Hasta hace poco, los caminos que conducían al psicoanálisis provenían del recorrido de un largo camino. Encontrábamos maestros que indicaban la dirección a seguir, fueran médicos, universitarios, profesores, o intelectuales en el sentido más amplio del término. En el trayecto el sujeto los reconocía en ocasión de un pedido que no era el de un psicoanálisis. Los reconocía porque sufría y entonces se dirigía a la investidura social médica. Los encontraba porque estaba en busca de un saber en la universidad. Los encontraba, al menos en Francia, en ocasión del año de estudios de filosofía, que aún se preserva, y que abre las mentes al umbral de la elección de su carrera.
El sistema de investiduras sociales y de distribución de las autoridades ha sido profundamente modificado en el curso de los últimos treinta años. La primera en conmoverse fue la comunidad de la gente de letras, seguida de cerca por los universitarios. Se dieron cuenta de que los procesos de reconocimiento de talentos, de difusión de la notoriedad, de constitución de la autoridad, eran duramente modificados por los medios de comunicación de masas. El reconocimiento por el comité de lectores de un gran editor, los premios literarios, la cátedra de una universidad prestigiosa, comenzaron a contar menos que la emisión literaria a un gran auditorio a través de las cadenas de televisión abierta.
Por ^upuesto, nunca hubo procesos simples de constitución de la investidura social. Pudimos estudiar ya sea bajo la forma de ensayos, ya sea bajo la forma sociológica de alcance cuantitativo, estos diferentes recorridos en el curso de la historia. La universidad tenía, desde el siglo doce, sus procedimientos más o menos establecidos. La corte tenía los suyos. En una los doctores, en la otra los poetas. Existió la contra universidad de los humanistas, comunidad enteramente aparte, tan internacional como la otra. Luego hubo en la Corte una diferenciación. Existió no solamente el gusto del cortesano, sino también el de la mujer inteligente. La diferencia de los sexos vino con el Renacimiento a marcar el proceso de manera distinta en Italia que en Francia. La época clásica nos iba a dar Las preciosas, que estaban muy lejos de ser ridiculas. El
siglo dieciocho iba a darnos los Salones. En la época en que la Universidad había alcanzado un prestigio profundo, la República de la gente de letras dominaba la escena. Esencialmente se establecía una reputación, en esta red de correspondencia, en relación con los Salones. Pensemos, después de la carrera de Voltaire, en la de Condorcet.
Las rotativas de la imprenta moderna iban a cambiar estos procesos, pero nuevas relaciones se instauran entre los diarios y los salones. Es sobre este fondo que es necesario entender la declaración de Stendhal sobre su gusto por la conversión con una bella dama en un salón, precisamente. La otra alternativa, para pasar la velada, era hacerla con una banda de amigos y rivales, críticos de los diarios. A fines de siglo, Proust describirá los caminos de la opinión donde periodismo y salones se asocian de manera completamente diferente. El salón Verdurin y los de Faubourg completaron el Bel-Ami de Maupassant en nuestra búsqueda por saber cómo se establecen los renombres.
En estos equilibrios inestables que se hacen y deshacen entre los diferentes centros de homologación, algo de la diferencia de los sexos insiste siempre. Los ámbitos monosexuados y los ámbitos mixtos no tienen los mismos gustos, ni admiten las mismas autoridades. Los historiadores de la vida privada nos han hecho conocer procesos de homologación del gusto y de las lecturas que muestran bien esos delicados equilibrios.
El discurso y la homologación de los prestigios rivalizan a través de la historia de las instituciones (abadías, universidades, salones, cafés) y la de las técnicas (prédica, imprenta, diarios). Los dos sexos no tienen los mismos gustos ni los mismos héroes. La incidencia del sexo en las dos grandes neurosis no fue descuidada; digamos que siempre los grados obsesivos rivalizaron con el carisma y la epidemia histérica que engendra detrás de él.
El medio moderno que más sacudió las viejas investiduras sociales es sin duda la televisión, que es la única que puede industrializar su relación con la opinión, midiéndola en un tiempo casi real. El ensamblaje de la opinión con su difusión, en un espejo fantástico, está perfectamente logrado. La opinión goza al reflejarse en él y la medida del goce de la mirada está sin duda en este corto-circuito por el cual la opinión se ve en este espejo muy bella. En el pasaje, la televisión neutralizó el discurso.
Como dicen los especialistas, la televisión es un medio neutro. La radio, por el contrario, es un medio duro, donde las posiciones más extremas se hacen escuchar, sostenidas por una voz que ruge. La sinergia de los medios y de la opinión deshizo los sabios equilibrios que las autoridades tradicionales y los nuevos expertos habían puesto a punto para la difusión autorizada del discurso de la ciencia. Numerosos mediólogos describieron el proceso que se llevó a cabo a partir de mediados de los años sesenta. Este proceso de separación de la indicación de las autoridades y de las investiduras sociales se extendió a numerosas instituciones o facultades más conservadoras, hasta ese momento respetadas.
¿Cuáles son las consecuencias de esta situación en los caminos que conducen al psicoanálisis? Es raro que los medios de comunicación se interesen en el psicoanálisis, en sus producciones teóricas, en sus resultados prácticos. Si lo hacen, es con un abordaje irónico (“ya sabemos”), catastrófico (“se debería quemar a Freud”), otorgándole los rasgos del objeto malo (“van a decir que somos culpables”). Los medios de comunicación tienen un lazo orgánico con la esperanza y la mística pulsional de lo nuevo. El imperativo de novedad sólo está asegurado por la función de descubrimiento del discurso de la ciencia. Esta es la razón, podemos decir, de que los medios de comunicación estén de acuerdo en difundir el discurso de la ciencia, según caminos que subvierten las autorizaciones tradicionales o expertas, mediante las virtudes propias del carisma mediático, que no se sabe cómo se fabrica.
Las incidencias que esto tiene para el psicoanálisis son complejas. En un primer sentido, ya no se lo señala como el recurso renovador del sufrimiento subjetivo (“en principio, Prozac a todos”). En un segundo sentido, los efectos de la difusión del discurso de la ciencia por los medios de comunicación vuelven a difundir no la razón, sino una epidemia histérica (¿esto responderá verdaderamente a mi insatisfacción?). Lo muestra bien el irreductible factor carismàtico: los medios industrializan la histeria, la instalan como discurso en la laicidad con tanta fuerza como las religiones habían instalado la mística. No señalado por nadie, el psicoanálisis debe entonces señalarse él mismo como el destinatario de las epidemias histéricas de nuestro tiempo. Debe saber también reconocer, bajo el aparente rechazo del discurso de la ciencia, la angustia producida por su
acción sobre el sujeto. Cuando ya no contamos con las antiguas señales luminosas, el psicoanálisis debe saber que en todas partes se lo indica como el que ha de tomar a su cargo la conducción de la histeria, que está más instalada que la universidad en esto que es el estado actual de nuestra cultura*.-gf
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