• No se han encontrado resultados

E l motivo fundamental es la preferencia de obrar antes

In document Arnold Matthew - Cultura Y Anarquia.pdf (página 155-169)

que pensar. Ahora bien, esa preferencia es un elemen­ to principal en nuestra naturaleza y, al estudiarlo, nos enfrentamos con numerosas cuestiones importantes en to­ dos los aspectos.

Dejadme que vuelva un momento a lo que ya he citado del obispo Wilson: «Primero, no ir nunca contra la mejor luz que tengamos; segundo, cuidar de que nuestra luz no sea oscuri­ dad». He dicho que mostramos, como nación, energía y persis­ tencia laudables al caminar conforme a la mejor luz que te­ nemos, pero tal vez no tengamos suficiente cuidado de que nuestra luz no sea oscuridad. Esto sólo es otra versión de la vieja historia de que la energía es nuestro punto fuerte y carac­ terística favorable, antes que la inteligencia. Pero aún podemos dar a esa idea una forma más general, con la que tendrá un rango de aplicación mayor. Podemos considerar esta energía que conduce a la práctica, este sentido principal de la obliga­ ción del deber, el autocontrol y el trabajo, esta seriedad en mar­ char virilmente a la mejor luz que tenemos, una fuerza, Pode­ mos considerar la inteligencia que conduce a esas ideas que son, después de todo, la base de la práctica recta, el sentido ar­ diente para todas las nuevas y cambiantes combinaciones suyas que el desarrollo del hombre conlleva, el indomable impulso a conocerlas y ajustarlas perfectamente, otra fuerza. Podemos con­ siderar estas fuerzas en cierto sentido rivales, rivales no por la necesidad de su naturaleza, sino tal como se muestran en el

hombre y su historia, y rivales por dividir el mundo entre ellas. Para dar a esas fuerzas los nombres de las dos razas de hombres que han proporcionado sus manifestaciones más señaladas y espléndidas, podemos llamarlas respectivamente las fuerzas del hebraísmo y el helenismo. Hebraísmo y helenismo, entre estos dos puntos de influencia se mueve nuestro mundo. En cierto momento siente más poderosamente la atracción de una de ellas, en otro de la otra, y debería estar, aunque nunca lo esté, imparcial y felizmente equilibrado entre ellas.

El objetivo final de helenismo y hebraísmo, como el de todas las grandes disciplinas intelectuales, es sin duda el mis­ mo: la perfección o salvación del hombre. El lenguaje mismo que usan al enseñarnos a alcanzar este objetivo es a menudo idéntico. Aun cuando su lenguaje indique por'su variación —a veces amplia, a menudo sólo leve y sutil— los diferentes cursos de pensamiento que sobresalen en cada disciplina, aun entonces la unidad del fin y objetivo final sigue siendo apa­ rente. Por emplear las auténticas palabras de esa disciplina con la que estamos más familiarizados, y las palabras que, por tanto, nos resultan más próximas, ese fin y objetivo final es «que podríamos ser partícipes de la naturaleza divina». Éstas son las palabras de un apóstol hebreo, pero se trata del mismo objetivo, como digo, del helenismo y del hebraísmo. Cuando se los contrasta, como a menudo ocurre, casi siempre se hace con lo que llamo un propósito retórico; la intención del ora­ dor es exaltar y entronizar a uno de los dos, y usa el otro sólo para realzarlo y que le permita mejor lograr su propósito. Ob­ viamente, entre nosotros, es por lo genera] el helenismo el que se ve así reducido a asistir al triunfo del hebraísmo. Hay un sermón sobre Grecia y el espíritu griego, obra de un hom­ bre a quien no puede mencionarse sin interés y respeto, el señor Frederick Robertson, en que el uso retórico de Grecia y el espíritu griego, y su exhibición inadecuada, consecuente por necesidad, son casi lúdicos y serían censurables si no se explicaran por las exigencias de un sermón1. Por otro lado,

