E
n el curso de los trabajos del día inmediato, grande era mi interés por la conferencia de la Ministra Veneranda. Cons- ciente de que necesitaría permiso me entendí con Tobías al respecto.–A esas aulas –dijo él–, van a oír solamente los Espíritus sinceramente interesados. Los instructores aquí no pueden per- der el tiempo. Queda usted autorizado para comparecer con los demás oyentes, que se cuentan por centenares, entre servidores y acogidos a los Ministerios de Regeneración y de Auxilio.
Con un gesto afectuoso y de estímulo concluyó: –Le deseo excelente provecho.
El nuevo día transcurrió en servicio activo. El contacto con mi madre y sus bellas observaciones relacionadas con la práctica del bien, llenaban mi Espíritu de sublime confortamiento. Al principio, después de despertar, aquellas aclaraciones sobre el bonus hora habían suscitado en mí ciertas interrogaciones importantes. ¿Cómo podría ser que la compensación de la hora se hallase afectada a Dios? ¿No era la distribución y cuenta del tiempo una atribución del administrador espiritual o humano? Tobías vino a esclarecer mi inteligencia hambrienta de luz. Los
administradores en general, tienen a su cargo la obligación de contar el tiempo de los servicios, siendo justo, igualmente que instituyan elementos de respeto y consideración al mérito del trabajador; pero en cuanto al valor esencial del aprovechamiento sólo las Fuerzas Divinas lo pueden determinar con exactitud. Hay servidores que después de cuarenta años de actividad especial, se retiran de ella como si fuesen incipientes de la primera hora, probando que gastaron el tiempo sin emplearse ni dedicarse espi- ritualmente, así como existen hombres que alcanzando cien años de existencia, salen de ella con la misma ignorancia de su edad infantil.
–Tan precioso es el concepto de su madre –dijo Tobías– que basta recordar las horas de los hombres buenos y de los malos. En los primeros se transforman en graneros de bendiciones del Eterno, en los segundos en látigos de tormento y remordimiento, como si fuesen seres malditos. Cada hijo rinde cuentas al Padre, de conformidad con el empleo de la oportunidad o según sean sus obras.
Esa contribución al esclarecimiento me auxilió a ponderar el valor del tiempo en todos los sentidos.
Llegada la hora destinada a la conferencia de la Ministra, que se efectuó después de la oración vespertina, me dirigí en compañía de Narcisa y de Salustio hacia el gran salón situado en plena Naturaleza.
Era una verdadera maravilla aquel recinto verde, donde gran- des bancos de yerba nos acogieron confortablemente. Flores di- versas brillando a la luz de bellos candelabros exhalaban delicado perfume.
Calculé la asamblea en más de mil personas. En la disposición común de la gran reunión noté que veinte entidades se hallaban sentadas en sitio destacado entre nosotros y cerca de la eminencia
florida donde se veía la poltrona de la instructora. A una pregunta mía Narcisa explicó:
–Estamos en la asamblea de oyentes. Aquellos hermanos que se hallan en lugar preferente son los más adelantados en la materia que se va a tratar hoy; compañeros que pueden interpelar a la Ministra. Adquirieron ese derecho por la aplicación al tema, condición que podemos alcanzar también nosotros mismos.
–¿No puede usted figurar entre ellos? –indagué.
–No. Por ahora sólo me podré sentar allí, cuando la instructora verse sobre el tratamiento a los Espíritus perturbados. Hay hermanos que permanecen allí, mientras se desarrollan las más diversas tesis, de acuerdo a la cultura que ya hayan adquirido.
–Es muy interesante el proceso –expresé.
–El Gobernador –prosiguió la enfermera– determinó esa medida en las clases y charlas de todos los Ministros, para que los trabajos no se convirtiesen en desviaciones de personalismo, sin base justa y con pérdida de tiempo para el conjunto. Cualquier duda, cualquier punto de vista verdaderamente útil, podrá ser acla- rado o aprovechado teniendo en vista el momento adecuado.
Acababa ella de hablar cuando la Ministra penetró en el re- cinto, en compañía de dos señoras de aspecto distinguido, que Narcisa informó que eran Ministras de Comunicaciones.
Veneranda esparció con sólo su presencia, enorme alegría en todos los semblantes. No mostraba la fisonomía de una anciana, lo cual contrastaba con el nombre; pero sí el semblante de una noble señora de edad madura llena de sencillez y sin afectación.
Después de conversar ligeramente con los veinte compañeros, como para tomar informes sobre las necesidades dominantes en la asamblea general, con relación al tema de la noche, comenzó a decir:
–Como siempre, no puedo aprovechar esta reunión para un discurso de larga duración; pero me hallo aquí para conversar con ustedes relacionando algunas observaciones sobre el pensamiento.
