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La adquisición de ejemplares y prototipos

La ambigüedad e inconcreción con respecto a los mecanismos de aprendiza­

je no es característica sólo de la posición de Ro s c h, sino que parece constituir

má¡> bien uno de los rasgos más probables en las teorías probabilísticas del aprendizaje de conceptos y categorías. Pero, a pesar de esta vaguedad, práctica­ mente en todos los casos se defiende la existencia de procesos y representacio­ nes que conllevan una ¡dea implícita de los mecanismos del aprendizaje respon­ sables de ellos. Estos supuestos son a veces más implícitos que explícitos. De he­ cho, al asumir que los conceptos se representan mediante ejemplares o mediante prototipos se están haciendo también fuertes suposiciones con respecto a los mecanismos de aprendizaje subyacentes.

Así, los partidarios de la teoría del ejemplar (por ej., Barsalou, 1985, 1987;

Brooks, 1978, 1987; Medin y Schaffer, 1978), al sostener que los conceptos no poseen una representación unitaria, defienden que los ejemplares se adquieren y almacenan como casos individuales. La atribución de un estímulo nuevo a una categoría se produciría por un proceso de comparación con los ejemplares alma­ cenados en la memoria. El estímulo se atribuiría a la categoría cuyos ejemplares

tuvieran una mayor semejanza con el nuevo estímulo. En palabras de Barsalou

(1987, pág. 118), la formación de conceptos se basaría en «un proceso de com­

paración de similaridad en la memoria de trabajo». Así, los conceptos no serán

entidades abstractas almacenadas en la memoria de modo estable, sino que se

formarían ad hoc (Barsalou, 1983) en el momento de su uso. Serían representa­

ciones implícitas en lugar de explícitas.

Las teorías del ejemplar consideran los conceptos como productos de la me­

moria episódica, aceptando la hipótesis de la codificación específica (McCauley,

1987). Según la conceptualización de Tulving (1979, 1983) los contendios de la

memoria episódica se organizan según pautas espacio-temporales y no mediante relaciones conceptuales, carecen de capacidad inferencial y se refieren a hechos únicos. Estos mismos rasgos están presentes en las teorías del ejemplar. Sin em­ bargo, la consideración de los conceptos como representaciones episódicas plantea serios problemas, algunos de los cuales están presentes en el concepto

de memoria episódica desde su propio origen (véase por ej., Diges y Seoane,

1981). En primer lugar, si bien parece demostrada la importancia de los factores

contextúales en la conceptualización (Barsalouy Medin, 1986), ésta no puede re­

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ceptos es precisamente la superación de esos parámetros que nos permite libe­ rarnos de la «esclavitud de lo particular». Si los conceptos están representados mediante ejemplares ¿se almacenan todos los estímulos individuales como ejem­ plares? En caso afirmativo, la función organizadora y predictiva de los conceptos sería difícil de lograr. Pero si no es así ¿cuáles son los criterios para seleccionar unos estímulos determinados como ejemplares? O, en otras palabras, ¿cuáles son los mecanismos mediante los que se adquieren los ejemplares-conceptos?

Los defensores de la teoría del ejemplar no son muy explícitos con respecto a los procesos del aprendizaje. El único mecanismo mencionado es la semejanza de los estímulos con respecto a los ejemplares. No obstante, rechazan el análisis

de rasgos por lo que se trataría de una semejanza global, no analítica ( Br o o k s,

1978). Pero no se explícita en qué parámetros se basa esa semejanza global. En cualquier caso, al negar que los conceptos constituyan entidades abastractas, los partidarios del ejemplar rechazan la abstracción como proceso básico para la ad­ quisición de conceptos. Lamentablemente, no formulan ninguna alternativa cohe­ rente a la abstracción, que es el proceso en general aceptado desde posiciones

asociacionistas ( Bo l t o n, 1977). De esta forma, en su formulación actual resulta

insuficiente como teoría de la adquisición de conceptos. Todas sus formulaciones se reducen a un vago proceso de identificación (la semejanza global) sin que pa­ rezca capaz de abordar otros requisitos importantes de una teoría de esa natura­ leza, como son la relación entre conceptos y, muy especialmente, los procesos que dan cuenta de la formación de conceptos como entidades que superan la na­ turaleza individual de los estímulos particulares. En cierto modo, es un contrasen­ tido considerar los conceptos o categorías -lo s contendios semánticos por natu­ raleza- como productos episódicos en la memoria. De hecho, como han mostra­ do Di g e s y Se o a n e (1981), el propio concepto de memoria episódica es, hasta

cierto punto, contrario al sentido común. La contradicción nos remonta al proble­ ma del origen de los significados y nos recuerda una vez más que éstos no pue­ den reducirse a meras reglas sintácticas4En último extremo,la semejanza debe re­ mitir siempre a unos contenidos. Cómo se forman éstos es algo que las teorías del ejemplar no aclaran.

