LA “RE INSTAURACIÓN” DE LA MONARQUÍA ELECTIVA EN ESPAÑA
2. La “re instauración de la monarquía electiva en España La monarquía del 18 de julio Fundamentos jurídicos
2.1. La reforma del Franquismo: “De la Ley a la Ley”
2.1.1. La legitimidad franquista según Fernández-Miranda: La doctrina de la “Res Nullius ”
2.1.1.2. La “Adoptio romana”, Franco como creador de reyes.
En el libro de Ricardo de la Cierva213 “Episodios históricos de España. La transformación de España, número 48 (años 1956-1972)”, se reproducen unas interesantes palabras de José María Pemán, hombre siempre a medio camino entre Franco y Don Juan, en las que el escritor gaditano alaba la inteligencia del generalísimo y emplea la expresión “Adoptio a la romana” para resumir el modo en que el vencedor de la guerra civil acoge, promociona y hace su sucesor al hijo del Conde de Barcelona, pero como jugando con los dos candidatos:
El general Franco ha logrado cuanto ha querido de los españoles; y uno de los más difíciles milagros ha consistido en crear en torno de la institución monárquica una atmósfera anuente que va desde el asentimiento resignado al entusiasmo lírico. …El que mejor podría certificar eso es el propio Generalísimo Franco. Él quiso montar una operación dinástica personalísima en torno a un padre y un hijo, solicitando de ellos cometidos dispares que exigen toneladas de discreción y de silencio. Esto puede concebirse cimentando sobre uno los presupuestos más clásicos y más difícilmente convincentes para una mente joven y pragmática de la institución: esa especie de patriotismo fisiológico que nace de una identificación de la vida pública con la vida privada. Con este lubrificante ha podido montar, más que una sucesión clásica, una adoptio a la romana, a nivel de nieto con dos abuelos; uno para suministrarle el prestigio de la historia y otro para suministrarle el prestigio del presente. El Generalísimo ha podido comprobar hasta dónde puede operarse políticamente con desenvoltura teniendo como materia prima personas de estirpe regia. Ha contado con un barro dócil y blando, que sólo se logra, casi carismáticamente, cuando la biografía se convierte por sí misma en historia. Sobre esa capacidad de crear reyes a su antojo, recuerda Casals214 que reyes de España, por voluntad de Franco, pudo ser el actual monarca u otro cualquiera que el caudillo decidiera. Toda tentativa de explicar la historia reciente de la Corona en España comporta también narrar la de sus candidatos perdidos –dice
213 DE LA CIERVA, Ricardo, Episodios históricos de España. La transformación de España,
número 48 (años 1956-1972), (Madrid, Arc, 1997), págs. 157-158.
Casals-, quien añade que hemos de asumir que “la era de Franco” no fue un mero paréntesis, sino un período en el que la restauración o instauración de la Monarquía pudo discurrir por muy distinto camino.
No deja de ser una peculiar coincidencia, que dos conspicuos franquistas recurran al Derecho Romano para explicar primero “El Caudillaje”, a partir de la “Res Nullius” y luego la tutela de Juan Carlos para, a través de la “Adoptio”. Aunque en Pemán el asunto es propiamente más literario que jurídico, vale la pena detenerse en esta particular idea y analizar, desde una perspectiva histórica y jurídica, lo que realmente significó en la realidad de España, y lo que significa en nuestros días, la decisión de Franco de convertir en su pupilo al hijo del pretendiente a la Corona.
“Non solum tamen naturales liberi, secundum ea quae diximus in potestate nostra sunt, verum et hi quos adoptamus”
(“No sólo están sometidos a nuestra potestad, según lo que dijimos, los hijos que lo son por naturaleza, sino también aquellos que adoptamos”) 215. Es evidente que Franco no se paró en tales sutilezas jurídicas, ni que a otros que no fuera Pemán se les hubiera ocurrido esta expresiva imagen, que encierra en sí misma una realidad cuya consecuencia llega a nuestros días, se quiera o no, guste no guste.
