La importancia de Colombia para los planes imperiales radica en la espacialidad y las características de su territorio. Espacialidad y territorio son categorías poco vinculadas a los análisis de los marxistas del siglo pasado. En ello influye el hecho de que esos análisis se desarrollaron en un contexto de fortalecimiento de los Estados nacionales; pero el avance hacia una nueva división internacional del trabajo por la vía de las políticas neoliberales, hizo que las estrategias neocoloniales de dominación le devolvieran importancia a la espacialidad geográfica, y que le agregaran al concepto de territorio nuevas variables económicas, políticas, sociológicas, antropológicas y ambientales. Si antes la espacialidad la definía la geopolítica y la guerra, a esos elementos definitorios hoy se le agrega (o en ellos se retoma) la ubicación geográfica en relación con las estrategias globales de transporte de energéticos y materias primas de Sur a Norte –determinantes en la competencia intercapitalista–
Colombia: laboratorio de contradicciones antagónicas
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69 y la ofensiva global de la República Popular China por asegurarse para el futuro esos mercados. Y, si el territorio antes se definía por la propiedad de la tierra y su renta, a esa definición se le agregan nuevas rentas, como la de los energéticos, la biodiversidad, el agua, los saberes ancestrales y las resistencias abiertas o silenciosas.Colombia es hoy un área estratégica para el tránsito de los productos naturales objeto de renta por su escasez, en particular, los energéticos de Venezuela, y la electricidad producida en el resto del sur del continente. Su papel equivale al de Afganistán, por cuyo territorio se realiza el transporte de los energéticos de Irak, pero en aquel caso es Israel el país que «debe armarse» para asegurar el control político de la región. Colombia cumple a cabalidad la primera de estas funciones, hasta el punto de que fue anexada al Plan Puebla-Panamá para el transporte de energéticos del Sur al Norte y hacia el Pacífico, pero tiene dificultades internas y externas para desempeñar el papel que el imperialismo norteamericano le asigna de portavoz agresivo contra el proceso transformador latinoamericano, y contra el venezolano en particular. Esta contradicción se explica, en primer lugar, por las condiciones del sistema-mundo en que vivimos, donde el mercado global determina sobre los procesos nacionales y los penetra, por múltiples vías, como parte de su desarrollo sistémico. Eso es algo de lo cual incluso la propia Venezuela no puede excluirse totalmente, sino lo compensa al destinar los acumulados realizados en ese mercado al apoyo de procesos antimperialistas, y a nuevas formas de integración y resistencia. Pero, lo que es parte de la esencia del mercado capitalista se invierte cuando se trata de procesos sociales y políticos, que van de lo local y lo nacional, hacia lo global, por lo que necesitan construir legitimidades internas previas, que dependen del desarrollo de la lucha de clases en todas sus formas actuales. Mientras esos procesos locales y nacionales se encuentren poco articulados con los procesos de resistencias críticas y transformadoras que recorren el continente, más fácil será doblegarlos mediante su encerramiento en lo particular de sus diferencias.
Lo que posiciona a Colombia en el mercado, además de su espacialidad, son las rentas potenciales de su territorio. Como analiza el mexicano Andrés Barreda, Colombia es la mayor productora de agua no explotada en el mundo, y la base del banco genético más valioso de la humanidad, ubicado en el Chocó biogeográfico, fuente invaluable de materias primas para la nueva revolución bio y nano tecnológica, que se encuentra en un estado avanzado de experimentación por parte del gobierno de los Estados Unidos y empresas como Microsoft e IBM. Adicionalmente, ese país es el productor del 50% de la cocaína que consume el mercado mundial, cuyo principal destino son los Estados Unidos, lo cual genera una relación de interdependencia política, económica y militar que no se registra en la economía y en las guerras formales, sino en las clandestinas y mafiosas.
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Contexto LatinoamericanoLo peculiar de la territorialidad de Colombia va unido, en lo político, a la existencia de una clase dirigente que ahogó mediante la violencia los distintos intentos de realizar reformas agrarias, y que, con el asesinato de la oposición, aplastó la opción de desarrollo industrial y agrario democrático y soberano, en uno de los países del mundo con mayores porcentajes de utilidades para el capital financiero y con más alta concentración de la riqueza, según el índice de Gini. Ello explica la persistencia del último gran movimiento insurgente del continente y, posiblemente, del mundo. Esta precariedad genera un proceso permanente de resistencias fragmentadas pero dirigidas a problemas concretos, que mantiene a la nación al borde de la ingobernabilidad, y donde la tendencia a unir la visión del territorio con las opciones políticas revolucionarias y de izquierda, se convierte en el principal objeto de la brutal represión del régimen.
La creciente incertidumbre social sobre el futuro, acompañada por la presión generada por la paramilitarización del país, es la que explica que Uribe triunfe nuevamente, cabalgando sobre fraudes y miedos, pero esa es también la fuente de la fragilidad que no le permite apostar a aventuras militares externas, que aumentarían la inseguridad interna. Uribe es un preso de su apuesta a la «seguridad democrática», basada en el miedo y en la satanización terrorista del conflicto interno como causa de todos los males sociales que aquejan al país, pero está comprometido a cumplir su promesa de hacer un segundo mandato «más social que guerrero», y las aventuras militares externas, con todos sus costos, no pueden presentarse como necesarias y legítimas, en particular, de cara al enfrentamiento a las consecuencias del Tratado de Libre Comercio (TLC) ya firmado con los Estados Unidos. El pueblo colombiano se encuentra mucho más empobrecido que hace cuatro años, y está ansioso de paz con justicia social, como lo demuestran, no solo la intensidad de sus luchas, sino también las encuestas de opinión.