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LA CIUDAD Y SUS DIFERENTES GRUPOS SOCIALES

DENSIDAD DE POBLACIÓN DE LOS MUNICIPIOS PITIUSOS ENTRE 1900 Y

4.4. LA CIUDAD DE EIVISSA Y SUS GRUPOS SOCIALES

4.4.2. LA CIUDAD Y SUS DIFERENTES GRUPOS SOCIALES

Para comenzar con una anécdota, se cuenta que el célebre canónigo Isidoro Macabich, tras ser insistentemente preguntado por Mario Tur de Montis, a la sazón alcalde de la ciudad de Eivissa entre 1958 y 1966, sobre si había o no en la isla linajes verdaderamente aristocráticos, contestó de forma airada que en Eivissa se era fill de pagès, fill de mariner o fill de puta.

Claudio Alarco von Perfall, en su tesis doctoral presentada en la Universidad de Colonia y después publicada con el título Cultura y personalidad en Ibiza, manifiesta que como consecuencia de la pérdida de la gran propiedad ciudadana, y la división de la propiedad campesina, se produjo en la isla una jerarquía de grupos sociales, pero sin poder hablar propiamente de existencia de clases. “Ni los campesinos ni los terratenientes de la capital lograron acumular nunca una riqueza que les permitiese constituir un grupo antagónico de posición económica” (1981: 69). Aún así, en este microcosmos social isleño sí encontramos muy marcados los grupos en cuanto a su poder adquisitivo y forma de vida. Por ejemplo, en el padrón de 1860, “de les 372 famílies residents a Dalt Vila, n’hi ha105 que posseeixen cavalleries, servei domèstic o gaudeixen d’ambdues coses. D’aquestes 105, 21 d’elles —les principals— tenen cavalleries i criats, algunes fins a 8 i 10 persones dedicades al seu servei que viuen a la casa; 50 tenen només criats, i 34 només cavalleries”(Vallès, 1993: 101).

En el siglo XIX, el archiduque escribe, sobre los habitantes de Dalt Vila y La Marina, lo siguiente: “Las familias más acomodadas se dan en la parte alta de la ciudad, […] la zona más distinguida. Aunque no existe en Eivissa una verdadera aristocracia, hay algunas familias antiguas que pretenden ser de noble abolengo y que viven en grandes casas en pésimo estado. Las categorías sociales más consideradas son en realidad las detentadas por los numerosos eclesiásticos, los farmacéuticos, el juez, el director de las salinas, algunos pocos funcionarios de la Administración Civil y Militar y por delante de todos, naturalmente, el Gobernador. Y es así porque Eivissa carece realmente de familias verdaderamente ricas. Comoquiera que la propiedad está muy repartida, ni siquiera aquellas familias que viven desahogadamente cuentan con ingresos suficientes para dedicar parte de ellos al ahorro y reunir de esta manera un capital […]./ Las clases bajas son en general pobres y se localizan en parte en los alrededores del Convento de las Monjas y en parte en la Marina; en el primer caso ejercen algún oficio o viven en la indigencia; en el segundo nutren los cuadros de marineros y pescadores”(Habsburgo, 1982: 136-137).

Arturo Pérez-Cabrero, de forma un tanto idílica, dice de los habitantes de la ciudad: “[…] Sus costumbres son morales, y viven con modestia, pobres y ricos, con pocas diferencias. Demócratas de verdad, no adulan á los poderosos y con frecuencia se ven, en tertulias y cafés, formando grupos de amigos, ricos con pobres, señores y obreros, soldados y clérigos. No hay clases, y si las hay no se distinguen” (1909: 67).

Ese mismo concepto lo encontramos en los años treinta, tras la victoria de las derechas en las elecciones a Cortes de 19 de noviembre de 1933, viéndose Eivissa como “un país de espíritu liberal pero esencialmente conservador, de economía pobre,

de pequeños propietarios, de modestos agricultores y humildes industriales, […] aquí no existen ricos ni pobres en la verdadera acepción de dichas palabras” (LVI, 22/11/1933). Algo parecido a lo que escribe Ignotus: “[…] El país Pythiuso, es todo clase media, de ahí el que no haya como en todas partes este malestar y estas luchas enconadas y apasionadas que todo lo trastornan y envenenan y que los conflictos que se presentan en él (que por su carácter no son nunca tales) se pueden solucionar con prontitud y pacíficamente… mientras no venga el veneno de fuera y enturbie las cuestiones, como ha ocurrido alguna vez […]” (LD, 23/01/1934). Es curioso como, incluso actualmente, podemos leer declaraciones a modo de las publicadas en Diario de Ibiza el 21 de julio de 2009, y en las cuales Pere Vilàs, al hablar de la fundación del Club Náutico de Ibiza en 1925 por Francisco Costa Torres, afirma sin rubor alguno que “en el Club Náutico se han sentado siempre los pescadores al lado de los señores, sin ningún tipo de problemas”. No dice, sin embargo, cuántos de sus presidentes pertenecieron al primero de los grupos desde su fundación hasta la fecha de hoy: ninguno.