Se encuentran entre nosotros, en este momento, algunos centenares de oyentes que se sorprenden con nuestra esfera llena de formas análogas a las del planeta. ¿No habían aprendido que el pensamiento es el lenguaje universal? ¿No habían sido informados de que la creación mental lo es casi todo en nuestra vida? Son numero- sos los hermanos que formulan semejantes preguntas. Todavía encuentran aquí la habitación, el utensilio y el lenguaje terrestre. Con todo, esta realidad no debe causar sorpresa a nadie. No podemos olvidar que hemos vivido hasta ahora (refiriéndonos a la existencia humana), en viejos círculos de antagonismo vibratorio. El pensamiento es la base de las relaciones espirituales de los seres, pero no podemos olvidar que somos millones de almas dentro del Universo, algo insumisas aún a las leyes universales. No somos todavía comparables a los hermanos más viejos y más sabios, próximos a lo Divino, pero sí millones de entidades viviendo en los caprichosos “mundos inferio- res” de nuestro Yo. Los grandes instructores de la Humanidad carnal, enseñan principios divinos y exponen verdades eternas y profundas en los círculos del globo. Pero, en general, en las actividades terrestres recibimos noticias de esas leyes sin someternos a ellas, y tomamos conocimiento de esas verdades sin consagrarles nuestras vidas.
¿Sería creíble que, tan sólo por admitir el poder del pensamiento, quedase el hombre libre de toda condición inferior? ¡Imposible!
Una existencia secular, en la carne terrestre, representa un perí- odo demasiado corto para que podamos aspirar a la posición de cooperadores esencialmente divinos. Nos informamos con respecto a la fuerza mental en el aprendizaje mundano, pero olvidamos que toda nuestra energía, en este particular, ha sido empleada por nosotros en sucesivos milenios en creaciones mentales destructivas y perjudiciales a nosotros mismos.
Somos admitidos a los cursos de espiritualización en las diver- sas escuelas religiosas del mundo, pero con frecuencia actuamos ex- clusivamente en el terreno de las afirmativas verbales. Nadie podrá atender al deber sólo con palabras. Nos enseñaLa Bibliaque el propio Señor de la Vida no se estacionó en el Verbo, y que continuó el trabajo creador en la Acción.
Todos sabemos que el pensamiento es fuerza esencial, pero no admitimos nuestro milenario vicio en el desvío de esa fuerza.
Ahora es cosa admitida que un hombre está obligado a alimen- tar a los propios hijos, pues en las mismas condiciones, cada Espíritu está compelido a mantener y nutrir las creaciones que le son peculia- res. Una idea criminal producirá generaciones mentales de la misma naturaleza; un principio elevado, obedecerá a la misma ley. Recurramos a un símbolo más simple. Después de elevarse a las alturas, el agua vuelve purificada portando vigorosos fluidos vitales en el rocío protector o en la lluvia benéfica; si la conservamos con los detritos de la tierra, la haremos vivienda de microbios destructores.
El pensamiento es fuerza viva en todas partes; es atmósfera creadora que envuelve al Padre y a los hijos, a la Causa y a los Efectos en el Hogar Universal. En él se transforman los hombres en ángeles, camino al cielo, o se hacen genios diabólicos, camino al infierno.
¿Comprenden ustedes la importancia de todo eso? Ciertamente, en las mentes evolucionadas, tanto entre los desencarnados como entre los encarnados, basta el intercambio mental sin necesidad de las formas; y es justo destacar que el pensamiento en sí, es la base de todos los mensajes silenciosos de la idea, en los maravillosos pla- nos de la intuición, entre seres de toda especie. Dentro de ese principio, el Espíritu que haya vivido exclusivamente en Francia, podrá comunicarse en Brasil, de pensamiento a pensamiento, prescindiendo de la forma verbal que, en este caso, será siempre la del receptor; pero ello exige también la afinidad pura. No nos hallamos todavía en esferas de absoluta pureza mental donde to-
das las criaturas tienen afinidades entre sí. Cultivamos afinidad unos con los otros, en núcleos aislados y somos compelidos a proseguir en construcciones transitorias de la Tierra, a fin de regresar a los círculos planetarios con un mayor bagaje evolutivo.
Por tanto, Nuestro Hogar, como ciudad espiritual de
transición, es una bendición para nosotros concedida por “acrecimiento de misericordia”, para que algunos se preparen para la ascensión, y para que la mayoría vuelva a la Tierra para servicios redentores. Comprendamos la grandiosidad de las leyes del pensamiento y sometámonos a ellas desde hoy.
Después de una larga pausa, la Ministra sonrió al auditorio y preguntó:
–¿Quién desea aprovechar?
De inmediato, suave música llenó el recinto de exquisitas melodías.
Veneranda conversó todavía por mucho tiempo revelando amor y comprensión, delicadeza y sabiduría.
Sin solemnidad alguna en sus gestos que evidenciase el término de la charla dio por concluido el acto con aquella pregunta graciosa.
Cuando observé que los compañeros se levantaban para despedirse a los acordes de la música habitual, indagué a Narcisa sorprendido:
–¿Qué es esto? ¿Acabó ya la reunión? La bondadosa enfermera aclaró sonriente;
–La Ministra Veneranda es siempre así. Finaliza la charla en medio del mayor interés. Ella acostumbra a afirmar que las prédicas evangélicas comenzaron con Jesús, pero que nadie puede saber cuándo y cómo terminarán.