• No se han encontrado resultados

La Academia Antigua

In document Platon a Los Neoplatonicos (página 114-119)

capítulo4 La filosofía helenística

4.9. La tradición platónica

4.9.1. La Academia Antigua

El pensamiento platónico marcó la Antigüedad. La tradición en la Academia fue permanente, aunque solemos distinguir tras la muerte de su fundador ios siguientes períodos: Academia Antigua y Academia Nueva (hasta el siglo i a. C.), platonismo medio (entre los siglos l a. C. y I I I d. C.) y, finalmente, neo­ platonism o desde mediados del I I I al V I d. C ., haciendo usualm ente coin­ cidir su final a efectos didácticos con el cierre de la escuela de Atenas en 5 2 9 d. C., aunque la tradición continuará sobre todo a través de la escuela de Alejandría.

Podríamos decir que la fidelidad a Platón a lo largo del platonismo antiguo se manifiesta a través de los siguientes rasgos:

1. Una referencia constante a las doctrinas del fundador, con gran liber­ tad en ocasiones. Por ejemplo, la Academia antigua no defiende como tal la doctrina de las Formas platónicas, quizá porque la crítica de Aris­ tóteles a ella la consideraban muy sólida. Otro ejemplo ulterior podría ser la preeminencia de unos diálogos sobre otros en el currículum for- mativo de un platónico a lo largo de la escuela, los teológicos sobre los éticos y ambos sobre los políticos, por citar un caso.

2. Una fidelidad a un punto que constituye una clave en la filosofía pla­ tónica: al pensamiento “trascendente” de Platón en un doble sentido. Por una parte una distinción entre las formas inteligibles y las cosas sensibles que son copias de ellas y, por otra, una distinción neta en el ser hum ano entre el cuerpo y una entidad que lo vivifica y mueve, el alma, que sobrevive a la muerte del cuerpo, y que es susceptible de ser retribuida en función de su forma de vida en esta tierra. Además, en el alma hay que postular una facultad más o menos distinta del res­ to que puede captar esos objetos cuya existencia es independiente de las cosas del mundo sensible, que no pueden ser percibidos por la sen­ sación, las Formas.

3. La voluntad de defender los dos puntos antes enunciados frente a doc­ trinas rivales. Ello implica una confrontación, una oposición conscien­ te a las otras escuelas, aunque no dejen en ocasiones de verse influidos por ellas. Así se puede decir que la historia del platonismo es también la historia de confrontación con otras escuelas coetáneas y con el cris­ tianismo ya en el Imperio, tanto en Atenas como en el resto de la cuen­ ca del Mediterráneo. Oposición a Aristóteles en el caso de la Academia antigua, enfrentamiento al estoicismo en el caso de la Academia Nue­ va, reacción ante un platonismo excesivamente impregnado de estoi­ cismo y aristotelismo por parte del platonismo medio y crítica del pla­ tonism o medio y oposición frontal al cristianism o en el caso del neoplatonismo.

La Academia antigua, que es la que ahora nos interesa, está compuesta por los sucesores inmediatos de Platón en la dirección de la Academia o discípu­ los directos: Espeusipo (c. 4 1 0 -3 3 9 a. C.; al frente de la Academia desde 348- 3 4 7 a. C. hasta su muerte), Jenócrates de Calcedón (c. 3 9 5 -3 1 4 a. C.; al fren­ te de la Academia desde 3 3 9 -3 3 8 a. C. hasta su muerte), Polemón de Atenas (cabeza de la Academia desde c. 3 1 4 -3 1 3 al 2 7 0 -2 6 9 a. C.) y Crates de Atenas

De P la n a lo s ne op la ni co s: la e sc ri tu ra y el p e n sa m ie n to gr ie g os

(al frente de la Academia desde 2 7 6 -2 7 5 al 27 4 -2 7 3 ), junto con figuras como Filipo de Opunte (fl. c. 3 5 0 a. C.), Heraclides Póntico (390-310 a. C.) y Eudo- xo de Cnido (c. 39 5 -3 3 7 a. C.). Estos pensadores, que tenían acceso a las ense­ ñanzas no escritas de Platón, acentuaron la tendencia pitagórica del platonis­ mo, considerando los números como las ideas principales, identificándolos con dioses, siendo, a su vez, los principios de todas las cosas. En cambio la Aca­ demia posterior (entre los siglos m y i a. C.), de la que después hablaremos, acentuó los rasgos antidogmáticos y escépticos.

