Las negociaciones convenidas en el acta de Montevideo el 8 de enero de 1979, a través de la mediación del Vaticano que impidieron el inicio de la guerra, se iniciarían dos meses después, aunque se mantuvieron estancadas durante dos años. En consecuencia, recién a fines de 1980 el Papa envió una poco realista propuesta, a través del cardenal Samoré, postulando una sobe- ranía compartida que quebraba el principio bioceánico defendido a rajatabla por los militares y sectores nacionalistas argentinos. En verdad, este conflicto se había convertido en un verdadero tema de disputa en la interna militar, por lo cual Videla dilató su respuesta y recién a principios de 1981 rechazó la proposición. Este periodo se caracterizó por la profundización de la crisis del régimen al no encontrar una salida política y atravesar una situación económica muy grave, y su consiguiente deslegitimación y agotamiento.
El posicionamiento de los medios analizados no presenta rupturas en relación con lo expuesto previamente, aunque precisaremos algunos matices. Dentro del grupo de los “no socios”, destacaremos que El Día sostuvo la estrategia del silencio editorial, ya que sólo jerarquizó este tema en una ocasión, al cumplirse un año de la aceptación de la intervención papal. Con un estilo apologético, encomiaba al mediador, como todos los diarios analizados, y a la gestión argentina, con el fin de desacreditar dichos de la cancillería chilena que señalaban la “irrevocabilidad” del fallo. En este caso, el enunciado continuó la construcción de “otro” a través de los pares opuestos (“manifestaciones inoportunas, perturbadoras y sobre todo soberbias, amén de agraviantes para nuestro país que aceptó oficios de tan excelsa jerarquía, y desde ya para esta misma, cuya misión se pretende
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gratuitamente limitar”) para recordar admonitoriamente a sus lectores que la intención de acatar la decisión del mediador no era óbice para aceptar “despojos, fallos insanamente nulos, tribunales viciados de subjetividad o reivindicaciones fantasiosas” (El Día, 12/12/1979).
Por su parte, el Herald dedicó al conflicto una veintena de notas pre- dominantemente explicativas y admonitorias manteniéndolo de este modo en su agenda al igual que su demanda para una resolución pacífica. Por cierto, la reflexión más frecuente en sus enunciados fue la advertencia a sus alocutarios de que no obstante las gestiones de paz encabezadas por el Vaticano existía un virtual horizonte de guerra que también era expuesto en los títulos de algunas notas editoriales, por caso: “¿Quién quiere la guerra?” (Herald, 10/6/1980); “Todavía se escucha el tic-tac” (Herald, 30/8/1980); “El peligro persiste” (Herald, 3/10/1980); “Danzas guerreras” (Herald, 12/2/1981). En consecuencia, aseveraba que si hubiese real vocación de paz ya se habría alcanzado un acuerdo; en virtud de que “las guerras no son nunca inevitables. Se desencadenan porque elementos de una o de ambas partes implicadas se convencen de que pueden conseguir lo que quieren y crear nuevas oportunidades de engrandecimiento futuro recurriendo a la fuerza bruta” (Herald, 10/6/1980). Partiendo de esa premisa, criticaba a la dictadura por haber rechazado el embargo cerealero a la Unión Soviética impulsado por EE.UU. en 1980, ya que a su entender consistía en una “estrategia de provocación” que boicoteaba un posible acuerdo (Herald, 16/1/1980). Siguiendo la argumentación favorable a la negociación, en ocasiones apelaba al discurso de la seguridad nacional, al poner por delante la posibilidad de una expansión comunista alentada por la URSS “es posible que, en el contexto latinoamericano, la Argentina y Chile tengan intereses encontrados. Pero en el contexto mundial comparten más intereses comu- nes” (Herald, 22/5/1981).
