DE LA INSIGNIA
CRISTIANA
CHARLES HODGE
“Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.” (Mateo 28:19)
DE LA INSIGNIA CRISTIANA
CHARLES HODGE
Primera edición 1969 Segunda edición 2001
ISBN: 906311049-9 Depósito Legal:
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I. EL MODO DEL BAUTISMO ... 9
A. Significado del vocablo “bautizar” ... 11
1. No tiene un sentido único ... 12
2. No se usa en sentido literal ... 13
B. Los bautismo de los judíos ... 14
C. Los bautismos judíos no eran por inmersión ... 19
1. La inmersión no está ordenada ... 20
2. Los bautismos (o purificaciones) eran por aspersión o efusión ... 21
3. Las aspersiones y efusiones reciben el nombre de bautismos ... 21
4. “Bautizar”, equivalente a “lavar” ... 23
5. El bautismo judío como rito cotidiano ... 25
6. Casos en que la inmersión era imposible ... 26
7. Hebreos 9, 10 corrobora los bautismos por aspersión o efusión ... 27
D. La forma del bautismo deriva de la del judío ... 29
1. Idéntico significado del agua en las dos dispensaciones ... 29
3. Jesús no altera el significado del agua o del vocablo ... 30 4. Ejemplos de bautismo por efusión ... 31 5. El elemento se aplica al sujeto y no lo
contrario ... 32 6. Bautismos cristianos in situ ... 32 7. Respuesta a tres argumentos en favor de la
inmersión ... 33 8. Ni el bautismo de Juan ni el de los apóstoles
era por inmersión... 35
II. A QUIÉNES SE DEBE BAUTIZAR ... 45
A. Dios incluye a los niños al establecer el pacto con
su pueblo ... 46 1. Las promesas y las profecías son
inmutables ... 48 2. Identidad de la iglesia en ambas
dispensaciones ... 49 3. Composición de la primitiva iglesia
cristiana ... 50 4. La identidad de la iglesia, principal razón de
la inclusión de los niños. ... 51
B. El Nuevo Testamento confirma que los hijos de
III. EXPOSICIÓN PRÁCTICA DEL BAUTISMO DE
NIÑOS ... 71
A. Los padres ... 72
1. Su fe como motor y condición del bautismo.... 73
2. Su fe como elemento bienhechor ... 73
3. Su fe como fuente de bendición divina ... 74
4. Su fe como vínculo del niño con la iglesia .... 75
B. La iglesia... 76
C. Los niños ... 80
1. ¿Regenera el bautismo a los niños?... 81
2. Beneficios derivados del bautismo ... 84
3. El problema de las defecciones espirituales .. 86
El Señor Jesucristo instituyó, según creemos todos los pro-testantes, sólo dos sacramentos para su iglesia: Bautismo y Santa Cena. Aunque en esto hay acuerdo, existen, no obstante, divergencias sobre varios puntos relativos a es-tas ordenanzas. En cuanto concierne al Bautismo, las di-ferencias se refieren al modo, al sujeto y al efecto prácti-co de esta institución.
La forma de administrar el Bautismo no se ha discuti-do mucho en esta revista1, y durante años apenas se ha hecho
mención de ello, a no ser para dar la noticia pasajera de las publicaciones editadas por otras fuentes. Los pastores de nuestra iglesia1 no hacen mención frecuente de este asunto,
excepto cuando se ven incitados por el incesante martilleo de quienes mantienen una práctica distinta de la nuestra. La explicación de este silencio no es que nuestra fe se tam-balee, ni que pensemos que la Palabra resulte oscura en cuanto a este tema, sino que consideramos que la forma de administrar el Bautismo es de importancia relativa. Es decir, no podemos creer que la validez de la ordenanza de-penda de la cantidad de agua empleada, o del modo en que se aplique. Tampoco la validez del otro sacramento, la Cena, depende de la forma de administrarlo. Esto es algo,
supo-1. Esta obra se publicí por primera vez en 1861 en la revista The Biblical
Repertory and Review.
nemos, aceptado por todos. La Santa Cena se puede reci-bir de pie, sentado, arrodillado o echado; al mismo tiem-po en que se celebra un ágape o no; en la habitación de un enfermo, en la iglesia o en el bosque; con más o me-nos pan y con más o meme-nos vino. Desde luego no se me-nos ha prefijado un modo definido para esta ordenanza. Pero el hecho es, según creemos, que no hay en este mundo una sola denominación cristiana que pretenda, siquiera, cele-brarla exactamente como, el Señor la instituyó. ¿Por qué, pues, ha de ser el modo tan importante cuando se trata del Bautismo? Esta pregunta no tiene respuesta satisfac-toria. Al igual que en la Cena, la forma de administrar el Bautismo es, relativamente, de poca importancia. Así lo cree, además, la gran mayoría de protestantes. Eso explica la parquedad de alusiones a esta cuestión, pues hay otras de mucho mayor magnitud a las que dedicarse.
No tenemos, por otra parte, un motivo especial para tratar el tema ahora. No nos ha empujado a ello alguna obra aparecida en el otro lado, ni somos tan vanidosos como para suponer que vamos a arrojar nueva luz sobre una cuestión tan antigua y que tan a menudo y diestramente ha sido discutida en ambos lados. A pesar de todo, hay algunas razones generales que demostrarán lo adecuado que es dedicarle siquiera sea un poco de atención.
En primer lugar, se trata de una ordenanza cristiana, que pertenece al buen orden de la iglesia, y al bienestar, deberes y privilegios de sus miembros. Así debe ser entendido en todas sus aplicaciones y en cuanto sea posible.
con quienes dan tanta importancia al modo, haciéndolo esencial, y que siempre entonan la misma cantinela. Con objeto de ayudar y defender a nuestra gente, es preciso tratar esta materia aunque sea de modo somero.
En tercer lugar, nuestro silencio se interpreta a veces mal, en el sentido de que nuestra forma de obrar no se puede defender con las Escrituras. Y por último, existe una gran denominación cristiana, a cuyos miembros nos gozamos en reconocer como hermanos en Cristo, que hace de esta ordenanza una condición de comunión y una prueba de organización eclesiástica. Por todas las razones mencionadas, se debería tratar esto con mayor frecuencia que la actual en revistas y púlpitos, aunque siempre con espíritu man-so, inocente, cristiano. En hacerlo así nos esforzaremos a continuación. La verdad no sufre menoscabo con este método. Tal como hemos dicho antes, en estos tiempos apenas si se puede esperar nueva luz en cuestión tan antigua. No obstante cabe, eso si, una nueva ordenación distinta y más clara de las materias existentes. Esto es todo lo que inten-tamos hacer. En cuanto llevamos leído hasta ahora no hemos visto ningún autor que haya seguido la argumentación que se esboza en nuestra mente.
La suma de nuestra explicación se puede descomponer en varias proposiciones particulares.
A. Significado del vocablo “bautizar”.
baptizo, baptismos, etc., siempre y necesariamente expresan,
en griego secular, la idea de inmersión, y que por consi-guiente deben abarcar también esta idea cuando son em-pleadas por los escritores sagrados. Nuestra réplica es doble:
1. No tiene un sentido único.
En primer lugar negamos esta premisa in toto. Esas palabras no siempre indican tal concepto. Muy a menudo se emplean en el sentido de derramar sobre, lavar, limpiar,
teñir, manchar, etc., sin tener en cuenta forma concreta alguna
de aplicación. Pueden expresar inmersión parcial, inmer-sión total, absorción, o efuinmer-sión. Todo ello se puede com-probar consultando cualquier diccionario respetable de griego. De hecho, nuestros mismos hermanos bautistas admiten que toda la evidencia está contra ellos. Alejandro Carson dice: “Mi criterio es que este vocablo (baptizo) significa siempre sumergir; y que siempre se refiere al modo. Aho-ra bien: dado que tengo a todos los lexicógAho-rafos y comen-taristas en contra mía, será necesario decir dos palabras acerca de la autoridad de los diccionarios.”3 Con
desespe-rado coraje, digno de mejor causa, se enfrenta a “todos los lexicógrafos y comentaristas”. Cuál será su éxito puede conjeturarlo el lector. Su concesión demuestra, sin embargo, que según los mejores eruditos estas palabras no tienen el significado exclusivo y uniforme que él quisiera darles. Los escritores griegos las emplearon en varios sentidos y, por consiguiente, ¿cómo vamos nosotros a establecer, partiendo de tan vario uso, el sentido en que el Espíritu Santo las
utiliza al describir o instituir una ordenanza de la iglesia? Evidentemente, el testimonio clásico no nos sirve.
