Estado, sociedad, psicoanálisis
2. L a sociedad civil , el cuerpo y su aparataje
Toda sociedad define el cuerpo del sujeto por el aparataje que le da, jurídico, técnico o erótico. Es por el sesgo del cuerpo y de su definición, del goce que es legítimo sacar de él, lo que se suele llamar los hábitos, y de las relaciones entre los sistemas de parentesco y la distribución de los Nombres del padre, madre y niño, que el psicoanálisis se ve llevado a tomar partido en los debates que animan la sociedad civil. Examinare mos sucesivamente en esos tres registros algunos puntos sobre los cua les nos vemos llevados a opinar en el planeta entero.
2.1. El cuerpo y su definición
No es únicamente la etnología (en el sentido de la social-antropolo- gía inglesa) la que sitúa el cuerpo sólo en la consideración de su entorno social y su contexto. En primer lugar, en la religión el cuerpo está organi zado en el discurso; la historia de la teología del bautismo es, sobre esos puntos, particularmente apasionante.16 A continuación, las filosofías del derecho son las que han podido subrayar el carácter de ficción que re viste el cuerpo desde que es tratado de forma diferente a un organismo. I in esta tradición, hay que recordar el bonito libro de Ernst Kantorowicz sobre Los dos cuerpos del R ey}1 Es sorprendente constatar, no obstan te, que el derecho positivo haya esperado a este año 1994 para producir el primer corpus coherente de leyes efectivamente votadas por un par lamento democrático. Fue, como se sabe, en Francia donde se encontró un primer resultado, un conjunto de reflexiones sobre las cuestiones que preocupan a uno y otro lado del Atlántico a títulos diversos. Las técnicas médicas agrupadas bajo el nombre de biotecnologías comienzan a incidir suficientemente en el cuerpo humano como para motivar que el derecho enuncie algunos principios sobre el cuerpo, los estudios genéticos, las características de la persona, así como sobre la filiación en caso de pro creación médica asistida. La ley votada el 23 de Junio de 1994 precisa
que el respeto al ser humano debe estar garantizado desde el inicio de la vida; esto para evitar cualquier industrialización del embrión. El cuerpo humano está definido como inviolable y no puede ser vendido o cedido legítimamente. Así, no puede ser objeto de ningún derecho patrimonial. Un observador ha podido señalar que «esa ley se opone con solemnidad a los desarrollos actuales y futuros de esa nueva esclavitud que ve cómo la sangre, los riñones, las córneas o los corazones, se sitúan en la esfera mercantil.18 Cómo no ver en esas leyes, críticas de un liberalismo ciego, una respuesta destinada a los deseos de Jacques Lacan que impulsaba en 1967 al psicoanálisis a hacerse oír sobre esos puntos. Llamaba la atención en los términos siguientes: «La cuestión es saber si al ignorar que ese cuerpo es tomado por el sujeto de la ciencia, se va a llegar por derecho a cortar ese cuerpo en trozos para intercambios».19 Esas leyes añaden que el hecho de realizar una práctica eugénica tendiente a la organización de la selección de las personas está castigado con veinte años de reclusión criminal. Constatamos, pues, que, en el ejercicio de la profesión médica, no había actualmente suficiente oposición a la tenta ción eugénica; tiene mérito señalarlo para subrayar lo que hace que el psicoanalista no pueda contentarse con ser médico, «antigua investidura, cuando laicizada, va hacia una socialización que no podrá evitar ni el eugenismo ni la segregación política de la anomalía».20
Finalmente, la ley reafirma que la procreación médicamente asisti da «con tercer donante» no puede conducir, de ninguna manera, al esta blecimiento de un lazo de filiación entre el autor del don y el hijo nacido de la procreación; especifica incluso que es necesario para los que recu rran a ello, dar su consentimiento a un juez que los informe de la conse cuencia de su acto respecto a la filiación. Esta estipulación especifica un camino francés original, diferente del camino sueco que establece para un sujeto el derecho a conocer sus orígenes y, por consiguiente, a poder restablecer el lazo entre el donante y quien de él ha nacido. Es del todo sorprendente que se haya podido consultar sobre ese asunto a psicoana listas, algunos de los cuales optaban por el camino sueco rechazando cualquier ficción, para admitir solamente la filiación biológica.
