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PREFACIO... 11 AGRADECIMIENTOS... 13 P R IM ER A PARTE; L A PSIC O LO G IA D EL A PR EN D IZAJE: D EL CO N D UCT1SM O A LA PSICO
LO G IA C O G N IT IV A ... 1«¡ CAPITULO PRtMERO: In tro d ucció n ... ix CAPITULO II: El conductitm o com o programa úe lnva»tig»clói ... 23
La n w lu ció n conductlsta y la consolidación del movimento. 23.- El núcleo céntral dei
programa conductísta, 25.- La crisis del conductismo. 30.- El neoasociacionismo cogniti
vo. 32.- £I conductismo en la actuaJidad. 37.
CAPITULO Iti: El procesam iento da Información como programa de Investigación... 39
Los orígenes da la nueva psicologia cognitiva. 39- El núcleo central del procesamiento
do información. 42. - El procesamiento da información como teoría de la mente. 46 -
IPuede el procesamiento de información proporcionar una verdadera teoría del aprendi zaje?, 50.- Mecanicismo y organicismo en la psicologia cognitiva: ¿divorcio o reconcilia
ción?. 56,
SE G U N D A PARTE: A P R E N D IZ A JE P O R A S O C IA C IO N ... 61 CAPITULO IV: Form ación da concepto» artificial— ... 63
Naturaleza y funciones de loa conceptos. 83.- Primeros estudios sobre la formación de
conceptos: teorías conductistas clásicas. 67.- Teorías conductistas mediación ales. 71.-
Teorías de la comprobación de hipótesis. 75.- Limitaciones de los estudios sobre forma
ción de conceptos artificiales. 87.
CAPITULO V: Form ación d* concepto» naturate« ... 93 La familia de las teorías probabilísticas de los conceptos, 93.- La teoría del prototipo de
Rosch, 95.- La representación de los conceptos: ¿prototipos o ejemplares?, 101.- La ad
quisición de ejemplares y prototipos, 103.- Semejanzas entre los modelos de ejemplar y
prototipo, 108.- Limitaciones de las teorías probabilísticas. 108.
CAPITULO VI: T to jfa » com putac tonal— ... 117
El auge de las teorías computacionalea del aprendizaje. 117.- Enfoque sintáctico: la teo
10 Taoftea cognlttv» <M « |x *n d ln i*
n el ACT. 125 - Aplicación del ACT a I» formación de conctrtoa, 128.- B ACT y —i b«- cAndaka da la inducción», 133.- Enfooue semántico: la Morí* de los esquemas. 136 - La teoría general da toa «aguama». 137.- Aprendizaje por modificación y qw w adán da as- guamas. 140.- ¿Cómo w forman loa esquemas auténticamente nuevo«?. 145.» Enfogue
pragmático: una teoría pragmática de la Inducción, 14S- La representación del conoci miento mediante modelos marital— , 148 - Aprendizaje por inducción pragmática, 152.- ¿Puada un sistema com pufadonal funcionar pragmáticamente?, 156.- Loa límites del
aprendizaje por asociación. 158.
TERCERA PAflTE; APRENDIZAJE POR REESTRUCTURACION... 163 CAPITULO VII: Taoftaa da la reestructuración... ... ... ... 165
De la asociación a la reestructuración: la paradoja del aprendizaje, 165.- La Gestalt:
aprendizaje por Insight, 170.- Pensamiento productivo y reproductivo, 171.- Reestructu ración por insight, 172.- Experiencia previa a insight, 174.- Las condicionas dal insight, 176 . La teoría de la equiiibración de Piaget, 177.- Asimilación y acomodación, 178.- Res puesta a los conflictos cognitivos: la toma de conciencia, 162.- Los desequilibrios de la teoría de la equiiibración, 187.- La teoría del aprendizaje de Vygotskii, 191.- La respuesta vygotskiana anta la escisión da la psicología: actividad y mediación, 192.- B origen de los significados: las relaciones aprendizaje/desarrollo, 196. Formación de conceptos es pontáneos y científicos, 199. Los lím ites de una teoría inacabada, 205.- La teoría del
aprendizaje significativo de Ausubel, 209.- Aprendizaje memorístico y significativo, 210.- Las condiciones del aprendizaje significativo, 213.- Tipo de aprendizaje significativo, 215.- Aprendizaje significativo y reestructuración, 220.- Los limites de las Morías organi-
cistas: la reestructuración como un producto de la Instrucción,
CAPITULO VIH: Hacia una Integración da asociación y reestructuración en la Instrucción . 225
Cambios cuarrtrtatfvoa y cualitativa en el aprendizaje, 225.- Las diferencias en el conoci
miento entre expertos y novato*, 226.- Querencias cuantitativas entra expertos y novatos. 228.- Diferencias cualitativas entre expertos y novato», 231.- Reestructuración débil y fuerte. 238.- Modelos de cambio conceptual en la Instrucción. 241.- Naturaleza de los conceptos espontáneos. 242.- Las condicionas dal cambio conceptual. 243.- Un modelo da cambio conceptual, 244.- Estrategias de enseñanza dirigidas al cambio conceptual. 252.
BIBLIOGRAFIA ... 255 INDICE DE AUTO RES... 200
PREFACIO
Es sabido que en los últimos años se ha producido un importante cambio de orientación en la psicología científica. Tras un largo período de predominio de la psicología conductlsta, se está consolidando un nuevo enfoque conocido como «psicología cognitiva» cuya representación más clara es el «procesamiento de información», basado en una analogía entre el funcionamiento de la mente huma na y los computadores digitales. Este cambio de orientación afecta a la mayor parte de los campos de investigación en psicología (memoria, atención, inteligen cia etc., alcanzando incluso al estudio de la Interacción social y de la emoción). Sin embargo, un repaso, aunque sea somero, de los textos al uso sobre Psicolo gía del Aprendizaje, tanto en castellano como en otros idiomas, muestra que en el
estudio del aprendizaje siguen siendo dominantes las posiciones conductuales e incluso que la mayoría de esos Tratados suelen dedicar la mayor parte de sus pá ginas a situaciones de aprendizaje animal en el laboratorio, cuya relevancia para el aprendizaje humano en situaciones complejas, como las estudiadas desde el enfoque cognitivo dominante, es cuando menos discutible.
Esta situación no es caprichosa, sino más bien una consecuencia de los nue vos esfuerzos del propio programa cognitivo, que durante bastantes años se han mantenido alejados del área de estudio preferida de los conductistas: el aprendi zaje. Sin embargo, en los últimos años ha aumentado notablemente el interés de la psicología cognitiva por el aprendizaje, lo que ha traído consigo la elaboración de diversas teorías cognitivas del aprendizaje al tiempo que se recuperaba la obra de algunos psicólogos que, hace ya algunos años, propusieron explicaciones cognitivas de los procesos de aprendizaje. En el presente volumen se exponen al gunas de las teorías del aprendizaje surgidas desde la psicología cognitiva, en sus diversos enfoques.
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Plan del libro
La estructura del libro es la siguiente: la Primera Parte (Capítulos I, II y III) está dedicada a analizar los cambios teóricos y metodológicos acaecidos en las últi mas décadas en la Psicología del Aprendizaje como consecuencia de la propia evolución de la Psicología. Desde nuestro punto de vista, esa evolución ha su puesto una transición desde posiciones conductistas a posiciones cognitivas pró ximas al procesamiento de información. Sin embargo, como se ha señalado, ese cambio apenas ha alcanzado a los estudios sobre aprendizaje, donde el enfoque cognith/o no ha logrado aún proponer una alternativa a las posiciones conductua- les. Esta Primera Parte constituye una introducción histórica que conlleva una re flexión sobre el estado actual de los estudios sobre aprendizaje realizados desde los dos programas más influyentes en 1a psicología reciente: el conductismo y el procesamiento de información. En cualquier caso, se ha huido de una exposición pormenorizada en busca de una mayor profundización critica. Fruto de este aná lisis es la distinción entre dos tipos de aprendizaje que trascienden la clásica con traposición entre lo conductual y la cognlth/o: el aprendizaje por asociación, desa rrollado por los modelos mecanicistas (Segunda Parte) y el aprendizaje por rees tructuración, característico de las posiciones organiclstas (Tercera Parte).
