3. MARCO TEÓRICO
3.6 LA LABOR TERAPÉUTICA: FUNCIONES Y CUALIDADES DEL OBJETO
Según Muñoz (2011) el lugar del terapeuta es como observador participante mientras el paciente es un actor. Pero el terapeuta cuenta con unos instrumentos de
funcionamiento mental inconsciente que le permiten observar la expresión verbal, los gestos, comportamientos, pensamientos y sentimientos como funciones, apariencias, que pueden ser rastreadas hasta encontrar conglomerados de factores interrelacionados, que son entidades estructurales que se pueden deducir, nombrar y significar. Esta es la tarea principal del terapeuta pero para poder llegar a ella Muñoz plantean por lo menos cuatro funciones específicas por parte del terapeuta.
La función de PS-D permite llegar a conjunciones a partir de la expresión de partículas desintegradas. Puede encontrar objetos totales y darles significado. Esto se posibilita porque puede contener la desintegración y aglutinarla de forma tal que crea continentes y contenidos, nominando y dando significado al material que tiene en frente (Muñoz; 2011).
El paso de la desintegración a la integración requiere de tolerancia a la frustración, incertidumbre, confusión, desintegración y el dolor mental por parte del terapeuta, quien poco a poco va encontrando y reuniendo los elementos para hacerlos coherentes. Esta función le ayudará al paciente a crear un propia contención sin tener que evacuar indiscriminadamente su dolor; le ayudará a esperar hasta poder reunir sus propios elementos y encontrar un sentido (Muñoz; 2011).
Por otro lado tiene un bagaje teórico que debe ser mantenido tras bambalinas y que sólo adquiere un sentido en relación a la expresión particular de cada uno de los pacientes. Este debe ser parte de las preconcepciones del analista ante las que encontrará conjunciones poco a poco, de acuerdo a su funcionamiento de mecanismos PS- D y continente- contenido. Cuando se reúnen esta información teórica y lo observado en el paciente y adquieren un sentido mutuo, se acude a la interpretación o a simples
comentarios como intento de dar a conocer al paciente partes desconocidas de su mente y de la conformación de su funcionamiento psíquico. El terapeuta actúa entonces como integrador, creador de unidades totales, y generador de elementos alfa. Este funcionar del analista, como mecanismo prestado al paciente, le permitirá crear sus propios mecanismos (Muñoz; 2011).
Para Green, según Urribarri en André Green. El pensamiento clínico: contemporáneo, complejo, terciario (2012), el espacio terapéutico se constituye como un espacio transicional (en términos de Winnicott: entre la realidad psíquica y lo social), en el que se favorece el encuentro de la psique del terapeuta y la del paciente . Esta conjunción se establece como un tercero, esta por fuera de cada uno de los miembros de la pareja terapéutica y entre los dos y se configura en la comunicación analítica. Es como crear un mundo nuevo entre los dos, terapeuta y paciente, alimentado por el mundo de cada uno.
Esta terceridad (el mundo nuevo entre los dos) se permite por el encuadre, que va mas allá de la mera situación material y “se concibe como una función instituyente del encuentro y del proceso analítico (…) El encuadre delimita el espacio potencial que hace posible la comunicación analítica” (Urribarri, 2012, p. 162).
Según Green en El pensamiento clínico (2010) el encuadre está conformado por dos matrices, una activa que se constituye en la dialógica, que implica la asociación libre del paciente articulada con la escucha flotante y neutralidad del analista. Forma el núcleo de la acción analítica en la pareja analítica y es independiente de la formas de trabajo. Y hay otra matriz variable que se refiere a disposiciones materiales, secundarias como la frecuencia, la posición del paciente y diversos aspectos del contrato analítico. Para Green el pensar psicoanalítico puede aplicarse aún habiendo variaciones en el encuadre, en este
caso la psicoterapia psicoanalítica o el trabajo cara a cara también constituyen espacios importantes donde se puede sostener un carácter psicoanalítico.
El encuadre para Green puede ser variable y diverso, pero se mantiene integrado y constante de acuerdo al encuadre interno del analista, lo que corresponde con su pensamiento clínico que constan de unas funciones, dimensiones y operaciones heterogéneas (escucha, figurabilidad, imaginación, elaboración de la contratransferencia, memoria preconciente del proceso, historización, construcción, interpretación entre otros). Este trabajo psíquico del analista es un proceso transicional interno sobre el que se fundan la creatividad del analista, lo que contribuirá a la creación del espacio potencial. Tanto en el psicoanálisis como en la psicoterapia el objetivo de reconocimiento y metabolización de lo inconsciente es similar: que se constituya un encuadre interno en el que se favorezca una matriz reflexiva, construida a partir de lo intrapsíquico y dialógico (Urribarri, 2014).
El encuadre además favorece la transferencia y la contratransferencia, ya que es un espacio de conjunción en el que se entrecruzan diversas lógicas que pueden llegar a ser descifradas a través de la escucha: la lógica de la unidad, del par, de lo transicional, de lo triangular y otros, un mundo intrapsíquico polifónico (Urribarri, 2014).
Esta polifonía, según Green en La nueva clínica psicoanalítico y la teoría de Freud (2001) se vivencia en la contratransferencia, en la que Green privilegia el afecto que pueda sentir el terapeuta porque puede utilizarlo como una forma de conocimiento (siento que/ pienso que) para devolverlo al paciente en interpretaciones verbales y representaciones. El afecto es una de las partes de la polifonía, que debe ser escuchado.