Con esas leyes, poco más o menos, es el corpus recomendado por la comisión Braibant el que se ha votado. Nosotros habíamos hablado de
ello l ’Áne21 y no podemos más que felicitarnos. Ese corpus llega a ha cer palpable hasta qué punto es el cuerpo en tanto que simbólico lo que otorga el otro.22 No podemos más que alentar a nuestros colegas de todas partes a que tomen parte en los debates positivos que tendrán lugar y hacer oír esas llamadas de atención.
2.2. E l cuerpo y los parejos de la concepción genética del mundo y
la medicina cosmética
Los sobresalientes éxitos de la biología, de la genética y de sus técnicas, engendran un paradigma de explicación que se extiende am pliamente más allá del dominio de sus competencias. Va desde la sociobiología a la ética natural pasando por la explicación genética de los alcoholismos, de la homosexualidad, del amor, etc. No hay mes sin que los órganos de guerra ideológica anuncien boletines de victoria decisi vos. Dejo de lado la serpiente de mar del «gen de la esquizofrenia» y aconsejo leer una recensión reciente sobre la cuestión {Synapse, Biopsy, Mayo de 1994) para ver que las esperanzas de correspondencia inge nua, una enfermedad mental/una falta genética, se alejan. Es la propia genética la que deshace los espejismos de la genética. El psicoanálisis se alza contra esa concepción genética del mundo. Se puede leer en la literatura reciente (Pour la Science, Julio de 1994): sólo los psicoanalis tas se indignan. Con ciertos geneticistas y otros practicantes de las cien cias humanas, los psicoanalistas luchan contra una corriente que lleva a un peligro eugénico, antes siempre denunciado por los comités de bioética. Su tarea es importante, pero no es suficiente legislar. El psicoanálisis se debe anticipar a eso. Con otros, vela por el porvenir.
El cuerpo también se encuentra atendido con aparatajes de diver sos modos. En eso aún es la cirugía, en primer lugar, la que se ha desbor dado en sus indicaciones médicas para lanzarse a la reparación cosmé tica. La cirugía llamada plástica acompaña ahora al hombre, y quizás más todavía a la mujer, como una sombra insistente. Desde la nueva nariz al transexual, la oferta quirúrgica cosmética ha modificado las de mandas legítimamente admisibles por la institución médica, abriendo un campo nuevo. Se puede decir que la psicofarmacología acaba de preci-
pitarse en todo eso. Es tan así que, sin duda, es preciso escuchar los debates que han acompañado la publicación del libro de Peter Kramer A
la escucha delProzacP Más allá de las críticas de los profesionales que
denuncian desde luego esa concepción de la panacea, el verdadero debate es el de una psiquiatría cosmética y el uso del psicotropo no como droga ilícita o contra una angustia existencial, sino simplemente para reparar lo que el sujeto estima que es una injusticia de la naturaleza. Toda una nueva casuística se anuncia, apasionante. Será necesario consultar a los psicoanalistas sobre esos puntos más allá de las contribuciones realiza das en el campo de las toxicomanías. Remito sobre ese punto a las con tribuciones del GRETA (Francia) y del grupo TYA (Buenos Aires).
2.3. El estado del familiarismo delirante
Esta expresión utilizada por Lacan en su «Proposición del 9 de Octubre del 67 sobre el psicoanalista de la Escuela» parece definir muy bien una corriente profunda en la opinión. Asistimos a una vasta reac ción contra los movimientos de liberación de cualquier ataque familiar del período precedente. La utopía familiar, la voluntad de relaciones sin represión de los años 60, había producido sus propias escorias: el aburri miento y la melancolía.24 Es cierto que el propio período demostraba lo irreductible de la familia que Lacan pudo situar.25 Sin embargo, el psi coanálisis no tiene ninguna necesidad de acompañar el reflujo ideológico y la abundante literatura que provoca, especialmente en los países de lengua inglesa, en los q u ilo s family valúes vuelven a tener sus honores. Para el caso, eso puede justificar incluso la demanda de más protección social para la licencia parental, es decir, si el motivo es imperioso.26 En los países de lengua latina asistimos al mismo movimiento, justificado de otra manera. Se trata, antes bien, de una defensa del hombre o, mejor, del padre. El psicoanalista, en eso, está naturalmente convocado para sostener esa especie en extinción, sobre todo si supuestamente es laca- niano. En efecto, la situación ha cambiado. Después de la segunda gue rra mundial, era a las madres a quien los psicoanalistas se veían llevados a sostener puesto que Bowlby, en un informe célebre para la Organiza ción Mundial de la Salud, había contribuido a convencer de que la enfer