En otras ocasiones refería a la lentitud de las gestiones del mediador (marchaban a “paso de tortuga”) y a los peligros que implicaba. Asimismo, advertía que al finalizar las negociaciones uno de los dos contendientes resultaría “vencedor”, y aun así esa solución sería siempre mejor que la op- ción bélica (Herald, 9/11/1980). La continuidad del conflicto además tenía para el matutino otras consecuencias: amenazaba el futuro democrático en ambos países y la vigencia de gobiernos autoritarios facilitaría las presio- nes externas favorables a la guerra, refiriéndose a los traficantes de armas (Herald, 12/2/1981). El Herald fue el único medio que editorializó sobre la propuesta del almirante Omar Graffigna de convocar a un plebiscito sobre
el tema Beagle, tras el rechazo oficial a la propuesta vaticana. Entonces apeló a un discurso crítico al considerar que la consulta representaría la aceptación del fracaso militar y el político al haberse arrogado la única autoridad para resolver esa cuestión. Además objetaba que se depositaría en el pueblo una responsabilidad extrema cuando carecía de un elemento sustantivo para su participación: la información; y, en caso de concretarse, tomaría una decisión basada en aspectos emotivos y por ello peligrosa (He-
rald, 1/3/1981). Finalmente, cuando el general Leopoldo Galtieri asumió
la presidencia del país, resaltó la activación de la intervención Argentina en relación con el gobierno chileno y el Vaticano y las declaraciones del dictador al respecto: “la absoluta confianza de la Argentina en la Santa Sede” (Herald, 31/1/1982).
En tanto, los demás “no socios” y “socios” continuaban postulando la necesidad de la negociación y búsqueda de una solución pacífica, pero sin aceptar una mutilación territorial, lo cual complicaba la rápida resolución del diferendo. La Prensa, en la veintena de notas de carácter crítico sobre el tema, sumó el tratamiento sobre las interferencias de los chilenos en aguas jurisdiccionales argentinas y sus “vinculaciones comerciales” con los ingleses (La Prensa, 28/4/1980 y 13/2/1981), indicando que dificultaban los posibles acuerdos. Con el Herald acordaban en que ciertas medidas oficiales ponían en peligro un posible arreglo, pero mientras el matutino angloparlante le reclamaba por ello al gobierno argentino, La Prensa inculpaba a los chilenos. En ese sentido, también denunciaba las provocaciones de la prensa trasan- dina que acusaba a nuestro país de concretar una “campaña belicista” (La
Prensa, 18/10/1980), lo cual resultó ser cierto. Además sostenía las mismas
demandas que expusiera en los años previos –la falta de información oficial durante las negociaciones y sobre los términos del acuerdo acerca de la me- diación papal que llegó en enero de 1981 (La Prensa, 30/10/1980; 28/1, 22/6 y 18/11/1981)–, con argumentaciones usuales en su enunciado editorial: el principio de publicidad de actos de gobierno de la república como principal condición de la democracia.
La posibilidad de una guerra ante la continuidad de la escalada militar y agresiones sufridas entre argentinos y chilenos, sin embargo, no hicieron mella en el matutino. Resulta sugestivo leer una nota que podría confundir a un lector desprevenido cuando advertía a mediados de 1980:
La guerra o la paz debe hacer meditar a todos, a ambos lados de los Andes, sobre lo que aquélla entraña, aunque termine con una
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victoria, y lo que apareja la paz, aunque ésta exija sacrificios (...) Si algo puede por eso recomendarse a los dos gobiernos involucrados es que acepten el consejo del mediador en la seguridad de que nada inmoral o inaceptable para la dignidad de las dos naciones será propuesto (La Prensa, 15/6/1980).
Sin embargo, no se entiende cuál es la idea de sacrificio del matutino cuando alertaba a sus lectores sobre los posibles riesgos de la aceptación de la propuesta papal, desconocida para la opinión pública:
El gobierno chileno ha expresado categóricamente su conformi- dad sustancial con la propuesta papal, y nuestro gobierno sigue sin resolver o, al menos, sin informar nada a la ciudadanía. Hay algunos aspectos de esa propuesta que desconciertan y conmueven a la opinión pública y ellos se relacionan, por un lado, con las islas cuestionadas y el canal Beagle y, por el otro, con la presencia de Chile en el océano Atlántico, simbolizada en la particular situación en que quedaría la isla del Cabo de Hornos, que tradicionalmente se consideró como el límite indiscutido entre los dos países (La
Prensa, 28/1/1981).