* Arnold era un admirador de los Sermom Preached at Brighton (Sermones de Brighton), de Frederick Robertson (í 816-1853), en los que explicaba cómo el cristianismo había superado el mundo griego, romano y bárbaro-

Heinrich Heine y otros escritores de este tipo nos proporcio­ nan un espectáculo con las mesas cambiadas por completo, con el hebraísmo introducido para resaltar y contrastar con el helenismo y hacer más manifiesta la superioridad del helenis­ mo. En ambos casos hay injusticia y falsa representación. El objetivo y fin de hebraísmo y helenismo es, como he dicho, uno y el mismo, y este objetivo y fin es augusto y admirable.

Sin embargo, persiguen este fin por cursos muy diferentes. La idea sobresaliente del helenismo es ver las cosas como real­ mente son; la idea sobresaliente del hebraísmo es la conducta y obediencia. Nada puede eliminar esta diferencia indeleble; la pelea griega con el cuerpo y sus deseos consiste en que im­ piden el pensar recto, la pelea hebrea con ellos consiste en que impiden el obrar recto. «El que guarda la ley, dichoso él», «Nada hay más dulce que cumplir los mandamientos del Se­ ñor»: ésa es la noción hebrea de felicidad; perseguida con pasión y tenacidad, esta noción no deja descansar al hebreo hasta que, como es sabido, al fin forja con la ley una red de prescripciones para envolver su vida entera, para gobernar cada momento suyo, cada impulso, cada acción. La noción griega de felicidad, por otra parte, se expresa perfectamente con las palabras de un gran moralista francés: C’est le bonheur deshómmes. ¿Cuándo? ¿Cuando aborrecen el mal? No. ¿Cuan­ do se ejercitan noche y día en la ley del Señor? No. ¿Cuando mueren a la luz del día? No. ¿Cuando caminan hacia la Nue­ va Jerusalén con palmas en las manos? No, sino cuando pien­ san correctamente, cuando su pensamiento acierta, quand ils pensent justé1. Al fondo de la noción griega y hebrea está el deseo, original en el hombre, de la razón y la voluntad de. Dios, el sentimiento del orden universal, en una palabra, el amor a Dios. Pero mientras que el hebraísmo trabaja con cierto plan, intimaciones capitales del orden universal, y se atiene, puede decirse, con inigualada grandeza de seriedad e intensidad a su estudio y observancia, la inclinación del hele­ nismo es seguir, con actividad flexible, todo el juego del orden universal, mostrarse aprensivo por perder alguna de sus partes,

2 Se trata de una cita de Federico el Grande recogida por Sainte-Beuve en sus Cameries Aulundi (1862) y anotada por Arnoid en su diario en 1867.

por sacrificar una parte a otra, y no descansar en esta o aquella intimación, por capital que sea. Esa inclinación lleva a una inmaculada claridad mental, a un libre juego del pensamien­ to. La idea gobernante del helenismo es la espontaneidad de la conciencia', la del hebraísmo, la ri¿dez de la conciencia!'.

El cristianismo no cambió nada en esta inclinación esencial del hebraísmo a anteponer el obrar al conocer. El autodomi­ nio, la devoción, el seguir no la propia voluntad individual, sino la voluntad de Dios, ía obediencia, es la idea fundamental de esta forma, también, de la disciplina a la que asociamos el nombre general de hebraísmo4. Pero como la antigua ley y la red de prescripciones con que envolvió la vida humana eran un poder impulsor no lo bastante orientador e inquisitivo para producir el resultado perseguido —la paciente continui­ dad ai obrar bien, el autodominio— , ei cristianismo los susti­ tuyó por la devoción ilimitada hacia ese modelo inspirador e influyente de autodominio ofrecido por Cristo, y con el nue­ vo poder impulsor, cuya esencia era ésta, aunque el amor y admiración de las iglesias cristianas han sido usados durante siglos para variar, ampliar y adornar su sencilla descripción, el cristianismo, como verdaderamente dice san Pablo, «confirma la ley» y, con la fuerza del más amplio poder que ha propor­ cionado para cumplirla, ha logrado los milagros, que todos vemos, de su historia.

