sirve para alguna cosa” (218), a pesar de que ya con cierto escepticismo señala los distintos caminos por los que ella puede transitar: “la poesía:/agonía y éxtasis/fatalidad y futilidad/ amor y desprecio de sí mismo/instinto del humor/chismografía4 y asombro/palabras peligrosas/ciencia oculta/extrañas peripecias/ algo que le ha sucedido/a uno o dos muchachos inocentes de mi generación/y a otros cuantos de antes/¿lo demás? piezas de museo/catalepsia/repetición y tedio” (217). Hasta que concluye con cierto desgarramiento que las palabras de un poema, aún con la realidad inefable que nombran, pueden también ser ácidas, severas y precarias: “Estamos de acuerdo;/por una vez concedamos que ustedes, los poetas,/tienen la razón; que tienen/toda la razón: sí, las palabras/se gastan, las palabras/envenenan todo lo que tocan. […] Pero ya estamos llegando/al límite. Las palabras, son palabras, poetas, /y yo no puedo hacer nada por ustedes” (211).
Además, el modo de referirse a la poesía como “este consuelo de bobos sin amor ni esperanza” (220) muestra el interés del poeta por perfilar al tipo de persona que está viviendo en esta “larga borrachera de siete años” (184) y que está inmersa en los rezagos de esos tiempos. Así, las primeras pinceladas que da sobre ese ser abstracto, pero, a la vez, tan concreto que habita los años setenta y que fue heredero de la contracultura de los sesenta, reflejan a quien vive en lo que él mismo llama “la edad del goce” (185). En este punto, la incorporación de la idea del goce al contenido de sus poemas resulta muy significativa pues le hace contrapeso a ese tono bajo y desesperanzado de otros versos suyos en los que la desazón se presenta como una carga tan pesada que evoca el ennui romántico francés, que aunque traduce literalmente aburrimiento, tiene su raíz en la palabra aborrecer. El goce se enarbola entonces como la posibilidad existencial de sobrevivencia feliz, donde no es necesario acudir a rebeldías y transgresiones mayúsculas, que a la postre terminan siendo desgastantes patadas de ahogado, para encontrarse un lugar en ese mundo al que se rechaza
o se aborrece. No, el goce apela inteligente, práctica y libremente a todos esos aspectos de la vida cotidiana que están al alcance, en el entorno inmediato, que no requieren grandes esfuerzos ni elaboraciones, sino que están ahí, a la mano para llegar al placer íntimo y callado del hedonista, donde la ebriedad y la cordura son caras de la misma moneda que terminan compensando y colmando la vida. Valga subrayar que esa actitud frente a la vida es también el resultado del ejercicio de la libertad; es decir, de la escogencia individual para irse por una u otra opción: la transgresión o el goce inteligente; decisión que responde a lo que íntimamente se ordena, a los mandatos propios y deseables y a la voluntad de poder.
Los placeres de los sentidos todos me parecen maravillosos, el buen comer, el buen yantar me encanta; me encanta disfrutar de los placeres de la vista, estar sentado aquí, mirando el cerro; yo siempre pienso que les estoy cuidando Monserrate a los bogotanos, porque de verdad es mi cerro tutelar, y mirar por esta ventana, este paisaje, pues es parte mía y lo disfruto enormemente. También los placeres del oído, la buena música. Me encanta sentarme a oír música: yo no pongo música para trabajar, sino que me siento a oír música. O los placeres del olfato, la capacidad evocadora que tienen los olores para mí… por todo esto yo creo que soy un… un ‘gocetas’, para decirlo en términos más coloquiales… Y también disfruto los placeres no sensoriales, el placer de leer, de estar sentado leyendo, o el placer de estar quieto, sin hacer nada; creo que lo disfruto también, y lo busco. Pues… pensando en Pascal, si soy capaz de quedarme solo, de brazos cruzados, en silencio, quieto en una habitación sin tener ansias, es muy posible que logre algún día cierta serenidad ¿no?... Eso es placentero. (En Bonnett, 2003, 123)
Ese tipo de elementos que describe Jaramillo Agudelo son los que posibilitan el goce de la existencia, pues se enmarcan en la rutina, en placeres cotidianos que proporcionan los días que van pasando, que demuestran que la vida merece ser vivida, que son cercanos y, de algún modo, prosaicos por lo factible que es alcanzarlos mediante los sentidos contenidos en el propio cuerpo y mediante el propio cuerpo y su capacidad de desplegar el erotismo, donde “este es considerado como una experiencia vinculada a la vida; no como objeto de una ciencia, sino como objeto de la pasión o, más profundamente, como objeto de una contemplación poética” (Bataille, 1980, 18).