medad mental tenía como causa los trastornos de la relación en el maternaje. Esa fue la justificación de la creación de las instituciones de protección infantil. Melanie Klein iba en el sentido de ese espejismo cuando anunciaba la prevención de las neurosis por la generalización de una atención psicoanalítica centrada en las madres. Podemos decir que asis timos ahora, por todas partes, a la reducción de los créditos que afectan a ese tipo de institución. La imposible evaluación del beneficio del apoyo preventivo hace que el amo moderno no crea ya en la importancia de las madres para proteger la salud mental. Antes cree en la extensión del derecho del niño. En esta vena es donde piensa restaurar la vieja y expe rimentada autoridad paterna o al menos cesar de desmantelarla para tener en ella a un aliado. ¿Por qué nos pide ayuda para tales maniobras? Los psicoanalistas no están para salvar al padre sino para devolver su Nombre a la consideración científica. Es inútil enrolarnos al lado del discurso religioso para reclamar un «derecho al padre» en la familia y las procreaciones. Lo mismo que la intervención psicoanalítica consiste en no reducir el deseo femenino a la procreación, la cuestión del padre debe ser separada de ella. Es de una cuestión transbiológica de lo que se trata. El padre es aquél que es responsable de la consumación del deseo. Por eso Lacan llamó la atención de los psicoanalistas sobre la consideración de Edipo, no en Tebas sino en Colono y sobre su maldición final. No hay derecho universal al padre, como tampoco hay derecho universal al amor. Lo que fue un padre para un niño se juzga uno por uno. El psicoanálisis pide el derecho a examinarlo sin el tapón de ningún discurso establecido. La esencia del padre debe mantenerse vacía para que se pueda conside rar lo que fue, uno por uno. La lógica de ese punto nos es familiar, pero todavía es preciso hacerla entender.
3. Eldeseoy sumododeprueba
3.1. Una prueba por el deseo
Para la orientación psicoanalítica definida por Freud, hay en los sueños de retorno al orden y a la paz de las familias una apona funda mental: civilización y pulsión no están en oposición simple, como el instin-
to se opone a su domesticación. No hay nada de eso en el hombre, sino una transposición más sutil en la que la propia pulsión alimenta a la civi lización ya sus exigencias de renuncia, encontrando por eso una satis facción más secreta. El malestar no viene por exigencias contrarias a la pulsión, sino por el hecho de que en esas mismas exigencias está presen te la satisfacción del superyó. Que lo es tanto más cuanto que la exigen cia de virtud es tiránica, radical, puritana. Así es como la propia pulsión contribuye a la llamada civilización y como ayuda poderosamente a cons tituir el catálogo imperioso, inconsistente y siempre incompleto, de las obligaciones legales y morales imposibles de cumplir en su integridad. Freud descubrió en eso el reverso de la figura de la época: a la vez que se constituye la voluntad universal de la civilización, sirve para incluir en la Historia común todas las figuras del Otro, todas aquéllas que anterior mente eran denunciadas como bárbaras. En la civilización es donde aca ba por alojarse la barbarie, todo el horror pulsional descubierto en la pulsión de muerte.27 Acaba por actuar en el corazón de lo que se piensa fuera de alcance y dedicada al Ideal de un orden social universal. El psicoanálisis se da cuenta de que es vano querer renunciar a las pulsio nes, como es ingenuo querer predicar un retorno a la buena naturaleza pulsional puesto que es mala.
Algunos creyeron solucionar ese impasse del psicoanalista empla zándolo unívocamente a denunciar la insuficiencia del goce en este mun do y a militar para un relajamiento de la represión social educativa. La verdadera cuestión que se planteaba Freud era la de la imposible obedien cia a la norma social. No se trata simplemente de querer una sociedad menos «represiva» y de adoptar una postura antieducativa, sino, más bien, de dar los medios para saber reconocer la locura de una norma.
Los impasses del deseo que circula entre las normas existen hasta el punto de que él mismo consiste en esos impasses, y, antes bien, es exacerbándolos como el sujeto puede hacerles frente, y no queriéndolos domesticar. El malestar no reside en un déficit sino, más bien, en un exceso de carga por un goce obscuro que no llega a dejarse reconocer.
El problema ético no se sitúa entonces entre renuncia o satisfac ción, que está siempre presente, y que sólo sería su faz de malestar. Se trata de saber, antes bien, qué deseo se satisface: ¿es un deseo vergon
zante o un deseo responsable de sus consecuencias? La diferencia entre la moral del discurso del amofél de la civilización, en el sentido de Freud, y el deseo del psicoanalista es que por parte del amo «se deja entrever que podría haber un saber vivir»28 y por parte del psicoanálisis se denun cia a aquéllos que se ocupan de hacer sentir a los demás «la vergüenza de vivir». Se trata de restaurar, en ese punto mismo, el deseo que hace vivir y no de impulsar a que el sujeto se identifique con su goce vivido en el registro de la culpabilidad. Este es nuestro modo de prueba.
