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LA FAMILIA EN EL CONTEXTO GLOBAL DEL VATICANO

El tema central del Concilio fue el encuentro entre la Iglesia y el mundo o, más en concreto, entre la Iglesia y el mundo moderno; se buscaba rehacer un diálogo que, desde la Ilustración, había madurado poco fruto. El sujeto moderno, por una parte, se había aislado en su conciencia autónoma y en su universo autorreferencial. Era incapaz de escuchar voces distintas a la suya, sordo a toda tradición del pasado, al lenguaje de la naturaleza y del cosmos, al Dios a quien veía como proyección de sus propias aspiraciones. Por su parte, la Iglesia insistía en la vocación trascendente del hombre y en el aspecto social y visible del cristianismo, pero sin encontrar el modo de romper las barreras en que se había atrincherado el sujeto contemporáneo para así ofrecerle una respuesta a su drama. Y es que hacía falta para ello hablar el lenguaje subjetivo de la experiencia, del que se desconfiaba, pues se temía caer prisionero en esa misma red individualista que sofocaba a la Modernidad.

El matrimonio y la familia ofrecerán, como veremos, el espacio idóneo para un diálogo. Pues en ellos se invita al sujeto contemporáneo a abandonar su aislamiento, abriéndose a relaciones fundantes y constitutivas de su nombre y destino; y se permite a la Iglesia adoptar el lenguaje de la experiencia humana, sin temor a reducciones

individualistas y desde el centro mismo del Evangelio y su llamada al amor. Para entender el calibre de esta propuesta recordaremos, en primer lugar, la crisis que amenazaba a la familia moderna; y exploraremos después los horizontes que una visión renovada del matrimonio ofrecía al intento central del Vaticano II.

La crisis de la familia moderna

El enfoque antropológico moderno, en cuanto promoción del sujeto aislado y autónomo, hizo entrar en crisis la institución familiar[2]. Resumamos los elementos principales de la visión de la familia con que se encontró el Concilio:

a) El matrimonio se había secularizado, separado del ámbito divino, hecho mero asunto de los hombres regulado por leyes humanas. La sexualidad perdía así su referencia al misterio, que han reconocido todas las civilizaciones antiguas[3]. La Iglesia insistía en el vínculo del matrimonio con Dios, tema que seguirá muy presente en el Vaticano II.

b) Se daba, además, una privatización progresiva del matrimonio y la familia[4]. El individualismo moderno no gustaba de apreciar la contribución de la familia al bien común. La cosa se agravó al perder importancia la tradición y ponerse el futuro en manos del progreso, pues la familia no se juzgaba ya necesaria como creadora de unidad entre las generaciones, como recuerdo del pasado y esperanza en la descendencia. El tema surgió con fuerza en el Vaticano II, que presentó la familia como primer ámbito de diálogo entre Iglesia y sociedad (cfr. GS 47-52).

c) El movimiento romántico había añadido un factor nuevo: la importancia decisiva

que se concedía al sentimiento, al que la persona debía dar expresión para realizarse

como tal. Nacía así el sujeto emotivo, que vive en las emociones que más le mueven, y que se piensan opuestas a los vínculos estables propios de la vida social[5]. La cosa tendrá interés para entender el debate conciliar sobre el puesto del amor en la definición del matrimonio.

d) La separación progresiva entre el hombre y la naturaleza tuvo también gran influjo sobre el matrimonio[6]. Matrimonio y familia aparecieron como la gran excepción, el único elemento por el que lo natural todavía influía en la vida del hombre, en un universo que, privado de lenguaje y sentido, se hacía cada vez más ajeno a la persona. Es aspecto de gran interés en el Vaticano II para entender la discusión conciliar en torno a los fines del matrimonio y a su relación con la naturaleza humana.