Dada la diversidad de perspectivas e intereses de estas teorías, hemos esco gido como hilo conductor de la exposición el aprendizaje de conceptos, ya que todas las teorías del aprendizaje, sea cual sea su orientación, se han ocupado con mayor o menor detalle de la adquisición de significados, por lo que es un te rreno en el que todas ellas pueden ser contrastadas. No obstante, la exposición de las teorías y el análisis crítico que de ellas se hace, es también aplicable a otras áreas como la adquisición y automatización de destrezas, la adquisición de habili dades de razonamiento, etc. En la Segunda Parte se exponen las teorías del aprendizaje de conceptos desarrolladas desde un enfoque asociacbnista, inclu yendo los estudios sobre adquisición de conceptos artificiales (Capítulo IV), la ad quisición de categorías naturales (Capitulo V) y los nuevos enfoques computacio- nales desarrollados desde el procesamiento de información (Capítulo VI). La Ter cera Parte recupera algunas de las teorías clásicas del aprendizaje por reestructu ración como las de Piaget, Vygotskii o la Gestalt (Capitulo VII) y concluye en la necesidad de estudiar el aprendizaje cognitivo en los contextos de instrucción en que normalmente se produce. El Capítulo VIII, que cierra el libro, presenta algu nos de los acercamientos recientes al aprendizaje en el marco de la Psicología de la Instrucción.
AGRADECIMIENTOS
En la elaboración de un trabajo como éste se contraen deudas, algunas ve ces impagables, con muchas personas. Algunas de estas deudas son más inme diatas, pero otras se remontan en el tiempo y se hacen costumbre, por lo que es inútil intentar concretarlas en acciones determinadas. Este es el tipo de deuda que tengo con Mario Carretero. No se trata ya de recordar aquí sus comentarios, sugerencias y reflexiones a los primeros borradores, ni su ánimo y apoyo cons tante durante su larga gestación y redacción. Tampoco es suficiente, aunque sí justo, decir que mi interés por la temática que aborda este libro se debe a ocho años de colaboración, de investigación y reflexión promovida por Mario. Hay algo más. Durante todo este tiempo he podido disfrutar de muchos momentos de ver dadera co-operación, un arte difícil, que sólo es posible desde la amistad y cuya práctica justifica momentos no tan favorables. Tal vez suceda como en el sorpren dente final de la película Casablanca, en el que nos enteramos de que todos los
avatares a los que hemos asistido no son sino un prólogo de una nueva amistad entre Rick y el Capitán Renault, y todos estos años no sean sino el preludio de to do lo que aún nos queda por hacer.
Este mismo agradecimiento debe alcanzar también a Mikel Asensio, cuya cer canía se ha convertido en vecindad, a Amparo Moreno, de quien he aprendido conceptos que antes me costaba mucho entender, a José Antonio León, compa ñero de peripecias en un viaje más balcánico que volcánico, que no será el últi mo. Asunción López Manjón, además de sus ánimos incondicionales, me ha ayu dado a luchar con el ratón, o para ser justos las más de las veces ha luchado ella
por mí. Buena parte de las figuras originales de este libro se deben a su mano o a la de María del Puy Pérez Echeverría. Puy, que sigue con su esfuerzo correlacio na! infatigable, ha hecho una vez más un poco de todo -le e r, escuchar, criticar, anim ar- pero ha añadido una nueva habilidad, buen pulso y paciencia en el di bujo. Pero cualquiera de estas cosas se diluye en el recuerdo (en este caso. To rre, pero sin niebla).
Son muchas más las personas que. conscientemente o no. han hecho posible este libro. De entre ellas, Angel Rivière y Margarita Diges, con sus comentarios a
14 Tvoftaa eo giiM v«! M * p r* iH llu |«
algunas partes del libro, han ayudado a mejorar o a corregir errores presentes en el original. Con Benjamín sierra compartí algunas tardas de varano, en tomo a lar guísimos granizados de café, discutiendo y compartiendo ideas sobre la psicolo gía cognlth/a, atareados como estábamos (os dos en desentrañarla. Finalmente, otras personas han hecho laboras calladas pero Imprescindibles. Lola del Rey fue Una pedente mecanógrafa y Leandro estuvo tan eficaz como Siempre en la repro ducción. Por último, los alumnos de la Facultad de Psicología, con sus preguntas y sus respuestas, me han hecho dudar do muchas de las cosas que creía saber. Espero que no decaiga.
PRIMERA PARTE
LA PSICOLOGIA DEL APRENDIZAJE:
CAPITULO PRIMERO
Introducción
Hace poco más o menos un siglo. Ebbinghaus opinaba que «la psicología tiene un largo pasado pero una corta historia». Esta frase, tantas veces repetida, ha ido no obstante perdiendo vigencia a medida que la Historia de la Psicología crecía. Pero lo más curioso de ese crecimiento es que no sólo se ha producido «hacia adelante», con los sucesivos cambios metodológicos y conceptuales ha bidos en este siglo, sino que. de alguna forma, la Historia de la Psicología también se ha prolongado «hacia atrás», recuperando como propios los problemas y vici situdes de más de veinte siglos de tradición filosófica occidental. Haciendo buena la idea de Jorge Luis Borges según la cual son los sucesores los que crean a los precursores, los cambios habidos, especialmente en los treinta últimos años, han convencido a muchos psicólogos de que la Historia de su disciplina comenzó mucho antes de lo que la frase de Ebbinghaus hacia suponer.
Para los intereses y el contenido de este libro, la historia se remontarla nada menos que hasta el siglo IV antes de Cristo, cuando en la Grecia Antigua se deba tían cuestiones y conceptos que, muchos siglos después, pasarían a constituir
mutatis mutandis el núcleo de los problemas que estudiaría una curiosa disciplina
académica llamada Psicología Cognitiva. Esa «agenda griega» (Gardner. 1985) se abre precisamente en la Academia, la escuela de filosofía fundada por Platón para difundir las ideas de Sócrates. Entre sus numerosas obras, algunas están dedicadas a reflexionar sobre la naturaleza del conocimiento y sobre su origen. Asi. en el libro VII de La República, Platón expone el conocido mito de la caver na, alegoría según la cual el mundo que nosotros conocemos, encadenados co
mo estamos a nuestros sentidos, no es sino la sombra proyectada en una pared de la caverna de la realidad por las Ideas Puras que son imbuidas, al nacer, en nuestra alma. De esta forma, el conocimiento es siempre la proyección de nues tras ideas innatas. Para nuestros intereses, el mito queda completado en uno de los Diálogos de Platón, en el que Sócrates explica a Menón. un jóven esclavo,
cómo cuando él aprende geometría lo único que hace es llevar hasta su concien cia aquellas ideas que desde siempre estaban en su alma. Esta doctrina platónica
1« T«cH» cofltUM» ótl «pondtMt»
resurgirá en la tradición filosófica occidental en el pensamiento racionalista e idea lista de Descartes, Lebnizo Kant. y será recuperada para la psicología por algu
nos autores representativos del movimiento cognltivista actual, como Fodor. Chomsky, (por ej., Gardner, 1985; Robinson, 1966).
Frente a la corriente racionalista iniciada por Platón se levanta otra tradición que tiene su origen precisamente en el discípulo predilecto de Platón, Aristóte les, quien rechaza la doctrina de las ideas innatas, sustituyéndola por la de la ta
bula rasa sobre la cual se van imprimlento las sensaciones. De esta forma, el co
nocimiento procede de los sentidos que dotan a la mente de imágenes, que se asocian entre sí según tres leyes: la contigQldad, la similitud y el contraste. Así, Aristóteles, puede ser considerado como el padre del asociacionismo. que en los siglos XVII y XVIII alcanzará con Hobses, Locke, y Hume s u máxima expresión
dentro de la filosofía. En psicología será introducido precisamente por Ebbinq- haus (Estes, 1085; Slamecka, 1986) y dominará ol pensamiento no sólo de Wunot y el estructuralismo sino sobre todo del conductismo, teniendo una in fluencia decisiva en la Historia de la Psicología y, más específicamente, en la Psi cología del Aprendizaje.