“La adopción –escribe D´Ors216- consiste en la incorporación de una persona extraña dentro de la familia agnaticia [sometida a la tutela del pater, fueran o no de su misma sangre] del adoptante, en posición de hijo o descendiente de ulterior grado”. Pero lo realmente curioso, en nuestro caso, si pensamos en las relaciones entre Franco, Juan Carlos y su padre, es esta profética precisión de D´Ors:
El adoptado rompe en todo caso su agnación con la familia de origen (capitis diminutio) y entra plenamente en la familia adoptiva.
215 Cfr. Gayo, 1, 97, citado por la edición de A. D´Ors (Madrid, 1943), pág. 24. 216 D´ORS, Álvaro, Derecho Privado Romano. (Navarra, Eunsa, 1989), pág. 282.
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Y eso es justamente lo que pasó: Juan Carlos rompió sus vínculos con la dinastía histórica y como “Príncipe de España” –que no de Asturias- sucedió no a su padre, sino al general que lo había adoptado. Y aquí, de nuevo, la experiencia jurídica romana puede sernos de extraordinaria utilidad para explicar tal hecho. “Prima facie”, se hace necesario dar pronta respuesta a los siguientes interrogantes: ¿Es la adopción una forma de crear una relación paterno-filial? ¿Es acaso una institución o una relación de carácter patrimonial sucesorio? ¿O es quizá un procedimiento técnico-jurídico que ha servido y puede servir para el cumplimiento de finalidades políticas?
Como ha señalado Rodríguez Ennes: La respuesta a estas interrogantes exige la previa delimitación de cuál ha sido la finalidad perseguida por la institución adoptiva a lo largo de todo su devenir histórico”217. Prescindiendo de su consideración como institución creadora de un vínculo de filiación, lo cierto es que en Roma fue un instrumento político de radical importancia, hasta el punto de que puede afirmarse sin ambages que la historia de las familias romanas más ilustres –los Escipiones, los Césares, los Claudios- es una historia de adopciones. Ello se explica porque, a diferencia de los tiempos actuales, en Roma, las adopciones eran congruentes con la situación de la familia en el Estado y no sólo servían – como hemos señalado- para evitar la extinción de las grandes familias de la República, sino que en el Principado son utilizadas por los emperadores para designar sucesor.218
Así, entre otros muchos ejemplos, Julio César adopta a Octavio para designarlo sucesor; a su vez, éste hace lo propio con Tiberio; Claudio adopta a Nerón, anteponiéndolo a su propio hijo Germánico; Nerva a Trajano y éste a Adriano “super propia stirpem”.
217 RODRÍGUEZ ENNES, Luis, “La adopción romana, continuidad y discontinuidad de un modelo”
en Derecho, persona y ciudadanía. Una experiencia jurídica comparada. B. Periñán (Ed) (Madrid, Marcial Pons, 2010), pág. 318.
218 RODRÍGUEZ ENNES, Luis, Bases jurídico-culturales de la institución adoptiva (Santiago
Con la caída del Impero, la adopción política entra en una profunda crisis de la que va a renacer cual Ave Fénix por el empeño de Napoleón en introducirla en su Código Civil ya que –carente de hijos biológicos- pensaba en la posibilidad de procurarse un sucesor adoptivo219. En este contexto histórico cabe interpretar la sugerencia de la “adoptio” que hace Pemán.
Casals220 hace suyas las palabras de quien profetizó la función sublime que Dios y la historia otorgaron a Franco, evidentemente, desde una posición crítica o irónica, cuando escribe:
Guste o no, el dictador actuó como profetizó Pemartín en 1937, fue un “hacedor de reyes” y Fernández de la Mora así lo explicitó en sus memorias: “Ningún monarca español había hecho por su heredero lo que realizó Franco por el príncipe, porque no se redujo a aplicar el derecho sucesor tradicional, sino que, literalmente, le hizo rey casi desde la nada. Ni el ordenamiento jurídico ni la opinión pública lo reclamaban. La instauración por Franco de una monarquía hereditaria fue lo más parecido a una creación constitucional ex nihilo, no cumplida súbitamente, sino mediante una cuidadosa gestación que se prolongó durante más de un cuarto de siglo. No es difícil comprender el amor que el creador llegó a profesar a su criatura política”.