El acomunarse de estos rasgos dio lugar a la visión burguesa de familia. Esta se edifica sin otro punto de referencia que el querer autónomo de los sujetos libres, que puede darse y retirarse según capricho. Resulta, además, privada casi totalmente de un papel para edificar la ciudad: es elección que compete solo al individuo y tomará, por tanto, las formas que cada uno quiera darle. Ciertamente, algo de cometido social se deja todavía en manos de la familia. Por un lado, el ser región afectiva, proporcionando la seguridad emocional básica que permita luego entrar en el mundo hostil y anónimo del

trabajo. Por otro, el ocuparse de la educación de los hijos, que se considera ligada al horizonte familiar. Poco a poco se irá perdiendo también esta tarea; la familia abdica de su misión educadora delegándola en la escuela[7].

La familia como recurso para el diálogo de la Iglesia con la Modernidad

Si la familia ha sufrido singularmente los cambios traídos por la Modernidad, al mismo tiempo representa un recurso para iluminar los problemas hodiernos y ayudar a la Iglesia en su diálogo con el mundo. Una vez que el individualismo moderno ha entrado en crisis queda como solución volver a la familia para descubrirla en su verdad genuina y proponer, desde ella, una mirada distinta sobre el hombre, que esté abierta a las relaciones; es visión tendida, además, desde su mismo centro, al anuncio cristiano:

a) Por una parte se encuentra en la familia una clave para liberar de su aislamiento

al sujeto contemporáneo. Tomar el punto de vista de la familia significa entender que la

persona mal puede reducirse a consciencia aislada que se autogenera, sino que se abre a relaciones que la definen desde su centro, que le confieren nombre y destino. Que el hombre nazca de otros, que deba ser acogido por otros y por otros introducido en el mundo, que encuentre su plenitud solo viviendo para otros... todo esto plantea un desafío frontal al individualismo. Tales relaciones, además, al no darse en lejanía del mundo, sino en cuanto se viven en el cuerpo, permiten religar al hombre al cosmos, con lógica de encarnación concreta.

b) Justo en cuanto la fe cristiana es fe en el amor, en cuanto anuncia que el hombre se define a partir de la comunión, la apertura que sucede en el matrimonio es también una

apertura al Evangelio, que puede así hacer saltar, desde dentro de la experiencia

humana, las barreras en que se ha enclaustrado el hombre moderno. Y es que el sacramento del matrimonio invita a mirar a toda la obra de la redención desde la perspectiva del amor. Y, así, la unión de hombre y mujer no es solo vínculo entre ellos, vínculo con el mundo, vínculo con el resto de los hombres; sino que resulta también vínculo entre la experiencia humana y la revelación, entre el hombre y Cristo, entre el mundo creado y el mundo redimido.

La visión familiar del hombre: he aquí la clave para proponer una perspectiva abierta sobre la persona que solucione las aporías de la conciencia aislada y abra espacio a la fe desde el corazón mismo de la experiencia del hombre. Karol Wojtyla, en la aplicación pastoral del Concilio en su diócesis, habló a este respecto de un «enriquecimiento de la fe» como clave para entender el Vaticano II[8]. Este enriquecimiento consistía no en enunciar nuevos dogmas, tarea que no pertenecía al intento del Concilio, sino en enriquecer la apropiación experiencial de la fe; en mostrar cómo la fe hace grande la vida, dándole un sabor más intenso y unos horizontes más amplios. Se ensancha desde aquí la mirada del sujeto moderno, que se abre a la comunión con los hombres y con Dios.

Todo esto nos permite concluir que la cuestión del matrimonio y la familia no era solo marginal en las discusiones del Vaticano II. Lo confirma la pasión con que se vivieron los

debates, algunos de los cuales se cuentan entre los más arduos de la asamblea[9]. Pero, sobre todo, y en un tono más positivo, salen aquí al descubierto factores cruciales del Vaticano II: la visión integral del hombre a la luz del amor; una concepción encarnada de la persona; el interés de la Iglesia por el bien común de la sociedad; el carácter central de Cristo para entender al ser humano y su camino.

2. LA DISCUSIÓN SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA EN EL VATICANO II

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