En realidad, si la psicología se ha expandido «hacia atrás», en busca de sus orígenes remotos, se debe a los cambios acontecidos en el siglo transcurrido desde la célebre frase de Ebbinghaus. En cuanto a su expansión «hada adelan te», puede decirse que la psicología no sólo posee una historia, sino incluso una historia «oficial», por la que el siglo XX estaría dividido casi en dos mitades igua les: una primera de dominio del conductismo y una segunda de dominio de la psi cología cognitiva (Knapp, 1966). A grandes rasgos esa historia oficial, amparada en las ideas de Kuhn (1962) con respecto al desarrollo y el cambio en los movi mientos científicos, narra la existencia de dos revoluciones paradigmáticas, segui das por su correspondiente periodo de ciencia normal. La primera revolución se produce en la segunda década del siglo y da lugar a la aparición del conductis mo. como respuesta al subjetivismo y al abuso del método introspectivo por parte del estructuralismo y también del funcionalismo. El conductismo se consolida a partir de 1930 entrando en un periodo de ciencia normal, caracterizado por la apli cación de su paradigma objetMsta, basado en los estudios de aprendizaje me diante condicionamiento, que considera innecesario el estudio de los procesos mentales superiores para la comprensión de la conducta humana. La expansión del paradigma, que desemboca en múltiples anomalías empíricas, junto al empuje de diversos factores externos a la psicología, como son las nuevas tecnologías ci bernéticas que vienen de la mano de la Teoría de la Comunicación, la Lingüística y la propia Cibernética, harán que el paradigma conductista entre en crisis a partir de 1950. A mediados de esa década, será sustituido por el procesamiento de in formación que. apoyándose en la poderosa metáfora del ordenador, hará posible el estudio de los procesos mentales que el conductismo marginaba. De esta for ma se entra en un nuevo periodo de ciencia normal, esta vez bajo el dominio de la psicología cognitiva. en el que el conductismo se bate en franca retirada, hallán dose en vías de extinción. Este periodo alcanza hasta nuestros días.
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nuestra disciplina1. Ahora bien, ¿responde este relato kuhnlano a lo realmente acontecido? ¿Nos encontramos ahora en un momento de ciencia cognitiva nor mal? ¿Está el conductismo en vías de desaparición? Y centrándonos específica mente en el área de la que nos ocuparemos más directamente en este libro, ¿hay un predominio de las posiciones cognitrvas en psicología del aprendizaje? ¿Tiende a desaparecer la versión conductista del aprendizaje? Desde nuestro punto de vista, todas estas preguntas tienen algo en común. La respuesta más probable a todas ellas es: no.
El retroceso de las posiciones conductistas en favor de la psicología cognitiva es algo incuestionable que reconocen hasta los propios concuctistas (por ej., Zu
ra f f, 1986). Lo que ya no está tan daro es que el conductismo esté moribundo. A juzgar por los síntomas de vitalidad que está mostrando últimamente (por ej.. Moogil y Moogil, 1987; Ribes y López Valadez, 1985; Skinner, 1983,1984,1985; ZuraFF, 1985,1986) y por la incidencia que aún sigue teniendo en el campo profe sional, concretamente en la modificación de conducta (véase, por ej., Botella, 1986; Kazoin, 1978; Mayor y Labrador. 1984), el muerto goza de una salud acep table, al menos para estar muerto. En el próximo capítulo analizaremos somera mente la evolución actual del conductismo que, si bien ha perdido su posición predominante en muchos terrenos en favor del procesamiento de información, no parece que haya perdido todo su vigor.
En cuanto a la existencia de un período de ciencia normal dentro de la psico logía cognitiva en el que su paradigma se aplique a áreas en expansión, existen opiniones diversas. Sin duda, el procesamiento de información constituye el para digma dominante dentro del enfoque cognitivo actual. Pero su validez está siendo contestada con vigor desde posiciones cognitívas. Alguno de los padres del cog- nitMsmo ha abandonado ya la nave del procesamiento de información (por ej., Neisser, 1976) y son abundantes las críticas a sus insuficiencias, limitaciones y promesas incumplidas (por ej., Carretero, 1986a; Kessel y Bevan, 1985; Luccio. 1982; RmÉRE. 1987; Seoane. 1962a. 1985; DE Vega, 1982.1985a). En el Capítulo III analizaremos algunas de estas críticas y discutiremos con algún detalle la vigen cia y las limitaciones del procesamiento de información como enfoque psicológi co.
En el área del aprendizaje, el panorama difiere todavía más de esa historia «oficial». Aquí ni siquiera se puede acreditar el predominio del enfoque cognitivo sobre el conductual. Si juzgamos ese predominio por un criterio ciertamente signi ficativo, como son los contenidos de los manuales más usuales en psicología
1 Versiones más detall »das y ajustadas de la misma puen encontrarse entre otros en Bux- ton (1985), Capante (1979, I960, 1984), Leahy, (1980). Legrenzi (1982). Marx y H illís (1979). Robin son (1981). En relación específicamente con la transición del conductismo al cognitivismo, pueden consultarse además Carretero y Garete Madruga (1984b), De4cfaux y Seoane (1982), Gardner (1985). Knapp (1986), Lachman y Lachman (1986), Lachman, Lachman y Butterfield (1979), Posner y Shul- man (1979). de Vega (1984). Relatos autobiográficos o divulgativo* con respecto a l mismo periodo se encuentran en Broadbent (1980). Bruner (1983). Hunt (1982). Miller (1983). Norman (1976) o Si mon (1980).
20 Tm á m cogrubvas del «pfenduaje
del aprendizaje, la mayoría sigue teniendo un enfoque claramente conductual (por ej., Bayes y Pinillos, 1989; Hilgard y Bower, 1975; Hill, 1971; Marx, 1969; Rachun, 1970,1976; Sahakian, 1977; Swenson, 1980), si bien en los últimos años
comienzan a aparecer algunos manuales con una orientación más próxima al pro cesamiento de información, aunque sin llegar a excluir nunca las aportaciones conductuales (por ej., Hulse, Egeth y Deese, 1980; Leahy y Harris, 1985; Pérez
Gómez y Almaraz, 1981; Travers, 1982). La razón de este estado de cosas no es
otra que el abandono de las investigaciones sobre aprendizaje por parte del pro cesamiento de información, que según Siegler y Klahr (1982) sólo es compara
ble al abandono de los procesos mentales por parte del conductismo. Las razo nes de ese abandono, que serán analizadas más adelante en el Capitulo III, son profundas y en ningún caso accidentales, por lo que. a pesar de las voces opti mistas que se alzan (por ej., Chi y Rees, 1983; Gagné y Glaser, 1987; Mandler, 1985; Shuell. 1986). hay motivos -que serán analizados en su momento- para desconfiar de la posibilidad de que algún día el procesamiento de información nos proporcione una teoría del aprendizaje potente y comprehensiva.
En resumen, la situación actual de la psicología no parece acomodarse de masiado a la descripción kuhniana del progreso científico. ¿A qué se debe esta di vergencia? Según algunos autores (por ej., Caparrós, 1980) se deberla a que Kuhn (1962) basó su modelo en el desarrollo de las ciencias físicas. En cambio, en la ciencias sociales, la relatividad de las explicaciones es siempre mayor, por lo que resulta más difícil la existencia de un paradigma hegemónico. No faltan tampoco quienes opinan que la psicología se halla aún en un período preparadig- mático (Bayés, 1980; Kenoler, 1984).
Otros autores piensan que el problema no es tanto la aplicación del modelo kuhniano a las ciencias sociales cuanto la inadecuación general de este modelo para el análisis del progreso de las teorías científicas, sean éstas sociales, físicas o biológicas (Barker, y Gholson. 1984; Gholson y Barker. 1985; Overton.