mentira, ahora confieso/ que nunca llamé las cosas por su nombre,/que nunca me atreví a hablar de mi incapacidad para el amor,/ni del estúpido miedo que tengo de mí mismo, ni de que no tengo la menor idea de dónde estoy parado, de que nunca he sido suficientemente leal con mis amigos,/de que –a pesar de tanto lloriqueo– no tengo la menor idea de lo que es un hermano,/de que la apatía se apoderó de mí desde hace tiempos,/de que ya creo que tengo callo en el alma/y de que estoy por creer que estas enfermedades que la poesía no curó/tampoco son ningún inequívoco signo/de la pretendida lucidez de los poetas” (212).
Y aunque todos esos fragmentos dan cuenta de un clima de incertidumbre, miedo, rabia y dolor, el poema en el que más claramente se dibuja el ser que habita esta época es “Razones del ausente”:
Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa acaso ya nadie reconozca su rostro;
díganle también que no dejó razones para nadie,
que tenía un mensaje secreto, algo importante que decirles pero que lo ha olvidado.
Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo,
díganle que todavía no es feliz,
si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue con el corazón vacío y seco
y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón
y que ni él mismo sufre por eso,
que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo, que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto,
díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un día de sol,
díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor dura
lo que dura una palabra.
Díganle que como un globo de aire perforado a tiros, su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado
y díganle que a veces piensa que esa calma inexorable es su castigo;
díganle que ignora cuál es su pecado
y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema
que cree haberlo soñado,
teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que le queda
y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz
y en medio de tardes de piadosa lujuria y también borracho de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia
y díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas. Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas en sus ojos
y una planta de moras sembrada en su estómago y una serpiente enroscada en su cuello
y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida honradamente,
de adivino, leyendo las cartas y celebrando extrañas ceremonias en las que no creerá
y díganle que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches,
ciertas complicidades mal entendidas
y el recuerdo de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la oscuridad
y nada. (193)
Una huída, una desaparición, la partida de quien antes estaba, pero se ha ido a un lugar ciertamente distinto y menos asfixiante que el que ha dejado atrás. No brinda pistas sobre cuál es ese otro lugar, ni dónde está, ni cómo se llega a él; de ahí que ese espacio no se explica como una geografía secreta sobre el mapamundi, más bien como la renuncia a una cantidad de elementos ornamentales y estorbosos de la vida que al desprenderse de ellos le permiten dedicarse a lo único que sabe que vale la pena: vivir intensamente. Intensidad que no está dada, como se ve en el poema, por el exotismo de las experiencias, sino por exaltar el vivir simple y sencillo desde lo cotidiano, “borracho”, en “tardes de piadosa lujuria”, con “cierta alegría pueril por su inocencia”, con la experiencia, desacreditada, pero vivida del amor, y, sobre todo, sin creencias y dogmas.
tan aburrida, pesada e ineludible; palabras distintas a esas retóricas huecas de otros tiempos, que no dejan sentir nada, que no dejan querer nada y contra las que lucha al saberse a sí mismo un poeta contemporáneo; palabras que nada tienen que ver con esas que sostienen y se repiten en un país que es una farsa, palabras que le ayudan a gritar que no cree en nada, palabras antirretóricas y paródicas para defenderse precisamente de la retórica que pretendieron imponerle.