2. No se usa en sentido literal.
En segundo lugar, aun suponiendo que estos vocablos se usaran de modo uniforme, y que el Dr. Carson hubiera triunfado en la imposible tarea de demostrar que siempre expresan la idea de inmersión, no se seguiría necesaria-mente que los escritores sagrados los empleen en el mis-mo sentido exclusivo. La palabra que designa al otro sa-cramento (la Cena) no se utiliza en el sentido fijo y uni-forme que recibe entre los escritores profanos. Para ellos denota una comida completa, la principal del día. Nunca significa tomar un trocito de pan y un sorbo de vino. No obstante, esto es todo lo que nuestro Salvador hizo al ins-tituir esta fiesta, y todo lo que mandó al decir: “Haced esto en memoria de mí.”
Pues bien: si el sentido original y uniforme de la pala-bra empleada en relación a un sacramento no se conser-va, ¿por qué no puede lo mismo ser cierto respecto al otro? Un cuenco de agua que se derrama o rocía sobre la ca-beza del sujeto, está tan próximo a la inmersión como una miga de pan y un sorbo de vino a una comida oriental.
Per-sona de la Trinidad. “En el principio era el Verbo.” ¿Qué escritor profano empleó jamás este término en tal senti-do? ¿Negaremos por eso que en el citado pasaje tiene una aplicación inspirada? Naturalmente que no. Pero si en un caso nos podemos apartar del uso común, ¿por qué no podemos, con suficiente razón, hacerlo en el otro?
Así pues, con el argumento del Dr. Carson no se puede demostrar nada absolutamente definitivo, aun en el caso de que hubiera conseguido darle validez. El uso pagano no constituye la norma de interpretación. Puede ayudar y servir para confirmar a veces; pero nunca debe controlar. Noso-tros apelamos sólo a la Biblia. Ésta es la autoridad para los protestantes.
B. Los bautismos de los judíos.
causa de Cristo. De ahí la ostentosa declaración de que no se avergüenzan de seguir a Cristo a las aguas, por una parte, y por la otra la común insinuación de que el modo con-trario supone soberbia, o no estar dispuesto a la abnega-ción.
En contraposición, nosotros sostenemos, y nos esforza-remos en demostrarlo, que la práctica de bautizar era muy corriente entre los judíos desde mucho antes de la venida de nuestro Señor –claro está que no en el nombre de la Trinidad; pero sí como un acto de purificación religiosa–; y que en cuanto acto, por lo tanto, nada tenía de humi-llante o de prueba de discipulado. Cualquiera que fuese el oprobio unido al bautismo, no se debía al acto, método o manera de bautizar, sino a la adjunta profesión de fe en el Nazareno.
Éste es un paso importante en el argumento que nos proponemos ofrecer. Nuestra primera proposición tenía como objeto, simplemente, quitar la broza; o sea, desembarazarnos de esas acusaciones tan pertinaces sobre el sentido origi-nal y necesario de las palabras. Pero éstas no deciden nada: 1º) porque, evidentemente, no tienen un significado fijo y uniforme (apenas hay una palabra, en cualquier lengua de este mundo, que lo tenga); y 2º) porque aun si lo tuviera, esto no probaría que su sentido en el Nuevo Testamento sea idéntico.
Vayamos, pues, a la demostración de nuestra segunda proposición; es decir: que bautizar era un hecho corrien-te entre los judíos mucho ancorrien-tes del nacimiento de Cristo. Busque nuestro inteligente lector en Marcos 7,4: “Y vol-viendo de la plaza, si no se bautizan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los
utensilios de metal, y de los lechos.” Busquemos también en Lucas 11,38: “El fariseo, cuando lo vio, se extrañó de que no se hubiese bautizado antes de comer.” Véase tam-bién Eclesiástico 34,25: “Al que se bautiza después de ha-ber tocado un cuerpo muerto, y lo vuelve a tocar otra vez, ¿de qué le valdrá su lavamiento?”
Hay que tener en cuenta, naturalmente, que en la ver-sión castellana tenemos las palabras lavar, lavamiento, etc.; pero en griego se usan los términos bautizar y bautismos. Y está fuera de toda duda que se refieren a acciones co-munes entre esta gente, como el mismo texto demuestra: “Y volviendo de la plaza, si no se bautizan, no comen...”; “Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los bautismos de los vasos... y de los jarros”, etc. El fari-seo se maravilló de que Cristo no siguiera aquella costumbre. “Al que se bautiza después de haber tocado un cuerpo muerto...”, dando por sentado que se trataba de una cere-monia común. No tratamos ahora de cómo se bautizaban. La cuestión es que bautizaban, y que el bautismo, en cuanto acto, era algo normal entre ellos. Además, independiente-mente de lo que bautizar y bautismo implicaran o expre-saran, era algo que ellos practicaban en sí mismos y en diversas cosas, siendo esta costumbre muy anterior a la venida de Cristo.
queja muy extraña, por cierto, si no hubiera existido tan extendida ceremonia.
El rito bautismal tampoco fue de invención humana. En la epístola a los Hebreos, el apóstol Pablo habla de “diversos
bautismos... impuestos hasta el tiempo de reformar las cosas”
(Heb 9,10). ¿”Impuestos” cuándo y dónde? Con toda evi-dencia, en la ley de Moisés, que prescribía minuciosamente las ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto... al que practica ese culto” (Heb 9,9), y con las cuales se aso-ciaban estos bautismos. Es posible que el pueblo, en su su-persticioso celo, añadiera algo a los detalles de sus bau-tismos, como lo hizo también con las ofrendas y sacrifi-cios; pero de todas formas, tanto los unos como los otros (bautismos, y ofrendas y sacrificios), tenían su origen en un mandato divino, ya que fueron “impuestos hasta el tiempo de reformar las cosas.”
cla-ramente dos cosas: a) que los profetas tenían la costum-bre de bautizar, y b) que esperaban que el Mesías, cuan-do viniera, haría lo mismo.
Las palabras que pronunció el Señor cuando pidió el bautismo están del todo claras, y de acuerdo, además, con aquel familiar uso y conocimiento de esta ceremonia: “... así conviene que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15b). Hasta tal punto era conocido y normal, que no se le podía con-siderar debidamente posesionado de su cargo sacerdotal sin el bautismo. Olshausen, comentando las palabras que acabamos de citar, dice: “El vocablo justicia significa aquí
lo que la ley demanda. Esas palabras contienen, por tanto,
el principio general por el que el Señor se conducía, y que Juan, igualmente, tenía que seguir en esta ocasión, a sa-ber: obedecer todas las ordenanzas legales como institu-ciones divinas... El bautismo de Jesús es equiparable, por tanto, a su circuncisión y purificación.” Es decir, se trata-ba de algo que la Ley demandatrata-ba, y tenía, naturalmente, que ser algo conocido por el pueblo. Así pues, el bautis-mo no podía ser una cosa nueva para los judíos. Era un hecho cotidiano y normal; aunque, repetimos, no se tra-taba del bautismo cristiano en el nombre de la Trinidad, sino del bautismo en cuanto acto aplicado tanto a perso-nas como a cosas. Esto no puede negarlo ningún lector de la Biblia sincero e inteligente.
ordenanzas religiosas y actos de adoración. Y lo mismo indica b) el hecho de que aquellos bautismos se practicaran para quitar la impureza contraída en la plaza o cualquier otro sitio expuesto. Con ellos se proponían cumplir un fin reli-gioso, al igual que con los sacrificios que ofrecían.
En este aspecto, el bautismo era conocido y se practi-caba desde hacía tiempo y, claro está , en cuanto costum-bre religiosa común no había, en la naturaleza misma del acto, nada ordenado para probar la fe de quienes lo pe-dían. Probablemente casi todos se habían bautizado mu-chas veces, o lo habían visto hacer, y por tanto no podían sentir ninguna aprensión especial en cuanto al hecho en sí. Por mucha importancia que nuestros hermanos bautistas quieran dar ahora al espíritu de mártir que es requerido para seguir a Cristo a las aguas, lo cierto es que en un principio nada tenía de prueba. Fuera cual fuese la forma o modo de bautizar, se trataba de algo corriente, y por ello no podía causar ansiedad alguna en quienes estaban a punto de unirse a la causa de Cristo. La prueba no estaba en la forma o manera del acto, sino en la pública adhesión a una causa odiada y a un nombre despreciado.