3.2. Ustedes no son una ciencia
La mala nueva psicoanalítica es recibida, desde su nacimiento, de forma problemática. Siempre combatida, acaba por ganar un derecho de ciudadanía del que las consideraciones expresadas a la avanzada edad de Freud han venido a dar testimonio. A su muerte, la situación quedaba sin embargo confusa, su verdad siempre era rechazada según el amo, demasiado fácilmente aceptada según Popper, ya que no sometida al principio de falsación. Para situar la posición del Inconsciente en el cam po de la cultura de nuestro tiempo, no hay nada mejor que partir de las nuevas formas de ataque que sufre. No hay mes, hasta semana, sin que un periodista, un universitario o un científico, especialmente en los países de lengua inglesa, no publique algo sobre el tema: hechos recientes per miten criticar a Freud. Eso va desde el dossier publicado en Noviembre del 93 en la New York Review ofBooks, hasta otro, reciente, del Sunday
Times, pasando por Time Magazine, que hacía su cobertura sobre una
falsa pregunta que disimulaba mal un deseo: «¿está muerto Freud?». El éxito de escándalo apuntado busca en general sostener la pro moción de un libro escrito por uno de los críticos en alza. Los países de lengua inglesa no son los únicos que conocen esos fenómenos. En los países latinos del Nuevo Mundo, las publicaciones norteamericanas son, en general, integradas y adaptadas muy rápidamente a las condiciones históricas y al estado de la difusión psicoanalítica en el país. Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela, por no citar más que estos países, conocen en la prensa interna o en la de divulgación científica los mismos alterca dos ideológicos. Los países latinos del Antiguo Mundo también tienen un
reflejo de ellos, la prensa se vuelve cada vez más internacional y con centrada.
En cierto sentido, esos ataques son los de siempre: el psicoanálisis no es una ciencia en el sentido de La Ciencia, o sea, de la física mate- matizada. La pseudonovedad de esas críticas está muy frecuentemente en los temas en boga en la crítica de las propias prácticas científicas. La integración cada vez más fuerte de las ciencias y de las técnicas hace ahora bascular la crítica científica respecto a la guerra comercial. La fachada de la escena de la sociología de las ciencias está ocupada por falsificaciones de datos experimentales en diferentes campos de investi gación. Especialmente en biología es donde la patente es inmediatamen te la clave y donde las sumas en juego son tan considerables que la batalla se celebra con más rabia. El mundo ha seguido con interés la evolución de la polémica entre el Instituto Pasteur y la Administración Americana sobre el aislamiento del virus del Sida. Este asunto ha hecho conocer otros, la competición por las bolsas de investigación es tal que algunos aparatajes prestigiosos y eficaces pueden ser inducidos a mejo rar tal resultado para obtener el premio gordo. En física pura incluso, los problemas no faltan, y no son únicamente los de la «fusión fría».
Esta oleada de asombrosos denuncia un sueño de epistemólogo em pírico ingenuo. ¡Malditas las complejidades de «la experiencia mental» de Galileo! Al fin podía uno darse cuenta de las virtudes de la inducción a partir de la humilde experimentación. Hemos asistido a una oleada de artículos o de tesis denunciando los resultados deliberadamente mejorados de las observaciones d& Galileo, figura siempre difícil de reabsorber en el empirismo, y eso apelando a la humildad experimental en las ciencias humanas. Una reminiscencia de lectura de Nietzsche no es sin duda inoportuna. Es necesario traducir inmediatamente la humildad experi mental en los miles de millones de subvenciones que representa, deman da perfectamente legítima y ejerciéndose, bien entendido, por el bien.
Estos aspectos no hacen más que acentuar el carácter utópico de la comunidad científica según Karl Popper. No se trata de una comuni dad únicamente dedicada a la verdad y aislada de todos los discursos. Se trata de sus relaciones siempre específicas con el amo. En esos asuntos recientes, se trata de las relaciones con el amo democrático y el merca
do, pero nadie ha olvidado, no obstante, las extrañas relaciones de la ciencia con el nacionalsocialismo (el problema W. Heisenberg) o, inclu so, con el tirano Stalin (la utilización de la oposición ciencia burguesa/