De ahí proviene precisamente su Tratado de retórica, sobre la gramática del oficio, en la que hay “una tensión constante producida por la continua alternancia de afirmaciones y negaciones del valor de la lírica o proclamaciones contradictorias de llamarse poeta o negar serlo” (Alstrum, 286). También sale de allí su deseo —enunciado en un poema— de volver a la infancia, a esa Santa Rosa de Osos que lo vio nacer y que significó para él “haber vivido en el paraíso” (Bonnett, 2003, 114), pues ese lugar no habla sólo del anhelo por recobrar la inocencia para sentirse ajeno a todo el exterior, sino que es también, más que nada, las ansias de recobrar la capacidad perdida o adormecida de apropiarse y sorprenderse en un mundo soso y que nada ofrece. “Es una edad dorada y absolutamente deslumbrante, visualmente, por los olores y […] porque todo el territorio que yo pudiera mirar alrededor era mi territorio, era mi casa o la casa de mi abuelo o la casa de una tía, el solar vecino. Es curioso lo grande que era el universo leído desde un pueblo: pero es que lo ve uno más grande en un lugar más pequeño” (Bonnett, 2003, 114).
Aun así, persisten tres preguntas que al final terminan siendo la misma: ¿cuál es el origen de todos esos malestares?, ¿de qué huye? y ¿por qué huye Jaramillo Agudelo? Para responder hay que recurrir a su biografía personal. Cuenta en una entrevista que Tratado de retórica fue escrito en su mayor parte en Iowa, cuando participó, en 1974, en el “Programa Internacional de Escritores”, y que es allí donde empieza a incluir elementos humorísticos en sus versos.
metido en ese mundo tan sórdido de la burocracia. Ya después me desenfadé un poquito, pero al principio era pura rabia de haber estado involucrado en un universo tan mezquino. (Bonnett, 2003, 128)
Con esto se demuestra que si bien el entorno tuvo un peso significativo en la escritura de sus versos, pues era el punto de arranque y la materia prima que los nutría, los fragmentos anteriormente citados hacen evidente que no hay una alusión directa a la anécdota o al tema que lo asquea en sí mismo; entonces, es como si Jaramillo diera un paso más allá de la denuncia contestataria y explícita, y por esa vía llegara a la evasión de esa realidad inmediata, para convertir a la poesía en su gran contestación, demostrando así que a pesar de la certeza que tiene de que lo que escribe no sirve para nada en términos prácticos, esa inutilidad es la que le da valor y la sitúa en el lugar privilegiado, porque está más allá de cualquier banalidad pasajera y más cerca de una reafirmación de la vida por el acontecimiento creativo per se,
como se ve en “Arte poética una”:
Uno debería aprovechar la poesía para hablar mal de la familia; burlarse un poco del Edipo,
destrozar con ironías a todas las tías del mundo: la que quiso que aprendieras guitarra,
la que te hizo recitar en las visitas, la que te recomendó las vitaminas, la que te regalaba galletitas hechas en casa.
Uno debería utilizar el poema para hablar horrores de los amigos:
de uno que tiene el alma seca,
de otro que se engordó y tiene dos hijos naturales y algún día les dará su apellido,
del que se acuesta con la mujer que te gusta del que te llama a media noche,
del otro, que tiene mal gusto y además es moralista. Uno debería aprovechar la poesía. Pero no. (242)
El germen del escepticismo y el goce
El origen de la publicación de los versos de Jaramillo Agudelo puede situarse hacia finales de 1967, cuando un grupo diverso de poetas fue bautizado accidentalmente como Generación sin Nombre gracias a un artículo del periodista y poeta Álvaro Burgos Palacios, titulado “Una generación busca su nombre”, que apareció el 3 de diciembre, en la página 3 de Lecturas Dominicales del periódico El Tiempo. Allí, a manera de temprana antología, presentó a trece jóvenes voces de la lírica nacional, que, para él, estaban “comenzando a hacer presencia generacional”, mediante una “actitud viva ante el país, postura creadora y en cierta medida, revitalizante” (3). Gracias a los versos que allí se presentaban, el autor aseguraba sentir “una confianza honestamente fundada que nos hace pensar que en nuestra generación hay la seriedad y la vocación para producir una obra válida” (3). Y sostenía en el remate de su introducción: “Es posible que aquí todavía no esté la poesía, pero sí es seguro que comienzan a estar los poetas”5 (3).