Mientras no olvidemos que tanto helenismo como hebraís­ mo son manifestaciones profundas y admirables de la vida del hombre, y que ambos persiguen un mismo resultado fi­ nal, no podemos insistir con demasiada fuerza en la diver­ gencia de línea y de operación con que proceden. Es una di- ] En respuesta a los elogios de William Elle por Cullitray anarquía, Ar­ nold admitió que la expresión rigidez de ¡a conciencia no se sostenía «sobre sus cuatro patas, y esto lo he tenido presente desde que la usé, pero no veo la manera de enmendarlo. En estos ensayos hay muchas nociones para las que la época está madura, que pueden alojarse en la mente de los hombres, aunque las discutan, y producir su efecto antes o después, cuando nadie se cuide de preguntar quién las pronunció».

4 Con la expresión «autodominio» (selj-conquesí) Arnold se hada eco de la que consideraba la mejor reseña de su artículo «Culture and Its Enemies» (La cultura y sus enemigos) desde el punto de vista puritano, publicada en

vergencia tan grande que realmente, como dice el profeta Zacarías, «blandiré tus hijos, ¡oh Sión!, contra tus hijos, ¡oh Grecia!». La diferencia, ya sea al obrar o al conocer, que mejor conservamos, y las consecuencias prácticas que se siguen de esta diferencia, dejan su marca en toda la historia de nuestra raza y de su desarrollo. Por abundantes citas del lenguaje del helenismo y del hebraísmo, puede parecer que uno sigue la misma corriente que el otro hacia la misma meta. Son lleva­ dos, realmente, hacia la misma meta, pero las corrientes que los llevan son infinitamente diferentes. Es cierto que Salo­ món alaba el saber: «Fuente de vida es la cordura para el que la tiene». En el Nuevo Testamento, de nuevo, Cristo es una «luz», y «la verdad os hará libres». Es cierto, Aristóteles subes­ timará el conocimiento: «Respecto a la virtud —dice— son necesarias tres cosas: conocimiento, voluntad deliberada y perseverancia; pero mientras que las dos últimas son esencia­ les, la primera tiene poca importancia». Es cierto que con la misma impaciencia con que Santiago ordena a un hombre no contentarse con oír la palabra, sino ponerla en práctica, Epícte- to nos exhorta a hacer lo que hemos comprobado que debe­ mos hacer, o nos reprocha la futilidad de armarnos de todo punto para probar que la mentira está mal y, sin embargo, no dejar de mentir. Es cierto que Platón, con palabras que son casi las palabras del Nuevo Testamento o de la Imitación, lla­ ma a la vida un aprendizaje de la muerte. Pero bajo la coinci­ dencia superficial aún subsiste la divergencia fundamental. La cordura de Salomón es «andar por el camino de los manda­ mientos», ése es «el camino de la paz» y de ahí proviene la bendición. En el Nuevo Testamento, la verdad que nos trae la paz de Dios y nos hace libres es el amor de Cristo que nos hace crucificar, como él hizo, con igual propósito de regene­ ración moral, la carne con sus pasiones y concupiscencias, para confirmar así, como vemos, la ley. A san Pablo le parece posible «afirmar la verdad en la rectitud», que es lo que Sócra­ tes consideraba imposible. Las virtudes morales, por otro lado, no son para Aristóteles sino la puerta y acceso a las inte­ lectuales, en las que reside la bendición. Platón niega expresa­ mente al hombre de mera virtud práctica, el que se domina a' sí mismo por otro motivo que la visión intelectual perfecta, la

participación en la vida divina que tanto helenismo como hebraísmo, como hemos dicho, fijan como objetivo supre­ mo; la reserva para el amante del conocimiento puro, de ver las cosas como realmente son, el cpiAojia0r|c;.