C. Los bautismos judíos no eran por inmersión.
De acuerdo con sus principios exclusivistas, tienen que hacerlo necesariamente; pero no vamos a esperar a que realicen esta imposible tarea. Yendo en contra de las reglas nor-males de la lógica, estamos dispuestos a asumir el trabajo de demostrar una proposición negativa: Aquellos bautismos
no podían ser por inmersión. Es éste otro paso importante
en nuestro argumento, y si lo podemos afirmar debidamente, dejaremos el camino preparado para lo que ha de seguir. Veamos las pruebas.
1. La inmersión no está ordenada.
2. Los bautismos (o purificaciones) eran por aspersión o efusión.
Esta sospecha va en aumento cuando vemos que no sólo no se prescribe la inmersión en ningún lugar, sino que además se revela expresamente otro método para llevar a cabo estas purificaciones. Una referencia a la ley levítica mostrará en seguida cuál era el método: “Así harás para expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación...”, etc.; “... y un hombre limpio tomará hisopo, y lo mojará en el agua, y rociará sobre (... ) las personas que allí estuvieron... Y el limpio rociará sobre el inmundo al tercero y al séptimo día... (Nm 8,7; 19,18-19). Así pues, en la antigua dispensación estaba claramente ordenada la modalidad de rociamiento o aspersión. Por consiguiente, suponer que se bautizaban o purificaban por inmersión, es suponer que actuaban sin mandamiento y en contra de las más claras instrucciones positivas sobre el rociamiento. ¿Es por ventura probable, o tan siquiera creíble, que sustituyesen una forma por otra, cuando tanto se gloriaban de su puntillosa deferencia ha-cia cada jota y tilde de la Ley? Tal actitud es sumamente improbable. Sus bautismos estaban “impuestos” por la Ley. Aquellos bautismos eran simples purificaciones, como to-dos los textos demuestran, y la purificación no era por inmersión, sino por rociamiento. ¿Se habían apartado to-dos del método prescrito?
3. Las aspersiones y efusiones reciben el nombre de bau-tismos.
años como mínimo antes de la venida del Señor, este mé-todo de purificación por rociamiento se nombra en los escritos judíos con la palabra bautizar. Préstese atención a este punto. Esta misma palabra, que tantas veces y con tanta confianza se nos dice que significa sumergir, y nada sino eso, se aplica a estas aspersiones judías. He aquí la prueba: la traduc-ción griega de Eclesiástico 34,25 dice: “Al que se bautiza después de haber tocado un cuerpo muerto, y lo vuelve a tocar otra vez, ¿de qué le valdrá su lavamiento?” Ahora bien, la forma en que se realizaba este bautismo por haber to-cado un cuerpo muerto, se ve claramente refiriéndonos a la Ley de Moisés: “Todo aquel que tocare cadáver de cual-quier persona, y no se purificare, el Tabernáculo del Se-ñor contaminó, y aquella persona será cortada de Israel; por cuanto el agua de la purificación no fue rociada so-bre él, inmundo será , y su inmundicia será soso-bre él” (Nm 19,13).
Al no haberse bautizado por el muerto, rociándose el agua de la purificación, quedaba inmundo. Los versículos 19 y 20 de este mismo capítulo revelan un método idéntico. Josefo también lo describe: “Cuando alguna persona se contami-naba por un cuerpo muerto ( ... ) la rociaban con el agua de separación, al tercer y al séptimo día, y tras esto que-daba limpia.”
Así pues, la forma en que se purificaban en tales oca-siones era la de rociamiento. Y sin embargo, se designa esta ceremonia con la palabra griega bautizar, cuando aún fal-taban cien o doscientos años para la Era Cristiana.
utili-zado por cientos de años para indicar aspersión, ¿se pue-de creer que llevaran a cabo sus bautismos pue-de otra mane-ra? Creemos que no. Mucho antes de la venida del Salva-dor ya se había leido y oído que rociar por los muertos era como bautizar por ellos; y en esta ocasión en que se men-ciona los diversos bautismos, seria una mera suposición afirmar que se realizaban de otro modo, muy en particu-lar si se tiene en cuenta que nunca se manda ni se alude a tal pretendida manera, en tanto que la aspersión aparece universalmente enseñada en la antigua dispensación.4
4. “Bautizar”, equivalente a “lavar”.
Otra prueba de que aquellos bautismos no eran por in-mersión la tenemos en el uso permutable de las palabras “lavar” y “bautizar” como equivalentes. “Porque los fari-seos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no co-men. Y volviendo de la plaza, si no se bautizan, no comen” (Mr 7,3-4). Véase también Mateo 15,2, comparado con Lucas 11,38: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de
los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.” “El fariseo, cuando lo vio, se extrañó de que no se hubiese bautizado antes de comer.” “Al que se bautiza después de haber tocado un cuerpo muerto, y lo vuelve a tocar otra vez, ¿de qué le valdrá su lavamiento? (Eclesiástico 34,25). Evidentemente, las palabras lavar y bautizar se usan para describir una misma cosa. Pero, ¿eran sus lavamientos por inmersión? ¿Se sumergían por los muertos? ¿Practicaban diversas inmersiones “impuestas” por la Ley? ¿Dónde está la prueba? Respecto a los lavamientos que se nombran en el Nuevo Testamento, Olshausen dice: “Parece ser que se usaban las manos de forma alterna: con una se lavaban la otra.” Es decir, metían una en el agua y con lo que saca-ban se lavasaca-ban la otra. ¿Se parece esto a la inmersión? Y sin embargo, a estos lavamientos se les llama bautismos. Puesto que estas dos palabras se emplean de manera inter-cambiable, deben de evocar la misma idea, a saber, la de aplicar el agua al objeto que ha de limpiarse.
Y la preposición por, ¿qué significa?: ¿para?, ¿en lugar de?, ¿a causa de? ¿Se refiere la palabra muertos a quienes lo están espiritualmente, o a quienes lo están físicamente? ¿Quiere decir todos los muertos en gene-ral, los cristianos muertos, o los parientes muertos? Estas son únicamente algunas de las dificultades que asedian a esta hipótesis. Al resolverlas, todo ha de forzarse con violencia para llegar a una interpretación ape-nas tolerable; y después de todo, el pasaje queda casi tan oscuro como antes.
5. El bautismo judío como rito cotidiano.
Por otra parte, el bautismo era entre los judíos una costumbre conocida y casi cotidiana. No sólo se bautiza-ban antes de la comida, o se bautizabautiza-ban las manos antes de comer, sino que se bautizaban por otras impurezas, como cuando se contaminaban por tocar un cuerpo muerto; y lo mismo hacían con las mesas y lechos.
Pues bien, si esto se hacía por inmersión, cada familia debía de tener un lugar apropiado. El baptisterio sería tan esencial como la casa. Y sin embargo, en toda la historia bíblica y judía no hay evidencia alguna de que ni una sola familia tuviese tal lugar, y menos aún que todas lo tuvie-sen, fueran ricas o pobres, residentes o transeúntes.
Además, al no haber lo necesario para practicar la in-mersión, tenía que existir algo para hacerlo de otra ma-nera. Los cántaros de piedra mencionados en las bodas de Caná de Galilea, que estaban dispuestos “conforme al rito de la purificación de los judíos” (Jn 2,6), tenían por obje-to facilitar esta operación. Aquellas vasijas, de una
capa-añadir lo que haga falta en esta hipótesis, que en cualquier otra? ¿Aca-so el contraste que hallamos en el versículo siguiente, entre “los que se bautizan por los muertos” y “nosotros peligramos”, no implica que los primeros no eran cristianos? ¿A quién puede referirse ese “los que” sino a judíos, que ya tenían tal costumbre?
conti-cidad de 80 a 120 litros, eran demasiado grandes para meter simplemente las manos en ellas, y no lo suficientemente amplias para sumergir una persona u otros objetos volu-minosos; pero convenían perfectamente al propósito de sacar el agua y rociarla o derramarla sobre el sujeto. Indudable-mente, ésta era la forma en que realizaban sus bautismos.
