El Instituto para el Comercio Equitativo y el Consumo Responsable (ICECOR) es una aso- ciación de trabajadores, técnicos y profesionales que producen servicios para fortalecer la economía solidaria, las formas asociativas de trabajo y la consolidación de redes como por ejemplo, a nivel nacional, la Red de Comercio Justo.
No tenemos que tenerle miedo a la globalización; es una construcción social y hay que tomarla como un dato, hay que trabajar y transformarla para que tenga otro signo, otro significado y otra orientación.
El desarrollo del comercio justo y de la economía solidaria se enfrenta con instituciones que organizan mercados. En nuestra región –América Latina, el Caribe y América del Norte– la organización de mercados libres está a la orden del día. Fracasó el ALCA, que era un plan de acuerdo a nivel hemisférico, pero todavía sigue vigente el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre México, Canadá y Estados Unidos. Este tipo de acuerdos amenaza seriamente a toda experiencia alternativa. Muchos de nuestros compañeros latinoamericanos conocen ésto en carne propia, sobre todo los mexicanos.
Hay un consenso generalizado de que si no exportamos, morimos. Esto es una mentira, porque todavía hoy se comercializa en fronteras internas más del 75% de la producción mundial. Es decir, que la comercialización a niveles globales es apenas del 25% de la producción de la economía mundial. Esto significa que tenemos el gran desafío de organizar este tipo de comercio en el nivel de las naciones.
La Comunidad Andina, el Mercosur, la Comunidad del Caribe, etc. son organizaciones latinoamericanas que han pasado por distintas etapas. Los tratados de libre comercio (TLC) han intentado desmovilizar estas formas de organizar los mercados locales para fortalecer las economías regiona- les. El comercio justo, del que nosotros participamos, y que además orga- nizamos y fomentamos en la Argentina, también está vinculado a varias economías regionales.
En América Latina hay dos grandes organizaciones de comercio justo; una es la Red Latinoamericana de Comercio Comunitario (RELACC), la otra es la Mesa de Coordinación Latinoamericana de Comercio Justo. Es- tas dos organizaciones hacen mucho esfuerzo por instalar los principios que
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dieron origen al comercio justo Norte–Sur en una relación Sur–Sur. O sea, quieren aprovechar la experiencia de los compañeros del norte que inicia- ron esta experiencia de fortalecer a los menos favorecidos en el mercado, a través de ciertos principios de organización e implementarlos en nuestros territorios. Nuestra región y estas organizaciones –Mercosur, Comunidad Andina y del Caribe– ofrecen una oportunidad maravillosa por ser países limítrofes que comparten lenguas y culturas, lo que favorece y facilita la creación de áreas de intercambio. Esto permite aprovechar zonas fronteri- zas, donde las comunidades étnicas y las unidades ambientales son simila- res. Todo comercio justo nace con una perspectiva de solidaridad e intenta buscar complementariedades entre grupos y pueblos, más allá de la com- petencia. Los puentes y los caminos que comunican a estas comunidades homogéneas pueden ser dinamizadores de un intercambio comercial.