Tanto helenismo como hebraísmo surgen de las necesidades de la naturaleza humana y pretenden satisfacer esas necesida- des. Pero sus métodos son tan diferentes, insisten en cuestiones tan diferentes y promueven por sus respectivas disciplinas tan diferentes actividades que el rostro que presenta la naturaleza humana cuando pasa de las manos de uno a las del otro ya no es el mismo. Librarse de la propia ignorancia, ver las cosas como son y, al verlas como son, ver en ellas su belleza, es el sencillo y atractivo ideal que el helenismo ofrece a la naturaleza humana, y por la sencillez y encanto de este ideal, el helenis­ mo, y la vida humana en manos del helenismo, se invisten de una especie de aérea facilidad, claridad y resplandor; se llenan de lo que llamamos dulzura y luz. Las dificultades quedan fue­ ra de la vista, y la belleza y racionalidad del ideal dominan to­ dos nuestros pensamientos: «El mejor hombre es el que intenta perfeccionarse, y el más feliz es el que siente que se perfeccio­ na»; esta observación al respecto de Sócrates, el verdadero Só­ crates de los Recuerdos, contiene algo tan sencillo, espontáneo y natural, que parece colmarnos de claridad y esperanza cuando la oímos. Pero hay un dicho atribuido a Sócrates, según he oído, por Carlyle — un dicho muy acertado, sea o no realmente de Carlyle—, que marca de manera excelente el punto esencial en que el hebraísmo difiere del helenismo: «Sócrates —dice— está terriblemente a gusto en Sión». El hebraísmo — y aquí se halla la fuente de su maravillosa fuerza— se ha preocupado siempre en©rmemente por la horrible sensación de la imposibi­ lidad de estar a gusto en Sión, de las dificultades que se oponen a la busca o logro del hombre de esa perfección de la que Só­ crates habla tan esperanzada y, como casi podría decirse desde este punto de vista, tan lisamente. Está muy bien hablar de li­ brarse de la propia ignorancia, de ver las cosas en su realidad, verlas en su belleza, pero ¿cómo ha de hacerse esto cuando algo frustra y arruina todos nuestros esfuerzos?

Este algo es el pecado, y el espacio que el pecado ocupa en el hebraísmo, comparado con el helenismo, es prodigioso.

Este obstáculo a la perfección llena toda la escena, y la perfec­ ción parece remota y cada vez más lejos de la tierra, al fondo. Bajo el nombre de pecado, las dificultades de conocerse y dominarse que impiden al hombre el tránsito a la perfección se convierten, para el hebraísmo, en una entidad positiva, ac­ tiva, hostil al hombre, un misterioso poder que hace poco el doctor Pusey comparó, en uno de sus impresionantes sermo­ nes, con una odiosa joroba en nuestra espalda, que debe ser objeto de oposición y repudio en nuestras vidas5. La discipli­ na del Antiguo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a aborrecer y huir del pecado; la disciplina del Nuevo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a morir por él. Así como el helenismo habla de pensar con claridad, de ver las cosas en su esencia y belleza como una hazaña grande y preciosa que el hombre ha de lpgrar, el hebraísmo habla de hacernos conscientes del pecado, de des­ pertar al sentido del pecado como una hazaña de este tipo. Es obvia la amplia divergencia a la que estas diferentes tenden­ cias, seguidas activamente, deben conducir. TU jjasar una y otra vez del helenismo al hebraísmo, de Platón a san Pablo, nos sentimos inclinados a frotamos los ojos y preguntarnos si el hombre es, en efecto, un ser gentil y sencillo que muestra huellas de una naturaleza noble y divina, o un infeliz cautivo encadenado que se esfuerza entre gemidos impronunciables para liberarse del cuerpo de esta muerte.