6. Casos en que la inmersión era imposible.
La sexta prueba de que aquellos bautismos no eran por inmersión, es el hecho de que algunas de las cosas bauti-zadas eran extraordinariamente inadecuadas para ser su-mergidas. Tómese como ejemplo las mesas (o lechos, como dice una segunda lectura). No se sabe con certeza qué eran estas mesas o lechos, pero su tamaño y naturaleza harían que la inmersión fuese improbable y dificil. Seguramente eran lo suficientemente grandes como para que se acomo-dasen dos o más personas reclinadas, y estarían fijas jun-to a la pared de la casa. Esjun-tos lechos eran, desde luego,
nuación, es simplemente éste: Si no hay resurrección de los muertos, ¿por qué estamos en peligro a cada momento?; ¿por qué corremos tan-tos riesgos?; ¿por qué no decir: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”? Eso haríamos si este mundo fuera nuestro único lugar de existencia. Pero tenemos fe en otro estado. Nuestra resistencia lo prue-ba. Y lo mismo sucede con el versículo anterior: la conducta de los ju-díos, al igual que la nuestra, implica que creen en una vida futura, y esperan una resurrección. Si no, ¿por qué se bautizan por los muertos? Es decir: ¿para qué quieren limpiarse de la impureza, si no hay un más allá, una resurrección? ¿Por qué se preocupan por la culpa, si su ser termina con la muerte?
de uso común entre los judíos, y necesitaban la purifica-ción bautismal igual que los otros. Por lo tanto, hay que descartar la inmersión. Pero limpiarlos por aspersión o efusión era fácil de hacer, y sin duda así se hacía. Aquel bautismo era tan cierto como el de las personas, y si aten-demos a la extraordinaria probabilidad de que los lechos no podían ser sumergidos, hemos de concluir que los ju-díos se bautizaban sin hundirse en las aguas.
7. Hebreos 9,10 corrobora los bautismos por aspersión o efusión.
escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo... Y además de esto, roció también con la san-gre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio (Heb 9,19.21). Sin discusión, estos son los “diversos bautismos” a que se refiere el v. 10 de este capítulo. Muy poco hay aquí, en verdad, para alentar la idea de que eran por inmersión. Vea ahora el lector un resumen de las pruebas aporta-das en este apartado. Afirmamos que los judíos, en sus fre-cuentes bautismos, no sumergían la persona u objeto, sino que los rociaban o derramaban el elemento sobre ellos. La evidencia es: 1) No obstante haber sido estos bautismos impuestos por la Ley de Moisés, en ningún lugar de la misma se ordena la inmersión. 2) La inmersión no se prescribe ni se insinúa, pero se ordena claramente otro modo. 3) El modo ordenado, la aspersión, dos siglos antes de la Era Cristiana, por lo menos, recibe el nombre de bautismo. 4) Lavar y bautizar son palabras intercambiables. Ni para una cosa ni para la otra se practicaba la inmersión. 5) En las casas no había nada para practicar la inmersión, mientras que sí lo había para la aspersión o efusión. 6) Entre las cosas que se bautizaba había algunas que no podían su-mergirse debidamente, y que sin embargo se podían rociar fácilmente. 7) Al mencionarse la aspersión, en relación con aquellos diversos bautismos, se muestra que se practica-ban de aquella manera.
D. La forma del bautismo cristiano deriva de la del judío.
Nuestra siguiente afirmación es que el bautismo cris-tiano fue instituido siguiendo el modo del de los judíos, o sea, por aspersión o efusión, y no por inmersión.
1. Idéntico significado del agua en las dos dispensaciones.
Cuando en el Antiguo Testamento el agua es utilizada con fines religiosos, lo es por aspersión. Esto nos induci-ría a esperar, como algo natural, que si en el Nuevo se ha de aplicar de alguna manera, lo sea, en líneas generales, según el mismo método. ¿Por qué habría que cambiarlo? Si la aspersión era suficiente antes, ¿por qué no ha de serlo ahora? Y más aún si se tiene en cuenta que en ambas dispensaciones se usa para el mismo fin. En las dos es un emblema de purificación y consagración. ¿Por qué, pues, ha de ser distinta la forma de usarla? ¿Es acaso más efi-caz o significativo un gran volumen que una pequeña can-tidad? Definitivamente, no. De suerte que, si se ha cam-biado el modo de usar el agua, hay que demostrar tanto la razón como el hecho en sí. Pero ni lo uno ni lo otro es demostrable.
2. Expresiones simbólicas que favorecen la aspersión/ efusión.
esperanza: “Empero Él rociará 5 muchas gentes...” (Is 52,15).
“Esparcirá sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiará” (Ez 36,25). Verdaderamente estas expresiones son figurativas, pero aun así tienen significado. Implican que el uso religioso del agua se hace siguiendo el mismo método que antes. No hay ni una palabra sobre inmersión. Ni siquiera un indicio de que haya de haber algún cambio en este terreno. Ante la ausencia de tal mandato, debemos afirmar que el uso idéntico que implícitamente se hace del agua es un argumento a nuestro favor.
3. Jesús no altera el significado del agua o del vocablo.
Si a todo esto añadimos otro considerando, la suposi-ción se fortalece aún más. Cuando el Salvador vino y se dispuso a perpetuar en Su reino el uso simbólico del agua, halló a los judíos empleando el término “bautizar” para denotar su método de purificación, que era por aspersión o efusión. Jesús utilizó la misma palabra para designar su propia ordenanza, sin indicar que el significado
ra. ¿Habría sido así de haber intentado introducir una nueva forma de bautismo? No. Es imposible mantener tal supo-sición. No hay duda de que al usar la misma palabra que-ría denotar la misma acción que los judíos designaban con ella.
4. Ejemplos de bautismo por efusión.
El más sublime bautismo, el del Espíritu -del cual el otro es un tipo-, es por efusión. ¿Se administrará el tipo de un modo totalmente distinto?
5. El elemento se aplica al sujeto, y no lo contrario.
Las Escrituras enseñan continuamente que el elemen-to se aplica al sujeelemen-to, y no el sujeelemen-to al elemenelemen-to: “Yo a la verdad os bautizo en agua... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). “Yo bautizo con agua... ése es el que bautiza con el Espíritu Santo (Jn 1.26,33b). “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bau-tizados con el Espíritu Santo” (Hch 1,5). “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (Hch 10,47). En todos estos casos se aplica el elemento al suje-to, y no el sujeto al elemento. Así lo muestra regularmen-te la Escritura; y pensamos que pesa mucho contra la idea de inmersión.
6. Bautismos cristianos in situ.
practicado la inmersión. Se puede suponer, claro está ; pero es una suposición harto improbable.
7. Respuesta a tres argumentos en favor de la inmer-sión.
Los diversos casos de bautismos relatados en la Escri-tura están más de acuerdo con la idea de aspersión o efu-sión, en cuanto modo, que con la de inmersión. Por otra parte, hay tres cosas (y sólo tres) que se aducen como apoyo de la inmersión en estos bautismos: 1º) el significado atribuido a la palabra bautizar, como si necesariamente y en todos los casos expresara la idea de sumergir; 2º) el uso de las preposiciones en (dentro), y de (fuera de);6 y 3º) la
expre-sión aplicada a Juan el Bautista, “Juan bautizaba también en Enón (...) porque había allí muchas aguas” (Jn 3,23). No obstante, estas objeciones pueden rebatirse fácilmente.
En cuanto a la primera, negamos que el vocablo
bauti-zar signifique sumergir o hundir.7 Nabucodonosor fue
“tizado” con el rocío del cielo (Dan 4,33); el pueblo fue bau-tizado, en Moisés, en la nube y en el mar (1 Cor 10,2); el Espíritu Santo cayó sobre el pueblo en cumplimiento de la promesa: “Seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hch 1,5; 2,3.16-17; 10,44). La gente se bautizaba por los muer-tos -es decir, tras haber tocado un cuerpo muerto (Eclo 34,25;
6. En griego: eís, apó. Téngase en cuenta que el autor argumenta sobre la base de que la versión inglesa King James traduce estas partículas por
into y out of, si bien, como propondrá inmediatamente, su traducción
normal debe ser to y from. (N. del T.)
Nm 19,13)-, y cuando regresaba del mercado. En ninguno de estos bautismos había inmersión. Negamos, en conse-cuencia, el significado atribuido al vocablo bautizar.
en abundancia, ¿para qué buscarla en otro sitio? Por lo tanto, esta frase no tiene fuerza alguna para determinar el modo del bautismo.