1984). Se apoya para ello en las criticas que las ideas de Kuhn han recibido por parte de fiiosófos e historiadores de la ciencia, especialmente de Lakatos (1978) y Lauoan (1977).
La teoría de las revoluciones científicas de Kuhn (1962) nace como respuesta a la pretensión popperiana de que la ciencia avanza mediante la falsación siste mática de los enunciados que formula (Popper, 1959). Con sus análisis históricos,
Kuhn logra demostrar no sólo que los científicos no buscan por sistema falsar sus teorías, sino incluso que éstas perviven con considerables pruebas empíricas en su contra. De esta forma, Kuhn desacredita a la experimentación como la causa fundamental del progreso científico. Según su concepción, no es la fuerza de los datos la que hace que un paradigma sea sustituido por otro, ya que los paradig mas son en sí mismos inconmensurables. Esa sustitución respondería más a cri terios externos, ya sean generacionales o de demandas sociales, que a criterios de racionalidad científica. Esta última idea será rechazada por Lakatos (1978). cu yo falsacionismo metodológico puede concebirse como un intento de síntesis en tre las posiciones de Popper y Kuhn. Lakatos coincide con Kuhn en el predomi nio de los paradigmas (en su terminología, «programas de investigación
cientffi-lntiLri. lArlÁn *1
ca») sobre los datos, pero admitirá con Popper que son finalmente los datos los que constituyen los árbitros del cambio en las teorías científicas.
Según Lakatos (1978), todo programa de investigación consta de dos com ponentes distintos: un núcleo firme, constituido por las ideas centrales, y un cin
turón protector de ideas auxiliares, cuya misión es precisamente impedir que el
núcleo pueda ser refutado empíricamente. Lakatos considera que nunca una teo ría puede ser falsada por un hecho. Los datos en contra de una teoría son simples
anomalías. Toda teoría, en la medida en que no explica todo, convive con nume
rosas anomalías simultáneamente. Ante ellas puede reaccionar de dos formas dis tintas: sencllamente desentendiéndose de ellas y ocupándose de otros asuntos, o incorporándolas al cinturón protector. En cualquier caso, el núcleo de la teoría o programa de investigación se mantiene intacto. Sin embargo, Lakatos, a di ferencia de Kuhn, cree que ese núdeo puede llegar a ser modificado por criterios dentfficos internos y no sólo por razones extemas o arbitrarias. La falsación de una teoría no la producen los datos empíricos, sino la aparición de una teoría me jor. ¿Pero cuándo una teoría es mejor que otra? Según Lakatos (1978), cuando reúne tres condiciones:
1. Tener un exceso de contenido empírico con respecto a la teoría anterior, es decir, predecir hechos que aquella no predecía.
2. Explicar el éxito de la teoría anterior, es decir, explicar todo lo que aquélla explicaba.
3. Lograr corroborar empíricamente al menos una parte de su exceso de contenido.
Por consiguiente, lo que caracteriza a una buena teoría -o , en la termindogía de Lakatos. programa de investigación progresivo- es su capacidad para prede cir e incorporar hechos nuevos, frente a aquellas otras teorías -o programa de in vestigación regresivo- que se limitan a explicar lo ya conocido. Un programa puede ser progresivo teóricamente -cuando realiza predicciones nuevas aunque no sean corroboradas- o empíricamente -cuando corrobora alguna de esas predicciones. Además, la valoradón que se haga de un programa en cada cir cunstancia histórica dependerá de las predicciones que logre realizar entonces. Un programa progresivo puede dejar de serio cuando agota su capacidad predic- tlva y se muestra incapaz de extenderse hacia nuevos dominios. Y, a la inversa, un programa regresivo puede convertirse en progresivo si logra hacer nuevas pre dicciones parcialmente corroboradas.
De esta forma, en contra de la idea kuhniana de que las teorías son incon mensurables y de que. por tanto, el cambio teórico debe estar guiado por circuns tancias extemas a la propia labor científica, Lakatos (1978) piensa que una nueva teoría se impondrá sobre otra vigente cuando, además de explicar todos los he chos relevantes que ésta explicaba, se enfrente con éxito a algunas de las anoma lías de las que la teoría anterior no podía dar cuenta. Así se asegura una continui dad entre las teorías sucesivas, ya sea dentro de un mismo programa o familia de teorías (Lauoan, 1977) o en programas diversos. Esta continuidad es consistente
22 Taorfai ecgNtVa» <M aprandoa^a
con el carácter acumulativo del progreso del conocimiento científico, pero se tra duce al mismo tiempo en la aparición de cambios cualitativos ocasionales, debi dos al abandono de un programa por otro o. lo que es lo mismo, al cambio de las ideas que componen el núcleo central del programa.
Las ideas de Lakatos (1978) parecen ajustarse con éxito al desarrollo no sólo
de las ciencias físicas sino también de la propia psicología (por ej., Barker y
Gholson, 1984; Gholson y Barker, 1985; Gilbert y Swift, 1985; Overton, 1984;
Piatelu-Palmarini, 1979; Rowell, 1983). Podríamos decir que las Ideas de Laka tos constituyen un programa progresivo con respecto a la teoría de las revolucio
nes científicas de Kuhn (1962), ya que son capaces de superar algunas de las anomalías a que se ve abocado el análisis kuhniano de la ya no tan corta historia de la psicología. En los capítulos que siguen vamos a intentar una reconstrucción de la historia reciente de la psicología del aprendizaje desde el marco epistemoló gico de Lakatos, reflexionando sobre los cambios habidos en la misma como
consecuencia del paso del conductismo al procesamiento de información como programa dominante en psicología. ¿Constituye el procesamiento de información un programa progresivo -e n el sentido de Lakatos- con respecto al conductis mo? ¿Forman parte ambos enfoques del mismo programa de Investigación o constituyen dos programas distintos? En otras palabras, ¿ha habido un cambio en el núcleo firme del programa en el paso del conductismo al procesamiento de información? ¿Es el enfoque cognitivo predominante capaz de generar prediccio nes nuevas con respecto a los procesos de aprendizaje? ¿Tiene en esa área un exceso de contenido empírico con respecto al conductismo? Estas y otras pre guntas similares serán nuestro tema de reflexión en las próximas páginas, que en ningún caso pretenden ofrecer un relato denso y exhaustivo de la historia reciente de la psicología del aprendizaje sino únicamente un análisis crítico de algunos de sus rasgos más sobresalientes.
CAPITULO II
El conductismo como programa
de investigación
Y as asi cómo los qua nos iluminari son los ciegos. Así as como aJgumn, sin sa- bario. Haga a mostrarla irrafutablamanta un camino qua por su parta sarta inca*
pazdasaguk.
Julio Cortázar. Rayuala
La revolución conductista y la consolidación
del movimiento
Al comienzo de una de sus obras, Flavell (1977, pág. 19 de la trad. cast.) se lamenta de que «los conceptos auténticamente Interesantes que hay en este
mundo tienen la desagradable costumbre de escapar a nuestros más decididos
Intentos por concretarlos, por hacerles decir algo definido y hacer que se aten gan a ello». No sé si el conductismo será uno de esos conceptos auténticamente
interesentes, pero se resiste a ser definido y se mantiene tercamente en esa ambi güedad y diversidad de significados de la que se lamenta Flavell. Tal vez tenga razón Rivière (1987) cuando, refiriéndose a la Psicología Cognitiva -a l parecer, otro de esos conceptos auténticamente interesantes-, observa que los paradig mas o enfoques psicológicos tienen a veces la estructura conceptual de una cate goría natural. Si hacemos caso a las Investigaciones de Rosch y otros autores (Rosch y Lloyd, 1978; Smith, y Meoin, 1981 ; ver también Cap. V de este libro) los conceptos naturales, a diferencia de los conceptos lógicamente definidos, se ca racterizan por tener una estructura difusa, y en muchos casos confusa, con lími tes borrosos y sin atributos que definan por igual a todos sus ejemplares. Para averiguar si el conductismo es uno de estos conceptos, no queda más remedio que buscar los atributos que definen al concepto «conductismo» -e n términos de Lakatos su núcleo firme o central- en la amplia gama de ejemplares de con ductismo que nos ofrece la literatura.
