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Oyendo a la señora Laura

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E

l caso de Tobías me había impresionado profundamen-

te.

Aquella casa basada en nuevos principios de unión fra- ternal, me preocupaba como un asunto obsesionante. A final de cuentas, me sentía aún señor del hogar terrestre y evaluaba cuán difícil sería para mí mismo semejante situación. ¿Tendría el valor de proceder como Tobías, imitándole la conducta? Admitía que no. A mi modo de ver, no sería capaz de aborrecer tanto a mi querida Celia, y tampoco aceptaría tal imposición por parte de mi esposa.

Aquellas observaciones de la casa de Tobías torturaban mi cerebro. No conseguía encontrar esclarecimientos justos que pudiesen satisfacerme.

Tan preocupado me sentí que al siguiente día resolví visi- tar a Lisias en un momento de descanso, ansioso de las explicaciones que pudiera darme la señora Laura a quien tenía filial confianza.

Recibido con enormes demostraciones de alegría, esperé el momento propicio en que pudiese oír a la madrecita de Lisias con calma y serenidad.

entretenimientos habituales, expuse a la generosa amiga lo que me preocupaba, no sin la natural vergüenza.

Ella sonrió con su gran experiencia de la vida y comenzó a decir:

–Hace usted bien en traer la cuestión a nuestro estudio recíproco estudio. Todo problema que torture el alma pide cooperación amiga para ser resuelto.

Después de ligera pausa prosiguió atentamente:

–El caso de Tobías es apenas uno de los innumerables que conocemos aquí, y en otros grupos espirituales, que se caracterizan por el pensamiento elevado.

–Pero nos choca ese sentimiento, ¿no es verdad? –intervine con interés.

–Cuando nos atenemos a puntos de vista propiamente hu- manos, esas cosas hasta producen escándalo; mientras tanto, ami- go mío, es necesario sobreponer a todo los principios de naturaleza espiritual. En ese sentido, André, necesitamos comprender el espíritu de secuencia que rige los cuadros evolutivos de la vida. Si hemos atravesado la larga escala de la animalidad, es justo que ella no desaparezca de un día para otro. Hemos empleado muchos siglos para emerger de las capas infe- riores. El sexo participa del patrimonio de facultades divinas, que demoramos en comprender. No será fácil para usted, por el momento, penetrar el sentido elevado de la organización domés- tica que visitó en el día de ayer. No obstante, la felicidad allí es muy grande por la atmósfera de comprensión que se desarrolló entre los personajes del drama terrestre. No todos consiguen, en tan poco tiempo, substituir cadenas de sombra por lazos de luz. –Pero ¿tenemos en eso una regla general? –indagué–. Todo hombre y toda mujer que se haya casado dos veces o más, ¿restablecen aquí el grupo doméstico haciéndose acompañar de

todos los afectos que hayan conocido?

Esbozando un gesto de gran paciencia, la interlocutora me explicó:

–No sea tan radical. Es indispensable seguir lentamente. Mucha gente puede tener afecto y no tener comprensión. No olvide que nuestras construcciones vibratorias son mucho más importantes que las de la Tierra. El caso de Tobías es el caso de la victoria de la fraternidad real, por parte de las tres almas interesadas en la adquisición de un justo entendimiento. Quien no se adapte a la ley de fraternidad y comprensión, lógicamente no atravesará esas fronteras. Las regiones obscuras del Umbral están llenas de entidades que no resistieron semejantes pruebas. Mientras odien se asemejarán a agujas magnéticas bajo los más antagónicos influjos; mientras no entiendan la verdad, sufrirán el imperio de la mentira y, consecuentemente, no podrán pene- trar en zonas de actividad superior. Son incontables los seres que padecen por largos años, sin algún alivio espiritual, simplemente porque se esquivan a la fraternidad legítima.

–¿Qué sucede entonces? –interrogué valiéndome de la pau- sa de la interlocutora–si no son admitidos en los núcleos espirituales de noble aprendizaje, ¿dónde se localizarán esas po- bres almas sujetas a experiencias de ese orden?