Coincidimos plenamente con el juicio de Casals, en el sentido de que en su conducta destacó, sobre todas las demás consideraciones, una razón personal para explicar tal proceder del dictador, que fue su deseo de subrayar su excepcionalidad histórica. Y se remite como refuerzo a la opinión del sociólogo Amando de Miguel, quien considera que Franco consintió en la sucesión monárquica porque era la manera implícita, pero más clara, de reconocer que él había sido un monarca. Un monarca creador de otros monarcas, quien –sólo responsable ante sí mismo, o ante Dios y ante la historia, que a tales efectos tanto da, incluso se permitió “el lujo de romper la línea sucesoria de la antigua casa reinante y nombrar al príncipe que él había educado, con gesto histórico sin paralelo en la historia”. Como Franco podía nombrar “su sucesor a título de Rey”
219 ANCEL, Marc, la function social de l´adoption. (París, Sirey, 1959), pág 333,(Señala a este
respecto: “Trataba de encontrar la respuesta a su falta de descendencia….soñaba con adoptar a Eugene de Beauhernais”
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a quien le apeteciera. Y a lo largo de su vida, manejó diversas opciones. Casals dice que, en julio de 1937, en plena Guerra Civil, se inclinó por restaurar la Monarquía en Don Juan (descartando a su padre Alfonso XIII) e incluso pudo haber existido un acuerdo secreto entre ambos al respecto.
Después, al tensarse las relaciones, descartado el Conde de Barcelona, consideró tres posibles reyes: Juan Carlos, Alfonso de Barbón Dampierre y el infante José Eugenio de Baviera, sobrino de Alfonso XIII. Incluso, en su entorno hubo candidatos del archiduque Otto de Habsburgo, como este mismo confesó al periodista José Luis Balbín en una entrevista. A Franco le gustaban más los miembros de la familia de Felipe II que los Borbones (aunque Alfonso XIII también era Habsburgo por parte de madre). Otto dijo que le llegaron recados, pero que nunca lo tomó en serio y elegantemente afirmó que la elección de Juan Carlos era la acertada.
Descartado el pretendiente carlista, considerado Carlos VIII por sus leales, se permitió cierta libertad de movimientos a Carlos Hugo, hijo de aquél (quien incluso llegó a coincidir en primera fila de algunos actos públicos con su primo lejano de la rama liberal) hasta que finalmente, cubierta la pantomima, fue expulsado en 1968 y considerado un príncipe extranjero. Y todo ello sin contar los partidarios – que los hubo- de que Franco, que actuaba como un rey, se nombrara rey a sí mismo. ¿Quién lo iba a impedir? Seguro que Fernández-Miranda u otro encontrarían el modo de vestir jurídicamente la transformación del Caudillo, salvador de la patria, en Rey.
Franco no sólo barajó varios “pretendientes” al trono, en su política de crear tensión permanente en el campo monárquico, sino que -como hemos visto- dudó sobre la forma de institucionalizar el régimen. Llegó a recibir en tres ocasiones al “pretendiente” carlista, Carlos Hugo de Borbón (al que seis años más tarde expulsará y considerará como un príncipe francés. El propio interesado nos da cuenta de las entrevistas en sus memorias221:
221 CARLES CLEMENTE, Josep Carles, Carlos Hugo de Borbón Parma. Historia de una
La razón de entrevistarme con Franco estaba en tratar de establecer una relación de mayor normalidad. Visto el hecho de que yo vivía en el mismo edificio en el que habitaban el almirante Carrero Blanco y los procuradores Tena y Fanjul, estaba claro que mi estancia no era clandestina. Existía una especie de tolerancia, pero yo quería que mi actividad tuviera una normalidad. La visita al Jefe del Estado se basaba en el hecho de que yo realizaba una acción política, discreta pero real. No quería que eso se contemplara como una esclavitud al Sistema, sino que se realizara en una situación de más libertad, pero mucho más normal.