Pero la debilidad de la teoría del ejemplar no impide que goce de un cierto apoyo experimental, especialmente en relación con la existencia de efectos con­

textúales en la adquisición de categorías (por ej., Barsalou, 1983,1987; Barsalou

y Medin, 1986). Además, se muestra como una teoría eficaz desde el punto de vis­ ta representacional y se ajusta a las demandas de las nuevas teorías computacio- nales, basadas en representaciones implícitas más que explícitas (modelos men­ tales o de memoria distribuida en lugar de esquemas o prototipos). Pero este éxi­ to empírico y esta adecuación con respecto a las nuevas teorías computacionales pueden resultar engañosos, ya que ni las teorías computacionales parecen traer consigo una verdadera teoría del aprendizaje de conceptos (véase más adelante Cap. VI), ni las condiciones experimentales son especialmente adecuadas para analizar cómo se adquieren en realidad, más allá del laboratorio, esos mismos conceptos. De hecho, las situaciones experimentales suelen ser muy restrictivas en varios sentidos: pruebas de retención a corto plazo íaue favorecen el recuerdo

Formación de conceptos naturales 105

de ejemplares en lugar de! de prototipos), aprendizaje de categorías perceptivas en lugar de conceptos, situaciones artificiales en lugar de naturales y escasas va-. riables manipuladas, tanto internas (tamaño de la categoría, varianza de los ejem­ plares), externas (número de categorías y similitud entre ellas) como contextúa­

les. Por ejemplo, según ha mostrado Homa (1984), los resultados de situaciones

con una sola categoría no son extrapolables a situaciones con más de una cate­ goría. Si se introducen estas variables y sus interacciones - y en la vida real esas variables interactúan de modos extraordinariamente com plejos- el sentido co­ mún - y algunos datos em píricos- nos dicen que los conceptos no sólo están formados por ejemplares sino que son una abstracción.

Esta es la idea de los partidarios del prototipo. Según la teoría del prototipo los conceptos están representados de modo estable en la memoria mediante un ejemplo, real o ideal, cuyos valores en los diversos atributos constituyen una me­ dida de tendencia central del rango de valores existentes entre los miembros de la

categoría. A diferencia de la teoría del ejemplar, que únicamente predecía una

mayor semejanza de los miembros del concepto con su ejemplar o ejemplares, el prototipo sería un caso promedio dentro de la categoría. Existen, sin embargo, varias formas de computar y relacionar esos valores promedio, que dan lugar a una gran variedad de teorías de la adquisición de prototipos. Estas teorías pueden clasificarse según diversos criterios, muchas veces no coincidentes (véase, por

ej., Abdi, 1987; ANDERSON, 1983; ESTES, 1986; Millward, 1980; Smith y Medin,

1981; de Vega, 1984; Wickelgren, 1979). Por nuestra parte, distinguiremos entre dos formas fundamentales de calcular el valor central de un rasgo: como una va­ riable continua, en cuyo caso el valor central es la media de una dimensión, y co­ mo variable discreta, en cuyo caso la medida de tendencia central será la moda o valor más frecuente con respecto a un atributo. Existe además otro criterio, apli­ cable por igual a ambos tipos de medidas, que es el tipo de relación existente en­ tre los atributos o dimensiones. Según la mayor parte de los modelos esa relación es meramente aditiva, de forma que el prototipo de un concepto es la suma de los valores promedios. Sin embargo, otros autores defienden que los diversos valores no son nunca independientes unos de otros sino contingentes, por lo que la rela­ ción entre ellos no es meramente aditiva sino multiplicativa. La Tabla 5.3 resume los principales modelos derivados de la interacción entre estos dos criterios.

TABLA 5.3. M o d e lo s d e l c ó m p u to d e l p ro to tip o T ip o de ra sg o s R e la c ió n e n tre lo s ra s g o s In d e p e n d e n c ia C o n tin g e n c ia Variables continuas (dimensiones) Sum a de distancias M ultiplicación de distancias Variables discretas (atributos) Suma de frecuencias M ultiplicación de frecuencias

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Cada uno de estos modelos da lugar a un proceso de aprendizaje levemente distinto. Los principales modelos de dimensiones definen el prototipo como el estí­ mulo que tiene un valor promedio en cada una de las dimensiones relevantes para la categoría. Así, un estímulo nuevo se atribuirá a aquella categoría cuyo prototipo se halle a menor distancia media de los valores del estímulo. Esa distancia es la suma de la distancia en cada uno de los valores. A su vez, el prototipo se adqui­ rirá como un valor promedio para una serie de estímulos con una cierta similitud. Los efectos de tipicidad se explicarían en función de la distancia al prototipo. Pos-

nery Keele (1968) desarrollan un modelo de este tipo a partir de sus investiga­

ciones con figuras distorsionadas, mencionadas con anterioridad. 5n sus traba­ jos, cuanta mayor era la distorsión mayor era la distancia con prototipo. Los es­ tímulos más difíciles de categorizar eran aquellos que no se encontraban «próxi­ mos» a ningún prototipo. Ese mismo tipo de modelos se ha aplicado en los estu­

dios sobre memoria semántica (por ej., Rips, Shoben y Smith, 1973). En estos es­

tudios la «distancia semántica» entre los conceptos da lugar a una representa­ ción espacial bidimensional, en la que un dominio semántico está representado según relaciones de proximidad entre sus miembros.