Parece, pues, que todos los argumentos que favorecen la inmersión se pueden desechar fácilmente. El vocablo no significa lo que pretenden los partidarios de la inmersión. Las partículas en y de (fuera de), pueden ser también a y
de (desde). “Mucha agua” significa simplemente muchos arroyos o fuentes, imprescindibles para las necesidades de
la multitud. Debemos decir, por consiguiente, que tan va-gos argumentos no proveen sino un débil fundamento para los exclusivistas dogmas de nuestros hermanos bautistas. Aparte de esto, todo lo demás, tanto en hechos como en circunstancias, está muy en contra de la opinión que man-tienen, como ahora nos esforzaremos en demostrar.
8. Ni el bautismo de Juan, ni el de los apóstoles, era por inmersión.
Los primeros ejemplos de bautismo son los del precur-sor de Cristo. Es verdad que su bautismo no era el cristia-no; y sin embargo, en cuanto al modo, era indudablemen-te el mismo que adoptaron Cristo y los apóstoles. ¿Sumergía Juan a quienes acudían a su bautismo? Creemos que no.
a) En primer lugar, por falta de tiempo. Aun si
sumo dos años. Administró el bautismo principalmente antes de la aparición en público de nuestro Señor; y las men-cionadas multitudes acudieron a Él antes de tal aconteci-miento. Es imposible admitir que en tan poco tiempo las hubiera podido sumergir a todas.
b) Por otra parte, si no le hubiera faltado el tiempo,
ciertamente le habrían faltado las fuerzas. Se necesitan fuerzas y resistencia sobrehumanas para estar en el agua y sumergir a tales multitudes. Sólo un auxilio milagroso de fortaleza y energía le podía haber capacitado para realizar tal obra.
c) En tercer lugar, no fue él quien introdujo la ceremonia
del bautismo. Se encontró con que el pueblo ya se bauti-zaba, y bautizaba sus lechos, vasos, etc., como ceremonia común de purificación; y lo hacía, conforme a todas las indicaciones de la ley levítica, por efusión o por aspersión. No existen pruebas de que los judíos lo hicieran jamás por inmersión. Incluso admitiendo que metieran las manos en el agua cuando volvían del mercado, no se demuestra tampoco con ello que las sumergieran. También se metía un pájaro en la sangre de otro (Lv 14,6), o se metía la mano en el plato, sin que hubiera inmersión. No hay pruebas de que, en las ceremonias de purificación, sumergieran el cuerpo o las manos; por el contrario, hay muchas razones para creer que los rociaban. Y no obstante era un bautismo; y puesto que se usa esa misma palabra para describir el rito que Juan practicaba, hay que concluir inevitablemente que lo hacía del mismo modo.
bautizados desde lo alto por el derramamiento del Espíri-tu sobre ellos, hablaron en otras lenguas; muchos creye-ron y fuecreye-ron bautizados con agua. Aquel mismo día fue-ron añadidas a la iglesia unas tres mil almas. ¿Se sumer-gió a estos convertidos? Para afirmarlo sólo se puede aportar el pretendido significado de bautizar, que ya hemos des-cartado. Nada más puede sugerir tal cosa al lector. Pero para negarlo se amontonan una serie de circunstancias que prohiben suponer eso. No hubo tiempo, ya que al parecer sólo los once apóstoles estaban allí para oficiar, y no hu-bieran podido sumergir a tantos en una fracción de día. Aun suponiendo que los setenta discípulos les ayudasen, era más de lo que todos ellos podían hacer en ese espacio de tiempo. Tampoco había lugar para hacerlo, ni en el Templo ni en sus alrededores, donde estaban reunidos. Tampoco había lugar en toda la ciudad o sus proximidades, para su-mergir a tal multitud en tan poco tiempo; y si lo había, no tenemos pruebas de que marcharan allí. No hay prue-ba de que esperasen para proceder al cambio de vestidu-ras, o de que tras la inmersión se fueran por las calles con las ropas mojadas y chorreando. Todo esto, unido al he-cho de que su primer y gran bautismo fue por el
derrama-miento del Espíritu sobre ellos, se opone en gran manera
bastan todas estas cosas para contrarrestar las únicas con-sideraciones que en su favor exhiben los bautistas (o sea, el pretendido significado de la palabra), en tanto que, como el Dr. Carson reconoce, “todos los lexicógrafos y comen-taristas” están contra su criterio? No podemos creer que aquellas tres mil personas fueran sumergidas.
Examinemos ahora el bautismo de Saulo de Tarso, y forzosamente se impone la misma conclusión. Cuando iba a Damasco, respirando amenazas y muerte contra los dis-cípulos, el Señor Jesús se le apareció con un resplandor que le cegó. Cayó a tierra, y oyó una voz que le decía: “¿Por qué me persigues?” Tembloroso y espantado, preguntó: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Le llevaron de la mano a cierta casa en Damasco, donde permaneció tres días y tres noches sin comer ni beber. En tales circunstancias, Ananías, dirigido por Dios, fue a su encuentro. Tras haberle instruido durante unos momentos, le diría: “Y ahora, ¿qué te detie-ne? Levántate y bautízate.” E inmediatamente, levantándose,
fue bautizado (Hch 9,1-19). ¿Fue por inmersión? La única
prueba en sentido afirmativo es, una vez más, el preten-dido significado de la palabra bautizar. No hay nada más en favor. Por el contrario, todas las circunstancias están en contra. En la misma casa, de pie, sin demora para pre-pararse, sin salir ni entrar, se pone de inmediato al servi-cio de Cristo.
Suponer que había una balsa en la casa, o que fueron a
embargo, comprobamos que nadie es más adicto al mis-mo que ellos. Todo lo suponen: que bautizar significa su-mergir, contra toda razón; que la traducción correcta de las partículas griegas eís, y apó es en (dentro) y de (fuera de), en contra del uso normal del Nuevo Testamento; que se necesitaba mucha agua para bautizar a tanta gente, y que en Jerusalén, en los alrededores del Templo, donde no había tanta agua, se sumergió a tres mil personas en po-cas horas; o que fueron a otro lugar, o que de algún modo encontraron agua; que no necesitaron cambio de vestidu-ras, o que si se hizo no se menciona. Suponen igualmente que Pablo halló un lugar adecuado en casa de Judas, o que fueron a otro lugar. Suponen... ¿qué es lo que no suponen? Y sin embargo, éstos son los hermanos que exclaman: “Muéstrame un ¡Así dice el Señor!”, ¡como si ellos tuvie-ran el hábito de guiarse por esa luz!
Estas observaciones que acabamos de hacer sobre el bautismo de Saulo, hay que aplicarlas con la misma fuer-za al del carcelero y su casa. Convertido en la prisión a altas horas de la noche, y bautizado junto con los suyos inmediatamente, sin salir de aquel lugar, ¿qué instalación había allí para la inmersión? ¿Fueron acaso a algún río en plena noche? ¿Construyeron un baño allí mismo? ¡Cuán-tas suposiciones hacen falta para convencer de que se trataba de una inmersión! Y todo por basarse, contra “todos los lexicógrafos y comentaristas”, en el supuesto previo de que
bautizar significa sumergir. Lo primero se asume contra
todo criterio autorizado, y todo lo demás se ha de imagi-nar en base a ese primer supuesto.
el calabozo “de más adentro”. Allí los encontró el temblo-roso carcelero, libres de sus cadenas. Los sacó al patio, y les curó las heridas, bautizándose a continuación él y los suyos. Luego los hizo entrar en su casa y los reconfortó (Hch 16,29-34). De este modo todo es natural y fácil.
Llegamos ahora al caso de Felipe y el eunuco (Hch 8,26-39), que comúnmente se tiene como el más claro y decisi-vo en fadecisi-vor de la inmersión. El pensatidecisi-vo etíope, leía, du-rante su viaje, aquel bello pasaje de Isaías en que se hace clara y especial mención de Cristo y de su reino: “...como cordero fue llevado al matadero”, etc. (Is 53,7). En ese mismo pasaje se dice: “Él rociará muchas gentes” (Is 52,15 ).8 Parece
ser que Felipe le explicó todo este pasaje, y cuando llega-ron a un lugar donde había agua, el eunuco dijo: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? (...) y descendie-ron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Feli-pe...” ¿Fue sumergido el eunuco?