24 Teeitee e o g n » * del epwKlMíe
el «manifiesto conductista» de Watson (1913) un fantasma recorrió Norteamé rica yen muy pocos años, antes de disponer siquiera de una teoría que la avalara, la revolución conductista habla triunfado. Parte de su éxito inmediato se debe a su sintonía con el ze itg eist o espíritu de la época (Logue, 1985a; O'donnell,
1965). Prueba de ello es el extraordinario interés social que despertaron sus pro mesas desde el primer momento (Loque, 1965b). Entroncada con una tradición pragmática y empirista, la propuesta de Watson era, ante todo, metodológica. Contra el abuso de la introspección y los métodos subjet¡vistas, que se usaban no sólo con sujetos humanos sino también, por analogía, en psicología comparada (al respecto véase Boakes, 1984; Mackenzie, 1977), Watson, propone hacer una psicología objetiva y antimentallsta, cuyo objeto debe ser la conducta observable controlada por el ambiente. Su propuesta es ampliamente aceptada. Pero Wat- son, carece de elementos teóricos para desarrollaría. Recurre a los trabajos de Pavlov sobre los reflejos condicionados, estableciendo así el condicionamiento como paradigma experimental del conductismo, lo que, según algunos autores, constituye ya la primera desviación del genuino programa conductista (por ej., Ribes, 1982). Pero no será suficiente para proporcionar un núcleo conceptual al conductismo. favoreciendo la dispersión teórica bajo el gran paraguas del objeti vismo. Según una clasificación realizada por Roback (1923), diez artos después del manifiesto funcional había diez clases de conductismo y diecisiete subclases (algunas tan pintorescas como el conductismo «nominal»: los que se creían con- ductistas pero no lo eran). Como los mandamientos, esas diez clases se encerra ban en dos (Lashley, 1923): el conductismo extremo o radical (que negaba la existencia de la conciencia) y el conductismo metodológico (que aunque no ne gaba la conciencia, creía que no podía estudiarse por métodos objetivos). Pero ni uno ni otro eran capaces de ofrecer una teoría unitaria de la conducta.
Se entra así en una nueva fase: la era de las teorías (Caparros, 1980; Yela,
1980) o neoconductismo. Como señala Yela (1980). ya se sabía que había que estudiar lo observable; ahora sólo faltaba saber lo que había que observar. El pe riodo del neoconductismo. con sus cuatro jinetes a la cabeza (Guthhe, Tolman.
Hull y Skjnner) es probablemente la época más productiva del conductismo. To
dos parten en busca de una teoría unitaria, a la sombra del positivismo lógico. Pe ro cada uno encuentra una teoría distinta, y algunos más de una teoría. La época dorada del conductismo es, al mismo tiempo, el comienzo de su fin. No vamos a analizar aquí ese periodo, ya que merecería un estudio pormenorizado (véase al respecto, entre otros. Caparros. 1980; Loque. 1985b; Mackenzie 1977; Zuriff. 1985). pero estamos de acuerdo con Yela (1980) cuando señala que este período denso y laborioso se salda con un estrepitoso fracaso: no sólo no se ha llegado a formular una teoría unitaria sino que. tras tantos esfuerzos, el conductismo se ha lla dividido en escuelas y facciones Irreconcliables. El daño, si cabe, es aún ma yor si tenemos en cuenta que los neoconductistas eran firmes partidarios del mo do positivista de hacer ciencia, en el que los datos hablan por sí mismos, indepen dientemente de las teorías que cada cual sostenga. ¿Cómo habían podido surgir tantos tipos distintos de conductismo -m olar, molecular, mediacional, radical, prepositivo, lógico, etc. - a partir de unos datos objetivos? No vamos a seguir el
Q oonducttomo cow o p t o jw n i d i 25
camino iniciado por esta pregunta. Nuestra tarea es otra: establecer qué tienen en común todos ellos, es dedr, averiguar cuál es el núcleo central del programa de investigación conductista.
El núcleo central del programa conductista
Según Mackenze (1977), lo único que tienen en común las diversas formas de conductismo desarrolladas antes, durante y después del neoconductismo es una determinada concepción ele la ciencia y su metodología, careciendo de un núdeo teórico común: «£/ conductismo fue el único - o al menos e l más detalla do, intransigente y sofisticado - intento serio que nunca se había hecho para desarrollar una ciencia sobre principios solamente metodológicos » (Mackenze.
1977, pág. 142 de la trad. cast.). Skinner (1963, pág. 961) parece estar de acuer do -sólo en parte, claro- con esta apreciación cuando afirma tajantamente que
«e/ conductismo, con acento en la última sílaba, no es el estudio científico de la conducta, sino una filosofía de la ciencia dedicada al objeto y a los métodos de la psicología». Tal vez sea así. pero necesariamente el conductismo ha de ser al
go más para constituirse en un programa de investigación: ha de disponer de un marco conceptual. En la filosofía de la ciencia actual (por ej., Kuhn, 1962; Laka- tos, 1978) no se acepta que se pueda hacer ciencia sin teoría. Además de la con vicción positivista, que sin duda forma parte del núcleo central del conductismo. ha de haber otros rasgos conceptuales comunes para que podamos hablar de un programa de investigación conductista.
En nuestra opinión, el núcleo central del conductismo está constituido por su concepción asociacionlsta del conocimiento y del aprendizaje. Situado en la tra
dición del asociaclonismo que nace en Aristóteles, el conductismo comparte la teoría del conocimiento del empirismo inglés, cuyo exponente más lúcido es la obra de Hume (1739/1740) A treatise of human nature. Según Hume, el conoci miento humano está constituido exclusivamente de impresiones e ideas. Las im presiones serían los datos primitivos recibidos a través de los sentidos, mientras que las ideas serían copias que recoge la mente de esas mismas impresiones, que perdurarían una vez desvanecidas éstas. Por tanto, el origen del conocimien to serían las sensaciones, hasta el punto de que ninguna idea podría contener in formación que no hubiese sido recogida previamente por los sentidos. Pero las ideas no tienen valor en sí mismas. El conocimiento se alcanza mediante la aso ciación de ideas según los principios de semejanza, contigüidad espacial y tem poral y causalidad. Estos son los principios básicos del pensamiento y el aprendi zaje en el empirismo humeano.
Estos principios de la asociación serán, a su vez. el núcleo central de la teoría psicológica del conductismo. Con diversas variantes, todos los conductistas las adoptan como elemento fundamental para la descripción o. en su caso, explica ción de la conducta animal y humana. Dado que inicialmente somos una tabula rasa y todo lo adquirimos del medio por mecanismos asociativos, es lógico que el
estruc-20 TaorfM cognM aa dal aprand taft
tura de la conducta sería una copia isomórfica de las contingencias o covaria- c ion es ambientales. Para estudiar cómo se establecen esas asociaciones, nada mejor que elegir un organismo simple en una situación simple: la rata o la paloma en una caja trucada o en un laberinto. La descontexlualización y simplificación de las tareas son características de todo enfoque asociacionlsta, por razones que analizaremos más adelante. Al igual que Ebbinqhaus (1885) se enfrentaba al aprendizaje de slabas sin sentido, las ratas han de enfrentarse también a tareas sin sentido, que, como las listas de Ebbinghaus, son totalmente arbitrarias.
B asociacionismo es así el núdeo central del programa de Investigación con* duelista En sus diversas variantes, el conductismo asume las ideas asociadonis- tas como base de su experimentación y teorización. Esta asunción tendrá amplias consecuencias. Del asociacionismo se derivan una serie de exigencias para la teoría psicológica, unas de modo directo y necesario y otras de modo Indirecto y, por tanto, no necesarias. Estas exigencias conforman otros rasgos adicionales del programa conductista, incorporados en algunos casos al núdeo central y en otros al dnturón protector de sus teorías. La Figura 2.1 representa el núdeo cen tral del programa conductista, común a todas las variantes del conductismo. junto con algunas de las ideas que ocupan su cinturón protector, que pueden diferir se gún los autores que defiendan la posición condudista. Asimismo se recogen las dos anomalías esenciales que se derivan de la asunción de ese núcleo central asociadonista. Esta figura resume las ideas expuestas en las próximas páginas y, por tanto, encuentra en ellas su explicación. En todo caso, la adscripción a una u otra condición de cada uno de los rasgos que vamos a comentar a continuación constituye un motivo de abierta polémica en función de la perspectiva teórica adoptada por cada autor.