El general Franco me recibió el 9 de mayo de 1962 en el Palacio del Pardo, vestido de uniforme, con la Cruz de San Fernando y todas las condecoraciones que poseía. Me recibió como era habitual en él. Fue un hombre muy cortés y afable. Me trató con muchísimo respeto y de una manera muy formal. La conversación fue, al principio, como siempre en esos casos, superficial. Le manifesté mi deseo de seguir con mi actividad política, porque creía que era útil para el futuro de España, donde en algún momento se producirían cambios políticos. Que una época de transición sería inevitable. Quería preparar esta época para evitar que se produjeran situaciones de violencia, que entonces aún se veía como un peligro cierto. Por eso yo reclamaba una situación de libertad plena que sería positiva para el país. Éste era el mensaje que le transmitía.
Dejé muy claro que no se trataba de aparentar una enemistad personal, sino de que yo tenía una visión diferente a la suya sobre el futuro del país. Y que ella no tenía por qué ser antagónica, ya que la vida política no se podía definir de antemano, sino que se definía por la meta que se pretendía. Y la mía era la evolución democrática del país.
Tras alabar el sentido de la prudencia de Franco, el pretendiente carlista añade: Yo no aceptaba el Régimen, pero la realidad me mostraba que en aquellos momentos él era el jefe del Estado con el que había que convivir. Franco tenía que reconocer la necesidad, por mi parte, de un trabajo político para el futuro. Sabía muy bien que esto era importante. Él mismo me lo reconoció. Al mes siguiente fue a verlo José María Valiente para ratificar mi postura. Se trataba de evitar que el Régimen nos bloquease completamente.
Carlos Hugo cree que Franco sentía respeto por el papel jugado por las milicias carlistas en la guerra civil, que era parte de su bando, pese a los enfrentamientos y destierro de alguno de sus dirigentes. Hubo una segunda entrevista el 12 de febrero de 1964 para anunciar el compromiso de boda con la princesa Irene.
Me recibió después del anuncio y me felicitó por ello. Esto no cambió en gran cosa su relación con el partido, pero me abrió el campo a seguir con
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mi actuación política dentro del Carlismo, que en esos momentos era la de reagrupar a las siete u ocho tendencias existentes y convertirlas en un movimiento coherente. Para mí era muy importante no tener, en aquella época, un enfrentamiento directo con el general Franco.
Este segundo encuentro también duró media hora y quedamos en vernos después de la boda, y así fue. La tercera entrevista se produjo después del viaje de bodas. Esta vez vino Irene. Me recibió acompañado de su mujer, doña Carmen. Ambos tuvieron un comportamiento muy amable; se notaba que se esforzaban en no aparecer con ninguna característica o actitud dictatorial.
Llaman la atención los elogios que Carlos Hugo dedica al general Franco de quien llega a decir que “sabía mantener una mano de acero en un guante de seda”. Pero lo más curioso de la entrevista es que Franco le trasmite un saludo y los mejores deseos para su padre, con quien a raíz de la unificación de los carlistas con la Falange había tenido enfrentamientos. Pero es que además, el padre de Carlos Hugo había sido oficial del ejército belga en la II Guerra Mundial, había sido enviado al Campo de Dachau, pero Franco no intercedió por él. A este respecto, Carlos Hugo dice:
Creo que, en el fondo, Franco tenía por ello un remordimiento muy profundo, ya que tuvo en su mano la oportunidad de salvarlo. Por eso creo que tenía una mala conciencia de su comportamiento que le llevó a pedirme que le dijera a Su Alteza Real el príncipe Don Javier que le mandaba sus recuerdos y que quizá algún día tendría la oportunidad de encontrarle.