Y así, sin más aclaraciones, se replicaron los artículos, compilaciones y menciones en donde se les llamaba Generación sin Nombre. A esta publicación la antecedieron y sucedieron otras antologías de carácter más bien breve, que aparecían en separatas y periódicos. La primera fue en 1966, cuando el poeta antioqueño David Mejía Velilla añadió a la revista
Arco, que dirigía por esos días, un librillo que se imprimió en papel de envolver y que recogía los primeros poemas de José Luis Díaz-Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda, Augusto Pinilla, David Bonells, Luis Aguilera, Cristian Rodríguez, Mario Madrid-Malo Garizábal y Darío Jaramillo Agudelo, quien en su libro Historia de una pasión recuerda el episodio así:
La primera vez que aparecieron varios poemas míos en una publicación —por oficio de Juan Gustavo Cobo, como tantas veces en mi vida— fue en 1966, creo. Recuerdo el incidente para referirme a un personaje cada vez más importante en mi vida: el epígrafe de aquel grupo de poemas era de Jean Cocteau y decía: “El poeta está a las órdenes de su noche”. Desde entonces me ocurren cosas con Cocteau: muchas veces encuentro que algo que desde antes yo había pensado, Cocteau lo ha expresado con tino; por
ejemplo: “La poesía es exactitud”; por ejemplo: “Sé que la poesía es indispensable, pero ignoro para qué”. O por ejemplo: “El poeta es un mentiroso que siempre dice la verdad”. O como cuando dice: “un verdadero poeta se preocupa poco de la poesía. Del mismo modo que un horticultor no perfuma sus rosas”. (1999, 30)
Posteriormente, el poeta, periodista y novelista Héctor Rojas Herazo escribió el “Boceto para un nuevo mapa de la poesía colombiana”, en Lecturas Dominicales, el suplemento cultural de El Tiempo, el 28 de julio de 1968, donde señalaba algunas características neurálgicas de la producción poética de esta generación. Para él, lo más visible de los poetas que reseñaba, a saber: Henry Luque Muñoz, David Bonells, Miguel Méndez Camacho, Juan Gustavo Cobo Borda, Darío Jaramillo Agudelo, Augusto Pinilla, José Luis Díaz-Granados, Elkin Restrepo y William Agudelo, era una “búsqueda de signos verbales que conjuguen un acento personal, la persistencia para ahondar en determinadas obsesiones, la honestidad, en suma, con que han hecho y mantienen su elección” (4) y, sobre todo, el hecho de “entender y practicar la faena literaria como un hecho de cultura. De allí que su intenso contacto con los libros, con el teatro y con el cine les sirva, privativamente, para vivir cuestionándose, para mantenerse en una duda activa, para rechazar, en una gimnasia militante, la pereza disfrazada de improvisación” (4). Sin embargo, resulta curioso que tras la presentación de los versos de cada uno, se refiere a ellos como “la constelación de la angustia” (4), como si intuyera ya algún gesto de lo que muchos años después se conocería como desencanto, y aunque Rojas Herazo señala este aspecto, finalmente parece optimista en relación con lo que sucedería con ellos, pues remata comentando: “Hemos hablado con la mayoría de estos jóvenes. Conocemos la pureza que los anima. Por eso damos fe. Por eso creemos que en ellos, en la faena que ellos realizan, el país tiene un nuevo derecho a la esperanza” (4).
Igualmente, hubo publicaciones de mayor envergadura por reconocidos sellos editoriales. La revista argentina Cormorán y Delfín, de octubre de 1969, también reunió sus versos, y la casa española de edición Rialp, incluyó en el catálogo de la colección Adonáis el volumen
ellos, pues “tenía el padrinazgo del que más tarde fue premio Nobel, Vicente Aleixandre. Además, Ferrán nos animó a mandarle nuestros poemas a Aleixandre y él nos contestó, nos mandó unas tarjetitas cuadradas muy elegantes con una frase amable o citando algún fragmento nuestro, lo cual fue la consagración total y ya nos sentimos poetas” (en Serrato Ramírez, 2008, 26).
Al revisar todas estas separatas y antologías, resulta curioso y significativo a la vez que en cada una de las publicaciones que se llevaban a cabo cuando se los quería agrupar, entraban y salían nombres de poetas y títulos de versos sin que hubiera un rasgo de forma o de temática vinculante para este disímil grupo de poetas. Tal vez por esa ausencia de vasos comunicantes es que los mismos integrantes de esta generación han asegurado que ese mote de Generación sin Nombre no es de ningún modo representativo ni descriptivo en términos de identidad generacional; por eso, desde sus inicios y hasta hoy no les ha preocupado haberse quedado sin nombre o, más bien, con un nombre que no dice nada, precisamente porque ni ese ni ningún otro podrían ajustarse a un grupo de poetas cuyas obras son tan plurales en sus tonos y temáticas, que no guardan entre sí ninguna unidad ni homogeneidad, además del hecho mismo de que escriben poesía y, años después, algunos también optaron por la novela y otros géneros. A propósito, el poeta Juan Manuel Roca señalaba: “Tengo gran respeto por lo que realizan la gran mayoría de los poetas de mi generación, encuentro una búsqueda individual interesante que no los hace ver como una coral cantando la misma tonada” (en Luque Muñoz, 51).