Uno de los rasgos que con más frecuencia suelen considerarse como consti tutivos del programa conductista es el reduccionismo antlmentalista, es decir, la
negación de los estados y procesos mentales. ¿Es el antimentalismo una exigen cia necesaria de la asunción del asociacionismo? En principio habría que diferen ciar entre los condudistas radicales (Watson en algunas ocasiones, Skinner siempre, junto con algún otro), que niegan la existencia de la mente, y los con dudistas metodológicos, que únicamente exigen que se cumplan los requisitos de objetividad (por ej., Kendler, 1984; Zuriff, 1965). Lo que el condudismo re chaza es el uso de la introspección, no la propia existencia de la mente y ni si quiera su estudio siempre que se haga por métodos objetivos, es decir, a través de índices conduduales. De hecho, a partir de Huu, el condudismo comienza a incorporar variables intervinientes, dando paso a modelos mediacionales que cumplían en el neocondudismo una función similar a la que tendrán los diagra mas de flujo en el procesamiento de información. Por tanto no creemos que el antimentalismo sea un rasgo necesario del condudismo. aunque obviamente ha ya muchos condudistas que son antimental istas. Loque sí es un rasgo constituti vo del condudismo es la idea de que cualquier variable mediadonal o intervinien- te que se defina ha de ser isomorfa con las variables observables. En otras pala
bras. la mente, de existir, es necesariamente una copia de la realidad, un reflejo de ésta y no al revés. Este es el principio de correspondencia que, según algunos
0 con<x>cti#nx> como pioysnw d i tovMtipsQÓo 2?
FIGURA 2.1. B conductismo como programa da investigación científica. Da acuardo con las ideas da Laicatos (1978), sa distinguen los principios que oonstttuyen su m icho central y su cinturón pro
tector. Las kJeas centrales, comunas a todas las versiones del conductismo (óvalo central) estable cen un programa de investigación ocupado del estudio de las conductas que. sea cual sea su com plejidad, se entienden siempre com o un conjunto de elementos unidos entre s í mediante reglas sin tácticas de acuerdo oon los principios de correspondencia y equ¡potenciaJ¡dad. Además, existiría otra serle de ideas auxiliares en el cinturón protector (óvalos periféricos) conectadas a esos princi pios generales, que no serian compartidas necesariamente por todas las versiones del programa. Fi nalmente, loe recuadros inferiores de la figura representan los dos grupos principales de anomalías empíricas con que ha tropezado el programa asodadonista del conductismo, conectadas al núcleo central.
autores, constituye uno de los rasgos nucleares del conductismo (por ej., B o lle s ,
1975; R o c tb ia t, 1987) y que se deriva directamente del asociacionlsmo. Al asumir este principio, es obligado, desde el conductismo, negar la eficacia causal de los estados mentales, por lo que el control de la conducta sigue en cualquier caso re sidiendo en el medio. Es este tipo de cognitMsmo «débil» (B e iljn , 1983), compa tible con el conductismo, el que critica S k in n e r , (1978) en su célebre artículo «Por qué no soy un psicólogo cognitlvo». Aplicando el principio de parsimonia,
S k in n e r (1978) considera que el aparato mental no es sino un «sustituto interno de las contingencias» y que, por tanto, no aporta nada nuevo al estudio directo
de las contingencias. Tal afirmación, coherente con su posición, no es compartida por otros muchos conductlstas (por ej., Eysenck. 1986; Kendler, 1984.1985; Rozeboom. 1986; Z u riff, 1965.1986). En lo que sí están de acuerdo todos ellos es en la correspondencia de los procesos mentales con las variables observables. Un rasgo central del conductismo. como corriente asociaciónIsta, es. por tanto, su anticonstructivismo.
Otro de los rasgos tópicamente atribuidos al conductismo es que es una teo ría E-R (o estímulo-respuesta). La protesta conductista por esta atribución es
prácticamente unánime. De hecho, los dos procedimientos experimentales bási cos del conductismo, a cuyo estudio están dedicados sus principales teorías, no responden al esquema E-R. 0 condicionamiento clásico establece originalmente una asociación E-E, mientras que el condicionamiento operante implica una aso ciación R-E. Ahora bien, cuando se considera al conductismo una teoría E-R, in dependientemente del procedimiento experimental empleado, lo que se está ha ciendo. en nuestra opinión, es señalar su carácter atamista y elementista. deriva do directamente dei núcleo asociacionista. por el que toda conducta, por comple ja que sea. es redudble a una serie de asociaciones entre elementos simples, en este caso, estímulos y respuestas. Este elementismo sí es. a nuestro entender, un rasgo constitutivo del programa conductista. Lo que ya no se deduce lógicamen te de la aceptación del asociaciontemo conductual, y suele atribuírsele también a partir de su consideración como teoría E-R. es la equiparación de aprendizaje con conducta. Es bien cierto que. durante muchos años, los conductlstas definían al aprendizaje como un «cambio en la conducta». De esta forma quedaban exclui dos los efectos del aprendizaje latente (por ej., Broogen, 1939; Tolman y Honzik, 1930), que se produce en ausencia de conductas observables. Sin embargo, la necesidad de que el aprendizaje se manifieste en una conducta observable sólo se sigue de las asociaciones E-R o R-E. que implican una respuesta por parte del sujeto, pero no de las asociaciones E-E, que constituirían un modelo adecuado para los efectos del aprendizaje latente (Zuwff, 1985), por lo que, dentro del con ductismo, puede diferenciarse entre aprendizaje y conducta.
Otro de los rasgos que suelen considerarse definftorios del conductismo es su
ambientalísmo. Es bien cierto que el ambiental ismo no es una suposición necesa
ria del conductismo (Loque, 1985b). ya que éste no prohíbe la incorporación de impulsos instintivos (Huu_ 1943) o de una determinación genética de la conducta (Eysenck. 1986). Pero también es cierto que. como señalan algunos autores (por ej.. Eysenck. 1983; Loque. 1985b; Revusky, 1965). la mayor parte de los conduc- tlstas han acabado por adoptar posiciones ambientalistas. Elk> quizá se deba a que, en un sentido más general, el conductismo. como enfoque asociacionista y rrecanicista, sitúa el principio motor de la conducta fuera del organismo (Revus ky, 1965; Yela, 1980). El aprendizaje siempre es iniciado y controlado por el am biente.
Este argumento resulta más evidente cuando analizamos otro de los atributos potenciales del conductismo; el carácter pasivo del organismo, que se limita a
responder a las contingencias ambientales. Los skinnerfanos obviamente no están de acuerdo con esta apreciación, ya que en el condtelonamiento operante es el
B como pfogrwm di hiwiliQidón
organismo el que inicia las secuencias asociativas. Pero han de admitir finalmente que los operantes están controlados por sus consecuencias ( S k in n e r , 1981). El reforzamiento es así un requisito dei aprendizaje. Es en este sentido en el que el sujeto del conductismo es pasivo: el aprendizaje no es una cualidad intrínseca al organismo, sino que necesita ser impulsado desde el ambiente (Revusky. 1985). Este rasgo, característico de toda teoría mecanicista (K e n d le r, 1984), supone una escasa consideración del carácter biológico del aprendizaje, pero resulta, en to do caso, coherente con el asociacionismo conductual basado en la idea de la ta bula rasa.
