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La iglesia

In document DE LA INSIGNIA CRISTIANA (página 76-80)

Consideremos ahora la iglesia, como una más de las partes nombradas en relación con esta ordenanza; y nos referi-

mos tanto a la iglesia local a la que están adscritos los padres, como a la totalidad del rebaño de Cristo. Su compromiso y su responsabilidad apenas si puede decirse que sean in- feriores a los de los padres.

Su relación con el niño, con los padres y con Dios es tan variada y casi tan solemne como la de los mismos pa- dres. En cuanto al niño, por medio de esta ceremonia pú- blica y solemne, y de sus ministros ordenados, la iglesia lo recibe en el reino visible de Cristo, y le promete a él y a Dios sus oraciones, consejos, simpatía, ayuda y cuidado. Los bautizados no son extraños, sino hijos adoptivos, por quienes la iglesia siente el más profundo de interés, pro- metiendo ante ellos derramar fielmente todos los benefi- cios que puede conferir. Ella cuidará de que los padres cumplan sus deberes, y les ayudará a hacerlo. Hay que ofrecer a las ovejas las enseñanzas del evangelio. Hay que brin- darles las saludables influencias de una preparación y for- mación bíblicas. Junto con los padres, la iglesia orará y laborará para beneficio de los pequeños, para conducirlos a la madurez, inteligencia, respetabilidad, piedad, utilidad y, finalmente, al cielo. Con este fin se hará todo lo nece- sario para su bienestar y seguridad, contra todo peligro. Esto no es, ciertamente, una pequeña bendición para esa generación que empieza a subir, la cual encuentra así una doble garantía de que su educación no se verá des- cuidada.

Respecto a los padres, la iglesia les promete ayudarles y animarles en su ardua labor. Unirá su fe e insistencia a la de los padres, para suplicar la promesa del pacto de Dios. Su influencia y ejemplo se sumarán a los de ellos para aplicar las enseñanzas de la Escritura. Los ministros de la iglesia explicarán la revelación divina desde el púlpito; visitarán

a los pequeños en su casa y en la Escuela Dominical, para interesarlos e instruirlos en las grandes verdades sobre Dios y sobre ellos mismos, referentes a esta vida y a la eternidad. Esta ayuda será muy consoladora para unos padres sinceros y humildes. Su fe es débil; sus esfuer- zos, pequeños; sus recursos, limitados; sus faltas, innu- merables; pero ahí está toda la compañía de los fieles, que Dios ha puesto para ayudarles en su trabajo.

Muchos de ellos, que tienen hijos también, saben cómo alentar a los padres en sus tribulaciones. La fe y las ora- ciones de los fieles acompañarán e inspirarán a las su- yas propias. La congregación de los creyentes es como una gran sociedad de ayuda mutua para educar recta- mente a los niños. Todos los padres se verán fortaleci- dos por este pensamiento, y la iglesia, a su vez, recibe bendición en esta tarea celestial.

La ordenanza bautismal pone a la iglesia en una si- tuación igualmente importante respecto a Dios, pues existe una relación entre ambos en este concierto. La iglesia toma a su cuidado los corderillos del rebaño de Dios. Se acoge, por fe, al divino pacto: “... seré tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Gn 17,7). Aquí está su esperanza. Vive y se fortalece en esta fe, al tiempo que conduce sus hijos al Dios de Abraham. ¡Helos aquí... ayúdanos a creer! ¡Muéstrate, oh Señor, como Dios que guarda el pacto! Como si estuviera anclada en Jehová, la iglesia aguarda. ¿Dónde podría reposar si fuera sepa- rada de Él? ¿Cómo podría esperar vivir y florecer si no fuera en y por su propia descendencia? Esa ha sido siempre la forma de su continuidad, y el principal canal para su progreso. ¿A dónde mirará si esto desaparece? Incluso quienes rechazan la relación del pacto y su sello, miran

a la misma fuente para su crecimiento y pervivencia, es decir, a su descendencia; aunque no tienen ni una cen- tésima parte de la confianza y consuelo dados a quie- nes se acogen a Dios tal como esta ordenanza enseña. La esperanza de aquéllos está turbada por el temor, y existe aún a pesar de una teoría opuesta; pero nuestra esperanza ha sido engendrada por la verdad.

Así pues, afirmamos que este aspecto de nuestro tema es muy importante para el bautismo de niños, o sea: que la iglesia, en cuanto es una de las partes contractuales, se compromete ante el niño, ante los padres y ante Dios. Esto supone y promueve el bien de todos los interesa- dos. Niños y padres reciben bendición; y al mismo tiempo se acrecienta la santidad de la iglesia y la gloria de Dios. Ésta ha sido siempre la postura de nuestra amada Sión. De ahí su atención en cuanto a los pequeños. Éstos es- tán en una relación especial con la iglesia, y viceversa. Por consiguiente, en la educación secular, y sobre todo en la formación moral, la iglesia no ha estado remisa. Sus escuelas, facultades y seminarios, donde la religión debe enseñarse y vivirse, son ejemplos vivos de ello; y la inteligencia, madurez, sobriedad y valor moral de sus hijos son al mismo tiempo fruto, evidencia y recompen- sa de su fidelidad. El Señor ha bendecido mucho a la iglesia con esta juventud, y se puede retar al mundo a que muestre, como ella puede hacerlo, un ejército semejante de cadetes. Decimos esto, no con jactancia, sino con agradecimiento. A Dios sea toda la gloria.

Que esto nos induzca, no obstante, a un esfuerzo inin- terrumpido y más vigoroso. En este orden de cosas no hemos alcanzado la plenitud del deber ni la del éxito.

Queda mucho por hacer, y se pueden lograr muchas mejoras. Es más: puede dudarse de si la iglesia, en cuanto conjunto, ha llegado a una plena toma de conciencia de sus relaciones y deberes en este asunto, y del enorme poder de esta palanca con la que tanto puede hacer para ele- var a la Humanidad. En muchas de nuestras congrega- ciones, cuando se presenta a un niño para que sea bau- tizado, se considera que la cuestión concierne a los pa- dres y a Dios. La iglesia no llega a sentirse parte intere- sada, comprometida ante el niño, los padres y Dios, en esta solemne ordenanza. Debido a lo débil de su fe, se excusa de sus responsabilidades. A esta pecaminosa ne- gligencia se debe principalmente que esta institución no sea tenida en más alta estima. Si hiciéramos con ella lo que fue originalmente estatuido, y lo que puede ser, el mundo no podría dejar de apreciarla con admiración. Vería entonces que es apropiada a la misma constitución de la sociedad, y a la prosperidad de la iglesia. Sobre ello diremos algo más en otro apartado.

In document DE LA INSIGNIA CRISTIANA (página 76-80)

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