De todas formas hemos de advertir que de todos estos miembros de la Aca­ demia antigua fundamentalmente las fuentes son indirectas, pues no conser­ vamos más que fragmentos, salvo en el caso de Filipo de Opunte, a quien se le atribuye la edición postuma de las Leyes platónicas y la Epinomis. En el caso de Espeusipo, sobrino de Platón, era hijo de la hermana del fundador, Potone, y de un tal Eurimedonte. Fue el primer diádoco y desarrolló una ontología de orientación matemática. Su valía como filósofo ha sido diversamente interpre­ tada. Diógenes Laercio (IV 4-5) nos transmite unos treinta títulos, algunos de ellos bajo forma dialogada (Clinómaco, Céfalo, etc.), que no son para nosotros en no pocas ocasiones más que nombres (Sobre ¡ajusticia, Sobre ¡os dioses, Sobre

el alma, Sobre el placer, etc.), aunque también cultivó el género epistolar (a Dión, a Dionisio, a Filipo) y escribió un Encomio a Platón, que inaugura la tendencia a la idealización del maestro.

Espeusipo, dando por sentado que existe un conocimiento obtenido median­ te aprehensión directa y que este conocimiento tiene por objeto realidades cuya existencia es separada, inmutables y eternas, por razones de tipo epistemoló­ gico y ontológico, establece como objetos de este conocimiento los números matemáticos que ni siendo las Formas platónicas ni las puras abstracciones aris­ totélicas existen individualizados fuera del tiempo y del espacio. ¿Por qué Espeu­ sipo se aleja de la teoría de las Formas tal y como la diseñó Platón? Quizá por las dificultades intrínsecas de dicha teoría y por los ataques de que fue objeto por pensadores de la talla de Aristóteles. El caso es que Espeusipo renunció a las Formas platónicas. El primer escolarca creyó resolver el problema asignan­ do a los números la entidad de realidades verdaderas. Sus principios son el Uno, que está por encima del ente, metaexistencial, y la Multiplicidad absolu­ ta, que está lógicamente por debajo del ente. A partir del Uno y lo Múltiple se van generando en “procesión” todos los números y formas geométricas. A par­ tir del Uno se forman el dos, el tres y el cuatro sobre todo, que con el Uno for­ man la tetraktys (1 4- 2 + 3 4- 4 = 10); de forma semejante, del punto nace la línea, de la línea el triángulo y del triángulo la pirámide. Interpretó los dio­ ses tradicionales como fuerzas físicas, con lo que se ganó, parece, una acusa­ ción de ateísmo. El alma humana seguía siendo inmortal y el mundo no fue

creado en el tiempo. Para él la felicidad consistía en la conducta más adecua­ da ante los bienes otorgados por la naturaleza, aunque infravaloraba el placer. La felicidad, para él, era el término medio entre el dolor y el placer.

En cuanto a Jenócrates de Calcedón ejerció una gran influencia en el pla­ tonismo posterior y en el estoicismo. Se dice que le oyeron como discípulos el fundador del estoicismo, Zenón, y quizá el fundador del epicureismo, Epicu­ ro de Samos. Diógenes Laercio (IV 2) cita 72 obras perdidas en la actualidad y de las que sólo nos quedan fragmentos. A él se le atribuye la primera división de la filosofía en física, ética y lógica, división muy aceptada ulteriormente. Su defi­ nición de la Idea como “causa y modelo a un tiempo de lo que ha sido cons­ tituido” ψ. 30 ) y del alma como “un número que se mueve a sí m ism o” son célebres. Jenócrates identificó las Ideas con los números matemáticos y hacía derivar éstos del Uno y de la Diada indeterminada. Aquél sería el Noús (Inte­ lecto) o Zeus, principio masculino, fuente de determinación, mientras que la Diada sería principio femenino, fuente de indeterminación. El Alma del Mun­ do, engendrada por la adición de lo Idéntico y lo Otro al número es en sí un número que se mueve por sí mismo.