Por su parte, el escritor Enrique Fajarnés Cardona, hablando de la sociedad ibicenca y de la mallorquina, describe ésta última diciendo que estuvo claramente dividida en clases sociales y señala que “cinco estratos sociales distingue Unamuno en Mallorca: los botifarres, que son tratados de vostra mercè; la alta clase media de funcionarios y hombres de carrera, a los que se trata de de vostè; los agricultores ricos, entre los cuales el hombre es l’amo y la mujer madona; los artesanos, que reciben el tratamiento de mestre y mestressa; y finalmente los jornaleros, En Joan y

Madò Joana. Hasta entre las dos clases últimas, tan cercanas, la distinción es clara y reflejada en una popular sentencia: —No és lo mateix Arnau que mestre Arnau. Esto no lo dice Unamuno, pero yo lo escuché muchas veces […] de labios de un viejo mallorquín./ El hombre mallorquín hizo de la riqueza el fundamento de la categoría social. El ibicenco, por lo común, no pudo afirmarse socialmente en la riqueza porque no la tuvo. Y los que la poseyeron no hicieron jamás de ella un coturno de superioridad. El ibicenco pone su condición de hombre como medida absoluta” (1995: 183). El mismo don Enrique, rubrica también: “En Ibiza no hay nobleza titulada. Un estilo popular de vida ha teñido a toda la sociedad ibicenca. […] La vida del señor ibicenco —el propietario, el letrado, el clérigo— ha tenido la llaneza por nota dominante. El señor charla y toma café con el marinero, pasea con el campesino” (Fajarnés, 1995: 181). Pero, sin embargo, todo lo arriba por él dicho sobre Eivissa entra en contradicción con lo que expone en otra parte de su misma obra, cuando dice, refiriéndose a las rivalidades entre barrios, que manejaban el apelativo “mossons, con que los marineros designaban a los habitadores del barrio señorial, y el de

banyaculs, que los vecinos de la Real Fuerza aplicaban irónicamente a la gente que tenía trato íntimo con el mar. Los mossons, es decir los señores, no bajaban al llano si no era por causa inexcusable” (Fajarnés, 1995: 121).

Entonces, realmente, se trataban o no. Porque, si lo hacían, ¿acaso no podría ser, simplemente, porque se conociesen? Recordemos que, en 1930, la ciudad no pasaba de los 7.616 habitantes censados, con lo cual, lo difícil sería no conocerse. Nos inclinamos a pensar que, si verdaderamente tenían algún trato las clases acomodadas de la ciudad con la masa popular, aparte de las relaciones de tipo laboral, más bien sería por paternalismo, caridad o puro interés. Verbigracia, en una entrevista realizada por Lydia Sánchez Hergón al abogado Francisco Tur de Montis y publicada en Diario de Ibiza el 23 de febrero de 2009, aquél refiere que su bisabuela, la guatemalteca Cristina de Montis von der Klee, “aprendió el ibicenco para relacionarse con la payesía. Eso era impensable en una persona de su época que no era ibicenca, pero sin embargo ella lo hizo para integrarse y yo pienso que también para poder manejar mejor las numerosas fincas de su marido, que ella heredó al

fallecer éste, con hijos todavía jóvenes” 54. Aquí estaría una de las claves

conformantes de estas relaciones, además del cacicato: para un buen gobierno de sus propiedades y no para la integración con el campesinado, pues no hay constancia alguna de que los grupos acomodados adoptaran su modus vivendi.

Abundando en más detalles, nos cuesta creer que, por ejemplo, Edmundo Wallis Valls, que “anava ben vestit a l’estil anglès, […] no només parlaba anglès d’una manera admirable, sinó que, a més, l’entenia perfectament” (Stuart, 2008: 328), o cualquiera de las señoras de su familia, “vestides amb uns elegants capells parisencs i roba moderna” (Stuart, 2008: 337), alternasen de igual a igual con las gentes de Sa Penya o de Es Portal Nou. Entendemos, obviamente, que sí lo hicieran con la burguesía enriquecida de La Marina y Vara de Rey, con la cual estaban muy en contacto, ya fuere por negocios ya por política (de partido o matrimonio) ya por ambos. Es más, hemos de hacer constar que, a pesar de no existir en las Pitiüses una nobleza titulada autóctona, los señores de Dalt Vila a menudo actuaban como tales, entre otras razones porque algunos de ellos sí estaban emparentados con linajes foráneos. Verbigracia, Juan Tur Palau, hijo de Juan Tur i Llaneras de Español, el mayor terrateniente de la isla, estaba casado con Cristina de Montis von der Klee, nieta del barón alemán Karl Friederich Rudolf von der Klee. También Juan Tur Vidal, caballero de la Orden de Calatrava y nieto de Juan Tur i Llaneras de Español, contrajo matrimonio con Juana Castillo y Arnedo, hija de Vicente Castillo y Crespí de Valdaura, marqués de Llanera. Así como Francisca Tur i Llaneras de Español, desposada con Luis García-Conde y Atellis, hijo de la italiana doña Luisa, sobrina carnal de Horacio de Atellis, marqués de Sant’ Angelo. O el diputado Luis Tur Palau, quien celebró nupcias con Ana de Garnica y Sandoval, hija de María de la Paz Sandoval y Sandoval, marquesa de Casa Pacheco55.