Quienes responden afirmativamente, tienen que supo-ner dos cosas: que bautizar significa sumergir; y que las preposiciones griegas deben traducirse por en (dentro) y
de (fuera de). La respuesta a estas dos suposiciones ya es
conocida por el lector: bautizar no significa lo que dicen; y las preposiciones se pueden traducir normalmente por
a y de (desde). En este caso pueden significar
simplemen-te eso. Y si se entienden como señalando una entrada real en el agua, y la subsiguiente salida de la misma, no por ello se demuestra la inmersión. Téngase en cuenta que se podían quitar las sandalias fácilmente, y que estaría muy de acuerdo con las costumbres y hábitos orientales que descendieran al agua, y allí Felipe administrara el rito por aspersión o efusión. Por otra parte, es dudoso que en el lugar desierto donde se encontraban hubiera una corrien-te de agua suficiencorrien-te para sumergir al eunuco. No parece que esperaran a obtener ropas bautismales, y no es
bable que el viajero tuviera algunas, o que se sumergiera con lo que llevaba puesto. El pasaje que estaba leyendo en el libro de Isaías, y que indujo a Felipe a hablarle de Cris-to y del bautismo, hace pensar que el modo fue la asper-sión, y no la inmersión: “Él rociará muchas gentes” (Is 52,14).9
Se cree, pues, que éstos son todos los ejemplos de bau-tismos, registrados en el Nuevo Testamento, lo suficiente-mente detallados como para arrojar luz en cuanto al modo de bautizar. Según hemos visto, en todos los casos, a ex-cepción de dos, el único argumento en apoyo de la inmer-sión es la suposición gratuita de que bautizar significa
sumergir. En los otros casos existe la suposición adicional
respecto a las partículas eís y apó traducidas por en y de (fuera de), o bien por a y de (desde). Ésas son las únicas razones por la parte bautista. No es, pues, de extrañar, que el Dr. Carson se sintiera llamado a emprender la titánica obra de dejar sentado un sentido exclusivo y definitivo del vocablo bautizar. Pero si no consigue hacerlo, ya no tiene más que decir. Y si además bautizar es el término que se aplica a la purificación de personas y cosas, la cual se hacía por aspersión o efusión, entonces su causa está totalmen-te perdida. Y lo cierto es que aplicado a esta ordenanza de la iglesia cristiana, significa, en cuanto al modo, lo mismo. Así lo creen más de nueve décimas partes del mundo cris-tiano, entre las cuales, por decir poco, se encuentra igual proporción de la erudición y piedad de esta época. Y sin embargo el resto (menos de una décima parte de la fami-lia de Cristo) dice que no hay bautismo sino por inmer-sión, y nos acusa de ignorancia y de fe insincera, rehusa acercarse con nosotros a la mesa del Señor, y aun llega a
pedir una nueva traducción de la Biblia que se incline más a su favor en esta discusión. Pero hay que decir que en la traducción actual ya se llevan los bautistas la parte del león; porque creemos sinceramente que la traducción de esas partículas (eís, y apó) por en y fuera de, cuando podía ha-ber sido –y creemos que debía haha-ber sido– a y de,10 es la
causa principal de la multiplicación de los inmersionistas. No obstante, dejemos esta cuestión. Estas páginas no se han escrito porque deseemos discutir con los hermanos bautistas. Puesto que creemos que el modo no es esencial para la validez de la ordenanza, podemos reconocerlos -y lo hacemos- como una rama verdadera de la iglesia de Cristo, a pesar de que en esa institución no siguen el modelo pri-mitivo y escritural. Su causa se apoya en márgenes muy estrechos -como son el supuesto significado de un verbo y dos partículas-, mientras que todo lo demás está contra ellos. Si se contentan con ello, así sea; pero que no inten-ten coartar nuestra libertad, o atarnos con cuerdas de arena. Afirmamos que nuestro modo de bautizar es el que ense-ña la Escritura, y también el más edificante; es el modo que se adapta a todas las edades, climas y constituciones físicas. Si tuviéramos las mismas convicciones respecto a la inmersión, lo haríamos así. Pero como no las tenemos, nos sentimos constreñidos a mantener y defender nuestra modalidad.
Se admite universalmente que el bautismo puede ser ad-ministrado con toda propiedad a los creyentes adultos, si es que no han sido bautizados previamente. Como en este punto, pues, no hay opiniones diferentes, no nos entreten-dremos mucho en su discusión. Pero, ¿son los creyentes las únicas personas a quienes se les puede administrar el bautismo? Nuestros hermanos bautistas responden a esta pregunta de modo afirmativo, mientras que nosotros, junto con la mayor parte de la iglesia cristiana, lo hacemos ne-gativamente. Nosotros creemos que los hijos de los creyentes deben ser bautizados, porque forman parte de dicha igle-sia visible. El mismo Señor Jesucristo puso sobre tales padres creyentes la obligación y el privilegio de consagrarle, me-diante esta ordenanza, el fruto de su matrimonio.
sirva para convencer a aquellos que piensan de modo di-ferente al nuestro.
A. Dios incluye a los niños al establecer el pacto
con Su pueblo.
res-pecta a cualquier organización humana, no hay duda que esta afirmación es correcta. Nadie afirmará que una so-ciedad organizada gana o pierde algo porque se modifiquen sus estatutos, excepción hecha de lo expresamente mani-fiesto o necesariamente implicado en tal modificación. Todo lo que no se vea afectado por ésta, permanece como an-tes. Y nosotros mantenemos que esto es cierto también en cuanto a la iglesia. Todos sus derechos, privilegios y obli-gaciones, según aparecen en la antigua dispensación, es-tán aún en vigor si no han sido cancelados por la nueva. Desde el principio, los hijos del pueblo de Dios estaban incluidos en el pacto. Dicho pacto jamás ha sido abrogado. Los niños nunca han sido excluidos. Por tanto, todavía son contados en el mismo, y tienen derecho a recibir su sello. Al llegar a este punto, nos damos cuenta de que todo depende, en lo que a la fuerza de este argumento se refie-re, de la visión que tengamos de la iglesia cristiana. Si ésta es una organización totalmente nueva e independiente, cierto que no veremos relación entre ella y la antigua institución, perdiendo así todo su peso el argumento hasta aquí expuesto. Pero si la contemplamos como una perpetuación de la iglesia original de Dios, bajo una forma algo modificada, enton-ces el argumento es válido e incuestionable. Es imprescindible, por tanto, examinar este punto antes de proseguir.
que la iglesia no es la misma, sino que, se trata de una organización nueva que sucede a la antigua, pero que no la perpetúa. Esta absoluta separación entre lo nuevo y lo antiguo ha sido a veces llevada tan al extremo, que se ha llegado a negar que las Escrituras del Antiguo Testamen-to sean parte de nuestra regla de fe. Puede que contengan -se dice- cosas buenas, verdaderas e incluso provechosas en historia, doctrina y biografía; pero el Nuevo “Testamento es nuestra única regla de fe. No tenemos más relación con el Antiguo Testamento, en cuanto ley, que la que se man-tiene con las viejas constituciones y leyes coloniales, bajo las cuales los antecesores vivieron antes de que su país se convirtiera en un Estado independiente. Ésta parece ser la conclusión que obligadamente se deduce de semejante teoría de la iglesia, conclusión que no deja de herir nues-tra sensibilidad cristiana. No merece la pena discutir esta cuestión; pero, no obstante, será útil prestar atención a algunas de las muchas consideraciones que se encargarán de establecer la identidad de la iglesia en ambas dispen-saciones.
1. Las promesas y las profecías son inmutables.
otra posterior. “El Señor vuestro Dios os levantará profe-ta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis” (Hch 3,22). “Acontecerá en los postreros tiempos, que el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes (...) y correrán a él los pueblos” (Miq 4,1). “Levántate, res-plandece”, -dice el profeta a Sión, como en anticipo de su gloria venidera-; “levántate, resplandece; porque ha veni-do tu luz, y la gloria de Jehová ha naciveni-do sobre ti... Y an-darán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento... Entonces verás, y resplandecerás; se mara-villará y ensanchará tu corazón, porque se haya vuelto a ti la multitud del mar” (Is 60,1.3.5). Citas parecidas a és-tas podrían multiplicarse casi indefinidamente, si fuese necesario. Pero creemos que con las aportadas es suficiente para mostrar que la iglesia de antaño no había de ser sus-tituida, sino ampliada y engrandecida, recibiendo en su seno al mundo gentil. Los judíos piadosos entendieron así es-tos texes-tos, y miraban al porvenir con exultante gozo anti-cipado a su cumplimiento. La iglesia siempre ha conside-rado estas promesas como cumplidas en parte en su pro-pio engrandecimiento, y como apuntando a una bendita herencia que todavía ha de ser recibida.
