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LA LEYENDA DEL OMBU

In document poemas1 (página 77-80)

Dios repartía sus dones a los árboles y estos elegían los atributos de belleza que deseaban. Yo quiero ser fuerte dijo el "pardillo".

Y Dios lo hizo más duro que la piedra.

Mi ideal es ser saludable dijo el "semeruco" y Dios lo complació. Al "trigo" le concedió Dios la flexibilidad del verso.

El "laurel" reclamó hojas oscuras y lustrosas. El "naranjo" pidió frutos dulces.

El "cactus" pidió nudos y espinas y flores de colores vivos. Al "sauce llorón" le otorgó Dios la poesía.

El "limonero" reclamó uñas y frutos dorados... Cuando le tocó el turno al "OMBU", Dios le preguntó: ¿Qué quieres ser tú?

Y él le respondió:

Sombra para el descanso de los hombres.

Todos tienen sombra le dijo Dios ¿Qué más quieres?

Corpulencia para ser índice en la vastedad de la llanura, para que cuando me miren sientan la emoción del hogar. Quiero que mi leña sea débil, esponjosa y frágil; que no resista ni un clavo ni un ensamblaje, que se quiebre a la menor presión.

Que se vuelva polvo al contacto del sol y de la luna.

Dios se quedó extrañado con los deseos del ombú y le preguntó: ¿Por qué no pides flores coloridas y sabrosos frutos?

¿Por qué no quieres una madera fuerte para fabricar la cuna del niño, el barco para el viaje, el ataúd para el descanso último?

Padre, sé que una vez vino al mundo un Hombre Bueno que predicaba el amor, la justicia y el bien.

Los otros hombres lo persiguieron, condenaron y sacrificaron en una cruz, hecha con el dolor de algún hermano árbol.

Aún existen soñadores en la tierra.

Déjame contento concediéndome lo que te pido, tendré la oportunidad de tener paz en mi conciencia pensando que nunca contribuiré al crimen de un justo.

En medio de la diversidad, elegimos lo que queremos ser. La diversidad es riqueza.

Vive e invita a vivir respetando y asumiendo las diferencias sin convertirlas nunca en desigualdades. Descubre y ayuda a descubrir el valor de la fragilidad, de la delicadeza, de la sencillez.

Lo importante es que cada uno viva su ser a plenitud.

Si no puedes ser pino en la cumbre de una colina, sé arbusto en el valle, pero sé el mejor arbusto al margen de la acequia.

Sé ramo si no puedes ser árbol, y si no puedes ser ramo, sé un poco de grama y pinta de belleza y alegría algún camino.

Si no puedes ser carretera, sé sendero. Si no puedes ser sol, sé una estrella.

"Lo importante no es el tamaño, la fuerza, el brillo, sino la forma de vivir lo que UNO ES ".

COMPARTIR

Encontrarse no es saludarse. Encontrarse es compartir algo. Antes que todo, el tiempo. Es conocerse. Charlar, comunicarse. Encontrarse es compartirse, amarse. Porque no se habla de cosas, sino de personas que se encuentran y comparten.

El que salva es Dios. Y por eso solamente El podía fijar los términos de ese encuentro: se encarnó, se hizo en todo, menos en el pecado, como uno de nosotros, a nuestra medida y compartió con nosotros la vida. Desde ese momento ya no hay distancias entre Dios y el hombre. Como uno de nosotros, amó, sufrió, lloró, tuvo amigos y enemigos, una casa, un trabajo, soportó el cansancio, el dolor, y voluntariamente aceptó la vergüenza de morir en la cruz.

Compartió todo con nosotros, todo nos lo dio. Hasta la vida misma, que es la forma más grande y sublime de compartir.

Y cuando ya se acercaba su última Pascua, nos amó hasta el fin. Quiso compartir sensiblemente con sus amigos y los hombres de todos los tiempos. Instituyó la Eucaristía, la que ahora celebramos en su memoria, reactualizando todo lo que El quiso compartir con nosotros: vida, sacrificio, cuerpo y sangre, amor y perdón, su divinidad y la vida eterna.

Para compartir hay que estar presentes. A los que están ausentes, a los personajes de la historia, a los que están lejos, a ellos se los recuerda porque ya no están con nosotros. A Jesucristo no podemos recordarlo porque El está con nosotros. Con El nos encontramos. Porque en la Eucaristía se hace sensiblemente presente.

Cristo no comparte sólo conmigo. Ni contigo. Ni con el sacerdote. Comparte con nosotros, con todos los hombres. Porque por todos derramó su sangre. Por eso los que están dispuestos a compartir solamente unos rezos y sentimientos buenos, pero no la amistad, no los bienes, no la fe, en realidad no comparten nada con El ni con sus hermanos. Quieren vivir un cristianismo como espectadores, perfectos y criticones. Pero sin compartir nada. Ni con nadie. A Cristo puede ser que lo hayan visto, pero seguramente no lo han encontrado...

Se nota quien encontró a Cristo. Y comparte con El. Su vida cambia. Se nota quienes son los cristianos que saben lo que significa compartir una Eucaristía.

"SI DIOS."

Si por un instante Dios se olvidara de que soy sólo una marioneta de trapo y me regalara trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen si no por lo que representan. Dormiría poco y soñaría más; entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen, escucharía mientras los demás hablan, y como disfrutaría de un buen helado de chocolate.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi cuerpo, si no mi alma.

Dios mío, si yo tuviera un corazón... Escribiría mi odio sobre el hielo y esperaría a que saliera el sol.

Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos.

Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un sólo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero, convencería a cada mujer de que ella es mi favorita y viviría enamorado del amor. A los hombres le probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse. A un niño le daría alas, pero dejaría que solo aprendiera a volar.

A los viejos, a mis viejos, les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, si no con el olvido.

He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña sin esfuerzo y ser feliz, cuando la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atado para siempre. He aprendido que un hombre únicamente tiene derecho de mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.

Son tantas las cosas que he aprendido de ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré perdiendo en la oscuridad.

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