En el otro lado de aquella comunidad estaban los grupos sociales menos favorecidos, aquellos que vivían hacinados en insalubres casuchas atestadas las más veces por una numerosa prole que a duras penas podía mantenerse y cuyo quehacer diario era el de sobrevivir en la calle, dando una de las notas más tristes de la ciudad “la presencia en todas partes y principalmente en los sitios más céntricos, de ese número de chicuelos, casi desnudos, harapientos, sucios en sumo grado, descalzos, corriendo de un lado para otro, adiestrándose en el juego del futbol, de las chapas y otros análogos, o bien destrozando a pedradas la arboleda; y para completar su triste carrera haciendo a diario ensayos de raterías […]” (LD, 19/06/1934). Claro que, los salarios, daban para pocas alegrías, pues, en Eivissa, donde la jornada laboral legal de ocho horas era solo una realidad para los albañiles y los obreros del muelle, el obrero ganaba de 5 a 10 pesetas diarias, estando el alquiler de la vivienda como estaba, entre las 15 y las 50 pesetas al mes. Por ello, la sociedad Gente de Mar presentó a los armadores y consignatarios unas nuevas bases de trabajo, solicitando un jornal de 10 pesetas y el medio jornal de 6. Pero, no todos llegaban a esas pagas; los obreros empleados en la construcción de la carretera de Sant Vicent de sa Cala, por ejemplo, cobraban diariamente 3,50 y los canteros 3,75 pesetas. Por no mencionar los casos de los jornales de hambre de 2,50 pesetas por ocho horas denunciados en varias obras de la ciudad, o el más abusivo imposible de las mujeres que trabajaban en la pulpa del albaricoque y que percibían la mísera cantidad de 1 a 2 pesetas por once horas de faena diaria56. En estas condiciones, no nos extraña que multitud de

niños fueran víctimas de la explotación, siendo ocupados en trabajos reñidos no solo

54

Salvando las distancias, nos cuenta Neus Escandell que también en el Perú los grandes hacendados criollos del departamento de Cuzco aprendían quechua únicamente para poder comunicarse con sus braceros y criados, pero sin que se diera asimilación socio-cultural alguna ni propósito de ello.

55

Referencias extraídas del inédito Libro de los Llaneras de Español y de la obra de Luis Llobet reseñada en la bibliografía (2007: 18 y 37); así como de Ex, 08/12/1931.

56

Datos obtenidos de: Pr, 28/04/1931; DI, 12/02/1935 y 03/10/1935; Ms, 01/05/1935 y 15/07/1935; y Ex, 15/06/1935.

con su tierna edad, sino con la propia legalidad vigente. Así, como muestra de la mentalidad reinante, reproducimos un breve fragmento de un editorial de Excelsior

que, desde la pequeña mira burguesa, no repara ni en la apremiante pobreza ni en la falta de escrúpulos, culpando de ello en primer lugar a los progenitores, para después mentar también a los patronos: “[…] No se concibe como puede un padre que ame a sus hijos, abandonarlos tan pronto a la lucha ingrata y negra por la vida. Y tampoco debería poder concebirse, cómo ciertos patronos, admiten que ciertas faenas las hagan unas manos tan tiernas como las de un niño de diez años […]” (Ex, 13/01/1934).

Por todo lo visto y expuesto, no consideramos cabales los testimonios que manifiestan la total avenencia entre los diferentes grupos sociales, pues uno de los comportamientos más habituales en los espécimenes representativos de las sociedades caciquiles, verbigracia la ibicenca, era el displicente trato que dispensaban a las clases trabajadoras, el cual se caracterizaba bien por el desprecio más absoluto bien por una simulada relación de paridad que, evidentemente, no iba más allá del estricto, puro e hipócrita plano formal. Y de aquellas descripciones tan adulteradas como idealizadas de la sociedad pitiusa, que si no clasista sí decididamente estamental y caciquil, es de las cuales surge el falso mito de la gran familia pitiusa, oportuna ficción pergeñada para aducir que los trágicos acontecimientos acaecidos durante el período republicano de la Guerra Civil y en la posterior represión franquista, en Eivissa y Formentera, fueron perpetrados por forasteros57.

4.4.3

ACTIVIDADES

ECONÓMICO-PROFESIONALES

DE

LOS

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