Uno de los problemas de este tipo de modelos es determinar qué dimensio­ nes son relevantes para calcular la distancia con el prototipo. Al calcular esa dis­ tancia como la suma de todas las distancias dimensionales se está asumiendo que las distintas dimensiones son no sólo independientes sino igualmente rele­ vantes. Este supuesto conduce a predicciones erróneas. Por ejemplo, si el go­ rrión se halla próximo al prototipo de ave, un canario de su mismo color pardo es­ taría más próximo al prototipo que un canario naranja. Sin embargo, para la ma­ yor parte de la gente el color es, en principio, una dimensión irrelevante para la categoría «ave». Por esta razón, se han intentado introducir, con escaso éxito hasta la fecha, factores de ponderación de la relevancia de las dimensiones en el cómputo de la distancia con el prototipo. Como puede verse, se trata, una vez más, de superar las anomalías producidas por el principio asociacionista de equi­ valencia o equipotencialidad de los estímulos.

El problema de la equivalencia de dimensiones tiene también su correlato dentro de las propias dimensiones. Al asumir el carácter continuo de los rasgos, se acepta también una métrica continua, según la cual la distancia entre dos con­ ceptos A y B es la misma en ambas direcciones. Este supuesto de simetría resul­ ta, sin embargo, inadecuado como medida del prototipo. Según ha comprobado

Tversky (1977), la semajanza entre un prototipo y un miembro de la categoría no

es simétrica. Así, un alumno que tenga un 4,6 en un examen es posible que argu­ mente que «un 4,6 es casi un 5». En cambio es bastante más improbable que un alumno con un 5 piense que «un 5 es casi un 4,6». Igual sucede con el uso de las metáforas en el lenguaje. Ada y Van, los precoces adolescentes protagonistas

de la novela de Vladímir NABOKCnMcte o el ardor, definen el recuerdo de una pa­

raíso ido, la añoranza, como «una torre en la niebla». Es bastante dudoso que si­ métricamente consideraran una torre en la niebla como «el recuerdo de un paraí­ so ido». Esta creencia en la simetría es una consecuencia de considerar los ras­

gos de los conceptos como variables continuas. Por tanto, los modelos de proto­ tipos basados en variables discretas no se enfrentan a este problema.

Los modelos del prototipo basados en atributos o variables discretas conside­ ran que el prototipo está constituido por los valores más frecuentes en cada uno de los rasgos del concepto. La categorización de un estímulo nuevo será el pro­ ducto aditivo de la frecuencia con la que sus valores están presentes en^distintas categorías. El prototipo se adquirirá a partir de un cómputo de la frecuencia de rasgos entre estímulos con una cierta similitud. Los efectos de tipicidad de los miembros de una categoría dependen de la frecuencia de cada uno de sus valo­ res dentro de la categoría. Dos de los modelos de frecuencia de rasgos más rele­

vantes son la validez de claves de Rosch (1978) y el parecido familiar de Tversky

(1977). Como señalábamos en páginas anteriores la validez de una clave como predictor de una categoría es un producto de la frecuencia con la que esa clave (o valor) ocurre en esa categoría menos la frecuencia con que ocurre en otras ca­ tegorías. La validez de claves de un estímulo es la suma de las probabilidades condicionadas de cada uno de sus valores o claves. Nuevamente esta medida de

la tipicidad está basada en la independencia y equivalencia de los atributos.

Tversky (1977) ha propuesto un modelo parecido, en el que la tipicidad se mide

por la semejanza o parecido familiar con el prototipo, que se basa en una suma ponderada de la semejanza de los distintos atributos. Una de las diferencias entre

estos dos modelos de la frecuencia de rasgos es que Tversky introduce un factor

de ponderación para compernsar la equivalencia de los rasgos.

Aunque el modelo de Tversky (1977), basado en una suma ponderada de los

atributos, resulta intuitivamente aceptable, sigue careciendo, al igual que sucedía

en el caso de los modelos dimensionales, como el de Reed (1972), de una medida

independiente de la ponderación. Pero, aun en el caso de que se hallara tal me­ dida, los modelos de frecuencia de rasgos, al igual que los de distancia semán­ tica, siguen teniendo planteado el problema de la independencia de los rasgos.

En ambos tipos de modelos, los atributos o dimensiones se tratan c o itk d variables

sin relación entre sí, cuyo valor puede ser sumado o restado. Sin embargo, pa­ radójicamente estos modelos se basan en la idea de que el mundo tiene «una es­

tructura correlacional» que se refleja en la formación de conceptos (Rosch,

1977). Esa estructura correlacional, consistente en la covariación sistemática de ciertos valores en el mundo real, se contradice con el tratamiento aditivo que se

da a esos mismos valores en los modelos que acabamos de mencionar. Richard-

son y Bhavnani (1984) han propuesto un modelo de contingencia según el cual

los valores de las variables no son independientes unos de otros sino que están relacionados entre sí. Tras computar la probabilidad condicionada de cada valor o clave, el modelo, en lugar de sumarlas, establece una relación multiplicativa por la que los distintos valores interactúan. Este modelo es aplicable tanto a variables

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