Igualmente coherente con esa idea resulta otro de los rasgos atribuidos con frecuencia al conductismo: la equipotencialidad. Según esta idea, las leyes del aprendizaje son igualmente aplicables a todos los ambientes, especies e indivi duos. Lo que equivale a afirmar que sólo existe una única forma de aprender: la asociación. Aunque se ha puesto en duda su necesidad lógica ( H e r r n s t e in ,
1977), este principio se considera como uno de los cimientos del edificio conduc tista (por ej., Bolles, 1975; Revusky, 1985; Roítblat, 1987; Seugman, 1970). Dado que el principal objetivo del conductismo es la conducta humana, debe asumir que el aprendizaje es un proceso general, ya que. de lo contrario, no podría gene ralizar de las simples situaciones artificiales de condicionamiento con ratas a la conducta humana compleja. El conductismo sostiene para ello tres tipos de equi valencia. En primer lugar, todos los estímulos o respuestas son equivalentes, es decir, cualquier estímulo puede asociarse con la misma faclidad y siguiendo las mismas leyes asociativas a cualquier otro estimulo o respuesta. En otras palabras, toda situación de aprendizaje estará controlada únicamente por las leyes formales de la asociación, sin que el «contenido» de los términos asociados afecte al aprendizaje. Esto justifica, como en el caso de Ebbinghaus (1885), el uso de ta reas arbitrarias y alejadas de los contextos naturales a los que luego han de apli carse sus conclusiones (Bolles, 1975; Seu g m an , 1970). Un segundo principio de equivalencia hace referencia a la universalidad filogenética de los mecanismos asociativos. Este principio responde a una interpretación fixista de la continuidad füogenética (C arretero, 1986a; de Vega, 1984). Un último principio, necesario tras el anterior, establece la equivalencia entre todos los organismos de una mis ma especie. Es indudable que el conductismo ha despreciado habitualmente las diferencias individuales. No podía ser menos: todas las tabulas rasas se parecen. Una vez más. el asociacionismo conductual niega un valor funcional al organis mo, como especie o como individuo, en el proceso del aprendizaje. Es lícito, por tanto, afirmar que el conductismo carece de sujeto o que. en último extremo, si lo tuviera, su «arquitectura funcional» (Pylyshyn, 1984) seria una réplica de la es tructura de la realidad, de acuerdo con el principio de correspondencia. Este es el principal corolario que se deriva de la asunción del asociacionismo en psicología. Y es un corolario que Skinner (1978), con su coherencia característica, ha sabido extraer cuando afirma que «/a asociación cognitiva es una invención. Aun cuan
do fuera real, no sería capaz de explicar mucho más que las contingencias exter nas que le sirven de modelo» (pág. 54 de la trad. cast.).
30 T a o riÍN c o g n ltta a M a p ra n d a a (*
La crisis del conductismo
A pesar de disponer de un núdeo teórico y metodológico común, consistente en un asociaciónismo psicológico y una concepción positivista del método cien tífico, el conductismo fue incapaz de elaborar esa teoría unitaria del aprendizaje que con tanto anhelo buscaba. En vez de expandir sus investigaciones hada
áreas crecientemente significativas, los neoconductistas dedican sus esfuerzos experimentales a rebatirse los unos a los otros (Yela, 1980). De esta forma, el conductismo dejó de constituir un programa progresivo, en la terminología de La- katos. siendo incapaz no sólo predecir hechos nuevos sino induso de explicar las múltiples anomalías que en el curso de sus experimentos sobre condiciona miento habían ido surgiendo. En estas condidones, el programa conductista se hallaba escasamente preparado para afrontar la irrupción de un nuevo enfoque psicológico, el procesamiento de información, que, amparado en la revoludón tecnológica promovida por la Segunda Guerra Mundial, ofrecía la promesa de re cuperar para la psicología todos aquellos procesos mentales que habían estado hibernados durante «la larga glaciación conductista» (Simón, 1972). Realmente, en la era de los computadores y los cohetes autodirigidos, parecía poco conve niente que los psicólogos estudiaran al hombre viendo correr ratas por laberintos.
Pero el advenimiento de la «revdución cognltlva» y su fácil aceptación por muchos psicólogos conductistas será objeto de análisis en el próximo capítulo. Lo que queremos destacar aquí es que la crisis del conductismo, si bien se vió agravada por la pérdida de su hegemonía, fue, ante todo, una consecuencia de su propio desorden Interno. El conductismo no estaba en condidones de luchar en ningún frente exterior. Bastante tenía con combatir contra su propia guerrilla interna. Esa guerrilla se alimentaba de las múltiples anomalías empíricas produci das en los experimentos sobre condicionamiento, que las desavenencias teóricas Impedían resolver. Muchas de esas anomalías existían desde los primeros tiem pos del conductismo, pero el éxito global del programa había hecho que se consi derasen irrelevantes o que sé atribuyesen a defectos en los procedimientos expe rimentales. Sin embargo, cuando el programa comenzó a debilitarse, las anoma lías se empezaron a ver con otros ojos: aquellos datos demostraban la falsedad de algunos de los supuestos básicos del conductismo.
De entre todas las anomalías empíricas, tal vez el trabajo más influyente fue la investigación realizada por García y Koelung (1966) sobre aversión condicionada al sabor, en la que las ratas mostraban una preferencia selectiva por ciertas aso ciaciones frente a otras: si se presentaba a la rata un estímulo condicionado com puesto de sabor, luz y sonido seguido de un estímulo incondicionado aversivo consistente en un malestar gástrico experimentalmente inducido, las ratas asocia ban el malestar al sabor, pero no a la luz o el sonido. Por el contrario, cuando el
estímulo incondicionado consistía en una descarga eléctrica, el animal la asocia ba a la luz y el sonido. Aunque existían abundantes precedentes de aprendizaje selectivo en diversas especies (por ej., Bregman, 1934; García, Kimmeldorf y Koelling. 1955; thornoike, 1935), este experimento produjo un enorme impacto
D conducUww o t o m o p * O Q W W d > lo »— B g f l fln 3 1
en el mismo núcleo central del conductismo. A pesar del escepticismo y el recha zo con que fue inicialmente recibido (García, 1981), pronto pasó a convertirse en un grave problema. Porque lo que este experimento venia a mostrar era que los célebres estímulos "neutros* no eran tan neutros, que los elementos que se aso ciaban no eran arbitrarios, sino que tenían un significado, un contenido para el animal. Cala por tierra el principio de equivalencia de los estímulos. Como señala Bolles (1985a) con cierta ironía, hasta entonces cuando se obtenía un resultado anómalo se pensaba «algo falla en la historia de refuerzos de este anim al». A partir del experimento de GarcIa y Koelling (1966) comenzó a decirse «se trata de una rata y una rata tiene sus inclinaciones».
Muy pronto el fenómeno se confirmó no sólo en aversiones condicionadas al sabor, sino también en situaciones de evitación (Bolles, 1970,1972) y en otros ti pos de tareas (Loloroo, 1979). Quedaba establecida la existencia de una selec tividad en el aprendizaje asociativo. Este dato no hacía sino confirmar lo que los otólogos venían demostrando desde hacía tiempo: la existencia de restricciones biológicas en el aprendizaje (Hinde y Stevenson-Hinde, 1973; Lorenz, 1965; Tin- bergen, 1951). Pero, con todo lo amenazante que esto resultaba para la creencia conductista en un proceso general de aprendizaje (Seugman, 1970), no era nada comparado con lo que se avecinaba. Pronto se comprobó que ese aprendizaje selectivo podía producirse tras un solo ensayo, con un intervalo d e horas entre uno y otro estímulo e incluso sin que el animal llegase a emitir respuesta alguna (una revisión de estos efectos puede encontrarse, por ej., en B o lles, 1975; Dicwnson, 1980; Mackintosh, 1983; Rachun, 1976; ROíTBLAT, 1987; Tarpy, 1985). De esta forma no sólo se ponte en entredicho el principio de equipotencialidad, si no también la propia idea de que la conducta del animal guardaba una correspon dencia con las contingencias ambientales. Sencillamente, estos fenómenos eran contrarios a las leyes de la asociación y. por tanto, ponían en duda el propio nú* deo central del programa conductista.
