Para realizar esta obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica (SC 7). Cristo está también presente en los pobres, en la acción misionera, en los signos de los tiempos, etc.
El Concilio afirma la presencia de Cristo en cinco momentos litúrgicos: La presencia de Cristo en la asamblea reunida en su nombre La presencia de Cristo en la Palabra proclamada
La presencia de Cristo en el sacrificio eucarístico La presencia de Cristo en los demás sacramentos La presencia de Cristo cuando la Iglesia ora y suplica
El concilio Vaticano II, en su constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium enseña que “Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ‘ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’ (Trento), sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza (S. Agustín). Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’” (Mt 18,20).
Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, hace una enumeración semejante de los modos de la presencia de Cristo, añadiendo: está presente a su Iglesia “que ejerce las obras de misericordia», a su Iglesia ‘que predica’, “que rige y gobierna al pueblo de Dios” (19-20). Y más adelante: “Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía... Tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro” (21-22; Ritual 6).
En el centro está la presencia de Cristo en la Eucaristía. Esta fe en la Eucaristía se nutre de la meditación de la Palabra de Dios. La adoración es un medio de dejarse penetrar por el amor de Cristo. Y esta oración se inspira de la santa Misa. De aquí se desprende la urgente necesidadde orar según el método de los cuatro fines del Sacrificio, con el propósito de hacer revivir, en el culto eminente de la Eucaristía, todos los misterios de la vida de nuestro Señor, en atención y docilidad con el Espíritu santo, para progresar a los pies del Señor en el recogimiento y la virtud del santo amor... Así lo expresa en las Constituciones, no. 15-17, san Pedro Julián Eymard.
1. Presencia de Cristo en la asamblea reunida en su nombre
La asamblea litúrgica se reune en nombre de Cristo: “en el nombre del Padre”; con su nombre nos saludamos: “el Señor esté con vosotros”; por su nombre nos dirigimos al Padre: “por Nuestro Señor Jesucristo...”.
Cristo está presente en el signo de la asamblea reunida en su nombre (Mt 18,20). La asamblea hace presente a Cristo entre los suyos. Descubrir y experimentar esta presencia real es tarea de cada uno de los participantes en la celebración litúrgica.
“Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro... sea, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (Cfr. SC 7).
2. Presencia de Cristo en la Palabra proclamada
El Concilio Vaticano II afirma la presencia de Cristo en la Palabra cuando enseña: “Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla” (CS 7).
Cristo sigue anunciando el Evangelio (cf. DV 25) y El mismo, por su Palabra, se hace presente en medio de los fieles (OGMR 33).
Siempre Cristo está presente en su Palabra y, realizando el misterio de la salvación, santifica a los hombres y tributa al Padre el culto perfecto (cf. OLM 4). Cristo, por medio de su presencia da a la Palabra la eficacia salvífica.
3. Presencia de Cristo en el sacrificio eucarístico
Cristo está presente en la persona del ministro y actúa por medio de él en el orden del signo. El ministro actúa “representando” al mismo Cristo. Con todo, hay que decir que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza (S. Agustín: SC 7), cuando alguien ofrece el sacrificio, es Cristo quien lo ofrece ofreciéndose. El ministro es como la mediación concreta de Cristo Mediador. No es el ministro quien transforma el pan en el Cuerpo de Cristo, ni quien nos santifica o nos salva, sino Cristo en la fuerza del Espíritu.
Cristo está presente bajo las especies de pan y de vino, presencia real, verdadera y sustancial. Sólo aceptando un cambio sustancial se comprende la presencia de Cristo en la Eucaristía y sólo desde ahí puede
entenderse plenamente la nueva significación. Mientras en los otros sacramentos los elementos materiales (agua, aceite, etc.) no cambian su identidad real ni se transforman ontológicamente, en cambio en la Eucaristía se da este cambio misterioso, en el que Cristo se hace presente.
4. Presencia de Cristo en los sacramentos
La Liturgia es el sacramento global de la salvación estrechamente vinculado con Cristo y con la Iglesia. La Liturgia realiza el misterio de Cristo al realizarse a sí misma como memorial y sacramento de tal misterio. Cristo está presente en los sacramentos por el dinamismo del Espíritu Santo que santifica y lleva a término la obra salvífica. La presencia de Cristo en los sacramentos no es sustancial como lo es la presencia eucarística.
5. La presencia de Cristo cuando la Iglesia ora y suplica
La oración de Jesús es algo que implica y compromete a toda la humanidad, pues toda ella está presente y se expresa en Cristo; a través de su voz, la humanidad entera ora y canta, da gracias e intercede: Cristo une así a la comunidad entera de los hombres y la asocia así en el canto de este himno de alabanza (cf. SC 83).
La prolongación y continuidad de la oración de Cristo en su Iglesia tiene como fundamento la misteriosa configuración de todos los bautizados al que es Cabeza del cuerpo eclesial. Donde está la cabeza está también el cuerpo y donde está el cuerpo está también la cabeza. Por eso, en la oración celeste de Cristo al Padre está misteriosa-mente presente la Iglesia. Del mismo modo, en la oración de los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, está presente El; la voz de la Esposa es también la voz del Esposo que glorifica al Padre en el Espíritu Santo. Así se comprende esta misteriosa identificación entre la oración de Cristo y de la Iglesia. San Agustín decía: “Cristo ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros” (OLGH 7).
6. Exigencias pastorales
Reconocer al Señor, ser capaces de descubrir a Cristo en los hermanos reunidos en asamblea celebrativa, en la Palabra y en la oración eclesial.
La presencia de Cristo es una presencia de autodonación y pide ser acogida y recibida por el sujeto participante, e implica una reciprocidad. Es necesaria una fe profunda para saber acoger al Señor presente bajo los signos litúrgicos.