–Después de sufrir padecimientos verdaderamente infernales, por las creaciones inferiores que inventan para sí mismas –arguyó la madre de Lisias–, van a realizar en la experiencia carnal lo que no consiguieron hacer en ambiente extraño al cuerpo terrestre. La Bondad Divina les concede el olvido del pasado en la nueva organización física del planeta, toda vez que vuelven a recibir, por los lazos de la consanguinidad, a aquellos de quien se apartaron deliberadamente por el veneno del odio o de la incomprensión. De ahí se infiere la oportunidad, cada vez más viva, de la recomendación de Jesús cuando nos

aconseja la inmediata reconciliación con los adversarios. El consejo, ante todo, nos interesa a nosotros mismos. Debemos observarlo en provecho propio. Quien se sabe valer del tiempo, concluida la experiencia terrenal, aunque necesite regresar a los círculos de la carne, puede efectuar sublimes construcciones espirituales, con relación a la paz de conciencia, regresando a la materia grosera, soportando menor bagaje de preocupaciones. Hay muchos Espíritus que gastan siglos intentando deshacer ani- mosidades y antipatías en la existencia terrestre y rehaciéndolas después de la desencarnación. El problema del perdón, con Jesús, mi querido André, es un problema serio. No se resuelve con conversaciones. Perdonar verbalmente es cuestión de palabras; pero, aquél que perdona realmente, necesita remover los pesa- dos fardos de otras edades dentro de sí mismo.

A esta altura la señora Laura silenció como quien necesita meditar más la amplitud de los conceptos emitidos. Aprovechando la ocasión, aduje:

–Por lo que observo, la experiencia del matrimonio es muy sagrada.

La interlocutora no se sorprendió con mi afirmación y dijo: –A los Espíritus que se hallan todavía en la simple experiencia de tipo animal, nuestra conversación no les interesa; pero a nosotros que comprendemos la necesidad de la iluminación con el Cristo, nos es indispensable destacar no sólo la experiencia del matrimonio, sino también toda la experiencia del sexo, por afectar profundamente la vida del alma.

Oyendo la observación no dejé de ruborizarme recordan- do mi pasado de hombre común. Mi esposa había sido para mí un objeto sagrado y que yo sobreponía a todos los afectos; no obstante, al oír a la madre de Lisias, venían a mi mente las palabras del Antiguo Testamento: “No codiciarás la casa de tu

prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su jumento, ni su buey, ni cosa alguna que le pertenezca”. En un instante, me sentí incapaz de proseguir extrañando el caso de Tobías. La interlocutora percibiendo mi íntima perturbación, continuó:

–Donde el esfuerzo de concertar es tarea de casi todos, debe haber lugar para mucha comprensión y mucho respeto a la misericordia divina, que nos ofrece tantos caminos para alcanzar rectificaciones justas. Toda experiencia sexual de la criatura que ya recibió alguna luz del Espíritu, es un acontecimiento de enor- me importancia para sí misma. Es por eso que el entendimiento fraterno precede a cualquier trabajo de verdadera salvación. Hace poco tiempo, oí a un gran instructor del Ministerio de Elevación asegurar que, si pudiese, iría a materializarse en los planos carnales, a fin de decir a los religiosos, en general, que toda caridad para ser divina necesita apoyarse en la fraternidad.

A esa altura, la dueña de la casa me invitó a visitar a Eloísa que se hallaba todavía recogida en el interior domésti- co, dando a entender que no deseaba extenderse en otras explicaciones sobre el asunto; y después de verificar la mejoría que se había acentuado en la joven recién llegada del plane- ta, volví a las Cámaras de Rectificación, sumergido en pro- fundas meditaciones.

Ahora ya no me preocupaba la situación de Tobías ni las actitudes de Hilda y Luciana. Me impresionaban, sí, las impo- nentes cuestiones de la fraternidad humana.

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