La escucha según Green (2001) consiste en varias funciones (que serán especificadas más adelante) y para poder generarse una escucha se privilegia la función
del silencio como espacio en el que se experimenta el discurso del otro. Es el espacio potencial donde se crean los nexos entre significantes, se forman las asociaciones del oyente como en el trabajo del sueño se reunen fragmentos figurados, es tiempo de la elaboración y formación para formulación interpretativa, y donde se visualiza lo latente por fuera de las apariencia, lo manifiesto. Según Green “El silencio es propicio para la elaboración y revela las máscaras del discursos. Este desenmascaramiento silencioso opera en el afecto del analista, disarmónico respecto de los mensajes del discurso (…) El analista se rehúsa a percibir lo manifiesto, absorbiéndose en los espaciamientos para hacer emerger la representación psíquica” ( Green, 2001, p. 154)
De acuerdo con la polisemia del encuadre y para poder escuchar los múltiples escenarios la posición del analista puede ser también múltiple y variable, debe jugar, no debería ser predeterminada ni fija: no como padre edípico ni como madre continente. Son muchos los escenarios desplegados en la singularidad del campo analítico, el inconsciente habla de diferentes maneras y a partir de múltiples rostros (Urribarri, 2012).
Lo anterior implica un paso de la vivencia del encuentro psicoanalítico del <<aquí- ahora- conmigo>> a un <<allí- entonces- con otro>>. Implica un paso de la sistemática interpretación de la transferencia, a la interpretación en la transferencia. Redefinida la escucha es más amplia la contratransferencia se torna mucho más amplia complejizando la labor del analísta, “va mas allá de la elaboración y el uso de la misma” (Urribarri, 2012, p. 165).
Green en su articulo Desmembramiento de la contratransferencia: lo que hemos ganado y perdido con la extensión de la contratransferencia (2001) diferencia tres dimensiones de la contratransferencia, que pueden ser puestas en juego durante el
encuentro: el conjunto anteanalítico, contratransferencia a la obra y acoplamiento a la transferencia o contratransferencia engranada. El conjunto anteanalítico se relaciona con la posición analítica que antecede y da espacio a la expresión de la transferencia del paciente y a la propia predisposición para reconocer y procesar la propia contratransferencia; es como una posición anterior y que sirve de base para la contratransferencia por venir; es una disposición latente. La contratransferencia a la obra es aquella puesta en marcha, inherente al trabajo: se materializa en la relación singular y sorprende las expectativas del analista. Implica una exigencia psíquica para el terapéuta en la que se debe analizar la transferencia del paciente y su eco en el analista. Es en este momento donde se observan los procesos terciarios por el doble registro intrapsiquico e intersubjetivo. El acoplamiento a la transferencia o contratransferencia engranada implica una parálisis del pensamiento clínico, atrapado en un estado hipnótico de fascinación mutua en la que se responde a la transferencia. El trapeuta se engancha en la dinámica de relación que le propone el paciente y pierde la capacidad de pensamiento terciario, clínico.
Otro elemento que cobra importancia para Green es el preconsciente del analista en donde se funda la comprensión y la creatividad. El encuadre interno del analista es su matriz representativa preconsciente, en donde se vinculan la resonancia inconsciente con elementos que permitan figurabilidad, significación y acceso al lenguaje. Para ello se tienen memorias del proceso, hechos, personajes y materiales latentes:
¿en qué consiste la escucha del analista? En primer lugar en comprender el sentido manifiesto de lo que se dice, condición necesaria para todo lo que sigue; después, y es la etapa fundamental, en imaginizar el discurso, es decir no solamente imaginarlo, sino incluir en él la dimensión imaginaria construyendo de otro modo lo implicito de ese discurso en la puesta en escena del entendimiento. La etapa siguiente (delirará) o desligará la secuencia lineal de esta cadena, evocará otros momentos de sesión: recientes unos (acaso de la última sesión), menos recientes otros (aparecidos hace
algunos meses) y, en fin, mucho más antiguos otros (por ejemplo un sueño del comienzo del analisis) […] el analista tiene la tarea de ser el archivista de la historia del análisis y de buscar en los registros de su memoria preconsciente para lo cual convocará sus asociaciones en todo momento. He ahí el fondo sobre el cual se desarrolla la capacidad de ensoñación del analista. Esta cobra cuerpo en la última etapa, la de religazón, que se efectuará seleccionando y recombinando los elementos así espigados para dar nacimiento a la fantasía contratransferencial que va al encuentro de la fantasía transferencial del paciente (Green, 1986 citado en Urribarri, 2012).
Y si se pregunta ¿cómo funciona la mente del analista contemporaneo? Urribarri (2012), basado en la propuesta de Green, dice:
Nuestra respuesta puso en relación la noción de pensamiento clínico con la de pensamiento terciario. Recapitulemos algunas de las ideas con las que hemos definido el modelo clínico contemporáneo como terciario: El objeto analítico, objeto tercero formado por la relación analítica. El encuadre, elemento tercero, de estatuto transicional. El trípode del proceso analítico: transferencia/ contratransferencia/encuadre. El encuadre interno del analista, garante de la terceridad, cuando el campo analítico tiende hacia una dinámica dual, bidimensional. El trabajo psíquico del analista, eje conceptual terciario que incluye la atención flotante (perspectiva intrapsíquica, análisis de contenido) y la contratransferencia (perspectiva intersubjetiva, análisis de la relación y del continente) subordinándolas a una más amplia y compleja gama de operaciones en la que se destaca la imaginación (la creatividad) psicoanalítica. Los procesos terciarios, núcleo del trabajo psíquico del analista, de su pensamiento clínico (p. 170)
La investigación de la práctica contemporánea, en el pensamiento clínico de Green, está definida por su exploración de los límites de la analizabilidad, por esto se considera pertinente para el trabajo con personas con discapacidad.