El comercio justo Norte–Sur nos ha enseñado mucho, pero creemos que por más que haya 10 mil tiendas de solidaridad en Europa, ellas no van a alcanzar para revertir la situación de dependencia y de pobreza sistémicas. Nuestras propuestas han sido pensadas para combatir la pobreza desde la pobreza y están pensadas para que funcione una economía de pobres con pobres. No se ha pensado en forma sistémica y éste es nuestro desafío: cómo se llega a sustituir una economía centrada en la acumulación y la ma- ximización de la rentabilidad. Si bien es cierto que nuestras experiencias, por decirlo de algún modo general, son alternativas e intentan sustituir el modelo de acumulación que nosotros conocemos, tenemos que empezar a pensar la economía solidaria de manera sistémica, es decir, hay que pensar en la manera de revertir el modelo. Estas primeras experiencias exitosas son muy importantes, son portadoras de grandes valores, pero tendríamos que empezar a superar esos encuentros en los que nos felicitamos entre noso- tros, para pensar cómo establecer nuestra presencia en niveles más amplios, a través de la incidencia política en los espacios del Mercosur, de la Co- munidad Andina y también en nuestros espacios nacionales. Los espacios privilegiados a nivel nacional son los gobiernos locales. Esto nos vincula a una cuestión también política que tiene que ver fundamentalmente con la ciudadanía. Los TLC vienen para quedarse con los servicios públicos: el agua, la salud, la educación. Esos son los servicios de la ciudadanía. En ese punto es donde las experiencias autogestionarias, las experiencias de economía solidaria, tienen que empezar a preocuparse. Esos son los lugares que nosotros hemos descuidado por estar muy vinculados a la productivi- dad, a la comercialización, al consumo. Porque todavía no discutimos con nuestros gobiernos nacionales la reasignación de recursos que fortalezcan
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a los gobiernos locales con los que es posible establecer alianzas ya que todavía, por cuestiones de escala, algunas multinacionales no han llegado. Desde el inicio de la experiencia de fortalecer la economía solidaria y el comercio justo, hemos recorrido muchas organizaciones. Existe una or- ganización a nivel continental que se llama Red Intercontinental para la Economía Social y Solidaria (RIPESS) cuya última reunión fue en Dakar, con los pueblos africanos que se interesan en conocer nuestra experiencia en América Latina y en establecer intercambio con nosotros. Un ejemplo de fortalecimiento de la economía solidaria y del comercio justo es Alemania. Alemania es uno de los lugares más fuertes en esto, por eso quiero dar las gracias particularmente al Instituto Goethe por ofrecer este espacio.
En este sentido, tenemos tres desafíos. El primero es fortalecer las redes. Nadie en este espacio se puede salvar sólo; esta era una consigna de los se- tenta que hoy se hace más necesaria que nunca. Si no trabajamos en redes no hay forma de implementar un comercio justo. Todo el mundo reconoce la necesidad de las redes, pero es muy difícil armarlas, es muy difícil po- nerse de acuerdo en las consignas que van a sostener esa red. Conocemos las consignas, pero hay que construir la red concreta, hay que empezar a armarla entre todos. Encuentros como éste deberían acompañarse con mesas de intercambio de conocimientos y de productos. Durante el último encuentro de Cochabamba, en Bolivia, se organizó una mesa de negocios. Este espacio no puede perderse la oportunidad de brindar mesas de ne- gocios, cuando precisamente vienen compañeros de regiones diversas. Por ejemplo los compañeros que producen cacao buscan azúcar orgánica, por- que necesitan producir chocolate para poder exportar o para poder hacer bombones, alfajores o lo que fuere en sus lugares de origen. Quiere decir que los encuentros de intercambio de experiencias no alcanzan; tenemos que incorporarles, como en las fiestas o como en las ferias, alegría, música, diversión e intercambio. Debemos intensificar e implementar las alianzas, éste sería el segundo desafío. Alianzas con el Norte, pero también entre Sur y Sur para poder discutir de otro modo las maneras en las que el co- mercio justo se ha venido organizando hasta ahora. Ustedes saben que el Norte tiene una tradición de 40 o 50 años en materia de organización del comercio justo y que cuenta con una entidad internacional, la Fair Trade
Label Organization (FLO) que representa a las agrupaciones de comercio
justo de cada país. Es decir, en esto no estamos solos. No es que tenemos que aprender todo. Ya hay caminos transitados en los cuales nos podemos inspirar.
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El tercer desafío es el de desmonopolizar el conocimiento científico y téc- nico. Hay que producir con calidad. Recuerdo que cuando iniciábamos las experiencias de comercio justo, algunos decían “bueno, te lo compro, pero sólo por esta vez, para colaborar, pero no una segunda, porque es de mala calidad”. Si no lo decían, ponían cara de estar pensándolo. Hemos aprendi- do que el conocimiento y la tecnología resuelven problemas de logística, de finanzas. A propósito de las finanzas, es necesario articular alguna manera de generar un flujo de recursos hacia este sector, vinculado acaso con las redes de finanzas solidarias europeas o las redes de micro–créditos, que en este país están cada vez más a la orden del día. Los bancos han encontrado un gran filón para ganar adeptos en el sector no “bancarizado, a través del micro-crédito que les proporciona una alta tasa de retorno ya que del 98% al 99% de los pobres pagan sus deudas. El micro–crédito también se ha convertido en una puja, en una cuestión de tipo político, ideológico, con- ceptual, de principios. Nada de esto es sencillo, nada es fácil, hay muchos intereses locales que atentan contra el comercio justo.
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