A esto se añadía que fueron muy pocas las actividades que tuvieron el sello del grupo; es decir, en las que los poetas actuaron como Generación sin Nombre. Sin duda, la más destacada fue la publicación de la antología !ohhh¡, que vio la luz por iniciativa de Cobo, quien contrató a la imprenta Papel Sobrante, de Medellín, que hacía libros muy baratos, para que Jaramillo Agudelo recibiera las pruebas, pues como iba de vacaciones a Medellín a visitar a su familia, podía enviarlas luego a Bogotá para que Cobo las corrigiera. En 1970,
provocador e irreverente. El !ohhh¡, escrito en esa forma, por supuesto, lo hurtamos al himno nacional. A alguno se le ocurrió la idea de reunir nuestros primeros libros y publicarlos juntos. Acá, en Medellín, se contrató con el editor Jhon Álvarez su publicación, que pagamos con aportes personales. Una noche, en casa de Dora Ramírez, la pintora Marta Helena Vélez con un gotero hizo el dibujo de la carátula” (en Serrato Ramírez, 2007, 54).
De todos modos, nunca quisieron escribir ni lanzar un manifiesto en el que plasmaran su concepción de la literatura y la poesía o el modo de abordarlas y aproximarse a ellas, tampoco enunciaron un método de trabajo que fuera por un camino paralelo a la creatividad y la estética de su expresión, menos aún anunciaron públicamente su surgimiento como ismo o corriente. Lo único que puede rescatarse sobre el modo como concebían las letras que se habían producido hasta entonces se puede leer en una entrevista, publicada en la revista Nueva Frontera, en abril de 1977, que dieron los poetas Juan Gustavo Cobo Borda y Darío Jaramillo Agudelo, los más activos del grupo, a María Mercedes Carranza, quien, aunque también pertenecía a la generación, tuvo en el grupo más un rol de difusión en trabajos periodísticos y críticos6. “Somos un país pobre, incluso en poesía” (20), declaraba Cobo en el reportaje, con el fin de hacer evidente que el conjunto de producción poética colombiana había sido escaso y “bastante dudoso […]. Este es un país de mitos, fomentados por la inercia. ¿Por qué no reconocer, de una vez por todas, que quizás sólo Silva, Ritos, algo de Barba, el Tuerto López, y no todo De Greiff, son, en este siglo, y con una obra ya conclusa, los que podemos leer, sin aterrarnos demasiado?” (21).
En sus respuestas dejaban ver también cuál era su visión de sí mismos como generación, no sólo en términos de agrupación poética, sino como parte de los creadores del momento. De hecho, aseguraban enfáticamente no creer y, por ende, no ser una generación, sino “lo que queda de una generación”7 (20), pues quienes los acompañaban se habían suicidado, o
habían “preferido esa forma lenta del suicidio, que es la burocracia” (20). Entre los primeros se encontraba Andrés Caicedo, quien, a modo de ver de Cobo y Jaramillo, había “[…]logrado, a través del lenguaje, el más exaltante testimonio de una nueva generación, mucho más radical y subversiva. Al lado de textos como este, la aventura nadaísta queda confinada en sus propios límites: brevario [sic], para retiros espirituales” (21).
