I La crisis del subdesarrollo: El imperialismo y el mercado externo
II. La crisis del subdesarrollo: El latifundio y el mercado interno
2. E L LATIFUNDIO Y EL MERCADO INTERNO DE BIENES DE CONSUMO
Comparando los salarios agrícolas de 1952, según la encuesta a que se hizo referencia en el punto anterior, con los salarios industriales de Sao Paulo en 1951,” podemos establecer las siguientes relaciones.
Mientras el 47% de los 1 874 municipios informantes pagaban salarios entre 11 y 20 cruzeiros diarios, el salario medio de la industria alcanzaba a 37.70 cruzeiros en 1951. Solamente en el estado de Sáo Paulo se encontraba una pequeña parte de “altos” salarios agrícolas, que alcanzaba a 31 y 40 cruzeiros diarios. Si tenemos en cuenta que hubo en 1952 un aumento de salarios en la capital de cerca de 38%, lo que elevaría el salario medio industrial a cerca de 49 cruzeiros, podremos entonces concluir que los más altos salarios rurales no alcanzaban al nivel medio de salarios en la industria paulista.
Según el IBGE, el salario medio mensual de los trabajadores agrícolas en 1959 y 1960 oscilaba respectivamente entre 2 770 y 3 950 para los trabajadores de azada masculinos (siendo que las mujeres de esta categoría recibían en promedio 2 090 y 2 950, y los menores recibían 1 600 y 2 280) y el salario más alto de administrador alcanzó en promedio 4 880 y 6 889 en estos mismos años. El salario medio del obrero ocupado en la actividad industrial se calculaba en 7 056 en 1959 y en 11 398 en 1961. Según estos datos, el obrero urbano ganaba en promedio cerca de tres veces más que un campesino y uno y medio más que un administrador. Así vemos que el propio sector capitalista de nuestra agricultura remunera muy poco en dinero a sus asalariados, lo que hace mínima la parte de consumo de los trabajadores agrícolas y reduce el mercado interno de bienes de consumo. El régimen capitalista se reproduce y crece a través de la reproducción y crecimiento del régimen asalariado, pues éste no sólo crea la plusvalía sino que crea el consumidor de las mercaderías por él mismo
producidas. El capitalismo, para crecer, tiene que destruir las formas anteriores en las que no existe plusvalía y no se consumen los productos lanzados al mercado. Por esto, podemos considerar que las relaciones de aparcería son precapitalistas y semiserviles, por los motivos siguientes: 1. Se apoyan en una división del trabajo entre productores familiares que producen para el autoconsumo; 2. La explotación del trabajo del aparcero por el latifundista se hace a cambio de la concesión de la tierra y en forma de división del producto del trabajo; 3. Existen relaciones de dependencia personal, consolidadas por relaciones patriarcales, de compadrazgo, de protección policial y política, etc., entre el aparcero y el latifundista.12 Es un hecho que la penetración del capitalismo en el campo va transformando progresivamente esas relaciones y las somete a su régimen de producción y circulación. El hacendado, por ejemplo, presionado por la necesidad de creciente comercialización de los productos agrícolas, restringe cada vez más la economía de subsistencia (hortalizas, crianza, avicultura, etc.), que antes era una actividad importante del aparcero y su familia. Al mismo tiempo, el aparcero se ve progresivamente obligado a vender casi toda la parte de la cosecha que obtuvo, apremiado por las deudas que asumió ya con el propio hacendado (instrumento de dominación sobre el trabajador), ya en el almacén de la ciudad (forma más moderna) donde le exigen los pagos en dinero. Muchas veces se verá obligado a comprar, más tarde, a precios altísimos la misma mercadería que él vendió a bajos precios, apremiado por las deudas.
Tales transformaciones, en la dirección de una economía de mercado son, sin embargo, inadecuadas para crear un poderoso mercado interno. Para que esto ocurriere, el capitalismo debería despojar al campesino de todos los restos de la economía de subsistencia, impidiéndole construir su casa con barro y bambú gratuitos (lo que ya está sucediendo, pues los hacendados impiden cada vez más el uso de los recursos naturales de
12 Caio Prado Junior, en su estudio “Contribución a la Cuestión Agraria en Brasil”, Revista Brasiliense, núm. 28, defiende la tesis de que
ésas son relaciones capitalistas disfrazadas, pues los aparceros no pasarían de ser meros asalariados que reciben sus salarios de manera indirecta. Tal tesis es insostenible por los siguientes motivos: 1o.) porque la relación de aparcería supone anteriormente un régimen de producción individual o familiar, pero nunca cooperativo y con la división del trabajo capitalista; 2o.) porque el trabajador es propietario de parte de su producto, no existiendo la plusvalía y sin una expropiación directa de parte del producto; 3o.) porque estas relaciones son directas, tradicionales y contractuales, lo que es propio del régimen servil. La confusión de Caio Prado Junior es producto del hecho de que esas relaciones de producción se dan según los intereses del capitalismo comercial; por tanto, están condicionadas por un mercado capitalista que las alienta y las deforma. Este fue, por ejemplo, el caso del artesanado medieval, cuando fue sometido a la presión de los mercados capitalistas que introduciendo su materia prima y pagándola en términos monetarios, acabaron por destruirlo, arruinando a los artesanos y sometiéndolos a su control en las primeras manufacturas. Pero la producción capitalista sólo surge con la existencia del trabajador libre, esto es, el trabajador que vende su fuerza de trabajo al propietario de los medios de producción, recibiendo un salario por alquiler de la misma.