Aparentemente fue la concepción helénica de la naturaleza humana la que resultó enfermiza, porque el mundo no pudo vivir conforme a ella. Llamarla enfermiza de manera absoluta, sin embargo, es caer en el error común de sus enemigos hebrai­ zantes, pero resultó enfermiza en aquel momento particular del desarrollo del hombre, resultó prematura. La base in­ dispensable de la conducta y autodominio, la única plataforma sobre la que la perfección buscada por Grecia puede florecer, no iba a ser alcanzada por nuestra raza tan fácilmente; se nece­

5 Edward Bouverie Pusey (1800-1882) fue profesor de hebreo en Oxford y se convirtió en líder del Movimiento de Oxford, que trató de regenerar el anglicanismo, tras la conversión al catolicismo de John Henry Newman en 1845.

sitaron siglos de prueba y disciplina para llevarnos a ella. Por tanto, la brillante promesa del helenismo se debilitó y el he­ braísmo rigió el mundo. Entonces se vio aquel asombroso es­ pectáculo, tan bien observado por las palabras a menudo citadas del profeta Zacarías, cuando hombres de todas las lenguas de las naciones agarraron de la orla (del manto) a un judío, dicién- dole: «Nos vamos con vosotrps, porque hemos oído que con vosotros está Dios». El hebraísmo que recibió y rigió así un mundo desorientado y completamente infructuoso fue, y no podía sino ser, el desarrollo más espiritual, más atractivo del hebraísmo. Fue el cristianismo, es decir, el hebraísmo que bus­ ca el autodominio y el rescate de la esclavitud de las pasiones viles, no por obediencia a la letra de la ley, sino por conformi­ dad a la imagen de un ejemplo de autosacrificio, A un mundo azotado por la enervación moral el cristianismo le ofreció su espectáculo de un inspirado autosacrificio; a hombres que no se negaban nada, les mostró uno que se lo negaba todo: «Mi salvador destierra el goce», dice George Herbert6. Mientras que el alma Venus, el poder engendrador y gozoso de la naturaleza, tan apreciado por el mundo pagano, no podía salvar a sus se­ guidores de la insatisfacción y el ennui, las severas palabras del apóstol sonaron animosas y nuevas: «Que nadie os engañe con palabras vanas, pues por esto viene la cólera de Dios sobre los hijos rebeldes». Epoca tras época, generación tras genera­ ción, nuestra raza, o la parte de nuestra raza que se ha mostra­ do más viva y progresiva, ha sido bautizada en la muerte y se ha esforzado, al sufrir en la carne, por dejar de pecar. Las grandes manifestaciones históricas de este esfuerzo son los alentadores trabajos y aflicciones del cristianismo primitivo, el conmove­ dor ascetismo del cristianismo medieval. Sus monumentos li­ terarios, cada uno incomparable a su manera, siguen siendo las Cartas de san Pablo, las Confesiones de san Agustín y los dos originales y más sencillos libros de la imitación1.

De las dos disciplinas que ponen especial énfasis, una, en la clara inteligencia, la otra, en la firme obediencia; una en co­ 6 George Herbert (1593 1633), poeta y clérigo anglicano, cuya santidad enfatizó Izaac Walton en su biografía (1670). El verso procede de «The Size».

nocer de manera comprensible los fundamentos del propio deber, la otra en practicarlo con diligencia; una en poner todo el cuidado posible (por usar de nuevo las palabras del obispo Wilson) en que la luz que tenemos no sea oscuridad, la otra en que caminemos con diligencia conforme a la mejor luz que tenemos, la prioridad corresponde naturalmente a esa disciplina que refuerza los poderes morales del hombre y fun­ da para él la base indispensable del carácter. Por tanto, se dice justamente del pueblo judío, al que se atribuye la poderosa exposición de esa faceta del orden divino a la que apuntan las palabras conciencia y autodominio, que «recibió la palabra de

In document Arnold Matthew - Cultura Y Anarquia.pdf (página 155-169)

Documento similar