En ese sentido, afirmaban no haber reaccionado con respecto a los planteamientos de los nadaístas sino que reconocían: “[…]todo el pasado nos precede. Así incluso, antes de leer a Baldomero Sanín Cano ya sabíamos que existen dos tipos de errores: uno, atacar la tradición; otro, pretender defenderla. La tradición está ahí, y se salva o deteriora sola. Lo máximo que podemos hacer es conocerla a fondo” (21). De ese modo, se puede ver cómo iban marcando y admitiendo cierta distancia con respecto a los nadaístas que los habían antecedido. De hecho, Cobo recuerda que en una ocasión fue nombrado jurado de un concurso de cuento en Cúcuta junto a Gonzalo Arango. “Eso no nos gustó para nada y escribimos una especie de ‘manifiesto’8, por llamarlo de alguna manera, en el que le informábamos a la opinión pública que rechazábamos el nombramiento de Gonzalo como jurado porque él no podía juzgar a las nuevas generaciones, pues él, el más nadaísta de todos, estaba más relacionado con la publicidad, el escándalo y la gracia, que con la literatura” (en Serrato Ramírez, 2008, 26).
Y aunque de manera explícita no arrojaron ni enunciaron propuestas de cambio en ningún ámbito con respecto a lo ya pasado ni delimitaron su identidad de grupo frente a otros movimientos, fue en la configuración de su poesía, con los rasgos de escepticismo, el abordaje de lo nacional, la poesía como historia y la tradición, que fueron configurando el perfil de lo que era para ellos la poesía: un territorio vasto, sin limitaciones, al que amaban por encima de cualquier cosa y al que quisieron darle valor en el mundo contemporáneo, donde nada importaba. En realidad, ese fue el vínculo que los hizo generación, pues independientemente de lo plurales que pudieran resultar, fueron un agrupamiento contemporáneo que se entregó a la poesía como fundamento de la existencia, vivida desde
las entrañas, lejos de la torre de marfil y de frente al caos que hacía parte del paisaje del mundo de entonces.
De ahí su honestidad, su irreverencia, su ironía, su voluntad desacralizadora, su intención explícita de “no comer cuento”, que entonces le permitía a Carranza escribir, a la vez con desparpajo y sutileza, acerca de la certeza de haber pasado ligera, inerme, estéril y etérea por la vida y por el mundo, a pesar de tener, para bien o para mal, la experiencia de vivir en él:
Patas arriba con la vida
“Sé que voy a morir porque no amo ya nada”.
Manuel Machado Moriré mortal,
es decir habiendo pasado por este mundo
sin romperlo ni mancharlo. No inventé ningún vicio, pero gocé de todas las virtudes:
arrendé mi alma a la hipocresía: he traficado con las palabras,
con los gestos, con el silencio; cedí a la mentira:
he esperado la esperanza, he amado el amor,
y hasta algún día pronuncié la palabra Patria;
acepté el engaño:
he sido madre, ciudadana, hija de familia, amiga, compañera, amante. Creí en la verdad: dos y dos son cuatro, María Mercedes debe nacer, crecer, reproducirse y morir y en esas estoy.
Soy un dechado del siglo XX. Y cuando el miedo llega me voy a ver televisión
para dialogar con mis mentiras. (En Alvarado Tenorio, 125)
Autocrítica
Ya no es lícito continuar hablando de la mala conciencia o de lo que significa ser un buen burgués vergonzante
con terribles contradicciones que alteran su digestión o su espíritu. Hay que llamar las cosas por su nombre
y referirse a esa traición que es el poema, aplazamiento donde buscamos diluir el profundo desprecio por quien escribe. Y aún cuando se ha dicho
que de la negligencia surge el arrebato y la loca carrera contra el viento para sorprenderlo de espaldas,
estas son mentiras, metáforas ya viejas. Abúlicos y un poco encanallados
también los jóvenes se anudan la corbata y trabajan en un banco.