Así, las notas publicadas en 1981 reafirmaron la construcción dis- cursiva del “otro enemigo”, al tiempo que demandaban la necesidad de reactivar la diplomacia para que este proceso de paz “no naufrague en un paralizante marasmo” (La Prensa, 22/6/1981). La dilación de la respuesta argentina también mereció una nota crítica que advertía al mismo tiempo la necesidad de cuidar la imagen del país en el plano internacional (La
Prensa, 18/11/1981).
El exacerbado chauvinismo de los enunciados de La Prensa, Clarín y
La Nación encontraba especial justificación por muchas de las decisiones
diplomáticas y militares adoptadas por el gobierno de facto chileno. Clarín –que jerarquizó en escasas ocasiones el tema al dedicar sólo seis editoriales en los dos años, uno solo en 1981– también aseveraba, al igual que el Herald, la necesidad de tomar medidas alejadas de “emociones adventicias”, pero presentaba un agregado que lo oponía radicalmente al medio inglés al sugerir que la resolución debía estar “fundada en ese acendrado patriotismo que en el pasado sostuvo la causa de la liberación” (Clarín, 18/5/1980) y en “solu- ciones que respeten la integridad territorial de los dos países como ámbito
natural para el ejercicio de sus respectivas soberanías” (Clarín, 16/12/1979); por lo que criticaba las posiciones favorables al “guerrerismo” y al “belicis- mo”. Ante la propuesta papal, además de solicitar menos enfáticamente que
La Prensa que se otorgue información oficial (“que se levantara la cláusula
de reserva sobre el tema”), exponía una serie de razones que contrariaban las posiciones de fuerza requiriendo a las autoridades no dejarse llevar por la “impaciencia”. Las sugerencias que explicitaba eran: tomar una decisión en base al realismo político, considerando que el escenario internacional era adverso a los conflictos, y atender la parálisis productiva del país (Clarín, 1/3/1981).
Similar jerarquización sostuvo La Nación, que destinó una docena de editoriales a través de un discurso explicativo y admonitorio para analizar el proceso de mediación papal, acción siempre destacada con estilo apologético. Concordaba con La Prensa y Clarín acerca de la escasa información oficial, tema que al igual que su “socio” exponía con enunciados menos explícitos que La Prensa –“la cuestión austral está adoleciendo ante la opinión pública del esclarecimiento adecuado”– (La Nación, 8/2/1981) y similares argu- mentos antibélicos que continuaban construyendo un sentido negativo del “otro” y uno favorable a la defensa intransigente de la soberanía territorial. Así, luego de producirse la convocatoria a las partes desde el acuerdo de mediación firmado en enero de 1980, afirmaba: “condice con la alta misión pontificia de tutelar el bien supremo de la paz, lo cual no excluye la firme defensa de derechos soberanos irrenunciables” (La Nación, 16/11/1980). En tanto, coincidía con el Herald en el diagnóstico y en las acciones a seguir, ya que ambos se alarmaban por la lentitud de las negociaciones (aunque
La Nación aclaraba que, por su tenor, carecían de un plazo determinado)
y alentaban la reactivación de las tratativas promovidas desde la asunción de Galtieri. Es decir, el matutino en toda la etapa alegó la necesidad de encontrar una solución pacífica, pero sin renunciar a los derechos sobera- nos. Finalmente, apeló al mismo tono ante el rechazo oficial a la solución emitida por el Papa, advirtiendo que resultaría importante continuar con las negociaciones y reconocer la mediación además de que “la Nación y el Gobierno hallen los ecos propicios para alentar la empresa de recuperar el tiempo y el rumbo certero que se hubieran perdido hasta ahora” (La Nación, 24/1/1982).
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