Por otra parte distinguía Jenócrates, según Teofrasto, tres niveles de reali­ dad clasificados según su relación con el cielo y que sería muy importante en el pensamiento posterior: 1) Las cosas que están más allá del cielo, el mundo supraceleste; 2) El cielo, el mundo celeste; 3) Las cosas que están bajo el cie­ lo, el mundo sublunar. Lo que es supracleste, por ejemplo, las Formas y las Magnitudes inteligibles y quizá las realidades matemáticas son captadas por la inteligencia, mientras que las sublunares lo son por los sentidos. En cuanto a las del cielo, los cuerpos celestes, son perceptibles a la vez por la vista y la inte­ ligencia, pero sobre ellas sólo tenemos opiniones (dóxai). Este sistema además Jenócrates lo interpreta en clave teológica: por encima de todo la divinidad suprema, a la vez mónada y diada; en el cielo reina Zeus, divinidad masculina, mientras que una divinidad femenina, equivalente al alma del mundo, gobier­ na las cosas que están en el cielo; en el mundo sublunar reinan los “démones”, escala intermedia entre los dioses y los hombres y cuyo texto base para los pla­ tónicos está en el Banquete de Platón, en el pasaje sobre el nacimiento y la des­ cripción de Eros (el Amor).

Siguiendo al Timeo distinguía entre tres causas cosmológicas: la Idea como modelo, el Demiurgo y la materia. Mantenía la inmortalidad del alma, inclu­ so de sus partes menos nobles, tras la muerte y condenaba el uso del consu­ mo de carne, como fomentadora de la primacía de lo irracional sobre lo racio­ nal. En el plano de la ética parece haber hecho im portantes aportaciones tocando temas que serán centrales en el pensamiento helenístico: la búsque­ da de la serenidad interior como fin último de la ética, la importancia otorga­

De P la to n a lo s ne op la ni co s: la e sc ri tu ra y el p e n sa m ie n to gr ieg os

da a la sumisión voluntaria a la ley, la invención de la categoría de los “indi­ ferentes” en el plano ético, la reflexión sobre la virtud en su relación con la naturaleza y la felicidad. Afirmaba que “el sabio debe hacer todo consideran­ do la ley del universo” (jr. 3), vivir conforme a la naturaleza, con lo que se acer­ caba en este punto a lo que defendió el estoicismo. Su influencia posterior, sobre todo en el estoicismo y en la tradición platónica, fue muy grande y duran­ te el período en que fue diádoco en la escuela parece que se realizó una edi­ ción de la obra de Platón. Respecto a este asunto, hemos de recordar que en este período de la Academia antigua es cuando se piensa que verían luz no pocas de las obras falsamente atribuidas a Platón como Minos, Hiparco, Defi­

niciones, Dem ódoco, Sísifo, etc.

El sucesor de Jenócrates ál frente de la Academia fue Polemón, quien pare­ ce que orientó su enseñanza fundamentalmente hacia la moral. Daba la máxi­ ma importancia a la moral en detrimento de la lógica. Identificaba el bien supre­ mo con vivir conforme a la naturaleza, idea también clave en el estoicismo, hecho no ilógico si pensamos que discípulo suyo, según la tradición, sería Zenón. Era además un gran admirador de Sófocles y a él se le atribuye el dicho de que Homero es un Sófocles épico y Sófocles un Homero trágico.

A Polemón le sucedió al frente de la Academia Crates de Atenas, al que se liga la figura de Crantor, de quien no sabemos mucho, pero a quien se le atri­ buye el primer comentario al Timeo de Platón, cuya demiurgia él la ponía fue­ ra del tiempo. Sabemos también que Crantor recomendaba la moderación de los sentimientos y pasiones, pero su aportación quizá más importante, aparte del primer comentario al Timeo, es que inicia el género de la Consolatio, que culminará en Boecio, con su obrita Sobre el duelo. En esta obra, dirigida a un amigo que acababa de perder a un hijo, le exhortaba, basándose en la inmor­ talidad del alma, no a combatir radicalmente el sufrimiento, sino a moderarlo. Por su parte Heráclides Póntico (iv a. C.), del que se conservan unos 4 7 títulos de obras que muestran sus diversos intereses, aceptó la teoría del pita­ górico Ecfanto en el sentido de que el mundo, conformado por la divinidad, está constituido por partículas separadas entre sí. Admitía un elemento mate­ rial en el alma (el éter, el quinto elemento) y defendía un sistema geocéntri­ co, en el que la Tierra giraba sobre sí misma sin desplazarse, mientras la esfe­ ra celeste permanecía inmóvil. También un pensador ligado a la Academia, mas, al parecer, no miembro de ella, Eudoxo de Cnido —matemático, astró­ nomo, filósofo, médico, legislador y geógrafo- intentó explicar el movimien­ to de los cinco planetas, de la luna y el sol mediante un sistem a de esferas homocéntricas que giraban alrededor de la Tierra, que es esférica, como epi­ centro. Defendió asimismo una ética hedonista, en el sentido de que para él el sumo bien es el placer.

In document Platon a Los Neoplatonicos (página 114-119)