Pero cuál de nosotros ha perdido su relativo pudor saludando a quien detesta
o sonriendo ante un chiste que considera susceptible de ser mejorado? El adiós es ya un nuevo vínculo,
pero sigue existiendo la imperiosa necesidad
de hundirte en esa realidad cuya dureza es su garantía y buscar allí, en la miseria que te aflige, la única medida. Apresúrate, recuerda que ni por ti mismo eres bien
recibido. (En Alvarado Tenorio, 208)
Jaramillo añade en “El oficio”, también con tono descarnado:
La poesía, esa batalla de palabras cansadas; nombres de cosas que el ruido escamotea; llegan los fieles a reconocer el signo, heráldica donde cada rito tiene su lugar:
allá la cornucopia, el ara, el gerifalte, aquí muy cerca una noche y una estrella: amplia red de sonidos que ocultan este corazón aterido y amargo,
un gajo de uvas verdes, el silencio irrepetible de una calle de mi infancia”. (220)
“He traficado con las palabras”, escribe Carranza, mientras Cobo subraya “el profundo desprecio por quien escribe” y Jaramillo Agudelo concluye que es simplemente en el gesto de callarse “donde radica la necesidad de la poesía”, con lo que demuestran que no ven su oficio de poetas con ningún tipo de fascinación, sino que comprenden el sinsentido de lo que hacen, aunque aceptan el cansancio y el desamparo que les implica lidiar con “la tirana”9. Pero aún a pesar de reconocer que en apariencia es un fraude el ejercicio de la poesía, Jaramillo Agudelo no deja de escribir, porque la ama; no puede renunciar a ella pues
desde la convicción prosaica que tiene de vivir acompañado y rescatando permanentemente poesía en todo lo que lo rodea, el hecho de abandonarla, equivaldría a abandonar la existencia misma. La poesía no es posible sin la vida diaria y la vida tampoco es posible sin poesía; en síntesis, es una misma moneda de dos caras con el mismo valor. Jaramillo lo explica así:
El poema, se sabe, tiene otra química. Ante todo, posee el encanto sutil de su inutilidad esencial. Se trata de alucinar con palabras, asunto de muy pocos, vicio que se retroalimenta con lecturas de poesía. Búsqueda perpetua, sin certezas, indagaciones a ciegas, juego para atravesar umbrales.
Con la pasión por la escritura, con la búsqueda de la emoción poética, hay algo inexorable que uno sabe por anticipado: es la inutilidad de todo esto. No predico la inutilidad en los términos que gobiernan la carrasposa, la agresiva realidad, donde la poesía vale cero porque su precio es cero. La poesía no está en el mercado y mucho menos en los supermercados, todo lo contrario, la poesía es ejercicio anacrónico de unos despistados. No, no me refiero a esa inutilidad que en cierto modo es una garantía y una honra, como casi todo lo que está fuera de las codiciosas reglas de juego del mundo.
Hablo de otra cosa, hablo de que la poesía es incapaz de lograr sus propios fines. La iluminación es una quimera, el asombro un instante que ya pasó. El poema que explora la intimidad nunca concluirá su tarea mientras sean tantas las identidades que me habitan. La escritura acaba por significar una ascética para mantener viva la conciencia de la vertiginosa experiencia del mundo y para horadar sin develarlo el misterio de los seres que desfilan o conviven dentro de mi propio pellejo. (Jaramillo Agudelo, 2006, 81)
Puede verse así cómo los poetas de esta generación trataron de huir de esa retórica sempiterna, al tiempo que procuraron no caer en las trampas de las modas imperantes y se hicieron conscientes de que la memoria pesaba en la vida y la escritura. Todo un cúmulo de elementos que estorbaban para la creación libre, pero, tal vez, del mismo modo que lo sugería Gaitán Durán a los herederos de Vallejo, hacia 1959, estos jóvenes de la Generación sin Nombre buscaron sus propios caminos porque comprendieron que nadie podía “otorgarles generosamente la libertad; ellos mismos deben ganarla, contra un lenguaje omnipotente. Su problema es la transformación del poema, tal como hoy lo entendemos; su fuerza, la conciencia de su condición ante la palabra” (Gaitán Durán, 450).
Es por eso que el hecho de vincularse a la burocracia o a alguna actividad distinta de la poética y la literaria, les parecía una aberración y en contraposición reconocían la influencia decisiva en su obra de voces tan colombianas como las de Aurelio Arturo y Álvaro Mutis, no sólo en términos de escritura, sino también de actitud: “[…]se hallan al margen; son la otra voz dentro de la poesía colombiana” (21), comentaban en la entrevista con Carranza. Y es que no es difícil comprender por qué destacan, por ejemplo, la imagen de Aurelio Arturo, que siempre estuvo alejado de la época y no se dejaba impregnar de las circunstancias del mundo. Cobo Borda escribió luego: “poetas como Xavier Villaurrutia, Aurelio Arturo, José Lezama Lima y Emilio Adolfo Westphalen intentaron otras opciones. Serán, en definitiva, solitarios, para los cuales las únicas motivaciones políticas eran las de la cultura” (en Bonnett, 2010, 13).