Esta misma impresión de que la conducta del animal no estaba aparentemen te controlada por las contingencias se vió además reforzada por la aparición de otra serie de anomalías empíricas, tales como automoldeamiento (Williams y Wi lliams, 1969), conductas supersticiosas inadecuadas (Stadoon y Simmelhag, 1971), irrelevancia aprendida (Mackintosh, 1973). resistencias de los animales a adquirir asociaciones (Breland y Brelano, 1961), fenómenos de bloqueo (Kamin, 1969), etc. Algunos de estos fenómenos atacaban al núdeo central asociacionista y otros a algunos supuestos secundarios (contigüidad, refuerzo, etc.). Pero, en conjunto, mostraban la insufidencia de las teorías conductistas del aprendizaje que ni siquiera agotaban todas las posibiidades del enfoque asociadonista. Ello ha desembocado en tres tipos de respuestas: el mantenimiento rígido contra vien to y marea del conductismo en su versión más radical, capitaneado por el tenaz Skinner, la búsqueda de soluciones intermedias o mixtas con planteamientos cognitívos (por ej., Bandura, 1977; H. Kenoler, 1981; T. Kenoler, 1979; OSGOOO,
1986) y la profundlzadón en el núdeo asodadonista, liberánddo de supuestos in necesarios. Esta última opción ha dado lugar a la aparidón de un nuevo progra ma de kivestigadón en el aprendizaje animal, cuyo rasgo más característico es la
T»or<— eofloOt— «pwnite^«
adopción de un asociacionismo cognith/o. A continuación nos ocuparemos de es te programa, para más adelante volver sobre las otras dos opciones.
El neoasociadonismo cognitlvo
Como consecuencia de las anomalías señaladas y de la incapacidad de res puesta teórica del conductismo. en los últimos años se ha producido, según al gunos autores (Aguado, 1983; B olles, 1985a; Dickinson, 1980), una auténtica revolución paradigmática en el estudio del aprendizaje animal. 0 nuevo programa surgido de asa revolución supone fundamentalmente una liberación del núcleo conceptual del conductismo, eliminando algunas prohibiciones innecesarias, en especial el rechazo de los procesos cognitivos. al tiempo que profundiza en sus supuestos asociacionistas (Aguado, 1984,1989; Dickinson, 1980; Dickinson y Boakes. 1981; Mackmtosh. 1963; Rescorla. 1980; Tarpy, 1985). El auge de este nuevo movimiento está vinculado al crecimiento de los estudios sobre cognición animal (HulSE, Fow ler y Honig. 1978; Roctblat, 1987; RCXTBLAT, Bever y TERRA- CE, 1984; Spear y M iller, 1981). Según Rescorla (1985, pág. 37): «Las moder
nas teorías d e l aprendizaje en organism os infrahumanos se ocupan principal mente de cóm o llegan los animales a representarse su mundo de una manera precisa». Más concretamente, estas teorías suponen que los animales, en sus in
teracciones con el ambiente, se forman expectativas causales que les permiten predecir relaciones entre acontecimientos. 0 aprendizaje consiste en la adquisi ción de información sobre la organización causal del entorno (Dickinson. 1980). La forma de adquirir esa información es el establecimiento de asociaciones entre dos elementos. Ahora bien, para que el animal asocie dos elementos entre sí. no basta con que éstos sean contiguos y contingentes, es necesario además que proporcionen información sobre una relación causal.
El nuevo programa reconoce la complejidad de los conocimientos adquiridos por los animales. Sin embargo, mantiene como único mecanismo de aprendizaje la asociación y como única variación dentro del mecanismo las diferencias cuan titativas: «se asume que el conocim iento del animal sobre la relación entre dos hechos puede siempre resumirse en un simple número: la fuerza d e la asocia ción que hay entre e llo s» (M a ckin to sh , 1985, pág. 225). Este mecanismo tan
simple lograría dar cuenta de la adquisición de representaciones de notable com plejidad, debido a la considerable capacidad de procesamiento del animal y, so bre todo, a la propia complejidad de las relaciones causales que el animal apren de. En otras palabras, la complejidad reside en el ambiente, no en el animal. Este se limita, según el principio de correspondencia, a reflejarla: «no se considera que e l organism o aprenda sobre relaciones complicadas, sino que aprende a
causa de esas relaciones» (R e sco rla , 1985, pág. 40). En consecuencia, este
asociacionismo cognitivo. de forma simflar a lo que sucede con el procesamiento de información, está más preocupado por la forma en que se representan los co nocimientos que por los propios procesos de aprendizaje. Mientras éstos son muy simples, aquéllos son muy complejos. De hecho, el concepto central en este
0 oonductftsmo com o p fo y s m s d i fcwnllQiCiófl 33
programa es la noción de contingencia y ia forma en que ésta se representa en la mente del animal. Se han desarrollado múltiples modelos para representar esas contingencias (véase revisiones de los mismos en Granger y Schummer, 1986; Hammond y Paynter, 1983; Roublat 1987). Todos ellos tienen en común la idea de que los organismos adquieren no sdo asociaciones positivas (excitatorias), si no también negativas (inhibitorias), e incluso la ausencia de relaciones (irrelevan- cia aprendida). También asumen el principio de correspondencia entre represen taciones y contingencias reales. Por último, admiten un supuesto de redundancia según el cual sólo se aprenden las relaciones que proporcionan información pre- dictiva nueva, donde, de acuerdo con ia teoría de la información, ésta se define en términos de reducción de la incertidumbre (véase Aguado. 1989; Dickinson, i960; Mackintosh. 1963; Rescorla. i960; Tappy, 1985).
En general, las teorías desarrolladas dentro del programa neoasociacionista suponen que el animal aprende sobre todo relaciones E-E. En éste y en otros sen tidos, este programa tiene muchas conexiones con la obra de T o lm a n (véase al respecto Mackintosh, 1986). Asimismo se tiende a utilizar conceptos e ideas del procesamiento de información, equiparándose, por ejemplo, el condicionamiento clásico (E-E) al conocimiento declarativo de Anderson (1982,1983) y el con dicionamiento operante (R-E) al conocimiento procedural (Dickinson, 1980). Se produce asi un cambio significativo de dirección: si hasta hace poco eran los hu manos los que se comportaban como tatas en laberintos, ahora son las ratas las que se comportan como los humanos (Aguado, 1963; Carretero, 1966a). De he cho, el programa neoasociacionista no pretende extrapolar sus resultados a suje tos humanos ni a otro tipo de aprendizajes más complejos (Dickinson, 1960), si bien los limites del aprendizaje asociativo no quedan definidos con suficiente cla ridad.
La asunción del núcleo asoclacionista del conductismo «liberado» (Aguado. 1963; Rescorla, 1965) del supuesto antimentalista permite a los neoasociacionis- tas enfrentarse con cierto éxito a algunas de las anomalías que aquejaban al con ductismo, además de hacer algunas predicciones nuevas, corroboradas empírica mente. En este sentido, constituye actualmente un programa progresivo. Uno de sus mayores logros ha sido aunar, bajo un único mecanismo de aprendizaje, una serie de fenómenos que en el conductismo recibían explicaciones dispares. Al ad mitir que el animal puede aprender no sólo relaciones positivas y negativas sino también la falta de relación entre dos estímulos (Mackintosh. 1973), fenómenos como la inhibición latente, el precondicionamiento sensorial, la habituación y otros aprendizajes tradicionalmente considerados «preasociativos». pasan a constituir aprendizajes asociativos de pleno derecho. Del mismo modo, en tanto postula que el animal aprende ante todo asociaciones entre estímulos, el aprendi zaje latente o «conductualmente silencioso» deja de constituir una anomalía. De forma simlar, la vieja distinción entre condicionamiento clásico y operante empieza a ser superada, ya que se predice que ambos tipos de condicionamiento respon den en realidad a un mismo mecanismo asociativo (Dioonson, 1960; Mackintosh, 1963). Esta predicción está comenzando a ser corroborada (Coumll y Rescorla, 1966; Rescorla. 1987). Por último, el fenómeno de «bloqueo» de Kamm (1969) es