2. Identidad de la iglesia en ambas dispensaciones.
Jesucristo mismo” (Ef 2,20). Los gentiles son “coherede-ros y miemb“coherede-ros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Ef 3,6). Se dice a los creyentes: “Si vosotros sois de Cristo, cierta-mente linaje de Abraham sois, y herederos según la pro-mesa” (Gál 3,29). Por medio de Cristo, judíos y gentiles tienen entrada por un mismo Espíritu al Padre, y son, por tanto, conciudadanos y miembros de la familia de Dios (Ef 2,18-19). El olivo plantado al principio sigue siendo el mismo. Las viejas y decaídas ramas pueden haberse quebrado, y otras nuevas, del olivo silvestre, haber sido injertadas en él; pero el árbol sigue siendo el mismo. Este ilustrativo argumento del apóstol carece totalmente de sentido y ade-cuación si la iglesia no ha sido preservada. Lo mismo puede decirse del hecho de que Cristo ocupe ahora el trono de David. ¿Dónde estaría la realidad y pertinencia de una declaración semejante, si el trono de David hubiera pere-cido? El Nuevo Testamento, pues, enseña claramente en este punto –la identidad de la iglesia–, lo mismo que las promesas y profecías del Antiguo. Estas consideraciones se ilustran y confirman entre sí, y bastarían por completo para dejar firme nuestra postura, aunque nada más pudié-ramos decir en apoyo de nuestra tesis.
3. Composición de la primitiva iglesia cristiana.
un sucesor que se sentara sobre su trono. El testimonio constante e invariable de los apóstoles es que Sión permanece; que recibe su prometido engrandecimiento; y que ahora está bajo el señorío de Cristo, sentado en el trono de David.
La historia temprana de la iglesia concuerda perfecta-mente con todo esto. ¿Quiénes componían esta iglesia pri-mitiva? Creyentes judíos, incuestionablemente. Conservaban las Escrituras judías; habían recibido al Mesías prometi-do a la iglesia judía; y recababan para sí todas las prome-sas hechas a Sión, como herencia que les correspondía. “Los que son de fe, éstos son hijos de Abraham” (Gál. 3,7). To-dos los apóstoles eran judíos. Durante un tiempo conside-rable no hablaron «a nadie la palabra, sino sólo a los ju-díos» (Hch 11,19). Por indicación divina abrieron la puerta a los gentiles, se introdujeron entre ellos, y les predicaron el evangelio que en otro tiempo fue dado a conocer a Abra-ham. ¿Podemos decir que, por haber recibido a Cristo y predicado Su nombre a otros, se separaron a sí mismos de la iglesia de Dios, y perdieron el derecho que tenían a las promesas? Ciertamente, no. Era esto precisamente lo que los unía a la única y viva iglesia de Dios y los mante-nía en ella. “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente lina-je de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gál 3,29).
4. La identidad de la iglesia, principal razón de la inclu-sión de los niños.
verdade-ro. Pero todos los que le adoran y rinden culto adecuada-mente, en cualquier época, lugar o país, es necesario que tengan la misma religión y pertenezcan a la misma igle-sia; porque ¿qué es la iglesia sino la congregación o com-pañía de quienes rinden culto al verdadero Dios?
El camino de salvación es también el mismo en ambas dispensaciones; a saber, la fe en Jesucristo. “He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella no será avergonzado” (1 Pe 2,6). Éste fue el evangelio con que Dios “dio de antemano la buena nueva a Abraham” (Gál 3,8). Cristo era la gloria, hermo-sura y fortaleza, tanto de la antigua como de la nueva dispensación. Sus tipos, ceremonias y sombras apuntaban a Él, y así lo entendieron los fieles. “Abraham vuestro pa-dre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn 8,56). “Porque bebían de la roca espiritual que los se-guía, y la roca era Cristo” (I Corintios 10,4). Así pues, los creyentes de aquellos tiempos eran tan verdaderamente cris-tianos, aunque no se les llamara por este nombre, como nosotros lo somos hoy día. Por lo tanto, ¿puede decirse que se trata de una nueva o diferente iglesia, viviendo como vive en la fe del mismo Salvador?
Así, en todos los aspectos existe identidad entre ambas dispensaciones: un mismo objeto de culto y adoración; un mismo Mediador entre Dios y los hombres; un mismo Es-píritu de vida y poder; y una misma disposición interna de la que todos participan.
sus padres. No necesitamos, ciertamente, mayor autoridad que ésta, y en estas circunstancias difícilmente podíamos esperarla. Los niños ocupaban su lugar en la iglesia, como las mujeres el suyo en la mesa de comunión, a menos que se les hubiese prohibido. El mismo silencio de la Escritu-ra, pues, es significativo para nuestro modo de pensar y obrar. Si hubiera existido la intención de excluir de la Pascua cristiana a las mujeres, o de abrogar el cuarto mandamiento, ambos puntos hubieran sido mencionados. Puesto que nada se nos dice sobre ellos, y estando clara la práctica de los apóstoles, estas antiguas costumbres permanecen inmutables. De haber existido la intención de privar a los niños de su posición en la iglesia, se habría manifestado. Al no decir-se nada al respecto, permanecen aun en el decir-seno del pacto, y tienen derecho a su sello.
abrogación del ritual mosaico, decretada en un período posterior, no puede causar efecto alguno en el pacto ori-ginal. Un juicio imparcial bastaría para certificarnos esto; pero tenemos además el testimonio de la inspiración, que directamente trata este punto. “El pacto previamente ra-tificado por Dios para con Cristo, la ley, que vino cuatro-cientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa” (Gál 3,17). Los antiguos estatutos permane-cen aún intocados por la ley ceremonial.
como al principio, por más que la ley de Moisés, en lo que se refiere a algunas de sus exigencias, haya sido abrogada. Tal es, pues, el primer argumento, y podríamos decir que el principal, para admitir a los hijos de los creyentes en la iglesia visible. Así fue establecido por mandato divi-no en la organización original de la iglesia en la familia de Abraham. La constitución de la iglesia, en cuanto a esto, jamás ha sido alterada El privilegio de los hijos no ha ce-sado, ni la obligación de los padres ha acabado. La simiente de los justos, pues, aún tiene derecho a ocupar un lugar en el reino visible. La única vía de escape a la fuerza de este argumento, es negar la identidad de la iglesia en am-bas dispensaciones. Pero esto, como ya hemos visto, es in-sostenible. La iglesia de Dios es una –una familia de hi-jos, una hermandad de creyentes– en cualquier época o na-ción, y cualesquiera que hayan podido ser las modificaciones externas introducidas. A menos que los hijos de padres cre-yentes hayan sido excluidos, están aún en el seno de di-cha familia.
Antes de pasar al próximo argumento en favor de nuestra forma de bautismo, proponemos la consideración de dos o tres puntos preliminares, muy apropiados aquí. Es un hecho incuestionable que la iglesia incluía originalmente a los creyentes y su descendencia. El pacto comprendía a ambos, y a ambos también se les aplicaba el sello del mismo. Así pues:
a) Si nuestro Salvador y los apóstoles introdujeron un
men-ción específica al respecto. De otro modo, ¿cómo podría-mos saber sus intenciones? Pero no se hace ni la más leve mención. Por el contrario –como veremos acto seguido– muchas son las indicaciones directamente opuestas, que aparecen como muestra de que el mismo orden ya esta-blecido había de continuar. ¿Es esto posible según la teo-ría de que tanto el Señor como los apóstoles tuvieron la intención de suspender la membresía infantil?
b) Si introdujeron semejante cambio en la constitución
c) Si no había cambio alguno previsto en la
constitu-ción de la iglesia; si los privilegios de los creyentes sobre este particular habían de continuar como hasta entonces, todo cuanto razonablemente deberíamos esperar a modo de norma autoritaria sería, no un mandato expreso por el que se incorporara a la iglesia a los hijos de los creyentes juntamente con sus padres (pues tal mandato era innece-sario, ya que eso era lo que se creía y practicaba), sino una alusión incidental u ocasional a ello como uso o costum-bre en vigor. Y esto es precisamente lo que encontramos, segun procuraremos mostrar. No hay noticia de cambio alguno; no aparece discusión o queja de parte alguna que dé a entender tal cambio, sino varias alusiones y relatos que muestran claramente la continuación del orden esta-blecido.