la región que se vuelven comerciables) ; poseer un pedazo de tierra (minifundio) ; poder pescar, cazar libremente y obtener madera, frutas, etc., en las tierras abandonadas. Por último, el capitalismo necesita destruir todos los vestigios de la economía de subsistencia y las relaciones de aparcería, que impiden la libre circulación de los campesinos y de las mercaderías. Resumiendo, necesita transformar al campesino en un trabajador libre, en un asalariado desprovisto de cualquier medio propio de subsistencia. Esta es la condición del desarrollo capitalista.
Una solución intermedia sería la expansión de la mediana propiedad, integrándola en el mercado capitalista. En Brasil, la pequeña propiedad (minifundio) está diseminada y es cultivada con los moldes de la economía de subsistencia. Apenas da la producción para el consumo de sus propios productores, que se ven obligados a complementar su ganancia trabajando en la época de la zafra para el latifundista. En parte, una excepción se daría en las regiones próximas a los grandes centros urbanos, donde se dedican a la agricultura hortigranjera para los mercados vecinos, obteniendo mejores rentas.
Estos pequeños propietarios, sumados a ellos los trabajadores familiares, alcanzaban en 1950 a cerca del 63% de la población activa en la agricultura. Así constituyen una gran parte de la mano de obra fluctuante en el campo, una especie de reserva que es utilizada por los latifundistas en la época de la zafra como jornaleros. Con los bajos salarios que reciben en estas ocasiones concurren al mercado para abastecerse de los productos que su pequeña propiedad no puede producir. Es éste, pues, el sector más atrasado de nuestra economía, y restringe no sólo al mercado de bienes de consumo, sino también, potencialmente, al de bienes de producción, ya que mejor organizados en cooperativas podrían desarrollar la producción con moldes técnicos modernos, ampliando el consumo de fertilizantes, productos químicos y máquinas agrícolas.
Si volvemos nuestra atención hacia el hecho de que esta forma de pequeña propiedad se crea por el monopolio de la tierra en manos de los latifundistas; si notamos que esta economía de subsistencia aún sustenta a la mano de obra utilizada por el latifundio en la época de la zafra, sirviendo como factor de estabilidad del régimen latifundista, entonces podemos comprender que la solución de este problema está profundamente vinculada a la destrucción de la propiedad latifundista y de su régimen de producción. Solamente la destrucción del monopolio de la tierra aumentará los salarios y las remuneraciones de los 3.334 millones de trabajadores (entre asalariados, aparceros y colonos, según el Censo Demográfico de 1950) y daría las condiciones para traer al mercado 3.521millones de trabajadores autónomos (pequeños propietarios sin trabajadores contratados, según la misma fuente) y los 2.698 millones de miembros de sus familias que les ayudan en el trabajo. Tales transformaciones son absolutamente necesarias para que el Brasil supere el actual nivel económico de país atrasado e ingrese en el campo de las economías desarrolladas. Pero esto implica una revolución agraria, cuya
esencia es la destrucción de la propiedad monopolista en el campo y un cambio radical de las relaciones de producción que allí perduran.
2.1 Los “Boia Fría”
Entre los años de 1960 y 1976 se han profundizado enormes cambios en la composición de la mano de obra agrícola en Brasil. Un proceso implacable de modernización de las grandes empresas agrícolas tuvo como resultado la proletarización masiva de vastos sectores campesinos. Pero estos proletarios no se convirtieron en asalariados agrícolas estables sino en trabajadores temporarios particularmente conocidos por el apodo de “Boia Fría” (es decir, los que llevan su comida al campo y la tienen que comer fría). La formación de estos ejércitos de trabajadores temporarios se ha acentuado sobre todo en las regiones de agricultura capitalista más desarrollada como el estado de Sáo Paulo.