B. El Nuevo Testamento confirma que los hijos de
los creyentes son miembros de la iglesia.
Utilizaremos ahora algunos de estos testimonios como segundo argumento en favor de nuestra posición.
en que lo hace, la relación del antiguo pacto. Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros... porque el pacto es para vosotros y para vuestros hijos. ¿Es posible que Pedro men-cionara tal inducción si, al creer los padres en Cristo, sus hijos habían de ser excluidos de la iglesia? Creemos que no. Puede ser que el lenguaje que hemos citado no tenga por qué ser considerado como una prueba del bautismo infantil; pero según nuestro mejor entender, es totalmen-te hostil a la idea de que la descendencia de los creyentotalmen-tes goce de una condición menos favorecida en la nueva que en la antigua dispensación. Esto lo decimos basándonos en el supuesto de que el pacto de Dios con su pueblo es inmutable a este respecto. Además, la intimación de Pe-dro aparece casi al principio mismo de la dispensación cristiana, cuando, si había que instituir un orden total-mente nuevo, parecía obligado un mandato muy diferente. En vez de dejar que los padres infiriesen la continuidad del status de sus hijos, debiera habérseles dicho clara-mente que a partir de entonces éstos no recibirían el se-llo del pacto.
cre-yentes”. ¡Sombra de Abraham! Y no obstante admite que “en el pensamiento que el apóstol expresa aquí, reside la plena autorización a la iglesia para instituir el rito del bautismo infantil.” “Lo que pertenece a los hijos de los cris-tianos en virtud de su nacimiento, se les afirma en el bau-tismo, y se les imparte plena y realmente en su confirma-ción o bautismo espiritual.”
Otra alusión, de naturaleza menos definida, la encon-tramos en las familiares palabras de nuestro Salvador: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”, o de los cielos (Lc 18,16). El reino al que el Señor se refiere es la iglesia. Los niños habían sido llevados a ella desde el principio. Si a partir de aque-llos momentos debían ser excluidos, semejante declaración es ciertamente extraña. En vez de una continuidad implí-cita de sus derechos, debíamos haber esperado una explí-cita negación de los mismos. No podemos sino creer que así hubiera sido, si el Señor hubiese tenido la intención de apartarlos de su posición en el pacto. Era ésta una ocasión ciertamente apropiada para la promulgación de un nuevo orden. Sin embargo, tan lejos está Él de proceder así, que antes bien parece sancionar el antiguo uso. Ésta es la for-ma en que los creyentes han entendido generalmente Sus palabras, y con gozo le han consagrado el fruto de su ma-trimonio, con la dulce confianza de que serán guardados como corderos de Su rebaño, y recibidos finalmente en el reino celestial. ¿Han estado alimentando, quizás, una fal-sa ilusión?
los hijos de los creyentes están incluidos en el pacto, y tienen derecho a su sello. El Señor Jesús dice que pertenecen al reino. El apóstol Pedro afirma que la promesa los inclu-ye. Y en un caso en que los creyentes no sabían qué pen-sar o hacer, reciben instrucciones que reconocen la posi-ción de los hijos. Creemos que estas alusiones, a falta de otras que las contradigan, y en relación con la antigua práctica de la iglesia, deben pesar en la decisión de este asunto. Nos parece inconcebible que se hayan dado estas ratificacio-nes, si nunca más había de admitirse a la simiente de los justos en el reino visible. El tercero de nuestros argumen-tos, que exponemos a continuación, refuerza grandemen-te lo que creemos.
C. La práctica de la iglesia primitiva.
es casi imposible de creer. Y si los había, fueron bautiza-dos juntamente con sus padres.
Es digna de destacar también la forma en que se men-ciona el bautismo de una de estas familias, pues parece indicar una costumbre prevaleciente: “Y cuando fue bautizada, y su familia...” (Hch 16,15), como si el bautismo de la fami-lia fuese tan obligado o natural como el del padre o cabe-za de la casa. Este detalle es muy significativo también, cuando recordamos que, en la antigua dispensación, siempre que un padre prosélito, por ejemplo, profesaba la verda-dera religión, la ordenanza iniciatoria, o sea, la circunci-sión, se aplicaba a su familia al mismo tiempo que a él. Tanto él como los suyos eran circuncidados, y consagra-dos así públicamente a Dios por el sello de su pacto. La alusión a esta ceremonia debió de ser muy natural en un lenguaje como el que se emplea aquí referente a Lidia. Se circuncidaba a uno y a su familia, y se bautizaba a uno y a su familia; lo segundo tan natural y subsiguiente a la conversión como lo primero. Nada podía ser más natural y sin artificio que esta alusión. La evidencia que así nos llega es algo menos sólida y satisfactoria que si se nos hubiera afirmado directamente que, a tenor del pacto y la prácti-ca común de los apóstoles, ella y los suyos fueron recibi-dos en la iglesia por la misma ordenanza, sobre la base de la fe individual de Lidia. Éste y los demás casos mencio-nados deben ser considerados solamente como muestra de lo que era común en aquel tiempo. La simple alusión pa-sajera a ellos es inexplicable en cualquier otra teoría.
lectores sólo el enfoque bíblico del tema, que toda perso-na capaz de razoperso-nar puede comprender y apreciar. Si se acepta eso, nada más es necesario. Y si hemos fallado en eso, no deseamos que nos apoye la historia no inspirada. Las principales proposiciones que hemos asumido son, en primer lugar, que los hijos de los creyentes estaban incluidos en el pacto, que pertenecían a la iglesia, y que, en la orga-nización original de la familia de Dios (cuya composición no ha sido abrogada y es todavía la norma de la iglesia), recibían la señal de iniciación. Por tanto, están aún incluidos en el pacto, y naturalmente les pertenece aún el rito de iniciación. Si alguien los deja fuera, debe explicar en qué mandamiento se basa para excluirlos, y esto en modo al-guno puede hacerlo. Pero, en segundo lugar, en vez de aguardar a que se nos demuestre la exclusión, hemos mos-trado ya, por nuestra parte, que diversas declaraciones implican muy claramente la continuidad de tal costumbre en la era del evangelio. Por consiguiente, en tercer y últi-mo lugar, la práctica de la iglesia parece haberse fundado en ello.
lo contradiga, refuerza de modo adicional la primera con-clusión. Y por último, para completar la demostración, hemos probado que la práctica de los apóstoles, así como sus ins-trucciones didácticas, son también favorables al bautismo infantil. En aquellos días, los padres creyentes presenta-ban a sus hijos para que recibieran esta ordenanza tan naturalmente como se presentaban ellos mismos. ¿Quié-nes somos nosotros, pues, para impedir que otro tanto se haga hoy día? Creemos que el privilegio y la obligación están apenas menos claros que lo estuvieron respecto a la cir-cuncisión.
sistema transitorio, con un propósito específico, estatui-do mucho después de que la iglesia existiera, y concluiestatui-do sin que afecte al pacto.
a su vez, a tener en poco el gran bien que les reporta, y sus propias obligaciones. ¿Cuál sería el resultado si des-apareciera de la iglesia?
BAUTISMO DE NIÑOS
Hemos dicho ya que los hijos de padres creyentes deben ser admitidos en la iglesia visible por medio del bautismo. Son santos; es decir, consagrados a Dios, no simplemente por el acto formal del padre, que los consagra a Él, sino en virtud del pacto de Dios con su pueblo, por el cual los incorpora a su reino visible, con vistas a su preparación para el reino eterno y espiritual; de igual modo que en todos los gobiernos humanos los hijos quedan adscritos al Es-tado en razón de su relación con los padres, y están bajo las leyes del mismo en espera de la ciudadanía plena, cuando alcancen las condiciones debidas. Por su constitución original e inalterada, el reino visible de Dios es un organismo tal, que incluye dentro de sus términos a los creyentes y a su simiente. A consecuencia de esta disposición divina, el sello del pacto se les aplicó a ambos en los días de Abraham, y desde entonces se ha hecho siempre así, tanto en una dispensación como en la otra.
Sin repetir los argumentos aducidos anteriormente, queremos ahora presentar las aplicaciones prácticas de este importante tema. No somos pragmáticos. En el sistema teológico y filosófico que sustentamos, la utilidad no es el
fundamento ni la medida de la virtud. Y sin embargo,